lunes, 14 de agosto de 2017

Retomando la cuestión del amor para la reunión del 26/08

El amor como fuente de placer y de dolor.

¿Habéis dicho sí alguna vez a un solo placer? Oh amigos míos, entonces dijisteis sí también a todo dolor. [1]
No haremos teoría del amor. Tampoco intentaremos definirlo. Solamente detenernos en un sentimiento a través del cual se puede ser feliz y que también  trae aparejado la infelicidad. El amor es fuente de placer y también de dolor. Hay quien decía que la felicidad es el sueño del amor y la tristeza el despertar de ese sueño.
El placer lo produce un sentimiento correspondido. Amamos a quien nos ama y viceversa, al menos eso sería lo sano. El dolor tiene que ver con el temor a perder esa situación de correspondencia.
Solemos perseguir al amor como fuente de placer. Intentamos una situación sin fisuras, redonda, de plena complementación y totalmente ajena a cualquier situación de infelicidad o dolor. Y en esto nos equivocamos. El amor más pleno es aquel que produce más placer que dolor. Un signo de que el amor se acaba, se está agotando, es cuando el dolor prima sobre el placer.
Es en esta relación placer-dolor como se propone que profundicemos en este sentimiento del amor.
Cualquier definición del amor es subjetiva (amor, enamoramiento, amistad, cariño, etc. son solo palabras). También podríamos recurrir a los filósofos, desde Platón en adelante, para profundizar en el concepto de amor. Pero lo que aquí nos interesa no es un concepto, sino un sentimiento que todos conocemos por haberlo experimentado y al que le llamamos amor. Este sentimiento nos hace felices cuando tenemos a alguien que nos corresponde de la misma manera e infelices cuando perdemos a esa persona. Y doblemente infelices porque nos quedamos solos. Porque no tenemos a nadie y además tememos que desde ahora en adelante siempre estaremos así. Aquí aparece de un modo acuciante el miedo a la soledad, una de las causas más importantes de dolor e infelicidad.
Una de las condiciones necesarias para poder abrirnos de una manera sana a una relación amorosa es la de no partir del miedo a la soledad. El miedo a la soledad todo lo distorsiona y nos lleva a buscar a alguien como a una tabla de salvación y no como a un “otro” a quien libremente elijo para construir un determinado proyecto. El poder conjurar el miedo a la soledad se encuentra en el camino de la “sabiduría del amor”, es una cuestión de inteligencia emocional (aunque ambos términos puedan resultar heterogéneos entre sí, casi contradictorios).
No se trata tanto de diluir el miedo a la soledad - de sofocarlo o ignorarlo-, sino de aprender a vencerlo transformándolo en algo útil y positivo (en el sentido de los yudokas que se aprovechan de la fuerza de su adversario para vencerlo).
La auténtica filosofía posibilita vencer los miedos. Lo cual no es solo un ejercicio de reflexión crítica, sino un intento de ayudar a las personas a tomar decisiones y vivir mejor. Lo que no significa otra cosa que el retorno de la filosofía a su cometido primigenio, a la filosofía entendida como escuela de vida.
Como fuente de felicidad y por tanto de placer, hay en el amor a los demás una apelación a la trascendencia, no en el sentido teológico sino antropológico. De la propia mismidad, de la radical experiencia de nuestra incomunicabilidad de base emanan los miedos que nos pueden sumir en el dolor y la tristeza. Por lo que la apertura al otro en el sentimiento del amor es lo único que puede mitigar el vértigo de la individualidad. El placer del amor cura y cicatriza la herida de nacimiento de la soledad. El amor es el bálsamo del dolor. Quizás la mayor infelicidad y el más insoportable dolor sería que se nos presentara la muerte sin haber curado esa soledad como marca del nacimiento.
El amor es el único camino de felicidad y aunque incluye el dolor, lo transforma en placer en la química de la entrega al otro, a los demás.
El debate está abierto.



[1] 103 Nietzsche, Federico. La Gaya Ciencia, “Libro Cuarto”. Cita tomada de Hilda Salmerón, p…..[1]

No hay comentarios:

Publicar un comentario