La filosofía de por sí puede cambiarnos la vida. Todos somos filósofos y en la búsqueda del sentido solo tenemos que ejercer como tales.
sábado, 19 de agosto de 2017
lunes, 14 de agosto de 2017
Retomando la cuestión del amor para la reunión del 26/08
El amor como fuente de placer y de dolor.
¿Habéis dicho sí alguna vez a un solo placer? Oh
amigos míos, entonces dijisteis sí también a todo dolor. [1]
No haremos teoría del amor. Tampoco
intentaremos definirlo. Solamente detenernos en un sentimiento a través del
cual se puede ser feliz y que también
trae aparejado la infelicidad. El amor es fuente de placer y también de
dolor. Hay quien decía que la felicidad es el sueño del amor y la tristeza el
despertar de ese sueño.
El placer lo
produce un sentimiento correspondido. Amamos a quien nos ama y viceversa, al
menos eso sería lo sano. El dolor tiene que ver con el temor a perder esa
situación de correspondencia.
Solemos perseguir
al amor como fuente de placer. Intentamos una situación sin fisuras, redonda,
de plena complementación y totalmente ajena a cualquier situación de
infelicidad o dolor. Y en esto nos equivocamos. El amor más pleno es aquel que
produce más placer que dolor. Un signo de que el amor se acaba, se está
agotando, es cuando el dolor prima sobre el placer.
Es en esta relación
placer-dolor como se propone que profundicemos en este sentimiento del amor.
Cualquier
definición del amor es subjetiva (amor, enamoramiento, amistad, cariño, etc.
son solo palabras). También podríamos recurrir a los filósofos, desde Platón en
adelante, para profundizar en el concepto de amor. Pero lo que aquí nos
interesa no es un concepto, sino un sentimiento que todos conocemos por haberlo
experimentado y al que le llamamos amor. Este sentimiento nos hace felices
cuando tenemos a alguien que nos corresponde de la misma manera e infelices
cuando perdemos a esa persona. Y doblemente infelices porque nos quedamos
solos. Porque no tenemos a nadie y además tememos que desde ahora en adelante
siempre estaremos así. Aquí aparece de un modo acuciante el miedo a la soledad,
una de las causas más importantes de dolor e infelicidad.
Una de las
condiciones necesarias para poder abrirnos de una manera sana a una relación
amorosa es la de no partir del miedo a la soledad. El miedo a la soledad todo
lo distorsiona y nos lleva a buscar a alguien como a una tabla de salvación y
no como a un “otro” a quien libremente elijo para construir un determinado
proyecto. El poder conjurar el miedo a la soledad se encuentra en el camino de
la “sabiduría del amor”, es una cuestión de inteligencia emocional (aunque
ambos términos puedan resultar heterogéneos entre sí, casi contradictorios).
No se trata tanto
de diluir el miedo a la soledad - de sofocarlo o ignorarlo-, sino de aprender a
vencerlo transformándolo en algo útil y positivo (en el sentido de los yudokas
que se aprovechan de la fuerza de su adversario para vencerlo).
La auténtica filosofía posibilita
vencer los miedos. Lo cual no es solo un ejercicio de reflexión crítica, sino
un intento de ayudar a las personas a tomar decisiones y vivir mejor. Lo que no
significa otra cosa que el retorno de la filosofía a su cometido primigenio, a
la filosofía entendida como escuela de vida.
Como fuente de felicidad y por tanto
de placer, hay en el amor a los demás una apelación a la trascendencia, no en
el sentido teológico sino antropológico. De la propia mismidad, de la radical
experiencia de nuestra incomunicabilidad de base emanan los miedos que nos
pueden sumir en el dolor y la tristeza. Por lo que la apertura al otro en el
sentimiento del amor es lo único que puede mitigar el vértigo de la
individualidad. El placer del amor cura y cicatriza la herida de nacimiento de
la soledad. El amor es el bálsamo del dolor. Quizás la mayor infelicidad y el
más insoportable dolor sería que se nos presentara la muerte sin haber curado
esa soledad como marca del nacimiento.
El amor es el único camino de
felicidad y aunque incluye el dolor, lo transforma en placer en la química de
la entrega al otro, a los demás.
El debate está abierto.
[1] 103 Nietzsche, Federico. La Gaya Ciencia, “Libro
Cuarto”. Cita tomada de Hilda Salmerón, p…..[1]
sábado, 12 de agosto de 2017
Felicidad y sufrimiento
Con este breve artículo (con un contenido muy conocido por vosotros) inauguro mi colaboración con el periódico Los Andes (Mendoza, Argentina).
http://www.losandes.com.ar/article/felicidad-y-sufrimiento
miércoles, 9 de agosto de 2017
Textos propuesto por Gregorio para la reunión del 26.
Emile Cioran - Genealogía del
fanatismo
En
sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima,
proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia,
se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la
epilepsia se ha consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las
farsas sangrientas.
Idólatras
por instinto, convertimos en incondicionados los objetos de nuestros sueños y
de nuestros intereses. La historia no es más que un desfile de falsos
Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del
espíritu ante lo Improbable. Incluso cuando se aleja de la religión el hombre
permanece sujeto a ella; agotándose en forjar simulacros de dioses, los adopta
después febrilmente: su necesidad de ficción, de mitología, triunfa sobre la
evidencia y el ridículo. Su capacidad de adorar es responsable de todos sus
crímenes: el que ama indebidamente a un dios obliga a los otros a amarlo, en
espera de exterminarlos si rehúsan. No hay intolerancia, intransigencia
ideológica o proselitismo que no revelen el fondo bestial del entusiasmo. Que
pierda el hombre su facultad de indiferencia: se convierte en asesino virtual;
que transforme su idea en dios: las consecuencias son incalculables. No se mata
más que en nombre de un dios o de sus sucedáneos: los excesos suscitados por la
diosa Razón, por la idea de nación, de clase o de raza son parientes de los de
la Inquisición o la reforma. Las épocas de fervor sobresalen en hazañas
sanguinarias: Santa Teresa no podía por menos de ser contemporánea de los autos
de fe y Lutero de la matanza de los campesinos. En las crisis místicas, los
gemidos de las víctimas son paralelos a los gemidos del éxtasis... Patíbulos,
calabozos y mazmorras no prosperan más que a la sombra de una fe, de esa
necesidad de creer que ha infestado el espíritu para siempre. El diablo
palidece junto a quien dispone de una verdad, de su verdad. Somos injustos con
los Nerones o los Tiberios: ellos no inventaron el concepto de herético: no
fueron sino soñadores degenerados que se divertían con las matanzas. Los
verdaderos criminales son los que establecen una ortodoxia sobre el plano
religioso o político, los que distinguen entre el fiel y el cismático.
En
cuanto nos rehusamos a admitir el carácter intercambiable de las ideas, la
sangre corre... Bajo las resoluciones firmes se yergue un puñal; lo ojos
llameantes presagian el crimen. Jamás el espíritu dubitativo, aquejado del
hamletismo, fue pernicioso: el principio del mal reside en la tensión de la
voluntad, en la ineptitud para el quietismo, en la megalomanía prometeica de
una raza que revienta de ideal, que estalla bajo sus convicciones y la cual,
por haberse complacido en despreciar la duda y la pereza vicios más nobles que
todas sus virtudes , se ha internado en una vía de perdición, en la historia,
en esa mezcla indecente de banalidad y apocalipsis... Las certezas abundan en
ella: suprimidlas y suprimiréis sobre todo sus consecuencias: reconstituiréis
el paraíso. ¿Qué es la Caída sino la búsqueda de una verdad y la certeza de
haberla encontrado, la pasión por un dogma, el establecimiento de un dogma? De
ello resulta el fanatismo tara capital que da al hombre el gusto por la
eficacia, por la profecía y el terror , lepra lírica que contamina las almas,
las somete, las tritura o las exalta... No escapan más que los escépticos (o
los perezosos y los estetas), porque no proponen nada, porque verdaderos
bienhechores de la humanidad destruyen los prejuicios y analizan el delirio. Me
siento más seguro junto a un Pirrón que junto a un San Pablo, por la razón de
que una sabiduría de humoradas es más dulce que una santidad desenfrenada. En
un espíritu ardiente encontramos la bestia de presa disfrazada; no podríamos
defendernos demasiado de las garras de un profeta... En cuanto eleve la voz,
sea en nombre del cielo, de la ciudad o de otros pretextos, alejaos de él:
sátiro de vuestra soledad, no os perdona el vivir más acá de sus verdades y sus
arrebatos; quiere haceros compartir su histeria, su bien, imponérosla y
desfiguraros. Un ser poseído por una creencia y que no buscase comunicársela a
otros es un fenómeno extraño a la tierra, donde la obsesión de la salvación
vuelve la vida irrespirable. Mirad en torno a vosotros: Por todas partes larvas
que predican; cada institución traduce una misión; los ayuntamientos tienen su
absoluto como los templos; la administración, con sus reglamentos
metafísica para uso de monos... Todos se esfuerzan por remediar la vida
de todos: aspiran a ello hasta los mendigos, incluso los incurables; las aceras
del mundo y los hospitales rebosan de reformadores. El ansia de llegar a ser
fuente de sucesos actúa sobre cada uno como un desorden mental o una maldición
elegida. La sociedad es un infierno de salvadores. Lo que buscaba Diógenes con
su linterna era un indiferente...
Me
basta escuchar a alguien hablar sinceramente de ideal, de porvenir, de
filosofía, escucharle decir «nosotros», con una inflexión de seguridad, invocar
a los «otros» y sentirse su intérprete, para que le considere mi enemigo. Veo
en él un tirano fallido, casi un verdugo, tan odioso como los tiranos y
verdugos de gran clase. Es que toda fe ejerce una forma de terror, tanto más
temible cuanto que los «puros» son sus agentes. Se sospecha de los ladinos, de
los bribones, de los tramposos; sin embargo, no sabríamos imputarles ninguna de
las grandes convulsiones de la historia; no creyendo en nada, no hurgan
vuestros corazones, ni vuestros pensamientos más íntimos; os abandonan a
vuestra molicie, a vuestra desesperación o a vuestra inutilidad; la humanidad
les debe los pocos momentos de prosperidad que ha conocido; son ellos los que
salvan a los pueblos que los fanáticos torturan y los «idealistas» arruinan.
Sin doctrinas, no tienen más que caprichos e intereses, vicios acomodaticios,
mil veces más soportables que el despotismo de los principios; porque todos los
males de la vida vienen de una «concepción de la vida». Un hombre político
cumplido debería profundizar en los sofistas antiguos y tomar lecciones de
canto; y de corrupción...
El
fanático es incorruptible: si mata por una idea, puede igualmente hacerse matar
por ella; en los dos casos, tirano o mártir, es un monstruo. No hay seres más
peligrosos que los que han sufrido por una creencia: los grandes perseguidores
se reclutan entre los mártires a los que no se ha cortado la cabeza. Lejos de
disminuir el apetito de poder, el sufrimiento lo exaspera; por eso el espíritu
se siente más a gusto en la sociedad de un fanfarrón que en la de un mártir; y
nada le repugna tanto como ese espectáculo donde se muere por una idea... Harto
de lo sublime y de carnicerías, sueña con un aburrimiento provinciano a escala
universal, con una Historia cuyo estancamiento sería tal que la duda se dibujaría
como un acontecimiento y la esperanza como una calamidad.
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Final del formulario
“Odio a los indiferentes”:
Antonio Gramsci
Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere
decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano
y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no
vida. Por eso odio a los indiferentes.
La indiferencia es el peso muerto
de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera
pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar.
Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta
desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre
todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la
promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso
al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La
masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que
todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al
que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al
indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente,
pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi
voluntad, habría pasado lo que ha pasado?
Odio a los
indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos
inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la
vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué
no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de
no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.
Soy partidista,
estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la
actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en
ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella
sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los
ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la
sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma
partido, odio a los indiferentes.
11 de febrero de
1917
Odio gli
indifferenti. Credo come Federico Hebbel che “vivere vuol dire essere
partigiani”.2 Non possono esistere i solamente uomini, gli estranei alla città.
Chi vive veramente non può non essere cittadino, e parteggiare. Indifferenza è
abulia, è parassitismo, è vigliaccheria, non è vita. Perciò odio gli
indifferenti.
L’indifferenza è
il peso morto della storia. E’ la palla di piombo per il novatore, è la materia
inerte in cui affogano spesso gli entusiasmi più splendenti, è la palude che
recinge la vecchia città e la difende meglio delle mura più salde, meglio dei
petti dei suoi guerrieri, perché inghiottisce nei suoi gorghi limosi gli
assalitori, e li decima e li scora e qualche volta li fa desistere dall’impresa
eroica. L’indifferenza opera potentemente nella storia. Opera passivamente, ma
opera. E’ la fatalità; e ciò su cui non si può contare; è ciò che sconvolge i
programmi, che rovescia i piani meglio costruiti; è la materia bruta che si
ribella all’intelligenza e la strozza. Ciò che succede, il male che si abbatte
su tutti, il possibile bene che un atto eroico (di valore universale) può
generare, non è tanto dovuto all’iniziativa dei pochi che operano, quanto
all’indifferenza, all’assenteismo dei molti. Ciò che avviene, non avviene tanto
perché alcuni vogliono che avvenga, quanto perché la massa degli uomini abdica
alla sua volontà, lascia fare, lascia aggruppare i nodi che poi solo la spada
potrà tagliare, lascia promulgare le leggi che poi solo la rivolta farà
abrogare, lascia salire al potere gli uomini che poi solo un ammutinamento
potrà rovesciare. La fatalità che sembra dominare la storia non è altro appunto
che apparenza illusoria di questa indifferenza, di questo assenteismo. Dei
fatti maturano nell’ombra, poche mani, non sorvegliate da nessun controllo,
tessono la tela della vita collettiva, e la massa ignora, perché non se ne
preoccupa. I destini di un’epoca sono manipolati a seconda delle visioni
ristrette, degli scopi immediati, delle ambizioni e passioni personali di
piccoli gruppi attivi, e la massa degli uomini ignora, perché non se ne
preoccupa. Ma i fatti che hanno maturato vengono a sfociare; ma la tela tessuta
nell’ombra arriva a compimento: e allora sembra sia la fatalità a travolgere
tutto e tutti, sembra che la storia non sia che un enorme fenomeno naturale,
un’eruzione, un terremoto, del quale rimangono vittima tutti, chi ha voluto e
chi non ha voluto, chi sapeva e chi non sapeva, chi era stato attivo e chi
indifferente. E questo ultimo si irrita, vorrebbe sottrarsi alle conseguenze,
vorrebbe apparisse chiaro che egli non ha voluto, che egli non è responsabile.
Alcuni piagnucolano pietosamente, altri bestemmiano oscenamente, ma nessuno o
pochi si domandano: se avessi anch’io fatto il mio dovere, se avessi cercato di
far valere la mia volontà, il mio consiglio, sarebbe successo ciò che è
successo? Ma nessuno o pochi si fanno una colpa della loro indifferenza, del
loro scetticismo, del non aver dato il loro braccio e la loro attività a quei
gruppi di cittadini che, appunto per evitare quel tal male, combattevano, di
procurare quel tal bene si proponevano.
I più di costoro,
invece, ad avvenimenti compiuti, preferiscono parlare di fallimenti ideali, di
programmi definitivamente crollati e di altre simili piacevolezze. Ricominciano
così la loro assenza da ogni responsabilità. E non già che non vedano chiaro
nelle cose, e che qualche volta non siano capaci di prospettare bellissime
soluzioni dei problemi più urgenti, o di quelli che, pur richiedendo ampia
preparazione e tempo, sono tuttavia altrettanto urgenti. Ma queste soluzioni rimangono
bellissimamente infeconde, ma questo contributo alla vita collettiva non è
animato da alcuna luce morale; è prodotto di curiosità intellettuale, non di
pungente senso di una responsabilità storica che vuole tutti attivi nella vita,
che non ammette agnosticismi e indifferenze di nessun genere.
Odio gli
indifferenti anche per ciò che mi dà noia il loro piagnisteo di eterni
innocenti. Domando conto ad ognuno di essi del come ha svolto il compito che la
vita gli ha posto e gli pone quotidianamente, di ciò che ha fatto e
specialmente di ciò che non ha fatto. E sento di poter essere inesorabile, di
non dover sprecare la mia pietà, di non dover spartire con loro le mie lacrime.
Sono partigiano, vivo, sento nelle coscienze virili della mia parte già pulsare
l’attività della città futura che la mia parte sta costruendo. E in essa la
catena sociale non pesa su pochi, in essa ogni cosa che succede non è dovuta al
caso, alla fatalità, ma è intelligente opera dei cittadini. Non c’èin essa
nessuno che stia alla finestra a guardare mentre i pochi si sacrificano, si
svenano nel sacrifizio; e colui che sta alla finestra, in agguato, voglia
usufruire del poco bene che l’attività di pochi procura e sfoghi la sua
delusione vituperando il sacrificato, lo svenato perché non è riuscito nel suo
intento.
Vivo, sono
partigiano. Perciò odio chi non parteggia, odio gli indifferenti.
Notas: [1]
Publicado en La Città futura, 1, febbraio del 1917:1-1 [2] Cfr. Friedrich
Hebbel, Diario, trad. e introduzione di Scipio Slataper, Carabba, Lanciano 19I2
(“Cultura dell’anima”), p. 82: “Vivere significa esser partigiani” (riflessione
n. 2127). Questo stesso pensiero di Hebbel era stato pubblicato nel numero del
“Grido del Popolo” del 27 maggio 1916, insieme con le seguenti due
“riflessioni” tratte dalla medesima opera: ” 1. Un prigioniero è un predicatore
della libertà. 2. Alla gioventù si rimprovera spesso di credere che il mondo
cominci appena con essa. Ma la vecchiaia crede anche più spesso che il mondo
cessi con lei. Cos’è peggio? ”
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