viernes, 12 de agosto de 2016

Para debatir: Una política libertaria.

Resumen del apartado correspondiente del libro de M, Onfray "La fuerza de existir".

(Lo comentaremos en la reunión de mañana sábado 13). Obviamente este resumen es subjetivo. Tiene que ver con lo que mí me parece más destacable.

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Una política libertaria

La lógica imperial liberal.

Dos siglos después de la Revolución Francesa, a manera de singular bicentenario, cayó el Muro de Berlín. No hubo explosión del sistema soviético, sino implosión de una máquina viciada por sus mecanismos internos.

El adversario liberal gana sin siquiera haber entrado en combate. ¿El balance de la guerra fría? Un vencedor decidido a reemplazar la miseria soviética con la miseria liberal. El liberalismo parece ser el horizonte insuperable de nuestra época. Y, como antes, en la época floreciente de los éxitos soviéticos, dispone de intelectuales, de perros guardianes a sueldo y de idiotas útiles.

Al otro lado del Atlántico, hubo algunos que llegaron incluso a declarar el fin de la Historia. Ni más ni menos... Con el triunfo universal del liberalismo estadounidense, ¿qué necesidad hay de imaginar un después? Cuando la realización de la Historia detiene la Historia, sólo queda contemplar al vencedor, erigirle templos, ensalzar su gloria y colaborar.

Y además llegó el 11 de septiembre como demostración de que la Historia continúa. la destrucción de un símbolo confirma lo que sigue. ¿Y qué sigue? El nuevo adversario del Occidente liberal: el islam político. La lucha promete ser temible.
La izquierda socialista y gubernamental ha concentrado ideológicamente las tropas del vencedor liberal, utilizando la arrogancia para ocultar su colaboración. La derecha no tiene ningún problema en realzar su territorio natural. La democracia ha fracasado.

En Francia y en Europa, sólo hay una oligarquía que, confundidas la derecha y la izquierda, comparte los mismos dogmas del mercado libre y de la excelencia del sistema liberal. Así, la Europa actual representa un eslabón útil en la cadena del gobierno universal del futuro.

Ahora bien, aún existe una izquierda que no ha traicionado y sigue fiel a los ideales anteriores al ejercicio del poder que sin duda alguna, habría que reformular, precisar, pasar por el tamiz de la posmodernidad, pero para hacerlos más activos, más operativs, y no para dejarlos sin contenido. La soberanía popular, la defensa de los desvalidos y los desamparados, el resguardo del bien público, la aspiración a la justicia social y la protección de las minorías, siguen siendo ideales que vale la pena defender.

Por cierto, a esta izquierda que se mantiene a la izquierda no la llaman sus adversarios izquierda de la izquierda sino izquierdista (populismo de Podemos, antisistemas). No hay duda de que el deslizamiento semántico está organizado por los liberales dispuestos a quitarle credibilidad a este pensamiento e incluirlo en las utopías de las mentes inmaduras e irresponsables.

Aquéllos piensan a la derecha, defienden las ideas de la derecha –la ley del mercado como horizonte infranqueable–, viven a la derecha, frecuentan el mundo de la derecha y hablan a la izquierda, con un vocabulario que les permite que su abjuración no (les) parezca demasiado radical: no pueden haber cambiado tanto y la prueba es que aún votan a la izquierda. Es cierto, pero qué izquierda... En los negocios de esa gente, quien hable del Pueblo se vuelve Populista y nombrar a la Democracia define en adelante al Demagogo.

Bastó con que Bourdieu pusiera en evidencia esa miseria, para que hicieran de ese hombre que dio la palabra a los olvidados un chivo expiatorio contra el cual se alzaron casi todos los periodistas, amigotes de casi todos los intelectuales que arrastraron por el fango su nombre, su trabajo, su honor, sus métodos, su carrera y su reputación. Incluso en las horas que siguieron a su muerte.

En la Política del rebelde describo ese nuevo infierno al referirme a los privados de actividades y cuerpos improductivos: los viejos, los locos, los enfermos, los delincuentes; fuerzas improductivas: inmigrantes, clandestinos, refugiados políticos, desempleados, desposeídos, trabajadores temporarios; fuerzas explotadas del cuerpo social: nómadas y privados de seguridad: empleados eventuales, aprendices; o sedentarios y privados de libertad: adolescentes, asalariados, prostituidos, proletarios, precarios. Millones de personas excluidas del cuerpo social, expulsadas del sistema llamado democrático. Nunca representados, en ninguna parte recordados, desechados sin cesar, invisibles en el mundo de la cultura, de la política, de la literatura, de la televisión, de los medios, de la publicidad, del cine, de los reportajes, de la universidad, de la publicación, de visibilidad prohibida –esas pruebas por descarte de que el sistema funciona bien y a toda marcha–, los oligarcas no quieren que les recuerden su existencia. El retorno de lo reprimido los llena de rabia, y se lo permiten todo para aniquilarlo, impedirlo y descomponerlo. Incluso, por supuesto, las soluciones radicalmente inmorales. Negar esa parte sufriente de la población, dirigir la atención sólo a las miserias universales limpias, la ruptura del vínculo entre el intelectual y la sociedad, la negación de la miseria sucia… Todo ello crea, ya sea el abstencionismo político durante las consultas electorales, ya sea un voto seguro como protesta pura, ya sea incluso el engrosamiento de la nebulosa de extrema derecha.

El fascismo micrológico.

La época del fascismo de casco, armado y con botas ha desaparecido. El golpe de Estado con la ayuda de una columna de vehículos ha desaparecido. Los Estados Unidos lo llevaron a cabo en América del Sur en el siglo XX, algunos países africanos insisten en conservar aquel modelo pasado de moda, pero el fascismo ya no recurre a artificios tan groseros.

En adelante, el fascismo del león da paso al fascismo del zorro. El fascismo del león: trivial, clásico, comprende la comunidad nacional mística que ingiere y digiere visiblemente las individualidades en beneficio de un cuerpo místico trascendente: la Raza, el Pueblo, la Nación, el Reich... Desaparece la vida privada en el alambique en fusión de la colectividad omnipotente. La propaganda invade todos los aspectos de la vida, y determina qué leer, pensar, consumir y vestir; cómo comportarse de una manera precisa, establecida y única. Todo discurso alternativo se vuelve difícil; es censurado, denigrado e incluso prohibido. La razón no cuenta para nada; se la presenta, además, como un factor de decadencia, un fermento en descomposición; en su lugar se prefiere el instinto nacionalista, la pulsión popular, la energía irracional de las masas incitadas por numerosos discursos y técnicas de sujeción mediáticas. La conformación de este desatino puro exige la presencia del jefe carismático, el gran organizador, el principio de cristalización.

El fascismo del zorro: aprende de las lecciones del pasado. El liberalismo es maleable, y ésa es además su fuerza. El golpe de Estado no es popular: demasiado visible, demasiado indefendible en estas horas de mediatización universal y de pleno poder de las imágenes. Malas maneras... De ahí, el rechazo a la violencia del león maquiavélico en provecho del zorro, que pertenece al mismo bestiario, pero es reconocido por su astucia, su picardía y su deshonestidad. El león recurre a la fuerza del ejército; el zorro, al poder de los arreglos discretos.

En cuanto al contenido, las cosas cambian poco: se trata siempre de reducir la diversidad a uno y de someter las individualidades a una comunidad que las trascienda. Se recurre al pensamiento mágico, a los instintos más que a la razón; se intimida; se justifica el terror con la lucha contra los enemigos convertidos en víctimas propiciatorias; se constriñe menos con el cuerpo que con la sumisión de las almas; no se maltrata el cuerpo, pero se apalea el espíritu; no se suelta a la milicia; se formatean las inteligencias para que no piensen: nada nuevo excepto el envase... El éxito de la empresa se confirma: en las zonas de dominación liberal –la Europa maastrichtiana que, sin duda, forma parte de ellas–, las editoriales y la prensa sirven el mismo caldo insípido; los políticos en el poder, derecha e izquierda confundidas, defienden el mismo programa bajo falsas diferencias orquestadas para el espectáculo; el pensamiento dominante alaba el pensamiento de los dominadores; el mercado es la ley en todos los sectores –educación, salud, cultura, por supuesto, pero también ejército y policía; los partidos, sindicatos, parlamentos, participan de la oligarquía y reproducen el orden social de modo idéntico; se desacredita el uso público de la razón crítica en favor de métodos irracionales de comunicación–, sabiamente teatralizados y escenificados por consorcios financieros monopólicos; todos los días se manipula a las masas a través del uso adictivo de la televisión; se impide cualquier proyecto constructivo que no esté al servicio de una religión consumista, etcétera.

La Boétie: afirma en su obra Discurso sobre la servidumbre voluntaria que todo poder se ejerce con el consentimiento de aquellos sobre quienes se manifiesta. Esta comprobación constituye el primer tiempo necesario para elaborar la lógica de la resistencia. Saber dónde se encuentra la alienación, cómo funciona y de dónde proviene permite visualizar la continuación con optimismo.

Una política hedonista.

¿Dónde está la izquierda? ¿Qué la define? ¿Cuáles son sus luchas? ¿Sus luchas más célebres? ¿Sus fracasos, sus límites, sus zonas oscuras? ¿Y el espíritu de la izquierda?

Considero que el nietzscheanismo de izquierda es el extremo más avanzado del genio colérico del siglo XX. El vulgo asocia siempre el nietzscheanismo con el pensamiento de derecha. El ario rubio de ojos azules representa la encarnación de Zaratustra para muchos incultos que creen a pie juntillas la falsificación de los textos del pensador que llevó a cabo su hermana nazi. Basta con leer la obra para comprobar que resulta imposible hacer de ese crítico del Estado - de ese antiantisemita furibundo, de ese denigrador del Reich, de ese enemigo de la violencia militar - un nazi. Pero la historiografía guarda silencio respecto a la existencia de un nietzscheanismo de izquierda.

En 1902, en Ginebra, el representante socialista se basó en Así habló Zaratustra para ensalzar la aristocratización de las masas y la unión del proletariado con lo sobrehumano. No queda nada de esa serie de conferencias, salvo las reseñas de la prensa. En los días previos a la Primera Guerra Mundial se transformó a Nietzsche en Superalemán.

Hoy en día hay que rescatar la lógica nietzscheana de izquierda. Estoy a favor de las formas libertarias. En la historia de las ideas políticas se considera de escaso valor la tradición de izquierda libertaria. Allí también habría que darle una sacudida a la historiografía, que petrifica desde hace tiempo la historia de la anarquía en una serie de clichés que merecen superarse. La constelación anarquista necesita un hilo conductor... Una vez más se trata de pensar de manera dialéctica, para lo cual hay que tomar lecciones de historia y reacomodar la teoría a la luz de la práctica. Hoy en día, los militantes libertarios contemplan con frecuencia el corpus anarquista como un cristiano a los Padres de la Iglesia. Literalmente, les piden a las luces de las velas del siglo XIX que iluminen nuestra época.

¿Y cuál es el objetivo de este pensamiento libertario? Acabar Mayo del 68, concluir un trabajo aún no terminado. Pues el espíritu de Mayo ha modificado radicalmente las relaciones entre las personas. Donde la jerarquía entorpecía la intersubjetividad, no queda nada: entre los padres y los hijos, el marido y la esposa, el profesor y los alumnos, los jóvenes y los viejos, el patrón y los obreros, los hombres y las mujeres, el jefe de Estado y los ciudadanos, el poder del derecho divino se ha derrumbado. Todos están ontológicamente en pie de igualdad.

La destrucción ha afectado sin distinciones a una cantidad considerable de lugares: la escuela, la fábrica, la oficina, el taller, el dormitorio, la casa, la universidad, y muchos más. La negación ha arrasado sin discernimiento con lo que estructuraba el mundo antiguo, como la autoridad, el orden, la jerarquía y los poderes. Desaparición de las obligaciones, abolición de lo prohibido, liberación del deseo, sin duda. Pero ¿para qué? Desde Mayo del 68 no ha salido a la luz ningún valor nuevo. Hasta que un día descubrimos, delante del televisor, a qué se parece nuestra época: a la mala cara del día después de la fiesta. Terminemos con esta realidad miserable. Intentemos más bien la reconquista gramsciana de la izquierda, muerta por su renuncia a las ideas a fin de venderse ventajosamente al mejor postor dispuesto a permitirle disfrutar una vez más de los palacios presidenciales o de las prebendas del poder en la república.

Una práctica de la resistencia. El devenir revolucionario de los individuos.

Ya nadie cree en la revolución a la manera insurreccional de Blanqui. ¡Incluso el capitalismo liberal ha renunciado a los golpes de Estado según las teorías de Malaparte! El capitalismo es flexible. No renuncia a sus posiciones sin recurrir a artimañas y múltiples medios antes de darse por vencido.

¿La renuncia a la insurrección y a sus posibilidades marca el fin de la práctica? ¿Habrá que hacer el duelo, en lo sucesivo, de una acción revolucionaria? ¿O quedan esperanzas todavía, y si es así, bajo qué formas? ¿La revolución es un ideal aún defendible? ¿A qué precio? ¿Para hacer qué? ¿Con quién? ¿En busca de qué? ¿Qué haría Blanqui en nuestra época? La lección de Auguste Blanqui no se encuentra en la letra de su texto, ni en sus acciones en las barricadas, sino en el espíritu de su vida: intentar la producción de efectos revolucionarios.

¿Qué significa revolución hoy en día? La revolución tampoco consiste en el cambio radical ni en la abolición del pasado, la tabla rasa. La destrucción de la memoria nunca ha permitido construir nada durable o que valga la pena que perdure. El odio al pasado, a la Historia y a la memoria – síntomas de nuestra época crepuscular– produce espejismos, fantasmas y períodos históricos estériles. Los autos de fe, la exaltación iconoclasta, los incendios de edificios y los diversos vandalismos rozan la bestialidad y no estimulan de ningún modo el progreso de la razón.

¿Dónde está, pues, la revolución? En la lógica hegeliana de la Aufhebung: conservación y superación. En el proceso dialéctico que permite apoyarse en lo dado, el pasado, la historia, la memoria, para adquirir el impulso que, respetuoso de aquel punto de apoyo, avanza más allá y genera nuevas posibilidades de vida. Esta dialéctica no es una ruptura radical, sino la continua superposición, evolución franca y abierta hacia horizontes lejanos.

¿Qué hacer? Releer a La Boétie y recuperar sus tesis más importantes: el poder no existe, se ha dicho, sin el consentimiento de aquellos sobre quienes se ejerce. Si falta ese consentimiento el poder cesa y pierde su conquista. Pues el coloso con pies de barro conserva los pies únicamente a través de la anuencia del pueblo explotado. Frase sublime: estén decididos a dejar de servir y serán libres, escribe el amigo de Michel de Montaigne.

Nada ha cambiado desde el siglo XVI. La brutalidad del liberalismo sólo se mantiene debido a la aprobación de los que lo padecen. Cuando ellos les nieguen su colaboración la fortaleza se convertirá en un montón de piedras yermas. La violencia liberal no es platónica ni caída del cielo ni emana de ideas puras. Surge del suelo y de la tierra, se encarna y toma la apariencia humana, utiliza vías de paso localizables, activadas por hombres con rostro. Existe debido a los que contribuyen a su genealogía y a la persistencia de esa monstruosidad. Se encarna en lugares y personas, en las circunstancias y en las ocasiones. Se muestra: es visible y por lo tanto frágil y delicada, asequible, expuesta, y así es posible combatirla, detenerla y prohibirla.

La naturaleza de los microfascismos conduce a las microrresistencias. Seamos nominalistas: el liberalismo no es una esencia platónica, sino una realidad tangible y encarnada. No luchamos con conceptos sino con situaciones concretas. La acción revolucionaria se define por el rechazo a transformarse en correo de transmisión de la negatividad. Aquí y ahora, y no mañana o más tarde...

La revolución no espera la buena voluntad de la Historia con mayúscula; se encarna en situaciones múltiples en los lugares donde se la moviliza: en su familia, su taller, su oficina, su pareja, en su casa, bajo el techo familiar, en cuanto un tercero queda implicado en una relación, por todas partes. No hay pretextos para dejar para mañana lo que finalmente no se hace jamás: ¿el lugar, el tiempo, las circunstancias y la oportunidad revolucionaria? Ahora mismo.

Al comprobar el fin de toda posible revolución insurreccional, Deleuze recurrió al devenir revolucionario de los individuos. La convocatoria conserva toda su eficacia y potencialidad. Claro está que a ese rechazo no le conviene la soledad, pues el poder y la dominación liberal disponen de medios para meter en razón al rebelde aislado, que será aplastado, eliminado y reemplazado con gran rapidez. Cada acción dividida da pie a su represión inmediata. Salvo si se tiene vocación de mártir –inútil y contraproducente–, el heroísmo sin concertación desperdicia una energía preciosa en pura pérdida. La resistencia permanente, sí; y construir una vida dedicada a evitar que se convierta en un engranaje del funcionamiento de la máquina nefasta es aún mucho mejor.

La asociación de egoístas.

Max Stirner, gran entendido en la conservación de la subjetividad y su unicidad,  inventó esta idea poderosa: la asociación de egoístas. Es verdad que defendía y alababa la libertad integral del individuo, pero a la vez reconocía la importancia de evitar que el individuo permaneciera solo. Demasiado expuesto, demasiado peligroso para su propio ser.

El gobierno universal al que aspiran los liberales de todos los continentes –a menos que ya sea realidad...– exige una respuesta apropiada. Por lo tanto, se dispone de un fin y de los medios para lograrlo. La política volverá a sus raíces profundas no a través de la creación de grandes sistemas inaplicables, sino a través de la producción de pequeños dispositivos temibles, como un grano de arena en el engranaje de una máquina perfeccionada.

Fin de la historia impúdica, surgimiento de la historia modesta, pero eficaz. La resistencia rizomática se despliega en el campo individual –la ejemplaridad de una vida resistente o la acumulación de situaciones de resistencia– o más ampliamente, en los espacios colectivos, en las asociaciones egoístas. Las redes alternativas se vuelven eficaces de inmediato, a partir de su creación espontánea, voluntaria y deliberada.

Thoreau describe en la Desobediencia civil la fuerza que puede desarrollarse frente a las lógicas automáticas del capitalismo liberal. La lucha de David y de Goliat lo demuestra: no hay necesidad de ser más grande que el adversario, pues basta con la astucia y la inventiva, además de la inteligencia y la determinación. La suma de las energías adicionales y aunadas de los enanos de la isla de Lilliput logró derrotar al gigante Gulliver.

La multiplicación de vínculos finos, la proliferación en red de pequeñas acciones añadidas y una. Nómadas, dinámicas, activas, pueden más que las cristalizaciones sedentarias, estáticas y embrutecidas de sindicatos con casa propia. Contra el sindicalismo que colabora con el sistema, contra el que se opone de forma sistemática sin construir nada,  las coordinaciones tienen una presencia notable en el campo social, porque no se sabe cómo circunscribirlas, su funcionamiento es poco conocido y son insobornables.

Una política hedonista.

¿Se le puede llamar hedonista a este dispositivo de resistencia? Por otra parte, ¿existe una política hedonista? Y si es así, ¿cuál es? Porque el descrédito del hedonismo surge a menudo de la creencia de que éste es una justificación de los goces individuales y egoístas, sin ninguna dimensión política. Eso es desconocer la historia del hedonismo político que, desde Epicuro hasta Stuart Mill, demuestra la existencia en él de una dimensión colectiva y comunitaria.

No a la revolución nacional o universal, sino a los momentos que evitan los modelos dominantes. La revolución se lleva a cabo a su alrededor y a partir de sí misma, por medio de la integración de individuos elegidos para participar de esas experiencias fraternales. Esas microsociedades electivas incitan las microrresistencias eficaces para ir en contra, al menos por el momento, de los microfascismos dominantes. La era micrológica en la que nos hallamos impulsa a la acción permanente y a los compromisos perdurables.

Aspirar a un Estado mejor, a una sociedad pacificada y a una civilización feliz surge del deseo infantil. En este universo de redes liberales poderosas, construyamos utopías concretas, islotes pensados como abadías de Thelema puntuales y reproducibles en todas partes, en todas las ocasiones y circunstancias. Jardines de Epicuro nómadas, construidos desde uno mismo. Ahí donde nos encontremos, reproduzcamos el mundo al que aspiramos y evitemos aquel que rechazamos. Políticas mínimas, ciertamente, políticas de tiempos de guerra, sin duda, políticas de resistencia contra un enemigo más poderoso que uno mismo, evidentemente, pero política de todos modos. Sin duda, esas soluciones pueden parecer pobres. De hecho, lo son, como el «arte pobre». Pero ¿las iniciativas micrológicas acaso son más pobres que la democracia parlamentaria deteriorada?

¿Que el presidencialismo construido sobre el espectáculo que mediatiza un teatro de egos sobredimensionados? ¿Que un sufragio universal en tiempos de incultura general? ¿Que la espectacularización del político con el mínimo esfuerzo? ¿Que la profesionalización de la clase política? ¿Que la despolitización masiva? ¿Que la permanencia de viejos esquemas históricos caducos? ¿Más, o menos?


La posición libertaria propone una práctica existencial en todas las ocasiones y circunstancias. La anarquía que desearía organizar la sociedad de acuerdo con un modelo preestablecido presidiría inevitablemente la catástrofe. ¿Una sociedad anarquista? Es una perspectiva siniestra e improbable. En cambio, un comportamiento libertario, incluso en una sociedad que pretende llevar a cabo el anarquismo, es una solución ética, ¡y por lo tanto política! Porque el objetivo, aquí como en todas partes, sigue siendo el mismo: crear las posibilidades individuales o comunitarias de alcanzar una ataraxia real y una serenidad efectiva.

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