miércoles, 26 de febrero de 2014

Ampliación del concepto de redundancia individual en su dimensión formativa. Meditación a partir del texto de Alberto Cerezo: En busca de la autoeducación estética (II)

     Si tras la modernidad se consolidó como canónico un sujeto concéntrico cuya individualidad se caracteriza como redundante y escindida, podremos descubrir  alguna lógica que posibilite ese tipo de individuo. Desde un punto de vista sociológico se trataría de un individuo medio o típico de una sociedad porque en la redundancia sobreabunda lo mismo.  Este individuo permanece concentrado en unos fines que le caracterizan precisamente como tipo de una época determinada.   La manera de ser individual se encuentra unificada en  un  mismo impulso o dirección porque en la reciprocidad individual se seleccionan unos fines a la vez que se descartan otros. La prevalencia de unos (fines) sobre otros es cuestión de moldeamiento de la subjetividad porque es necesario que la atención se mantenga fija en unos elementos de la realidad y se distraiga de otros.  Puedo señalar dos rasgos psicológicos que hacen posible esto: de un lado, conformidad con el estado de las cosas y por otro, cierta renuncia a la búsqueda filosófica del conocimiento, porque con disconformidad las acciones individuales serían divergentes y porque con investigación no se anularían otras perspectivas posibles. Es un espíritu conservador aunque se vista con el ropaje del progreso y se presente como adalid de todos los cambios tecnológicos posibles porque se caracteriza por la repetición de los fines que se propone en la vida y no por los recursos de los que dispone para conseguirlos. La unificación se dispone como uniformidad porque esta es la manera en la que un conglomerado humano puede reconocerse y darse a conocer. Se puede apreciar, por ejemplo, en la figura y en la disposición del cuerpo, en cómo se muestra en público un individuo siguiendo los patrones de la moda o mediante la vestimenta laboral. La asunción de unos fines que permiten desenvolverse al individuo acaban por caracterizarle envolviéndole -como si fuera alguien desnudo que se cubre- pero en realidad lo que se mantiene es otro sentido  que, como si fuera algo irremediable, unifica individualmente a cada sujeto en torno a unos fines no individuales sino colectivos.

     Por ejemplo, tras el consumismo se esconde una organización del mundo que define como bien el propio consumo quien se convierte en pieza angular de la economía y la vida cultural. La capacidad para consumir es un dato del valor individual, de modo que es sentido como algo útil para realizarse. De ahí, que la pérdida de un objeto exija su reposición o el cambio por uno mejor para mantener o incrementar el valor personal. Ya no es solo algo que hace referencia a la necesidad humana, sino a las condiciones marcadas por la organización de la vida social. De aquí el valor de la imitación y de lo falso porque quien no puede conseguir esos objetos necesarios para significar su propia individualidad, intentará valorizarse mediante un disfraz para disponer de ese valor en sus relaciones. La historia personal queda enmarcada por el esfuerzo dedicado y empleado para conocer y conseguir esos objetos, por su visibilidad y por la impresión que causan en los otros y en uno mismo. Cada consumidor es un actor que  persiguiendo sus propios intereses, contribuye a perpetuar un modelo de relaciones que responde a fines distintos de los suyos propios, ya que sigue una lógica colectiva. La redundancia es, por tanto, efecto de la perdurabilidad de la unificación en torno a unos fines de muchos individuos que siguiendo sus propios motivos, intereses y afectos se embarcan en unos fines derivados de la lógica que despliega la propia disposición que ellos tienen para relacionarse entre sí. 

      La redundancia se aparece con un aspecto formal y con una tendencia hacia el mismo sentido. Puede ser pensada como efecto de las relaciones recíprocas o a la inversa como estructuradora de ellas pero no explicaremos nada sino la diferenciamos en clases y tipos porque como seres humanos ya somos algo redundantes porque la naturaleza humana impone sus condiciones:  lo que encontramos en nuestra época no es un individuo redundante si no una clase de individuo redundante (por eso siempre se pueden distinguir rasgos predominantes de un grupo, una sociedad o un período histórico). También faltaría conocer cómo viven esas formas cada individuo y hasta qué punto esto es producto de su perspectiva individual. Si la individualidad emerge <<cosificada>> necesitaríamos recuperar la posibilidad real de vivir de manera diferente, es decir, con la fuerza suficiente para que la discrepancia pueda concebir su perspectiva y albergar la posibilidad de constituirse en realidad.  

martes, 25 de febrero de 2014

Hola: Que la acción de pensar-sobre todo si ese pensar es crítico- es algo que pone muy nerviosos a los poderes, a todos los poderes, pero mucho más a los tiránicos, es algo que se ha dicho infinitas veces. Sin embargo, entiendo, que no por ello debemos de dejar de recordarlo, porque hay mucha gente-demasiada gente- que pasa la vida sin ejercer esa facultad que solo los humanos tenemos.
El artículo de A. García Peña refleja de manera magnifica este tema.
Merece la pena de leerlo despacio, reflexionar sobre ello y divulgarlo.
Saludos Francisco.

Aarón García Peña: Presidente de la Agrupación de Retórica y Elocuencia del Ateneo de Madrid

¿Cuánto tiempo nos dedicamos a pensar por nosotros mismos? Solemos creer que nuestras ideas son propias, consecuencia directa de la manera que tenemos de entender o tratar de entender el mundo. Pero ¿cuántos de nosotros tenemos por costumbre comprobar si son fiables? Sincerémonos: ninguno; no se nos educó para ello.
De pequeño me enseñaron algunas verdades absolutas. Supe, sin saber muy bien cómo, que las pirámides de Egipto fueron construidas por esclavos, que a las trece víctimas del estrangulador de Boston se les quitó la vida mediante el estrangulamiento, que a Albert Einstein le fue concedido el Premio Nobel de Física por su Teoría de la Relatividad General, que Darwin afirmó que los seres humanos descendemos del mono, que Robert Capa fue el autor de la fotografía “Muerte de un miliciano” durante el tiempo que trabajó como corresponsal de guerra en la Guerra Civil Española, que era una manzana el fruto que comieron los personajes de la Biblia —Adán y Eva—… Fueron muchas las verdades que adquirí sin cuestionármelas, tal vez porque creía en las bondades de los mayores o porque resultaba cómodo creerme culto. Pasado el tiempo, hubo un puñado de maestros que me enseñaron a dudar de mis axiomas más hermosos, que me hicieron dudar incluso de ellos mismos; que me hicieron dudar, sencillamente. Entonces ocurrió: de repente dejé de ser un hombre culto y me sentí traicionado por aquellos en los que hube confiado mi conocimiento. Ahora, a mis treinta y seis años, hace tiempo que me sé responsable de mi propia ignorancia. Sin dejar de culparles, me culpo; he aprendido a culparme por no defender a los maestros que me inculcaron la duda y por no defenderme de quienes me dan una verdad sin pedirme la propia.
Un hombre no es culto por aceptar como siervo las letras de los libros. Un hombre no es culto por saber muchas cosas. Un hombre culto es aquel que sabe interpretar, por sí mismo, las muchas o pocas cosas que sabe. No se es culto por saber que las pirámides de Egipto fueron construidas por trabajadores asalariados, de hecho la primera huelga de trabajadores de la historia fue protagonizada por ellos. No se es culto por saber que el estrangulador de Boston sólo asesinó a la primera de sus trece víctimas estrangulándola. No se es culto por saber que el Premio Nobel de Física le fue concedido a Albert Einstein, en mil novecientos veintiuno, por su obra sobre el efecto fotoeléctrico; siendo publicada la Teoría sobre la Relatividad General dieciséis años antes. No se es culto por saber que gorilas, chimpancés, bonobos, orangutanes y homo sapiens sapiens descendemos del Sahelanthropus Tchadensis; y que, como realmente advirtió Darwin, no somos todos sino primates. No se es culto por saber que Robert Capa no existió sino que éste era el seudónimo de Endré Ernö y Gerda Taro —marido y mujer del mismo matrimonio—. Y no se es culto por saber que en la Biblia no se especifica que el Árbol del bien y del Mal fuera un manzano ni que el famoso fruto prohibido fuese una manzana. ¿Quién es culto, entonces? Lo importante no es tanto conocer la verdad o evitar que nos mientan. Lo importante es que la ciudadanía española tenga la duda por certeza. La derecha lo conoce bien: sólo mediante la duda puede existir el librepensamiento y sólo en ausencia de éste es posible tomarnos por tontos.
La ausencia del ministro de Cultura, José Ignacio Wert, en la última gala de Los Premios Goya, es un desprecio a quienes practican el librepensamiento; del mismo modo que se pretende prevenir éste con un nuevo modelo de educación que resta protagonismo a las materias que incitan a la reflexión y el análisis; haciendo que las asignaturas con contenidos de historia, filosofía, literatura y ética pierdan peso curricular en favor de las materias que no admiten cuestionamiento por parte del alumno. Cuando la derecha española nos ha hablado, históricamente, de cultura; en realidad sólo nos habla de su propio modo de entenderla. Dijo Gonzalo Calamita, rector de la Universidad de Zaragoza en 1936, que el libro es “el peor estupefaciente”. José Ibáñez Martín, segundo ministro de enseñanza, dijo en en 1944 que la actuación más destacable de su ministerio fue la construcción de capillas. Aseveró Blas Piñar, en 1980, “nosotros tenemos lo que les falta a ellos: Dios y la razón”.
Debería preocuparnos el modelo de cultura porque debería preocuparnos que lo niños sigan siendo, junto con los adultos, las criaturas del mundo más fácilmente manipulables. Debería, debería, debería…; pero el hombre es un ser irracional que se pasa toda la vida disimulándolo.
Público.es 23/2/2014


  

lunes, 10 de febrero de 2014

Hola: Pocas veces, quizás nunca, había leído un artículo tan tremendo, tan doloroso, tan real, tan emotivo, tan crítico, tan, tan…… como este de R. Toledano.
¿Verdad que parece mentira que se tengan que decir estas cosas de gentes como las que protagonizan el artículo, ministros (presumiendo de religiosos), directores de fuerzas armadas (puestas para defender ¿a quién?) y componentes de las misma que, por encima de todo, deberían de ser personas antes que empleados para hacer el mal, y que no deberían escudarse en que “cumplíamos órdenes”?
Tú opinas.
Un abrazo.  Francisco.

La banda del nasciturus

Digan lo que digan todas las leyes del mundo, la maldita de Extranjería es misericordiosa en comparación con la de vuestra mano.
Ruth Toledano   09/02/2014 – el diario.es

Vi en la tele a varios tíos de espaldas, con casco y con las patas abiertas, al borde del mar. Miraban, impávidos, cómo braceaban en el agua, casi en la misma orilla, unas personas exhaustas, moribundas. Que los del casco son asesinos lo tendrá que decidir un juez. Como tantas tragedias evidentes. Porque hay que conseguir llevaros ante un juez. 
Un juez más, en esta vida nuestra convertida en querella, en este Estado nuestro convertido en un permanente tribunal. Lo que ya sabemos es que no sois buenas personas. Que sois malos. Eso no nos lo tiene que decir ningún juez. Lo vi yo misma. Por la tele, sí. Como tantas otras cosas. Tantas cosas que parece que no son, solo porque a través de una pantalla aparentan irrealidad.
Esa imagen, un mar gris de fondo donde se movían apenas unas manchas negras, un mar gris recortado por las siluetas de esos hombres de espaldas. Me recordó la carpeta de un disco. Alguna de esas fotos inquietantes de las carátulas. Imágenes ficticias. Me puse a llorar viendo las de la tele. Buenista. Decidlo como un insulto. Malistas.
Tíos con casco y las patas abiertas que no mojan sus malvadas botas para socorrer a alguien que boquea desesperado. ¿Qué veíais ante vosotros, guardianes del mal? En aquellas imágenes de la tele no se apreciaban los ojos suplicantes, los hombros desencajados, la crispación de los dedos. Pero a un metro de vuestra maldita mirada, sí: estaban esos ojos, esas lenguas, los lamentos de su desagracia, los sonidos del ahogamiento.
No hay asco suficiente para el que provocáis. Digan lo que digan todas las leyes del mundo, la maldita de Extranjería es misericordiosa en comparación con la de vuestra mano. Diga lo que diga vuestro maldito jefe, Arsenio Fernández de Mesa, director de la Guardia Civil. Con su pelo tan repeinado. Su pelo tan distinto a la maraña de horror de los cadáveres que hay sobre su mesa. Arsenio el mentiroso. El que aseguró que no había habido disparos. El que llama disuasoria a la violencia. El que llama agresivo al que agoniza. Maldito repeinado.
No hay asco suficiente. Diga lo que diga el maldito ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, responsable último de esta desdicha. El ministro meapilas, el ultracatólico que no conoce la compasión. Ojalá, como crees, te vea Dios. Ojalá te castigue, como debieras temer. Así se salve tu alma: como lo que los tuyos llaman salvamento. Tu alma en un mar de oscuridad interior. Vendrás el jueves, maldito ministro, a decir más mentiras que laven tu culpa.
Quiero saber qué dice tu corazón cristiano sobre esos tíos con las patas abiertas en la playa, condenando a la muerte a sus hermanos. ¿O los negros, los pobres, no lo son? ¿Son o no son los miserables hermanos vuestros, guardias de la vileza?
Quiero que respondáis. Quiero saber qué dirían vuestras madres si hubierais sido vosotros los que lloraban en el agua. Quisiera más: saber qué han sentido vuestras madres al ver esa postura, esa inmovilidad, el ángulo abierto de vuestras patas. 
Acaso os defiendan, como madres, pero, en lo más profundo de su ser (quizás una profundidad más honda que la orilla del mar de vuestro crimen), se sentirán avergonzadas. Qué tristeza sentimos. Qué rabia. Podéis reíros de nuestra impotencia, malvados. Sonreíd como una infanta en Palma. Soltad a vuestros sicarios en Madrid. Abridle la cabeza a un jubilado en Valladolid. Decid España, España. Decid que amáis España, como esa ridícula Cospedal. Llamadnos demagogos. Detenednos. Obligadnos a arrodillarnos en la acera.
Ponednos contra la pared en Malasaña. Soltad a vuestros esbirros. Sicarios. Fascistas. Asesinos. Si lo concluye un juez, claro, claro. Un juez más. Un juez contra la banda del nasciturus.
Hipócritas lamesotanas, que condenáis a las mujeres por interrumpir su embarazo mientras observáis impávidos cómo alguien se ahoga a vuestro lado. Un negro. Un desheredado. Uno al que Javier Hurtado, el de Nuevas Generaciones, mandaría a la ducha, si no hubiera muerto ahogado. A saber qué ducha. Qué asco. Qué nauseabunda realidad, a este y al otro lado de la pantalla. Sois violentos. Sembráis el terror, banda del nasciturus. Y sonreís como una infanta falsaria.


sábado, 1 de febrero de 2014

Como diría aquel: ¿Qué hemos hecho para merecer esto?

“Los amores eternos suelen durar unos meses y el de Aznar y Rajoy no iba a ser la excepción
La desilusión de Aznar había sido enorme, hay que entenderlo. Aspiraba a seguir gobernando desde FAES por persona interpuesta, a mantener a España en la historia aunque fuera a martillazos y hasta a encontrar él solo las armas de destrucción masiva en Irak si alguien le prestaba un perro con buen olfato. En lugar de eso se vio obligado a hacerse rico poniéndose a sueldo del mejor postor, desde Murdoch a Endesa, pasando por los buscadores de oro de Barrick Gold o la inmobiliaria JER Partners”.

Así rezan unas frases del artículo de J.C. Escudier en el diario “Público”, y constituyen, desde mi punto de vista, el fiel reflejo de los acontecimientos que protagonizan estos dos “personajes”. Bien es cierto, que son dos modos de hacer el mal, bien distintos. El primero, el jefe, el “pequeño Hitler”, hace mal porque no puede hacer otra cosa; sus genes son tan perversos que no tiene otra opción: nació para hacer mal; es con lo único que disfruta, ya que él se sabe pequeño, no solo de estatura física sino de estatura moral; no conoce la ética; es un acomplejado que solo sabe que será notorio haciendo el mal, aliándose unas veces con otros tan malos o peores que él, o solo; solamente hace falta repasar su biografía para darse cuenta de que su complejo de inferioridad es lo que marca sus acciones.
Del segundo, que decir; quizás una viñeta tan extraordinaria como esta de Alfons López, lo defina perfectamente:

                                 http://blogs.publico.es/alfonslopez/6437/se-veia-venir/
                                   
Cuando la vi estos días pasados, me vino inmediatamente a la mente, un comentario que hacía tiempo atrás Javier Marías en uno de sus estupendos artículos, y en el que decía que puestos a temer a “seres distintos”, él prefería vérselas mejor con un malo que con un tonto. Sin duda al malo, malo, lo ves venir, se le nota, y puedes tomar precauciones ante sus acciones. Pero ante el tonto ¿Qué hacer? Yo también he pensado toda mi vida que eso era así, y por eso mismo mi duda de hoy: ¿Qué podemos hacer si estamos en manos de un pobre deficiente mental y podemos volver a caer en manos de un malo patológico?

Alguna vez lo he dicho aquí, y en otros sitios: no veo otra solución que unirnos todos los normales e intentarlos echar fuera de la vida pública. Los seguiremos teniendo entre nosotros, pero como dicen los creyentes, quizás sea esto algo de la penitencia que debemos pagar para llegar al cielo.


Un fuerte abrazo.   Francisco.

Fallece Carlos París

Consulta el siguiente enlace:

http://filosofiayterapia.blogspot.com.es/2014/01/fallece-el-filosofo-carlos-paris_8001.html

viernes, 10 de enero de 2014

En busca de la autoeducación estética (II)


Si lo que es radicalmente humano al final trata del 'sentido'y de lo simbólico frente (o paralelamente mejor dicho) a lo que nos exponen las ciencias sobre el Hombre, indagar en esta clase de alma creo que se hace ineludible, ya no tanto para configurar una teoría -por otro lado totalmente necesaria para comprendernos- como para continuar viviendo, para seguir siendo.


La modernidad nos dejó un legado inacabado, testigo recogido por un postmodernismo que creo necesario superar y que mantiene disueltos valores y al propio sujeto cada vez más concéntrico. La cuestión es cómo afrontar esta circunstancia. La protesta lleva siéndolo desde las críticas ideológicas posthegelianas. Sin duda la protesta denota la necesidad de cambio, de transformación. Cuando se produce en libertad es popular, sencilla, cercana, cree resolver complejidades. Pero también implica un desplazamiento, una necesidad de retorno, un desear lo mismo; genera un individuo de algún modo escindido y redundante.
La otra vertiente creo más constructiva recae sobre la posibilidad de contribuir al cambio más allá de la mera crítica (últimamente muy patente). Es abstracta, compleja, no está determinada y posiblemente no es determinable. Conlleva acercarse al abismo de lo nuevo y no suele ser popular. En este sentido es vanguardista porque además requiere constante cambio. Mantiene al individuo en movimiento hacia nuevas maneras de ser construyendo sobre su pasado.
Lo que sugiero con esto es que quizás mucho se reduce a provocar un cambio de perspectivas.


La educación de la sensibilidad es posible. A través del entorno, de un entorno bello, creo que es posible 'calentar' esta sensibilidad enfriada en el ser humano y que me aventuraría a decir que posee de manera innata. No se trata de evadirse ni de dar la espalda a lo cotidiano sino más bien de abrirse a nuevas posibilidades de la realidad. De percibir que las nuevas maneras de ver ya no me son extrañas, en definitiva, de que el otro ya no me es ajeno. De este modo creo que el arte crea comunión entre las personas y las mejora.
Por lo pronto hace más agradable la relación social y la enriquece. Tampoco se trata de revestir de 'utilidad' este arte, sino de abrirse a las nuevas miradas que ofrece, a nuevos estados a los que finalmente me someto dejándome hacer por Él y que terminan por conformar mi educación personal. Si acaso no es el arte lo útil para mí sino que soy yo el útil para el arte: esta nueva manera de ver esta relación me la enseña el propio arte, su propio mundo. La obra que me devuelve nuevas perspectivas mucho más allá de una realidad monotemática y cosificada. Creo que es importante detectar qué es lo estético en lo que nos rodea. La belleza está alrededor, en el texto de la realidad y en el del libro literario o poético; en la música que se deja escuchar al pasar delante de una ventana; pero también en la galería de arte o en la web. Incluso en el acto relacional con otros, en su momento ético. Hablo del componente estético de ser. Visto así realmente el arte está en ti y en tu apertura, en ti mismo y tus posibilidades de ser. Rodear tu entorno y crear de tu vida una obra expansiva, simbólica, llena de sentido, que sea representación pero también tu verdad. Mantener tu estadio humano y mantener la comunidad al mismo tiempo.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Fatalidad y razón: la trama de un destino ineludible

            El sentido que la fatalidad nos impone puede ser descrito como un irremediable curso de acción que nos vemos obligados a seguir o que ocurrirá independientemente de nosotros. Este destino ineludible atañe al universo en general y se puede apreciar en todas las clasificaciones socialmente predispuestas como pueden ser el mundo físico, psíquico o social, por eso dentro de un orden naturalizado, el individuo solo escaparía del fatalismo si rompe epistemológicamente con las categorías heredadas de pensamiento porque necesita pensar el mundo de manera diferente para no caer en la inevitabilidad de la acción. No obstante, las herramientas con las que cuenta un sujeto, que son de procedencia cultural, se mantienen predispuestas ya para el fatalismo al señalar de antemano los fines por los que guiarse. La naturaleza también requiere ser interpretada e impone necesidades que han de ser satisfechas de un modo u otro. Estas dos diferenciaciones básicas, lo natural y lo cultural -laderas de la misma montaña- imponen sus condiciones, lo cual explica la existencia de que culturas distintas estén determinadas por fines parecidos pero que a la vez se pueda advertir su diferencia. Por eso, para el mantenimiento del fatalismo y su entramado son necesarios  el dolor y  el miedo, ya que si se rompiera con ese camino marcado, se padecería el aislamiento social y la pérdida de la autosuficiencia. De ahí su relación con el pesimismo, de la creencia en la imposibilidad de encontrar una salida vital desde la perspectiva individual en un mundo colectivo, ya que pesa más la realidad que los sentimientos individuales que esa realidad suscita, con lo cual la vida pierde valor en favor de los elementos del orden naturalizado que conforma la realidad.  Se comprende por ello que  el fatalismo está íntimamente ligado con el concepto de  realidad. Ésta se concibe inmóvil o extraña, ajena, fuera de nuestra capacidad de acción. Por eso se vive la historia como algo pasivo o como una  especie de engranaje de una gran máquina que mueve el mundo y de la cual el ser humano es sólo una pieza que mueve o que es movida.  La lucha contra la fatalidad pone en juego  la posibilidad de existir más allá de la función social o de la generalidad, atribuyendo al concepto de poder una posición fundamental pues solo quien puede logra transformar  la realidad. Por eso, revolverse contra la realidad es visto como cosa de quijotes o de héroes. Los primeros han perdido la cordura, ven lo que no hay, confunden las cosas. Son objeto  de burla o compasión. Los segundos se mueven entre la fortaleza y la debilidad, ganan o son derrotados.  Son objeto de reverencia o de abandono. Ambos cuentan con las consecuencias que he expuesto más arriba, la posibilidad de la soledad y la posibilidad de la pobreza. Estas dos formas juntas pueden dar lugar a una situación de indigencia.

             Desde el punto de vista individual, el fatalismo se expresa mediante enunciados que acentúan las cosas inevitables que suceden en la vida. Frases como  <<¿Qué le vamos a hacer?>> ; <<la vida es así>> o <<así son las cosas>>, también con la recurrencia a conducir las experiencias al modo de ser normal y a explicar la propia conducta con las referencias narrativas ofrecidas por los medios de difusión cultural (por ejemplo, la crisis).  El mundo objetivo que causa dolor y su razón conectan de esa forma con el mundo subjetivo y su razón por el cual el individuo y el orden naturalizado se complementan. La fatalidad justifica en cierto sentido al individuo <<¿Qué va a hacer él si se ha encontrado este estado de cosas?>> <<¿Qué puede hacer él si carece de medios?>> Es necesario, por tanto, confianza en el orden porque el fatalista, al sentir la impotencia por su falta de medios y sus carencias como individuo, acaba relegado a la pasividad o a dejarse llevar (y es pasividad también la del agente que como sujeto del orden actúa como programado, es decir, adaptado a unas condiciones y aceptando unas reglas, afianzando el orden). El fatalismo convierte la realidad en una especie de sueño persuasivo,  doloroso y triste en la que sólo existe un posible desarrollo de los hechos. De ahí que el fatalista, mirando siempre en el presente centre su atención al futuro porque es el futuro que confía que se cumpla, como una profecía, el que confirmará su ineludible situación actual, su aquí y ahora. No es extraño la importancia que la suerte tiene para él, ya que esta cambia su situación dentro del entramado en el que se encuentra, es decir, cambia el estado de cosas, de manera que el <<así son las cosas>> puede cambiar su connotación valorativa. Pero sigue siendo fatalidad porque sigue sin participar en los hechos y las consecuencias de sus actos no son sino actos de fortuna.

            En fin, lo que encontramos es una relación del ser con el deber en la que hay un horizonte temporal al que debemos tender  en virtud de la realidad.  El individuo vive con miedo y con frases de resignación legitima el mundo asegurando el horizonte al que tiende. La crueldad de la realidad, su cumplimiento inexorable e inmediato, acaba por ser la verdad y toda verdad es determinante para la acción, aunque no para la vida, porque justifica las acciones que emprendemos como las únicas posibles. Al deducir de la realidad una única alternativa el fatalista concibe un mundo perfectamente hilado. De forma parecida a los antiguos, quienes creían en las Moiras o en la Providencia, hoy creemos en las Leyes  que son descubiertas por los científicos o elaboradas por los políticos. Las leyes son hoy el hilo con que tejemos el destino del orden. Pensemos que hasta la libertad  y la igualdad cuentan con leyes que las describen y  valoran. Para el individuo, el fatalismo es consecuencia de una elección fatal (que no es pensada como tal), de una elección que elimina otra y de la que ya no se puede volver atrás, una única elección que condiciona todas las demás y que <<toca vivir>>. De ahí, que cuando se abandona el fatalismo, rompiendo con su concepción del mundo,  lo que aparece es un horizonte de incertidumbre, ya que desconocemos muchas de las consecuencias de nuestros actos. El primer paso es el reconocimiento y el segundo la exploración. Es normal entonces errar porque caminamos por lo desconocido y nos falta experiencia. No faltará juez que sentencie que hay mucho trecho de la teoría a la práctica o que no es posible trasladar la poesía a las matemáticas. Aquí se pilla al fatalista –o al cínico que quiere imponer una fatalidad a los demás- pues su mundo es en realidad un conjunto de fuerzas ya predispuestas que lo construyen, fuerzas que pueden conocerse y usarse como se usan las matemáticas (así es la vida, el estado de las cosas), como unas condiciones de existencia que exigen solo un tipo de pensamiento. Este pensamiento describe su mundo como el verdadero y el válido. Necesita descubrir la trama que le envuelve, sus leyes y su lógica, sus disposiciones y sus relaciones porque desde una perspectiva objetivista la fatalidad es consecuencia de una trama que se impone como destino ineludible.
Óscar