LA SOLEDAD
Queridos
compañeros: En nuestra reunión del pasado 5 de marzo, os expuse (ahora pienso
que demasiado extensamente, por lo que os pido disculpas) mi intención de hacer
un trabajo sobre un tema que me parece muy relevante, sobre todo por dos motivos
personales. El primero por haber llegado a una edad tan avanzada, que hace que
me fije más en aquellos que tiene mis años, y vean que son más golpeados por
ella. En segundo lugar, por la actividad que vengo desarrollando desde que me
jubilé, por la que convivo mucho más intensamente con las personas mayores que
son candidatos a caer en los brazos de esta situación, con las consecuencias de
todo tipo, mejores y peores (más de estas que de aquellas) que influyen mucho
en su vivir diario.
De que hablo:
de la soledad. Esa situación en que las
personas nos encontramos tan a menudo, y que según como la administremos, puede
ser un gozo o un mal tan terrible que nos conduzca a nuestro final, a la
muerte.
Como hago
siempre que me planteo escribir sobre un tema, para desarrollarlo, me apoyo en
mi experiencia, que por ser dilatada en el tiempo, me da oportunidad de
reflexionar sobre lo que he vivido, tanto en el plano personal como en el del mi
entorno social.
Ya apunté en la
citada reunión, que tengo numerosas anécdotas que me han sucedido con las
personas con las que convivo en mis talleres, que por ser todas de una edad
avanzada (normalmente de más de 60 años) son motivo de cantidad de experiencias
de todo tipo relacionadas con la soledad. He dicho en multitud de ocasiones,
cuando hablo sobre mi labor- relacionada con el mundo de las nuevas
tecnologías- que muy habitualmente las personas que se acercan hasta dichos
talleres, aunque en principio llegan atraídas por diversos motivos, como la
curiosidad, la presión de su entorno familiar, las ganas de aprender algo
nuevo, la posibilidad de una mejor comunicación, la ayuda en muchas facetas de
su vida diaria, en esta época tan tecnificada etc. etc., lo que yo he vivido y
sigo viviendo a diario, es que gran parte de estas personas llegan con el
objetivo de romper con su soledad, y encontrar a alguien con quien compartir
sus inquietudes, sus tristezas, sus alegrías, sus ilusiones, sus vivencias, sus
recuerdos, sus nostalgias, su visión de futuro, sus ideas sobre cantidad de
sentimientos que de otra manera les sería imposible de exponer.
Como digo, en
estos años he visto como se han encontrado personas que llevaban mucho tiempo
sin verse; otros que a raíz de la convivencia en el taller, se juntan y siguen un buen rato hablando
de todas esas cosas antes mencionadas; que se han creado tertulias donde
periódicamente se juntan con el único objeto de conversar; que se han
organizado viajes de los cuales vuelven con una experiencia que cuentan con
total alegría; en fin, unos aconteceres muy enriquecedores, que hacen que
personas que podían estar condenadas a la tristeza más dañina, cambien a una
vida más humana.
En la reunión
yo me decanté por la visión de la soledad como un estado que permitía ser
creativo. Creo que en soledad se pueden
tener las mejores experiencias. Es una situación que permite meterte en ti
mismo y reflexionar sobre tus ideas, tus temores, tus ilusiones, tus
frustraciones, tu pasado, tu futuro… en resumen: tus vivencias espirituales.
Creo que es la situación idónea para leer, escribir, pensar, meditar, con la
tranquilidad suficiente para disfrutar de todo ello.
Por supuesto
claro que pienso en que hay opiniones muy distintas, como no podría ser de otra
manera, dado que cualquier cuestión humana puede tener tantas visiones como
miradas se den sobre ella.
Hasta aquí he
querido reflejar mi opinión personal sobre el tema, y que como no puede ser de
otra manera, no aporta nada significativo sobre el mismo.
A continuación
quiero citar algunas de las lecturas y autores que he encontrado sobre la
materia, y que aunque no es todo lo extenso que pudiera ser, sí que pueden
aportar visiones con autoridad suficiente como para servir de motivo para un
contraste de pareceres amplio y enriquecedor. Ojala sea así, pues este es mi
único objetivo.
Comenzaré con
una serie de opiniones que parece que avalan el concepto de maldad que contiene
la soledad.
Goleman nos informa de lo malo que puede ser,
y es en realidad, la soledad, cuando dice:
“Aunque las discusiones continuas son malas
para la salud, permanecer aislados todavía es peor. Si los comparamos con
quienes poseían una amplia red de relaciones sociales, los que mantenían pocas
relaciones era 4,2 veces más proclives a resfriarse, convirtiendo a la soledad
en un factor de riesgo todavía más importante que el hecho de fumar.
Quizá
lo más sorprendente resultó ser el orden de factores determinantes de la
felicidad que, de mayor a menor, fueron los siguientes:
·
los
amigos
·
los
parientes
·
el
esposo o la pareja
·
los
hijos
·
los
clientes
·
los
compañeros de trabajo
·
el
jefe
·
la
soledad
Goleman. “Inteligencia
social”.
Yo también me siento un tanto sorprendido
ante el lugar que ocupa, dado que según mi criterio debería estar más arriba en
la escala.
Creo que no estaría tan claro el sentido
maligno de la soledad según el testimonio siguiente:
“Arrasamos las selvas, las selvas verdaderas, e implantamos selvas anónimas
de cemento. Enfrentamos al sedentarismos con caminadores, al insomnio con
pastillas, la soledad con electrónicos, porque somos felices alejados del
entorno humano”.
Mújica tenía razón cuando hablaba así en su discurso frente a los miembros
de la ONU en 2013. Los estudios revelan que la tendencia de la sociedad actual
incrementa entre otras cosas la sensación de soledad, que además toma nuevas
formas.
Un estudio realizado por la fundación de Francia en 2010 atestigua que
actualmente no se siente sola únicamente la gente mayor, sino que puede
sobrevenir a personas de cualquier sexo y edad, de zonas urbanas o rurales. Las
principales causas son:
·
Fragilidad de los vínculos familiares.
·
Tensión en las relaciones laborales.
·
La resistencia a comunicarse con los que
están alrededor.
·
La predilección creciente por las
relaciones e intercambios virtuales...
La soledad parece mala, cuando ha sido tradicionalmente una vía hacia el
descanso, la meditación y el encuentro con uno mismo. Tal como apunta la
psicoanalista Nicole Fabre: “Las personas que aprecian las soledad son capaces
de entrar en contacto consigo mismas sin romper el vínculo con los demás. Son
igualmente capaces de salir de su soledad para ir al cine, a comer o responder
al pedido de ayuda de un amigo. La mala soledad se hace reconocible cuando
provoca la necesidad compulsiva de establecer un vínculo, a menudo de manera
superficial, para llenar el vacío”.
Parece ser, además, la mala soledad es contagiosa. Un análisis realizado
sobre 5000 habitantes de la ciudad de Framingham permitió descubrir a los
investigadores que las personas que se sentían más solas eran aquellas que
estaban en la periferia de su red social, y que el riesgo de sentirse aislados
aumentaba alrededor de un 50 % en sus amigos más cercanos.
Alejarse del entorno humano, como apuntaba Mújica, es uno de los mayores
males de la sociedad moderna, porque el contacto personal es uno de los mejores
bálsamos. Como decía Sigmund Freud: “La ciencia moderna aun no ha producido un
medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras
bondadosa”.
Allan Percy: “Mújica. Una biografía inesperada”
“No es lo mismo riqueza, bienestar, consumo de bienes materiales que
felicidad. Porque esa es la contracara de nuestra angustia que camina por las
calles con forma de millones de individuos sumidos en la soledad en una
sociedad moderna multitudinaria. ¿Se creara un índice de felicidad? Afirmaba a
Víctor Hugo Morales en el programa Bajada de línea del 12 de agosto de 2012.
Allan Percy: “Mújica. Una biografía inesperada”
Como siempre, según mi criterio, el gran Pepe
tiene la habilidad y la sabiduría, junto a la osadía de decir aquello que piensa
en cualquier lugar y en cualquier situación. Mi total admiración por este
hombre.
Esta mañana en el programa de la cadena SER
“Hoy por hoy” , la directora del mismo Pepa Bueno, ha entrevistado a una
especialista sobre el tema de los suicidios. De los diversos temas tocados destaco
dos: que el número de suicidios en España crece de año en año, llegando a ser
un número mayor que las muertes por accidentes de tráfico. Y que la mayor parte
de estas muertes son producidas por la soledad. (En este punto ha detallado los motivos y razones
de la misma y que no relato para no alargar el tema).
Otra cuestión que comentaron en esta
entrevista fue el acuerdo, no sé si consciente o tácito, que tienen en los
medios de comunicación para no publicitar los suicidios; parece ser que lo
hacen al objeto de no provocar a otras personas que puedan ser propensos a este fenómeno. Yo
lo había leído en bastantes ocasiones, tanto a nivel de nuestro país como en
muchos otros. Hoy mismo he leído un artículo que tocaba este tema y señalaba
las posibles causas.
Conectando con estos dos temas, la soledad y
el suicidio, quiero aportar las ideas que muestra E. Punset en uno de sus
libros. En el prólogo del mismo dice:
“Resulta que más de un 25 por ciento de la
gente está angustiada por la tristeza, el estrés y la soledad. Ya no hablo de
la depresión, o de otras carencias emocionales que apenas sabemos abordar.
¿Queremos decir que unos diez millones de personas, sólo en España, se
encuentran mal porque se sienten tristes, estresadas y solas, y que nadie se
ocupa de ellas? Sí; estoy diciendo exactamente esto”
Más adelante,
incidiendo en la soledad, comenta más extensamente las opiniones, propias y
recogidas de múltiples especialistas, que tienen sobre la misma:
“El caso es
pertenecer a algo, no estar solos. El motivo de pertenencia es secundario, lo
importante es ser miembro de la manada. Hasta tal punto, que hoy puede
hermanarnos más el escudo de un equipo de fútbol que nuestros propios lazos de
sangre o el vínculo racial. En contra de lo que algunos piensan ingenuamente,
no vamos hacia una sociedad más individualista, sino al revés: estamos
estrechando lazos, somos cada día más sociales y cada vez necesitamos más a los
demás. Sin embargo, la soledad continúa siendo una de las enfermedades fantasma
de nuestros días. Las facultades de psicología albergan estanterías enteras
repletas de libros dedicados a estudiar la depresión. Se la ha analizado desde
mil puntos de vista —sin solución definitiva, por cierto—, y como quien coloca
en un lugar provisional una patata caliente que nadie quiere agarrar, se ha
situado el mal de la soledad en el cajón de la depresión, aunque ni son
lo mismo, ni tienen el mismo tratamiento, ni afectan a las mismas personas.
Sólo
últimamente la ciencia ha empezado a considerar la soledad como un problema
propio con su patrón particular. Nuestra generación tiene el reto de admitir
que se puede actuar contra el aislamiento social sin necesidad de acudir a
fármacos ni terapia: sólo buscando la manera de que la persona a quien le duele
la soledad encuentre vínculos en otras personas y pueda apoyarse en ellas para
dar de nuevo con su sitio en el grupo. Contra el sentimiento de abatimiento que
conlleva la soledad, no hay antidepresivo más eficaz y sin efectos secundarios
que la pomada que supone la presencia y el ánimo de los otros.
Ha
habido que vencer muchas resistencias para llegar a reconocer el daño que la
soledad estaba haciendo en los sistemas de organización colectiva de los que
nos hemos dotado. No hablo sólo de daños psicológicos, sino también físicos,
como han demostrado los estudios epidemiológicos que revelan los fuertes
vínculos que hay entre la percepción de la soledad y las situaciones de
suicidio, alcoholismo, neurosis y alteraciones del sistema inmunológico.
Son
motivos suficientes para considerar a la soledad como una dolencia digna de ser
tratada de forma diferenciada. En primer lugar, buscando las causas. En este
frente, algunos descubrimientos, como los realizados por John Cacioppo, son
reveladores. Este psicólogo de la Universidad de Chicago ha realizado diversos
estudios de genética del comportamiento empleando gemelos, y ha podido
constatar que la heredabilidad de las diferencias individuales en la percepción
de soledad —hablamos de aquellos que se sienten solos y viven esta falta de
compañía y relaciones como una carencia— casi llega al 50 por ciento. Para que
nos hagamos una idea, la altura tiene una heredabilidad del 80 por ciento. Es
decir: el 80 por ciento de las variaciones en altura de una población se
explica por los genes, y el resto por el ambiente. Estos estudios indican que
el sentimiento de soledad tiene un componente genético significativo. Cacioppo
nos cuenta que, aunque existen numerosos factores medioambientales que pueden
inducir a la soledad, el hecho de que las personas se sientan solas habiendo
tanta gente a nuestro alrededor sólo puede ser explicado mediante la
predisposición genética.
Se
ha comprobado que la soledad está relacionada con alteraciones en los sistemas
inmunológico, nervioso y vascular, provocando más casos de cáncer, infecciones,
depresiones y dolencias cardíacas entre las personas afectadas por la soledad
que entre aquellas que no se quejaban de ese déficit de compañía.
La pregunta que se deriva de estos datos pide paso a
gritos: si dispusiéramos de un sistema sanitario preventivo adecuado, ¿cuántas
enfermedades derivadas de estas dolencias relacionadas con la soledad podríamos
evitar? ¿Cuántas ventajas sanitarias podríamos obtener si vigiláramos la
atmósfera anímica de aislamiento social en las que se dan con más frecuencia
estas patologías físicas?
Mantenemos
una extraña relación con nuestros vínculos de dependencia social. Venimos de
siglos en los que hemos ensalzado la soledad y el individualismo hasta dotarlos
de una mística heroica. Cualquier hazaña lograda individualmente ha sido vista
tradicionalmente como más meritoria y valiosa que si ésta se lograba en grupo,
pasando por encima de nuestra naturaleza social y de la superior solidez que tienen
los logros humanos que se consiguen colectivamente frente a los que se alcanzan
sin contar con los otros. Incluso la literatura ha considerado en multitud de
textos la soledad como un atributo propio de la genialidad.
Mientras
todo eso sucedía, una de las principales fuerzas que impelían a esos genios
solitarios a crear sus grandes obras no era otra que el deseo de que los demás
les reconocieran su valía y les apreciaran por esto. Artistas, literatos,
pintores y grandes creadores en general, ¿qué otro objetivo perseguían cuando
alumbraron sus grandes obras que el cariño de la gente, el aplauso del público,
la admiración de sus seguidores?”
Así mismo con relación a los suicidios, aporta una
importante información recogida en todo el mundo. Anoto algunas ideas más
sobresalientes:
“El estigma que suele acompañar a los trastornos
de la mente alcanza en relación al suicidio unas cotas que deberían movernos a
la reflexión. Inquietan revelaciones como las que hace Joiner, uno de los
mayores expertos mundiales que hay en este campo: el 40 por ciento de los
familiares de un suicida prefiere mentir a contar la verdad a la hora de hablar
de los motivos de dicha muerte. Y, sin embargo, estamos hablando de una
tragedia que en muchos casos podría evitarse si, para empezar, fuera posible
hablar de ella y conocerla mejor.
¿Qué lleva a una persona a perder el sentido de la vida hasta
desear quitarse del medio? Thomas Joiner sostiene que hay múltiples factores
implicados en esa decisión. El trastorno mental asociado a raíces genéticas es
quizá el más importante: este investigador sitúa en un 40 por ciento la
influencia que ciertos cuadros depresivos pueden tener en el desencadenamiento
de actitudes suicidas. Pero con ser fundamental este condicionante, no es el
único. Lo que cuentan quienes han estudiado este problema más a fondo es que
hay un conjunto de factores sociales, como la soledad, la incomunicación y el
aislamiento de las personas, que también incide notablemente en los índices de
suicidio que soportan nuestros países. Lo más relevante de esta observación es
la conclusión que extraen de ella los expertos en esta materia: si se
atendieran correctamente esas causas, y la soledad no fuera uno de los rasgos
que define al mundo que habitamos, las tentativas contra la propia vida podrían
descender notablemente”
Eduardo Punset. “Lo que nos pasa por dentro”
Como decía más arriba, las opiniones sobre esta
materia son muy variadas, y como muestra de ello, si hasta ahora hemos visto la
parte más negativa, aportaré algunas otras que pone en duda esta opinión, o por
lo menos la matizan. Dos aportaciones muy breves de Descartes, donde vemos, o
eso me parece a mí, que reclama la soledad como motivo de tranquilidad en su
trabajo.
“Decidió consagrarse definitivamente a la meditación y
al estudio. París no podía convenirle; demasiados intereses, amigos, conversaciones,
visitas, perturbaban su soledad y su retiro. Sentía, además, con aguda
penetración, que no era Francia el más cómodo y libre lugar para especulaciones
filosóficas, y, con certero instinto, se recluyó en Holanda. Vivió veinte años
en este país, variando su residencia a menudo, oculto, incógnito, eludiendo la
ociosa curiosidad de amigos oficiosos e importunos.
Descartes. “Discurso del método”
En otra de sus obras también parece que la
soledad no le importa, sino todo lo contrario.
Así pues, ahora que
mi espíritu está libre de todo cuidado, habiéndome procurado reposo seguro en
una apacible soledad, me aplicaré seriamente y con libertad a destruir en
general todas mis antiguas opiniones.
Descartes. “Meditaciones acerca de la filosofía”
Acudo, una vez más, a
uno de mis autores favoritos, A. Conte-Sponville. Al margen de sus ideas sobre
este tema, que toca en varias de sus obras, hay una que me parece muy oportuna
para definir la idea que yo tengo sobre el mismo, y que como reitero una vez
más, tiene, por lo menos, dos facetas bastante bien definidas: la idea de que
la soledad puede ser buena o mala. Y es que este autor hace una distinción muy
interesante cuando dice que una cosa es la soledad y otra el aislamiento. Veámoslo.
“Debemos atenernos a lo difícil. Todo lo que vive se atiene a ello… Es
bueno estar solo porque la soledad es difícil. También es bueno amar, porque el
amor es difícil….”
Comte-Sponville en “El amor la soledad” Citando a Rilke en”Cartas a un joven poeta”.
Hay que hacer política, si, pero solo se puede hacer entre muchos:
informarse, reflexionar, discutir, organizarse, actuar. De otro modo no habrá
libertad ni justicia. Ese es el sentido más elevado de la democracia, y lo que
pone de manifiesto, a mi parecer, la idea de república. Ya ves que la soledad
no es una torre de marfil….
Comte-Sponville en
“El amor la soledad”
Aislamiento. Es la
ausencia de relaciones con el otro. No Hay que confundirlo con la soledad, que
es una relación—a la vez singular e inalienable—consigo mismo y con todo.
Soledad. No es lo
mismo que aislamiento. Estar aislado es estar separado de los otros sin
relaciones, sin amigos y sin amores. Estado anormal para el hombre, y casi
siempre doloroso y mortífero. En cambio, la soledad es nuestra condición
ordinaria: no porque no tengamos relaciones con el otro, sino porque estas
relaciones no podrían abolir nuestra soledad esencial, que reside en el hecho
de estar solos para ser lo que somos y para vivir lo que vivimos.
Por eso uno vive solo, siempre: porque nadie puede vivir en nuestro lugar.
Por eso el aislamiento es la excepción, y la soledad, la regla. Es el precio
que hay que pagar por ser uno mismo.
Comte-Sponville. “Diccionario filosófico”
Vemos pues, que a
través de todos estos testimonios u opiniones de los diversos autores que he
presentado, el tema de la soledad da para mucho, como no puede ser de otra
manera, cuando es una de las situaciones de la vida del sser humano que puede
aportar un sinfín de situaciones, y que cada uno de nosotros tendremos que
manejar como mejor podamos, o queramos, si es que la misma no nos conduce por
el camino adecuado.
Ojala que la soledad
sea para todos y cada uno de vosotros, queridos compañeros, una fuente de
bienestar, Os lo deseo de todo corazón.
PD. Aquí os dejo
estas recomendaciones, que seguro os pueden ser útiles.
LAS 5 CLAVES PARA DISFRUTAR DE LA SOLEDAD
1. Usted es su mejor compañía. La premisa
básica es cambiar la creencia de que uno, acompañado, está mejor.
2. Una oportunidad para conocerse mejor y
descubrir nuestro rico mundo interior.
3. En lugar de torturarse, hay que aprovechar
la soledad para leer, pintar o hacer deporte.
4. Escribir un diario. Ayudará a expresar
sentimientos y a contemplarse uno mismo con más conocimiento y cariño.
5. Como indica el psicólogo Javier Urra, con la
soledad recuperamos “el gusto por el silencio y por el dominio del tiempo