MÉDICOS CON
HUMANIDAD
Es domingo por la mañana. Como
todos los fines de semana, mientras realizo mi parte en las labores de
mantenimiento del hogar, escucho a Javier del Pino en su programa “A vivir que
son dos días”. Hace muchos años que lo sigo, y debo reconocer que es un profesional
de la comunicación que me parece que conduce y desarrolla su labor muy bien. A través
de tanto tiempo, le he escuchado secciones por donde han pasado personas de las
más diversas condiciones y que todas, o la inmensa mayoría de ellas, me han
aportado algo entre bueno y mejor.
Hoy tocaba la sección de Juan
José Millas, al que por cierto admiro en sus varias facetas. Como seguro que
todos conocéis, su labor aquí, consiste en realizar visitas, que previamente
han acordado con del Pino, a los más variados parajes o lugares de España, y
que luego nos lo presenta en la radio. Tanto por la variedad de los mismos como
por la forma tan peculiar de Millas de exponerlos, debo de decir que me han procurado
ratos estupendos.
El de esta mañana, y en las de
estas dos últimas semanas, condicionados como estamos todos por el dichoso
virus, no cuentan con las visitas que habitualmente realiza, pero esto no es óbice
para que, con la profesionalidad de ambos, no nos presenten un tema muy
entretenido y que en este caso me lleve a retroceder años en mi vida y me haga
rememorar situaciones que he vivido personalmente, y otras que las han pasado
otros y que las he leído en algún libro, y más concretamente en el que escribió
Olga Lucas narrando el encuentro entre su marido, en aquel momento, José Luis
Sampedro, con su amigo el doctor Valentín Fuster. Me gusta tanto, que lo releo
una y otra vez, bien cuando surge en los talleres o tertulias a las que asisto,
como cuando me desplazo en los transportes públicos o tengo que hacer tiempo en
las esperas de cualquier tipo.
Como apunto en el título de
estas líneas, y en la sección que cito, del Pino entrevista a la antropóloga Ana
Martínez Pérez que ejerce en la actualidad en la Universidad Rey Juan Carlos. Comenta la
profesora que durante 5 años dio clases en la universidad en Ecuador, y que su
faceta en aquel momento era la formación humanística de los estudiantes de
medicina. En el coloquio que se genera esta mañana entre los tres, se centran
en que dicha formación sea tanto, por no decir más, importante que la
acumulación de saberes sobre su especialidad. Cada uno de los tres, aporta sus
experiencias en la relación con los médicos. Cita la profesora las condiciones
que deben, o debían, de tener estos profesionales en su trabajo diario; y cita textualmente:
“Hay que tener en cuenta que la labor de
un medico es tratar con un ser humano; no con un ordenador, no con un coche, no
con un mueble, no con un edificio- en el caso de un arquitecto; él trata con
personas y las competencias son distintas; el problema es que esto no se enseña
en la universidad”.
Precisamente por esto quiero
hacer hincapié en esta faceta. Comentaré lo aprendido en el libro que cito
antes. En un momento de la conversación el doctor Fuster dice: “Sí, tienes mucha razón en incidir en lo de
las emociones. En medicina la educación emocional es probablemente uno de los
factores más importantes.
En ensayos clínicos, en estudios de medicaciones en lo que, como es
sabido, se da medicación A, o la que se investiga como posiblemente como más
eficaz, o medicación B, que es el placebo o control, recientemente se ha observado
al menos en 15 o 20 estudios que los individuos del grupo B, asea, los que
habían injerido placebo, vivían más tiempo de lo que podía esperarse basándonos
en estudios de control. Empecé a investigar los motivos y llegué a la
conclusión de que una de las razones principales de esa inesperada mejoría era
el contacto, la relación del paciente con su médico. Claro, si tú estás en un
estudio, el médico te llama para hacerte un seguimiento, para preguntarte si
estás tomando la medicación, que efectos notas, etc. Tú no sabes que estás
tomando placebo, pero te sientes humanamente más atendido y reconfortado por
ese interés de tu médico. Esto, que os cuento a modo de ejemplo en realidad, es
un problema enorme para la objetividad de los que estamos investigando. Yo
mismo estoy realizando ahora un estudio sobre diabetes y constato que los
asignados al grupo de placebo evolucionan mucho mejor de lo que cabría esperar
en base a nuestros conocimientos. La
razón es el contacto constante con el médico investigador,
En medicina los jóvenes de hoy reciben una información eminentemente
técnica; no hay tiempo para formarlos en los valores de los que estamos
hablando. Y esto, creo que es uno de los grandes problemas de la medicina actual
porque, como ilustra el ejemplo del placebo, hay una interacción anímica cuya
transcendencia no se puede ignorar. Yo espero que se vaya resolviendo poco a
poco; no se trata de medicina humanística ni de súper-medicine, se trata
simplemente de hacer medicina, y hacer medicina implica darse cuenta de la gran
influencia que tiene lo anímico sobre la enfermedad. En el caso del placebo, en
realidad, no estás administrando placebo, estás administrando una medicina que es
la relación médico-paciente”.
En cuanto a mi experiencia
personal, tengo que decir, que cada vez que la recuerdo no puedo evitar que se
me nuble la vista de emoción. Me refiero al comportamiento, que durante una
época de mi vida, tubo mi médico conmigo. Al entrar en su consulta, lo primero
que veía era un rostro sonriente a más
no poder y su frase de bienvenida: “Hola
Francisco ¿Cómo te encuentras? Aquí tengo los resultados de tus pruebas y todo
bien” He dicho que más que un médico quien me atendió fue un amigo, un ser humano
maravilloso. Así mismo, he comentado muchas veces que, desde mi humilde opinión,
el médico te cura con un 80 por ciento de su trato y un 20 por ciento con
pastillas.
Ojala, amigo lector, que si
alguna vez te ves en esta tesitura (que no te deseo de ninguna manera) te
encuentres con estos seres maravillosos que son los médicos con HUMANIDAD.
Un abrazo.
Uno de los problemas de la profesión médica es que por razones obvias, los médicos acaban perteneciendo a un estrato social que después, es habitual no se corresponda con los pacientes a los que se tratará.
ResponderEliminarEso es algo que la antropología o la sociología suelen poner de manifiesto. Como influye el código postal para ciertas bolsas de pobreza o dolencias, o carencias en general, evidentemente, también de la salud.
.
Un ejemplo práctico es aquel médico ( traumatólogo ) que sabe que un
paciente debe de cambiar la dieta en orden de poner fin a sus problemas de rodilla. El medico no entiende que ese paciente, siga sin seguir su recomendación de comer sano. Muchas veces obviamos que comer sano, hacer ejercicio, tener tiempo para leer, en fin, actitudes buenas para tratar trastornos físicos suelen ser epopeyas en las personas de los estratos sociales más desfavorecidos.
La antropología suele ser una ciencia fantástica para señalar ese tipo de tensiones.
No quiero decir que una clase acomodada no sea capaz de ser empática, ni que una clase social que mal vive sea incapaz de hacer deporte y cuidar la dieta. Pero esa disonancia entre ciertas profesiones y donde se ejercen después, está ahí.
Hace poco un abogado de la CGT donde milito me comentaba que, "ahora no hay mas que jueces fachas" que son los únicos que pueden pagarse la carrera.
Contraponía esa opinión suya con esos otros jueces que el conocía - ya retirados - que solían haber sido antiguos abogados laboralistas, militantes en partidos o sindicatos, en los años últimos del régimen franquista. Curiosamente por contrario que pueda resultar, esta persona mantenía con ese ejemplo que la permeabilidad social era mucho mayor en aquellos años 70 y 80 que 40 años después.
En síntesis, echaba de menos que en el ejercicio de algo tan importante como era la de un juez, hoy, solo ciertas clases se vieran posibilitadas para acceder a ellas debido al coste de la vida y el coste de cursar ciertos estudios.
en fin, mis dos centavos a tu fantástico post