LA FELICIDAD
Esta navidad 2015, está siendo para mí, bastante compleja.
Tanto por una serie de experiencias personales, como por los muy variados
testimonios, personales o leídos, que estoy teniendo. Intentare explicarme.
Desde hace muchos años, y sobre todo, desde que me he hecho
viejo, estas fechas no son para mí todo lo que, según el guión más extendido,
deberían de ser con relación a la felicidad. De siempre he tenido esa sensación
de que no me cuadraba que tuviera que ser feliz en unas fechas determinadas.
Máxime si consideramos que muchas de las fechas apuntadas en el calendario (no
me refiero solamente a la navidad) están fijadas por motivos muy poco claros,
cuando no directamente muy obscuros. Todos tenemos en mente la cantidad de
“días de” que vienen de una “tradición” de hace cuatro días, y que lo han
decretado o inventado personas con unos intereses muy discutibles.
Uno de los testimonios personales a los que he tenido
ocasión de escuchar, se dio muy recientemente cuando, en un encuentro de
trabajo con un director de una sucursal bancaria-persona con la cual mantengo
una relación muy buena desde hace años-me comentó que estos días son
francamente desagradables para él; textualmente me dijo que poco menos que los
odiaba, y que lo único que deseaba era que terminaran cuanto antes; que no servían
nada más que para comer hasta hartarse. “Yo hace muchos años que la Nochevieja la
paso en casa sin salir” y añadió: “No me veo salir de casa a la una de la
madrugada para hacer excesos sin cuento”.
Conversaciones de este tipo las vengo teniendo o escuchando
cada vez más, sin que esto quiera decir que no haya muchísimas personas que se
lo pasaran muy bien; también creo que existen otras muchas que, aunque no
disfruten tanto como pudiera parecer, o declaran cuando sale el tema, porque no
es políticamente correcto sacar a relucir fracasos propios. En mi propia
familia- como en otras muchas a través del ancho mundo-ha surgido algo por lo
que se ha suspendido un encuentro que teníamos todos los años por estas fechas.
Por otra parte, este día de Navidad, he tenido el placer de
participar en la alegría de unos niños. ¿Cómo? Muy sencillo: nuestros vecinos y
amigos de casa, me pidieron que me disfrazara de Papa Noel para poder entregar
los regalos a sus dos nietos, al objeto de que los niños disfrutaran (mientras
puedan) de la ilusión de recibir sus juguetes de la mano del personaje que está
presente en cualquier ambiente en estos días. La verdad es que fue una aventura
deliciosa, en la que gozamos todos, como pudimos ver en los niños en esos
momentos y los comentarios que al día siguiente tuvimos los mayores. (Por lo
que quiero comentar a continuación, podéis fijaros en la fotografía que adjunto,
en el detalle de lo grande que es el saco).
Viene esto a cuento, porque llegó a mi mente una conversación
que mantuve en una ocasión con una persona de esta ciudad. Este caballero es
muy, muy millonario, y en el transcurso de la charla que mantuvimos salió a
relucir el dinero. Hablamos de diversas facetas del mismo, pero quiero
centrarme en el momento que se refirió a su vida. Me comentó, que de niño allá
en su aldea de nacimiento, los días más felices que recordaba era, cuando en
fechas determinadas recibía un regalo; podía ser un juguete-uno- o podía ser
una chuchería, o una comida no habitual.etc. etc. Algo en fin, que era una
minucia, pero que constituía un placer de dioses para él. (Yo, mientras me
hablaba, esbozaba una sonrisa, pensando que parecía que me estaba escuchando a
mí mismo) Después de un breve repaso de su vida, desde donde empezó, hasta el
lugar en que se encuentra en este momento, y convencido de lo importante que
era el dinero, terminó con algo, que a mí me sonó a contradicción. “Lo que yo luche, y sigo luchando, por
conseguir y mantener lo que he logrado. Y sin embargo, cuando veo a mis nietos
recibiendo montañas de regalos en cualquier momento, y observar que no hacen ningún
aprecio…..” La conversación derivó por otros derroteros, pero me quedó el
sabor agridulce de aquellos testimonios. Un gigante, una persona envidiada-y
desgraciadamente en muchos casos detestada-tenía sus dudas. Yo también las
tengo en relación a la cuestión que me surgió de todo esto: ¿El dinero hace la
felicidad?
Tengo mi propio criterio sobre este tema; pero como siempre
hago, traté de investigar que se había dicho y que se decía actualmente sobre
este tema tan-esperaba-polémico. Y así leí diversas visiones para intentar
aclararme. Pero después de dedicar algunas horas al tema, no he logrado tener
una visión clara del mismo. (Yo sigo teniendo claro mi criterio, pero….)
He leído versiones para todos los gustos: En este trabajo:”Con más dinero, ¿se puede comprar más
felicidad?”, los autores Manel
Baucells y Rakesh K. Sarin, comienzan así: ¿Por
qué creemos que con más dinero podemos comprar más felicidad (cuando, de hecho,
no es así)? En este texto proponemos un modelo para explicar este enigma.
En este otro trabajo, más
relacionado con la economía, tratan sobre: “En estas páginas se estudian
algunas implicaciones para la noción de utilidad provenientes de los hallazgos
de la literatura reciente sobre felicidad y bienestar subjetivo y se dan ejemplos provenientes de la economía
de la salud”. Autores: Mario García Molina y Liliana Alejandra Chicaíza Becerra.
Para no hacer
excesivamente largo este pequeño trabajo, pero teniendo la seguridad de que se
verá mucho mejor lo que he querido decir con estudios serios sobre el tema,
añado a continuación, dos análisis (tengo varios más) que seguro servirán a mi propósito
de investigar sobre un tema que me parece actual e importante. Ojala que mis
queridos compañeros, a los que va dirigido, saquen alguna conclusión que les
sirva de reflexión, o les aporten alguna idea bonita. Esta ha sido mi intención.
¿PUEDE EL DINERO COMPRAR LA FELICIDAD?
Robert E. Lane
Hace veinte
años, en este mismo periódico, Richard Easterlin afirmaba que las sociedades
más desarrolladas no eran más felices que las más pobres. Sin embargo,
argumentaba Easterlin, dentro de cualquier nación, la gente más rica es
más feliz que la más pobre. Explicaba esta contradicción del siguiente modo: la
gente evalúa su bienestar económico en función del de sus vecinos. Si solo se
produce un incremento en la renta nacional, la posición social de un individuo
respecto a la de su vecino permanece inalterada.
Pero desde
entonces se han desarrollado nuevos estudios que contradicen casi completamente
las conclusiones de Easterlin. Estos estudios demuestran que el crecimiento
económico incrementa materialmente el sentimiento colectivo de bienestar de una
nación y que las diferencias de bienestar dentro de un país no están
relacionadas de forma significativa con la renta nacional. †
¿Por qué este
cambio? En primer lugar, ahora disponemos de datos más fiables. Por ejemplo, el
estudio transnacional de Gallup (1976) demostró que la pobreza de una nación se
extiende a todos los aspectos de la vida "distorsionando negativamente la
actitud y la percepción" así como los sentimientos. "Tal vez sería
posible encontrar en el mundo remotos lugares cuyos habitantes fuesen pobres
pero felices", afirmó Gallup, "pero este estudio fracasa al intentar
descubrir alguna zona que supere este test". Y en el análisis
transnacional más minucioso que se ha llevado a cabo hasta ahora, Alex Inkeles
y Larry Diamond encontraron en 1980 "un fuerte indicio de que… la
satisfacción personal aumenta con el nivel de desarrollo económico de un país".
Más aún, para la población de una
nación considerada en su conjunto, el dinero sí compra la felicidad.
Estudios
comparativos dentro de una sociedad muestran una historia bastante diferente;
un resultado que desafía a nuestro sentido común ya que, según ellos, el dinero
no compra la felicidad. En casi todos los países desarrollados no existe una
relación sustancial entre la renta y el bienestar. En el que puede ser, tal
vez, el mejor estudio de entre los numerosos análisis realizados sobre la
calidad de vida dentro de un mismo país, Frank M. Andrews y Stephen B. Withey
afirmaron en 1976 que "las agrupaciones según la posición socioeconómica
muestran diferencias mínimas (desde el punto de vista del bienestar)… y no hay
diferencias significativas en cuanto a la satisfacción con la vida en su
conjunto". Dos años después, Jonathan Freedman presentó un estudio en
Happy People en el que afirmaba: "No es cierto que los ricos sean más
felices que aquellos cuyos ingresos son moderados; no existen motivos por los cuales
la clase media sea más feliz que aquellos con ingresos menores. Para la mayoría
de los americanos, el dinero, a pesar de todo aquello que puede facilitar, no
da la felicidad. En cualquier caso, Freedman demostró que los pobres son
diferentes: "Muy pocos afirman ser felices o, al menos, moderadamente
felices y la gran mayoría dicen ser más infelices que la gente con ingresos más
elevados". Esta salvedad es crucial: entre los pobres el dinero sí da la
felicidad y un mayor sentimiento de bienestar.
La
felicidad es…
Tal y como
escribió el respetado e iconoclasta economista llamado Tibor Scitovsky en su
libro The Joyless Economy (1977), muchos de los placeres de esta vida ni
se compran ni se venden. Entre ellos, afirmó, están la satisfacción con el
trabajo, la amistad, los placeres de la meditación personal, la lectura y otras
formas de esparcimiento no comercial. Estaba en lo cierto.
Los
diferentes estudios sobre la vida tienden a dividir las fuentes de bienestar en
dos categorías: circunstancias externas, tales como las actividades de tipo
social o la vida familiar, y disposiciones internas, tales como la autoestima o
el sentimiento de que uno es
responsable de su propio destino. En cuanto a la primera categoría, la mayoría
de los estudios coinciden en que una vida familiar satisfactoria es el elemento
que contribuye en mayor medida al bienestar. Las alegrías que reporta la
amistad ocupan, a menudo, la segunda posición. Además, y de acuerdo con un
estudio realizado, el número de amigos que un individuo posee es mejor indicador
de bienestar que la magnitud de sus ingresos. Un trabajo satisfactorio y los
momentos de ocio ocupan normalmente la tercera y cuarta posición. Pero, por
extraño que parezca, ninguno de estos dos factores está estrechamente
relacionado con los ingresos (por otra parte, la afiliación religiosa, la
devoción, un buen gobierno o el patriotismo apenas interfieren en el
sentimiento de bienestar).
La política
es, a menudo, la última de la lista; es, en el mejor de los casos, una
obligación y casi nunca un placer. Ninguno de estos factores es un artículo de
comercio. Pero el comercio no es irrelevante, ya que si los ingresos no son un
buen marcador del bienestar, la satisfacción con los propios ingresos o con el
nivel de vida de cada individuo (la cual no tiene porqué estar estrechamente
relacionada con la cuantía de los ingresos) sí lo es. Son los aspectos
subjetivos de los ingresos, más que los objetivos, los que forman parte de este
cálculo hedonista.
Entre las
fuentes internas de bienestar, la autoestima y el sentimiento de validez se
sitúan en el primer y segundo lugar de la lista. Ninguno de los dos está
relacionado con el nivel de ingresos. En otros estudios, la creencia de que uno
ha conseguido afrontar los retos que la vida le ha planteado se sitúa en primer
lugar. El dinero puede ser relevante en este caso, pero más como un indicador
de la posición social que por lo que permite adquirir.
Si los
factores que contribuyen en mayor medida al bienestar no están relacionados con
el dinero, entonces no podemos comprarlos. Esta es la principal causa del
sorprendente fracaso del poder del dinero en lo que se refiere a la felicidad.
Satisfacción
frente a ingresos
Si los
ingresos y la satisfacción no están estrechamente relacionados, ¿por qué la
gente se desvive por conseguirlos? Quizás el ser humano tenga un insaciable
deseo por el dinero o por la categoría social que el dinero puede proporcionar.
La gente puede entonces adaptarse a las circunstancias de forma que cada
incremento de dinero cree rápidamente un nuevo modelo frente al cual medirse.
Hay mucho de cierto en esta teoría. A pesar de ello, hay pruebas que sugieren
que el deseo de adquirir más dinero disminuye a medida que los ingresos
aumentan. Además, como ya se mencionó antes, no existe evidencia alguna de que
el dinero pueda comprar la autoestima. De hecho, existen evidencias que
demuestran justo lo contrario.
Consideremos
la fijación biológica del estado de ánimo: nacemos con disposiciones que
tienden a la felicidad o a la infelicidad. Tal y como dijo el psicólogo
fisiológico Jan Fawcett refiriéndose a la infelicidad: "parece que estemos
midiendo una característica biológica como el color azul de los ojos, algo que
no puede cambiarse". No cabe duda que, puesto que existen numerosos
estudios acerca de los cambios de estado de ánimo a largo plazo, está fijación
biológica debe ser considerada únicamente como una condición restrictiva.
Los placeres
cotidianos difieren de la sensación de satisfacción personal global pero
tampoco guardan una relación significativa con la renta. En 1981, Gallup
preguntó a los americanos "¿qué es lo que te aporta una mayor satisfacción
personal o un mayor placer día tras día?"; las relaciones familiares
aparecieron de nuevo en primer lugar pero después, y por orden de preferencia,
aparecieron la televisión, los amigos, la música, los libros y periódicos, la
casa o apartamento, el trabajo, las comidas, el coche, los deportes y la ropa.
Casi ninguno de estos elementos requiere desembolsos que aquellos por debajo
del umbral de la pobreza no pueden pagar, ni siquiera en lo que se refiere al
coche. Los placeres proporcionados por muchos de los otros factures son
meramente comparativos. Las pertenencias pueden ser importantes (en otro
estudio, un grupo de muestra formado por niñas estudiantes de primaria
consideraba que sus propias identidades quedaban mejor definidas en función de
"la ropa que llevaran" que por la posición social de sus padres) pero
al menos el disfrute de estas actividades no depende íntegramente de los
ingresos. Como sociedad, nos hemos centrado demasiado en las posesiones; hasta tal
punto que hemos olvidado que no es tanto lo que uno posee sino lo que uno hace
lo que aporta el verdadero placer.
¿Y qué pasa con el
trabajo? ¿Acaso los trabajos mejor pagados no reportan mayor poder, discreción,
desafío, y por tanto mayor placer? En 1985 Thomas Juster encontró (según varias
encuestas realizadas en los setenta y a principios de los ochenta) que lo que
más se valoraba y disfrutaba eran la familia y la amistad. Pero más sorprendente
aún fue el elevado puesto que "el trabajo que uno realiza" alcanzó en
la lista, justo por debajo del ocupado por la familia y las actividades
sociales y bastante por encima de la televisión, los deportes, las películas,
la jardinería, la lectura y las compras. Curiosamente, Juster no encontró
apenas ninguna correlación entre el prestigio de un trabajo y su disfrute.
Otros estudios rebaten esta idea pero se puede aceptar que la relación es menos
estrecha de lo que la mayor parte de los intelectuales de clase media imaginan
(una vez entrevisté a un operario cuyo trabajo consistía en pegar carteles
publicitarios en las paredes y que consideraba su habilidad de salvar las
esquinas una fuente de gran placer).
El bienestar tiene tanto
que ver con el alivio del dolor como con el placer; puede que incluso más, ya
que las pérdidas duelen más de lo que deleitan las ganancias y el dolor se
recuerda durante más tiempo que el placer. Tomemos como ejemplo las
preocupaciones. Parece lógico pensar que afectarán más a los pobres que a los
ricos. No es así. Los estudios llevados a cabo por Andrews y Withey a
principios de los setenta demostraron que en lo que se refiere al grado de
preocupación "no existen diferencias asociadas a la posición
socioeconómica". Pero, tal y como reveló otro estudio, las preocupaciones
son diferentes: mientras que los pobres y menos instruidos se preocupan por su
salud e ingresos y por todas aquellas cosas que no pueden controlar fácilmente,
los más ricos y cultos se preocupan más por las relaciones con sus cónyuges e
hijos y por las facetas más fácilmente controlables de sus vidas. El dinero no
reduce el grado de preocupación; lo único que cambia es el motivo.
No cabe duda de que la
preocupación por la estabilidad que aportan los ingresos varía con el nivel de
ingresos, pero menos de lo que cabría esperar. Por ejemplo, un estudio de 1976
sobre los trabajadores de Detroit y Baltimore demostró que mientras los
ingresos de los obreros y oficinistas eran casi idénticos, los obreros estaban
más preocupados por la seguridad que les aportaban esos ingresos que los
oficinistas. En los estratos más elevados, la gente tiende a preocuparse más
por el aumento de ingresos que por el cese de los mismos. Y en este caso, para
un mismo nivel de ingresos, los empresarios tienden a preocuparse más por el
aumento de sus ingresos que los profesionales. El caso es que el dinero no
siempre permite comprar esa sensación de seguridad.
A partir del estudio de
Andrews y Withey sabemos que la sensación de ser tratado de forma injusta
disminuye la sensación de bienestar de un individuo, pero en dicho estudio no
hay evidencias de que los peor pagados dentro del grupo de ingresos más altos
se consideren injustamente tratados en comparación con los mejor pagados. Las
relaciones se valoran por comparación con los demás dentro de un mismo nivel de
ingresos. De este modo la distribución nacional de los ingresos queda relegada
a un segundo plano.
Este modelo comparativo
dentro de un grupo es uno de los motivos por el cual fracasaron las
predicciones marxistas sobre el conflicto de las clases. Más aún, exceptuando
los elevadísimos salarios de las estrellas de cine y del deporte, la
distribución de ingresos de este país cuenta con una amplia aprobación
(incluyendo la de aquellos que ocupan los puestos más bajos en la pirámide
social).
¿Qué pasa con la gente
que no es feliz? ¿Qué hacen para cambiar esta situación? Thomas Langner y
Stanley Michael demostraron en 1963 que la incidencia real de las tensiones de
la sociedad como la enfermedad física, la pérdida de la pareja, la falta o
pérdida de amigos cercanos y el fracaso de "no seguir adelante" no
difiere mucho según la clase social pero las estrategias para combatirla son
muy diferentes. Mientras que la clase media y alta tiende a volcarse en el
trabajo, una estrategia que tiene un cierto efecto terapéutico, la clase
trabajadora suele reaccionar de forma más expresiva tendiendo, por ejemplo,
hacia la bebida o la violencia, actitudes que solo consiguen empeorar las
cosas. La relación entre el dinero y el bienestar viene determinada por la
mayor capacidad para afrontar la adversidad de aquellos que han recibido una
mayor educación y de los que tienen mayores ingresos.
Por qué
creemos que el dinero es importante
La mayoría de la gente
piensa que un aumento del 25 por ciento en sus ingresos les haría ser mucho más
felices. Sin embargo, aquellos cuyos ingresos han aumentado no son más felices
ni están más satisfechos con sus vidas. ¿Por qué nos engañamos tan fácilmente?
Una de las razones es que la variación de los ingresos influye brevemente en
nuestra sensación de bienestar. Pero incluso la felicidad que acompaña a un
aumento en los ingresos no dura demasiado, ya que muy pronto el nuevo nivel de
ingresos se convierte en el estándar según el cual medimos nuestros logros.
Esta relativa satisfacción no se presenta, por ejemplo, en el caso de la
amistad, el trabajo o la vida familiar.
Otra razón por la cual
nos equivocamos es que la cultura del consumo nos enseña que el dinero es la
fuente del bienestar. Muchos estudios muestran que la gente no sabe explicar
bien los motivos por los que se sienten bien o mal. Todo lo contrario; la gente
tiende a emplear explicaciones muy convencionales. Y la explicación más
convencional es que la fuente de todo es el dinero. No obstante, he podido
comprobar que la mayoría de mis amigos, después de meditar sobre ello,
coinciden en que no son las cosas que compran o poseen lo que les hace felices,
o la carencia de dichas cosas lo que los deprime. Más bien se trata de las relaciones
con sus cónyuges y colegas, el bienestar de sus hijos y la satisfacción con sus
trabajos. Invito a mis lectores a sumergirse en reflexiones de este tipo.
Economistas
de mercado como A.C. Pigou, Ludwig von Mises, y Tjalling Koopmans afirman que el
propósito de sus estudios (y por inferencia, del propio mercado) es maximizar
la satisfacción del deseo humano. Pero ellos cuantifican esta satisfacción,
llamada "utilidad", de un modo cíclico: la satisfacción por algo se
manifiesta por el mero hecho de que ha sido comprado, independientemente de la
alegría o pesar que pueda reportar o de los usos alternativos no comerciales
del tiempo y del esfuerzo de un individuo. Además, los economistas se refieren
al trabajo como una "desutilidad" —el sacrificio necesario para
alcanzar los placeres del dinero y del ocio. Esto contradice directamente la
evidencia que venimos mostrando de que lo que uno hace en su trabajo constituye
a menudo una mayor fuente de placer que las actividades de ocio (y un placer
mucho mayor que el consumo). Y se contradice también con los estudios que
muestran que la sensación de logro y habilidad en el trabajo es más importante
tanto para la satisfacción en el trabajo como para el bienestar general, que
los ingresos que derivan del propio trabajo. Los economistas tienen un cálculo
erróneo de la relación placer-dolor.
Alrededor
del mundo
¿Por qué difieren tanto
nuestras conclusiones de las de Easterlin? En primer lugar, existen problemas
relativos a los datos empleados por Easterlin. En el estudio de 1965 que
utilizó Easterlin, tres de las naciones más pobres dentro de la escala de
pobreza (Cuba, Egipto y Yugoslavia) acababan de experimentar una revolución y
disfrutaban de la euforia de la victoria sobre sus "opresores" y de
la (falsa) esperanza de una cercana prosperidad. Así, con el nivel de
felicidad de las naciones pobres artificialmente enardecido, Easterlin apenas
pudo encontrar sino pequeñas diferencias entre los países más pobres y los más
ricos. Y de este modo, cuando Inkeles y Diamond clasificaron los efectos
del trabajo y de los ingresos, la diferencia marcada por los ingresos
desaparecía virtualmente. Estudios posteriores que encontraron verdaderas
diferencias entre el bienestar de los países pobres y de los ricos consiguieron
evitar alguno de estos problemas.
En lo que se refiere a
las diferencias de bienestar dentro de cada país, también se ha producido un
verdadero cambio. Entre las naciones más prósperas ha tenido lugar una
revolución de valores. Tanto en Europa como en los Estados Unidos, aquellos
jóvenes que se criaron en una época de paz y prosperidad tienden, al
convertirse en adultos, a dar menos valor al dinero que aquellos que crecieron
durante un período de depresión o durante la Segunda Guerra Mundial. En su
lugar, otorgan mayor importancia a la autodeterminación (también en el ámbito
del trabajo) y a la expresión cultural. Para este grupo relativamente próspero
de posmaterialistas, el dinero no compra la felicidad.
Entonces, ¿cómo se
explica que el bien colectivo que constituye la riqueza de un país y no el bien
privado de la riqueza del individuo incremente la sensación de bienestar? Una
de las razones es que los beneficios de la riqueza colectiva incrementan,
generalmente, los ingresos de los más pobres para los cuales el dinero sí
compra la felicidad. Es más, el dinero puede contribuir a aliviar las
aflicciones de los pobres como por ejemplo la elevada tasa de mortandad
infantil. Por el mismo motivo, los países más ricos tienen mejores sistemas de
ayuda social que los países más pobres. Así, la riqueza colectiva permite
comprar de forma objetiva y subjetiva el bienestar para los más pobres. O, para
ser más exactos, permite comprar el alivio a un dolor —un alivio que permite
incrementar el bienestar en mayor medida que cualquier incremento similar del
sentimiento de felicidad. Una segunda razón es que, puesto que "la subida
de la marea eleva todos los botes", cada uno de los "botes" está
mejor de lo que estaba antes de subir la marea y, el alivio que reside en esta
reflexión, evita las comparaciones envidiosas con los demás. Las comparaciones
respecto a las distintas situaciones que vive uno mismo, en relación con las
comparaciones que el individuo realiza como miembro de una sociedad, favorecen
la sensación de bienestar. Y una tercera razón es que durante los períodos de
prosperidad colectiva en los que la mayor parte de los ingresos se incrementan,
la gente (los americanos en mayor grado que los europeos) atribuye este aumento
de los ingresos a sus propios esfuerzos, más que a factores tales como un
aumento en las inversiones o una productividad económica más elevada.
Analicemos el dilema: los
países más ricos, cuya riqueza procede de su enfoque hacia la productividad,
son más felices que las naciones más pobres. Pero este enfoque hacia la
productividad y la riqueza disminuye la felicidad individual. En otras
palabras, un aumento en la riqueza de una nación requiere sacrificar el
bienestar de una generación, apartándola de todas aquellas cosas que hacen más
feliz a la gente hoy en día: la familia, la amistad, la estima social y,
especialmente, un entorno laboral que coloca la satisfacción en el trabajo en
un primer plano y la compensación económica en un segundo plano. Se podría
decir que el sacrificar el bienestar actual por el bienestar de nuestros hijos
es algo así como ahorrar para ellos. Indudablemente, se trata de un acto de
generosidad. Pero puede ser que, mirando atrás, nuestros hijos hubiesen
preferido tener unos padres más felices a su lado en lugar de tener, ya como
adultos, cualquier mejora económica que les hayamos podido legar.
El
placer, una cinta sin fin
Analicemos de nuevo la
felicidad individual. Si los deseos, las expectativas y los patrones de
comparación se incrementan al mismo ritmo que los "logros", ningún
aumento en los ingresos, independientemente de su cuantía, incrementará el
bienestar desde un punto de vista subjetivo. Este proceso conduce a lo que dos
psicólogos, Philip Brickman y Donald Campbell, denominaron "the hedonic
treadmill": el placer es como una cinta transportadora sin fin ¿No hay
escapatoria?
Quizás sí la haya. Como
ya hemos visto, son la familia, la amistad y el trabajo los factores que más
contribuyen a la sensación de bienestar. Que yo sepa, ningún
estudio ha sugerido que dichos factores constituyan placeres saciables, que uno
pueda llegar a aburrirse de las satisfacciones derivadas de la amistad y de la
familia o que el interés que suscitan esté menguando. Y según los estudios
sobre el placer que otorgan los desafíos y el trabajo autodirigido, sabemos que
se caracteriza por el deseo de continuar con el trabajo durante el "tiempo
libre". Más que un placer saciable, este tipo de trabajo resulta adictivo.
En la actualidad podemos observar una división en el seno de la población, de
forma que una parte está condenada a caminar por la cinta sin fin del placer
mientras que la otra decide tomar un sendero mucho más placentero. Al final,
como ya se mencionó previamente, los pobres y aquellas personas próximas a la
pobreza se beneficiarán del crecimiento económico porque, para ellos, un
aumento en los ingresos, tanto colectivo como individual, les permite comprar
la felicidad. Y para los más acomodados y para los más cultos, un grupo éste en
aumento, existe el sendero posmaterialista del trabajo autodirigido e incluso
el deseo de "una sociedad en la que las ideas cuenten más que el
dinero".
Pero para la
gran mayoría materialista, que resulta bastante indiferente al hecho de que las
"ideas cuenten o no", una mayor cantidad de dinero no les permitirá
comprar un mayor bienestar y la cinta sin fin
se extiende ante ellos, a no ser que, con algo de ayuda externa, lleguen a
darse cuenta de que sus familias, sus amigos y un trabajo con el que se sientan
realizados constituyen el verdadero sendero hacia la felicidad.
¿Puede el
gobierno ayudar?
Según mi
experiencia, muchos estudios muestran que a la gente no le resulta fácil
explicar y conocer las fuentes de su propio bienestar. Aunque pueda parecer
paternalista, la gente necesita ayuda para estructurar sus opciones y
comprender las distintas situaciones.
De todas las
fuentes de bienestar posibles, una vida familiar satisfactoria es la más
importante. En lo más alto de la sociedad, para el 80 por ciento de la
población, esta forma de satisfacción no varía con los ingresos. Pero en lo más
bajo la cosa cambia ya que la miseria y las desgracias familiares suelen ir de
la mano.
En
consecuencia, la política debería intentar aliviar la pobreza. Además, cada vez
que el mercado desestabiliza a un colectivo, atenta también contra la
estabilidad de la vida familiar. La protección de la familia permitiría
maximizar la felicidad en mayor grado de lo que podría hacerlo un incremento de
la productividad. Pero las compañías no sacan beneficio de la felicidad
familiar de sus empleados e incluso aunque así fuera, nuestra competitiva
economía limitaría sus actuaciones en este sentido.
Puesto que la
satisfacción con el trabajo es primordial para el bienestar, yo abogo por una
política doblemente dirigida: en primer lugar, el pleno empleo y no una mayor
renta per cápita debería ser el principal objetivo de la política económica. Y
en segundo lugar, puesto que la satisfacción en el trabajo y el aprendizaje del
mismo dependen del uso de la habilidad y autocontrol de la vida de cada individuo,
aquellas empresas que fuesen capaces de convertir las tareas rutinarias en
trabajos en los que los empleados puedan tomar sus propias decisiones deberían
ser premiadas por el gobierno.
Bien es
cierto que la demanda creciente del grado de cualificación en los distintos
trabajos ha sido promovida por el impulso del mercado, pero estos mismos
impulsos preservan a aquellos trabajos menos estables y que exigen una menor
cualificación (y cuyos salarios son más bajos) que se encuentran en lo más bajo
de la escala laboral. Para maximizar la utilidad que deriva del trabajo (ya no
solo minimizar la desutilidad) los gobiernos deben tomar cartas en el asunto.
Estas
propuestas serían más útiles a la hora de alcanzar el éxito en la búsqueda
común de la felicidad que las opciones que proponen igualar los ingresos, lo
cual, para la mayor parte de la población, no alteraría en absoluto el
resultado de dicha búsqueda.
La economía
de mercado nos ha hecho prósperos, pero no maximiza la "utilidad" o
la satisfacción que resulta de cubrir las necesidades humanas. Con habilidad y
moderación, la política gubernamental puede transformar el mercado para
alcanzar este fin. Para ello los gobiernos deben, por decirlo de algún modo,
abandonar el patrón oro y tratar el producto nacional bruto per cápita como un
medio útil pero limitado para conseguir el verdadero objetivo tanto de los
gobiernos como de los mercados: incrementar al máximo el bienestar.
En 1930,
anticipándose al crecimiento económico que se iba a producir, Keynes escribió
una carta a sus "nietos" aconsejándoles que intentasen
"experimentar e impulsar el arte de la vida tanto como las actividades
enfocadas a alcanzar un medio de vida". "Pero sobre todo", dijo,
"no sobrestimemos la importancia del problema económico o supeditemos a
las supuestas necesidades que conlleva, otros asuntos más importantes y
significativos". Keynes pensó que la "asignatura pendiente" de
la humanidad es aprender, no solo a vivir, sino a vivir feliz.
† Utilizaré
frecuentemente el término "sensación de bienestar" o
simplemente "bienestar" en vez de "felicidad".
Esta última es un estado de ánimo o emoción, mientras que la mayoría de los
estudios en los que me basaré, utilizan medidas más cognitivas, tales como "satisfacción
con la vida en su conjunto" o complicados índices de satisfacción y estado
de ánimo.
El dinero no da la
felicidad
El
dinero, esa forma de intercambiar bienes que comenzó en el trueque, pasó por la
sal, las primeras monedas y ahora abarca cada rincón de la economía mundial… ¿Es posible que dé
la felicidad? Rotundamente no.
Entonces, ¿qué papel juega en ella? Hablaremos un poco sobre cómo el poderoso
caballero influye en nuestra percepción de una vida feliz.
No nos
engañemos: es
necesaria una cantidad mínima de dinero para ser feliz. En esta sociedad, la moneda de cambio es la
única que podrás utilizar para obtener la mayoría de bienes y servicios
mínimos, tales como la sanidad, la educación y la vestimenta. Asimismo,
necesitamos un lugar donde vivir, y algo que llevarnos a la boca. Esto que
hemos mencionado son considerados bienes básicos, y carecer de ellos
puede impedirnos ser felices porque
tenemos otras prioridades.
Sin
embargo, pasada esa barrera (con un cierto margen, está claro), cuando llegamos
a bienes de consumo que pueden ser prescindibles sin causar un perjuicio grave…
¿se es menos feliz porque se tenga menos? ¿Tendrá la felicidad una relación
directamente proporcional al dinero? ¿Existirá gente megafeliz, ya que son
multimillonarios? ¿Porque pueden ir aquí y allá, porque pueden comprar esto o
aquello, porque se pueden permitir tal o cual lujo? Pues no, la felicidad no
está ahí, hay
gente pobre que es muy feliz, y gente rica que son extremadamente infelices, así que te recomendamos que dejes de buscar
tu felicidad en esa montaña de oro al final del camino.
Las
razones que esgrimimos para esta afirmación están basadas en los estudios
psicológicos sobre la felicidad. En lo que se refiere al dinero, existe una
rápida adaptación del nivel de vida, y cosas que cuando no tenemos dinero
pueden parecer grandes fuentes de felicidad, una vez las tienes y experimentas
no te aportan más felicidad que un soplo de brisa marina una tarde de verano.
Esta adaptación es tremendamente veloz, de modo que si hoy nos tocaran 30
millones de euros, quizás el año que viene seríamos más infelices que hoy
mismo, ahogados por los problemas que nos crea gestionar esa cantidad de dinero
(o cualquier otros). Nuestro consejo: si te tocan esos 30 millones, adáptate
poco a poco, es decir, haz como si hoy te tocaran 10000, dentro de tres meses
20000, y así ves disfrutando de pequeñas cosas que vas obteniendo con ese
dinero. La gestión de nuestro capital está muy relacionada con la adaptación.
Además,
la percepción de felicidad en lo que se refiere al dinero es muy curiosa: siempre nos
comparamos con gente de nuestro mismo nivel económico o gente que está por
encima, y por lo tanto nos
sentimos inferiores, al no poder hacer/tener esto o lo otro. Es curioso cómo no
nos comparamos con algún país en el que la gente se despierta preguntándose qué
van a comer, y estamos agobiados porque no podemos conseguir el último Smartphone.
Además, cuanto más tienes, más quieres, y se ha demostrado que pensar con
demasiada frecuencia en el dinero empeora el disfrute de tus días. Hay que meditar los
sacrificios que uno hace para
obtener cada vez más dinero.
Si todo
esto no fuera suficiente argumento, resulta que la felicidad depende de
otros muchísimos factores, tales
como el amor, las metas personales, los sueños, el tiempo libre, la familia, la
amistad, nuestra personalidad, posibles enfrentamientos o rivalidades, la sed
de poder, adicciones, y un largo etcétera. Hay estudios comparados sobre
personas con creencias o sin creencias religiosas, sobre edades, sobre sexo…
pero lo que al final cuenta es cómo decidamos vivir, si tenemos nuestras
necesidades cubiertas:
“Puedes elegir ser
feliz, o puedes elegir ser infeliz, la vida va a seguir su curso y será mejor
que la disfrutes porque ni todo el dinero del mundo podrá parar tu reloj”
A
todos os deseo la mayor felicidad posible, ahora y siempre, en el nuevo año y
muchooooos más, aunque no seáis excesivamente millonarios.
Un
abrazo muy fuerte
