El amor como fuente de placer y de dolor.
¿Habéis dicho sí alguna vez a un solo placer? Oh
amigos míos, entonces dijisteis sí también a todo dolor. [1]
No haremos teoría del amor. Tampoco
intentaremos definirlo. Solamente detenernos en un sentimiento a través del
cual se puede ser feliz y que también
trae aparejado la infelicidad. El amor es fuente de placer y también de
dolor. Hay quien decía que la felicidad es el sueño del amor y la tristeza el
despertar de ese sueño.
El placer lo
produce un sentimiento correspondido. Amamos a quien nos ama y viceversa, al
menos eso sería lo sano. El dolor tiene que ver con el temor a perder esa
situación de correspondencia.
Solemos perseguir
al amor como fuente de placer. Intentamos una situación sin fisuras, redonda,
de plena complementación y totalmente ajena a cualquier situación de
infelicidad o dolor. Y en esto nos equivocamos. El amor más pleno es aquel que
produce más placer que dolor. Un signo de que el amor se acaba, se está
agotando, es cuando el dolor prima sobre el placer.
Es en esta relación
placer-dolor como se propone que profundicemos en este sentimiento del amor.
Cualquier
definición del amor es subjetiva (amor, enamoramiento, amistad, cariño, etc.
son solo palabras). También podríamos recurrir a los filósofos, desde Platón en
adelante, para profundizar en el concepto de amor. Pero lo que aquí nos
interesa no es un concepto, sino un sentimiento que todos conocemos por haberlo
experimentado y al que le llamamos amor. Este sentimiento nos hace felices
cuando tenemos a alguien que nos corresponde de la misma manera e infelices
cuando perdemos a esa persona. Y doblemente infelices porque nos quedamos
solos. Porque no tenemos a nadie y además tememos que desde ahora en adelante
siempre estaremos así. Aquí aparece de un modo acuciante el miedo a la soledad,
una de las causas más importantes de dolor e infelicidad.
Una de las
condiciones necesarias para poder abrirnos de una manera sana a una relación
amorosa es la de no partir del miedo a la soledad. El miedo a la soledad todo
lo distorsiona y nos lleva a buscar a alguien como a una tabla de salvación y
no como a un “otro” a quien libremente elijo para construir un determinado
proyecto. El poder conjurar el miedo a la soledad se encuentra en el camino de
la “sabiduría del amor”, es una cuestión de inteligencia emocional (aunque
ambos términos puedan resultar heterogéneos entre sí, casi contradictorios).
No se trata tanto
de diluir el miedo a la soledad - de sofocarlo o ignorarlo-, sino de aprender a
vencerlo transformándolo en algo útil y positivo (en el sentido de los yudokas
que se aprovechan de la fuerza de su adversario para vencerlo).
La auténtica filosofía posibilita
vencer los miedos. Lo cual no es solo un ejercicio de reflexión crítica, sino
un intento de ayudar a las personas a tomar decisiones y vivir mejor. Lo que no
significa otra cosa que el retorno de la filosofía a su cometido primigenio, a
la filosofía entendida como escuela de vida.
Como fuente de felicidad y por tanto
de placer, hay en el amor a los demás una apelación a la trascendencia, no en
el sentido teológico sino antropológico. De la propia mismidad, de la radical
experiencia de nuestra incomunicabilidad de base emanan los miedos que nos
pueden sumir en el dolor y la tristeza. Por lo que la apertura al otro en el
sentimiento del amor es lo único que puede mitigar el vértigo de la
individualidad. El placer del amor cura y cicatriza la herida de nacimiento de
la soledad. El amor es el bálsamo del dolor. Quizás la mayor infelicidad y el
más insoportable dolor sería que se nos presentara la muerte sin haber curado
esa soledad como marca del nacimiento.
El amor es el único camino de
felicidad y aunque incluye el dolor, lo transforma en placer en la química de
la entrega al otro, a los demás.
El debate está abierto.
[1] 103 Nietzsche, Federico. La Gaya Ciencia, “Libro
Cuarto”. Cita tomada de Hilda Salmerón, p…..[1]
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