Resumen del apartado correspondiente del libro de M, Onfray "La fuerza de existir".
(Lo comentaremos en la reunión de mañana sábado 13). Obviamente este resumen es subjetivo. Tiene que ver con lo que mí me parece más destacable.
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Una política libertaria
La lógica imperial liberal.
Dos
siglos después de la Revolución Francesa, a manera de singular bicentenario,
cayó el Muro de Berlín. No hubo explosión del sistema soviético, sino implosión
de una máquina viciada por sus mecanismos internos.
El
adversario liberal gana sin siquiera haber entrado en combate. ¿El balance de
la guerra fría? Un vencedor decidido a reemplazar la miseria soviética con la
miseria liberal. El liberalismo parece ser el horizonte insuperable de nuestra
época. Y, como antes, en la época floreciente de los éxitos soviéticos, dispone
de intelectuales, de perros guardianes a sueldo y de idiotas útiles.
Al otro
lado del Atlántico, hubo algunos que llegaron incluso a declarar el fin de la
Historia. Ni más ni menos... Con el triunfo universal del liberalismo
estadounidense, ¿qué necesidad hay de imaginar un después? Cuando la
realización de la Historia detiene la Historia, sólo queda contemplar al
vencedor, erigirle templos, ensalzar su gloria y colaborar.
Y además
llegó el 11 de septiembre como demostración de que la Historia continúa. la
destrucción de un símbolo confirma lo que sigue. ¿Y qué sigue? El nuevo
adversario del Occidente liberal: el islam político. La lucha promete ser
temible.
La
izquierda socialista y gubernamental ha concentrado ideológicamente las tropas
del vencedor liberal, utilizando la arrogancia para ocultar su colaboración. La
derecha no tiene ningún problema en realzar su territorio natural. La
democracia ha fracasado.
En
Francia y en Europa, sólo hay una oligarquía que, confundidas la derecha y la
izquierda, comparte los mismos dogmas del mercado libre y de la excelencia del
sistema liberal. Así, la Europa actual representa un eslabón útil en la cadena
del gobierno universal del futuro.
Ahora
bien, aún existe una izquierda que no ha traicionado y sigue fiel a los ideales
anteriores al ejercicio del poder que sin duda alguna, habría que reformular,
precisar, pasar por el tamiz de la posmodernidad, pero para hacerlos más
activos, más operativs, y no para dejarlos sin contenido. La soberanía popular,
la defensa de los desvalidos y los desamparados, el resguardo del bien público,
la aspiración a la justicia social y la protección de las minorías, siguen
siendo ideales que vale la pena defender.
Por
cierto, a esta izquierda que se mantiene a la izquierda no la llaman sus
adversarios izquierda de la izquierda sino izquierdista (populismo de Podemos,
antisistemas). No hay duda de que el deslizamiento semántico está organizado
por los liberales dispuestos a quitarle credibilidad a este pensamiento e incluirlo en las utopías de las mentes
inmaduras e irresponsables.
Aquéllos
piensan a la derecha, defienden las ideas de la derecha –la ley del mercado
como horizonte infranqueable–, viven a
la derecha, frecuentan el mundo de la derecha y hablan a la izquierda, con
un vocabulario que les permite que su abjuración no (les) parezca demasiado
radical: no pueden haber cambiado tanto y la prueba es que aún votan a la
izquierda. Es cierto, pero qué izquierda... En los negocios de esa gente, quien
hable del Pueblo se vuelve Populista y nombrar a la Democracia define en
adelante al Demagogo.
Bastó
con que Bourdieu pusiera en
evidencia esa miseria, para que hicieran de ese hombre que dio la palabra a los
olvidados un chivo expiatorio contra el cual se alzaron casi todos los
periodistas, amigotes de casi todos los intelectuales que arrastraron por el
fango su nombre, su trabajo, su honor, sus métodos, su carrera y su reputación.
Incluso en las horas que siguieron a su muerte.
En la
Política del rebelde describo ese nuevo infierno al referirme a los privados de
actividades y cuerpos improductivos: los viejos, los locos, los enfermos, los
delincuentes; fuerzas improductivas: inmigrantes, clandestinos, refugiados
políticos, desempleados, desposeídos, trabajadores temporarios; fuerzas
explotadas del cuerpo social: nómadas y privados de seguridad: empleados
eventuales, aprendices; o sedentarios y privados de libertad: adolescentes,
asalariados, prostituidos, proletarios, precarios. Millones de personas
excluidas del cuerpo social, expulsadas del sistema llamado democrático. Nunca
representados, en ninguna parte recordados, desechados sin cesar, invisibles en
el mundo de la cultura, de la política, de la literatura, de la televisión, de
los medios, de la publicidad, del cine, de los reportajes, de la universidad,
de la publicación, de visibilidad prohibida –esas pruebas por descarte de que
el sistema funciona bien y a toda marcha–, los oligarcas no quieren que les
recuerden su existencia. El retorno de lo reprimido los llena de rabia, y se lo
permiten todo para aniquilarlo, impedirlo y descomponerlo. Incluso, por
supuesto, las soluciones radicalmente inmorales. Negar esa parte sufriente de la población, dirigir la atención sólo
a las miserias universales limpias, la
ruptura del vínculo entre el intelectual y la sociedad, la negación de la
miseria sucia… Todo ello crea, ya sea el abstencionismo político durante las
consultas electorales, ya sea un voto seguro como protesta pura, ya sea incluso
el engrosamiento de la nebulosa de extrema derecha.
El fascismo micrológico.
La
época del fascismo de casco, armado y con botas ha desaparecido. El golpe de
Estado con la ayuda de una columna de vehículos ha desaparecido. Los Estados
Unidos lo llevaron a cabo en América del Sur en el siglo XX, algunos países
africanos insisten en conservar aquel modelo pasado de moda, pero el fascismo
ya no recurre a artificios tan groseros.
En
adelante, el fascismo del león da paso
al fascismo del zorro. El fascismo
del león: trivial, clásico, comprende la comunidad nacional mística que
ingiere y digiere visiblemente las individualidades en beneficio de un cuerpo
místico trascendente: la Raza, el Pueblo, la Nación, el Reich... Desaparece la
vida privada en el alambique en fusión de la colectividad omnipotente. La
propaganda invade todos los aspectos de la vida, y determina qué leer, pensar,
consumir y vestir; cómo comportarse de una manera precisa, establecida y única.
Todo discurso alternativo se vuelve difícil; es censurado, denigrado e incluso
prohibido. La razón no cuenta para nada; se la presenta, además, como un factor
de decadencia, un fermento en descomposición; en su lugar se prefiere el
instinto nacionalista, la pulsión popular, la energía irracional de las masas
incitadas por numerosos discursos y técnicas de sujeción mediáticas. La conformación
de este desatino puro exige la presencia del jefe carismático, el gran
organizador, el principio de cristalización.
El fascismo del zorro: aprende de las
lecciones del pasado. El liberalismo es maleable, y ésa es además su fuerza. El
golpe de Estado no es popular: demasiado visible, demasiado indefendible en
estas horas de mediatización universal y de pleno poder de las imágenes. Malas
maneras... De ahí, el rechazo a la violencia del león maquiavélico en provecho
del zorro, que pertenece al mismo bestiario, pero es reconocido por su astucia,
su picardía y su deshonestidad. El león recurre a la fuerza del ejército; el
zorro, al poder de los arreglos discretos.
En
cuanto al contenido, las cosas cambian poco: se trata siempre de reducir la
diversidad a uno y de someter las individualidades a una comunidad que las
trascienda. Se recurre al pensamiento
mágico, a los instintos más que a la razón; se intimida; se justifica el
terror con la lucha contra los enemigos convertidos en víctimas propiciatorias;
se constriñe menos con el cuerpo que con la sumisión de las almas; no se
maltrata el cuerpo, pero se apalea el espíritu; no se suelta a la milicia; se
formatean las inteligencias para que no piensen: nada nuevo excepto el
envase... El éxito de la empresa se confirma: en las zonas de dominación
liberal –la Europa maastrichtiana que, sin duda, forma parte de ellas–, las
editoriales y la prensa sirven el mismo caldo insípido; los políticos en el
poder, derecha e izquierda confundidas,
defienden el mismo programa bajo falsas diferencias orquestadas para el
espectáculo; el pensamiento dominante alaba el pensamiento de los dominadores;
el mercado es la ley en todos los sectores –educación, salud, cultura, por
supuesto, pero también ejército y policía; los partidos, sindicatos,
parlamentos, participan de la oligarquía y reproducen el orden social de modo
idéntico; se desacredita el uso público
de la razón crítica en favor de métodos irracionales de comunicación–,
sabiamente teatralizados y escenificados por consorcios financieros
monopólicos; todos los días se manipula a las masas a través del uso adictivo
de la televisión; se impide cualquier proyecto constructivo que no esté al
servicio de una religión consumista, etcétera.
La
Boétie: afirma en su obra Discurso sobre la servidumbre voluntaria que todo poder se ejerce con el consentimiento
de aquellos sobre quienes se manifiesta. Esta comprobación constituye el
primer tiempo necesario para elaborar la lógica
de la resistencia. Saber dónde se
encuentra la alienación, cómo funciona y de dónde proviene permite
visualizar la continuación con optimismo.
Una política hedonista.
¿Dónde está la izquierda? ¿Qué la define? ¿Cuáles son sus luchas? ¿Sus
luchas más célebres? ¿Sus fracasos, sus límites, sus zonas oscuras? ¿Y el
espíritu de la izquierda?
Considero
que el nietzscheanismo de izquierda es el extremo más avanzado del genio
colérico del siglo XX. El vulgo asocia siempre el nietzscheanismo con el
pensamiento de derecha. El ario rubio de ojos azules representa la encarnación
de Zaratustra para muchos incultos que
creen a pie juntillas la falsificación de los textos del pensador que llevó
a cabo su hermana nazi. Basta con leer la obra para comprobar que resulta
imposible hacer de ese crítico del Estado - de ese antiantisemita furibundo, de ese denigrador del Reich, de ese enemigo
de la violencia militar - un nazi. Pero la historiografía guarda silencio respecto
a la existencia de un nietzscheanismo de izquierda.
En
1902, en Ginebra, el representante socialista se basó en Así habló Zaratustra para ensalzar la aristocratización de las
masas y la unión del proletariado con lo sobrehumano. No queda nada de esa
serie de conferencias, salvo las reseñas de la prensa. En los días previos a la
Primera Guerra Mundial se transformó a Nietzsche en Superalemán.
Hoy en
día hay que rescatar la lógica
nietzscheana de izquierda. Estoy a favor de las formas libertarias. En la
historia de las ideas políticas se considera de escaso valor la tradición de
izquierda libertaria. Allí también habría que darle una sacudida a la historiografía,
que petrifica desde hace tiempo la historia de la anarquía en una serie de
clichés que merecen superarse. La constelación anarquista necesita un hilo
conductor... Una vez más se trata de pensar de manera dialéctica, para lo cual
hay que tomar lecciones de historia y reacomodar la teoría a la luz de la
práctica. Hoy en día, los militantes libertarios contemplan con frecuencia el
corpus anarquista como un cristiano a los Padres de la Iglesia. Literalmente,
les piden a las luces de las velas del siglo XIX que iluminen nuestra época.
¿Y cuál es el objetivo de este
pensamiento libertario? Acabar
Mayo del 68, concluir un trabajo aún no terminado. Pues el espíritu de Mayo ha
modificado radicalmente las relaciones entre las personas. Donde la jerarquía
entorpecía la intersubjetividad, no queda nada: entre los padres y los hijos,
el marido y la esposa, el profesor y los alumnos, los jóvenes y los viejos, el
patrón y los obreros, los hombres y las mujeres, el jefe de Estado y los
ciudadanos, el poder del derecho divino se ha derrumbado. Todos están
ontológicamente en pie de igualdad.
La
destrucción ha afectado sin distinciones a una cantidad considerable de
lugares: la escuela, la fábrica, la oficina, el taller, el dormitorio, la casa,
la universidad, y muchos más. La negación ha arrasado sin discernimiento con lo
que estructuraba el mundo antiguo, como la autoridad, el orden, la jerarquía y
los poderes. Desaparición de las obligaciones, abolición de lo prohibido,
liberación del deseo, sin duda. Pero ¿para qué? Desde Mayo del 68 no ha salido a la luz ningún valor nuevo. Hasta
que un día descubrimos, delante del televisor, a qué se parece nuestra época: a
la mala cara del día después de la fiesta. Terminemos con esta realidad
miserable. Intentemos más bien la reconquista gramsciana de la izquierda,
muerta por su renuncia a las ideas a fin de venderse ventajosamente al mejor
postor dispuesto a permitirle disfrutar una vez más de los palacios
presidenciales o de las prebendas del poder en la república.
Una práctica de la resistencia.
El devenir revolucionario de los individuos.
Ya
nadie cree en la revolución a la manera insurreccional de Blanqui. ¡Incluso el
capitalismo liberal ha renunciado a los golpes de Estado según las teorías de
Malaparte! El capitalismo es flexible. No renuncia a sus posiciones sin
recurrir a artimañas y múltiples medios antes de darse por vencido.
¿La
renuncia a la insurrección y a sus posibilidades marca el fin de la práctica?
¿Habrá que hacer el duelo, en lo sucesivo, de una acción revolucionaria? ¿O
quedan esperanzas todavía, y si es así, bajo qué formas? ¿La revolución es un
ideal aún defendible? ¿A qué precio? ¿Para hacer qué? ¿Con quién? ¿En busca de
qué? ¿Qué haría Blanqui en nuestra época? La lección de Auguste Blanqui no se
encuentra en la letra de su texto, ni en sus acciones en las barricadas, sino
en el espíritu de su vida: intentar la
producción de efectos revolucionarios.
¿Qué significa revolución hoy
en día? La revolución tampoco consiste
en el cambio radical ni en la abolición del pasado, la tabla rasa. La destrucción
de la memoria nunca ha permitido construir nada durable o que valga la pena que
perdure. El odio al pasado, a la Historia y a la memoria – síntomas de nuestra
época crepuscular– produce espejismos, fantasmas y períodos históricos
estériles. Los autos de fe, la exaltación iconoclasta, los incendios de
edificios y los diversos vandalismos rozan la bestialidad y no estimulan de
ningún modo el progreso de la razón.
¿Dónde está, pues, la
revolución? En la lógica hegeliana de la Aufhebung:
conservación y superación. En el proceso dialéctico que permite apoyarse en lo
dado, el pasado, la historia, la memoria, para adquirir el impulso que,
respetuoso de aquel punto de apoyo, avanza más allá y genera nuevas
posibilidades de vida. Esta dialéctica no es una ruptura radical, sino la
continua superposición, evolución franca y abierta hacia horizontes lejanos.
¿Qué
hacer? Releer a La Boétie y recuperar sus tesis más importantes: el poder no existe, se ha dicho, sin el
consentimiento de aquellos sobre quienes se ejerce. Si falta ese
consentimiento el poder cesa y pierde su conquista. Pues el coloso con pies de
barro conserva los pies únicamente a través de la anuencia del pueblo
explotado. Frase sublime: estén decididos a dejar de servir y serán libres,
escribe el amigo de Michel de Montaigne.
Nada ha
cambiado desde el siglo XVI. La brutalidad del liberalismo sólo se mantiene
debido a la aprobación de los que lo padecen. Cuando ellos les nieguen su colaboración la fortaleza se
convertirá en un montón de piedras yermas. La violencia liberal no es platónica
ni caída del cielo ni emana de ideas puras. Surge del suelo y de la tierra, se
encarna y toma la apariencia humana, utiliza vías de paso localizables,
activadas por hombres con rostro. Existe debido a los que contribuyen a su
genealogía y a la persistencia de esa monstruosidad. Se encarna en lugares y
personas, en las circunstancias y en las ocasiones. Se muestra: es visible y
por lo tanto frágil y delicada, asequible, expuesta, y así es posible
combatirla, detenerla y prohibirla.
La
naturaleza de los microfascismos conduce a las microrresistencias. Seamos
nominalistas: el liberalismo no es una esencia platónica, sino una realidad
tangible y encarnada. No luchamos con conceptos sino con situaciones concretas.
La acción revolucionaria se define por el rechazo a transformarse en correo de
transmisión de la negatividad. Aquí y ahora, y no mañana o más tarde...
La
revolución no espera la buena voluntad de la Historia con mayúscula; se encarna
en situaciones múltiples en los lugares donde se la moviliza: en su familia, su taller, su oficina, su
pareja, en su casa, bajo el techo familiar, en cuanto un tercero queda
implicado en una relación, por todas partes. No hay pretextos para dejar
para mañana lo que finalmente no se hace jamás: ¿el lugar, el tiempo, las
circunstancias y la oportunidad revolucionaria? Ahora mismo.
Al
comprobar el fin de toda posible revolución insurreccional, Deleuze recurrió al
devenir revolucionario de los individuos.
La convocatoria conserva toda su eficacia y potencialidad. Claro está que a ese
rechazo no le conviene la soledad, pues el poder y la dominación liberal
disponen de medios para meter en razón al rebelde aislado, que será aplastado,
eliminado y reemplazado con gran rapidez. Cada acción dividida da pie a su
represión inmediata. Salvo si se tiene vocación de mártir –inútil y
contraproducente–, el heroísmo sin concertación desperdicia una energía
preciosa en pura pérdida. La resistencia permanente, sí; y construir una vida
dedicada a evitar que se convierta en un engranaje del funcionamiento de la
máquina nefasta es aún mucho mejor.
La asociación de egoístas.
Max
Stirner, gran entendido en la conservación de la subjetividad y su
unicidad, inventó esta idea poderosa: la
asociación de egoístas. Es verdad que defendía y alababa la libertad integral
del individuo, pero a la vez reconocía la importancia de evitar que el
individuo permaneciera solo. Demasiado expuesto, demasiado peligroso para su
propio ser.
El
gobierno universal al que aspiran los liberales de todos los continentes –a
menos que ya sea realidad...– exige una respuesta apropiada. Por lo tanto, se
dispone de un fin y de los medios para lograrlo. La política volverá a sus
raíces profundas no a través de la creación de grandes sistemas inaplicables,
sino a través de la producción de pequeños dispositivos temibles, como un grano
de arena en el engranaje de una máquina perfeccionada.
Fin de
la historia impúdica, surgimiento de la historia modesta, pero eficaz. La
resistencia rizomática se despliega en el campo individual –la ejemplaridad de
una vida resistente o la acumulación de situaciones de resistencia– o más
ampliamente, en los espacios colectivos, en las asociaciones egoístas. Las redes alternativas se vuelven eficaces
de inmediato, a partir de su creación espontánea, voluntaria y deliberada.
Thoreau
describe en la Desobediencia civil la
fuerza que puede desarrollarse frente a las lógicas automáticas del capitalismo
liberal. La lucha de David y de Goliat lo demuestra: no hay necesidad de ser
más grande que el adversario, pues basta con la astucia y la inventiva, además
de la inteligencia y la determinación. La suma de las energías adicionales y
aunadas de los enanos de la isla de Lilliput logró derrotar al gigante
Gulliver.
La
multiplicación de vínculos finos, la proliferación en red de pequeñas acciones
añadidas y una. Nómadas, dinámicas,
activas, pueden más que las cristalizaciones sedentarias, estáticas y
embrutecidas de sindicatos con casa propia. Contra el sindicalismo que colabora
con el sistema, contra el que se opone de forma sistemática sin construir nada,
las coordinaciones tienen una presencia
notable en el campo social, porque no se sabe cómo circunscribirlas, su
funcionamiento es poco conocido y son insobornables.
Una política hedonista.
¿Se le
puede llamar hedonista a este dispositivo de resistencia? Por otra parte,
¿existe una política hedonista? Y si es así, ¿cuál es? Porque el descrédito del hedonismo surge a menudo
de la creencia de que éste es una justificación de los goces individuales y
egoístas, sin ninguna dimensión política. Eso es desconocer la historia del
hedonismo político que, desde Epicuro
hasta Stuart Mill, demuestra la
existencia en él de una dimensión colectiva y comunitaria.
No a la revolución nacional o
universal, sino a los momentos que evitan los modelos dominantes. La revolución se lleva a cabo a su alrededor y
a partir de sí misma, por medio de la integración de individuos elegidos para
participar de esas experiencias fraternales. Esas microsociedades electivas
incitan las microrresistencias eficaces para ir en contra, al menos por el
momento, de los microfascismos dominantes. La era micrológica en la que nos
hallamos impulsa a la acción permanente y a los compromisos perdurables.
Aspirar
a un Estado mejor, a una sociedad pacificada y a una civilización feliz surge
del deseo infantil. En este universo de redes liberales poderosas, construyamos
utopías concretas, islotes pensados como abadías de Thelema puntuales y
reproducibles en todas partes, en todas las ocasiones y circunstancias. Jardines de Epicuro nómadas,
construidos desde uno mismo. Ahí donde
nos encontremos, reproduzcamos el mundo al que aspiramos y evitemos aquel
que rechazamos. Políticas mínimas, ciertamente, políticas de tiempos de guerra,
sin duda, políticas de resistencia contra un enemigo más poderoso que uno
mismo, evidentemente, pero política de todos modos. Sin duda, esas soluciones
pueden parecer pobres. De hecho, lo son, como el «arte pobre». Pero ¿las
iniciativas micrológicas acaso son más pobres que la democracia parlamentaria
deteriorada?
¿Que el
presidencialismo construido sobre el espectáculo que mediatiza un teatro de
egos sobredimensionados? ¿Que un sufragio universal en tiempos de incultura
general? ¿Que la espectacularización del político con el mínimo esfuerzo? ¿Que
la profesionalización de la clase política? ¿Que la despolitización masiva?
¿Que la permanencia de viejos esquemas históricos caducos? ¿Más, o menos?
La
posición libertaria propone una práctica existencial en todas las ocasiones y
circunstancias. La anarquía que desearía organizar la sociedad de acuerdo con
un modelo preestablecido presidiría inevitablemente la catástrofe. ¿Una sociedad anarquista? Es una
perspectiva siniestra e improbable. En cambio, un comportamiento
libertario, incluso en una sociedad que pretende llevar a cabo el anarquismo,
es una solución ética, ¡y por lo tanto política! Porque el objetivo, aquí como
en todas partes, sigue siendo el mismo: crear las posibilidades individuales o
comunitarias de alcanzar una ataraxia real y una serenidad efectiva.
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