Hola: Pocas
veces, quizás nunca, había leído un artículo tan tremendo, tan doloroso, tan
real, tan emotivo, tan crítico, tan, tan…… como este de R. Toledano.
¿Verdad que
parece mentira que se tengan que decir estas cosas de gentes como las que
protagonizan el artículo, ministros (presumiendo de religiosos), directores de
fuerzas armadas (puestas para defender ¿a quién?) y componentes de las misma
que, por encima de todo, deberían de ser personas antes que empleados para
hacer el mal, y que no deberían escudarse en que “cumplíamos órdenes”?
Tú opinas.
Un
abrazo. Francisco.
La banda del nasciturus
Digan lo que
digan todas las leyes del mundo, la maldita de Extranjería es
misericordiosa en comparación con la de vuestra mano.
Vi en la tele a varios tíos de espaldas, con casco
y con las patas abiertas, al borde del mar. Miraban, impávidos, cómo
braceaban en el agua, casi en la misma orilla, unas personas exhaustas,
moribundas. Que los del casco son asesinos lo tendrá
que decidir un juez. Como tantas tragedias evidentes. Porque hay que
conseguir llevaros ante un juez.
Un juez más, en esta
vida nuestra convertida en querella, en este Estado nuestro
convertido en un permanente tribunal. Lo que ya
sabemos es que no sois buenas personas. Que
sois malos. Eso no nos lo tiene que decir ningún juez. Lo vi yo
misma. Por la tele, sí. Como tantas otras cosas. Tantas cosas que parece que
no son, solo porque a través de una pantalla aparentan
irrealidad.
Esa
imagen, un mar gris de fondo donde se movían apenas unas manchas
negras, un mar gris recortado por las siluetas de esos hombres de espaldas. Me
recordó la carpeta de un disco. Alguna de
esas fotos inquietantes de las carátulas. Imágenes ficticias. Me puse
a llorar viendo las de la tele. Buenista. Decidlo como un
insulto. Malistas.
Tíos con casco
y las patas abiertas que no mojan sus malvadas botas para socorrer a
alguien que boquea desesperado. ¿Qué veíais ante vosotros, guardianes
del mal? En aquellas imágenes de la tele no se apreciaban los ojos suplicantes,
los hombros desencajados, la crispación de los dedos. Pero a un metro
de vuestra maldita mirada, sí: estaban esos ojos, esas lenguas, los
lamentos de su desagracia, los sonidos del ahogamiento.
No hay asco
suficiente para el que provocáis. Digan lo que digan todas las leyes del
mundo, la maldita de Extranjería es misericordiosa en comparación con
la de vuestra mano. Diga lo que diga vuestro maldito jefe, Arsenio Fernández de
Mesa, director de la Guardia Civil. Con su pelo tan repeinado. Su pelo tan
distinto a la maraña de horror de los cadáveres que hay sobre su mesa.
Arsenio el mentiroso. El que aseguró que no había
habido disparos. El que llama disuasoria a la violencia. El que llama
agresivo al que agoniza. Maldito repeinado.
No hay asco
suficiente. Diga lo que diga el maldito ministro del Interior, Jorge
Fernández Díaz, responsable último de esta desdicha. El ministro meapilas,
el ultracatólico que no conoce la compasión. Ojalá, como
crees, te vea Dios. Ojalá te castigue, como debieras temer. Así se
salve tu alma: como lo que los tuyos llaman salvamento. Tu alma en un mar
de oscuridad interior. Vendrás el jueves, maldito ministro, a
decir más mentiras que laven tu culpa.
Quiero saber qué
dice tu corazón cristiano sobre esos tíos con las patas abiertas en la playa,
condenando a la muerte a sus hermanos. ¿O los negros, los pobres, no lo son?
¿Son o no son los miserables hermanos vuestros, guardias de la
vileza?
Quiero que
respondáis. Quiero saber qué dirían vuestras madres si hubierais
sido vosotros los que lloraban en el agua. Quisiera más: saber
qué han sentido vuestras madres al ver esa postura, esa
inmovilidad, el ángulo abierto de vuestras patas.
Acaso os defiendan,
como madres, pero, en lo más profundo de su ser (quizás una profundidad más
honda que la orilla del mar de vuestro
crimen), se sentirán avergonzadas. Qué
tristeza sentimos. Qué rabia. Podéis reíros de nuestra
impotencia, malvados. Sonreíd como una infanta en Palma. Soltad a
vuestros sicarios en Madrid. Abridle la cabeza a un jubilado en Valladolid.
Decid España, España. Decid que amáis España, como esa
ridícula Cospedal. Llamadnos demagogos. Detenednos. Obligadnos a
arrodillarnos en la acera.
Ponednos contra la
pared en Malasaña. Soltad a vuestros esbirros. Sicarios. Fascistas.
Asesinos. Si lo concluye un juez, claro, claro. Un juez más. Un juez
contra la banda del nasciturus.
Hipócritas lamesotanas,
que condenáis a las mujeres por interrumpir su embarazo mientras observáis
impávidos cómo alguien se ahoga a vuestro lado. Un negro. Un desheredado. Uno
al que Javier Hurtado, el de Nuevas Generaciones, mandaría a la ducha, si no
hubiera muerto ahogado. A saber qué ducha. Qué asco. Qué nauseabunda
realidad, a este y al otro lado de la pantalla. Sois violentos. Sembráis
el terror, banda del nasciturus. Y sonreís como una infanta
falsaria.
Pues sí que parece mentira, que aquellos que deben velar porque no se vulnere la legalidad, la puedan vulnerar reiteradamente, ya que eso es un ataque al imperio de la ley recogido en el ordenamiento jurídico del Estado (Constitución Española, tratados internacionales). Si el imperativo legal de una constitución no es el que rige la convivencia... ¿Cuál es el que lo hace? ¿Qué legalidad es la que se impone?
ResponderEliminarMe dejas sin palabras Francisco... Atónito, dolorido... ¡indignado!
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