lunes, 4 de agosto de 2014

El ocaso del trabajo remunerado (por Fco. Javier Cruz Lendínez)


¿Estamos viviendo el ocaso del trabajo remunerado como medio de vida y de realización personal en el capitalismo del siglo XXI?

Por Francisco Javier Cruz Lendínez

(Extracto de un escrito de un miembro de nuestro grupo)

He abordado este tema porque considero que es el que más me ocupa en la actualidad, ya que me considero un parado de larga duración y necesito encontrar algunas claves para dar sentido y respuesta ante esta situación.
Vivimos en un nuevo marco tanto en Occidente que nos lleva a comprender que el núcleo de influencia y de poder se está desplazando hacia los nuevos países emergentes asiáticos: China, India, Rusia etc.; si bien, nuestra cultura europea y americana se va contagiando poco a poco de los paradigmas relacionados con la cultura del trabajo oriental y la competitividad asfixiante que estos imponen. Basta con echar un vistazo los nuevos puertos comerciales de China como Shanghai, uno de los más importantes de todo el mundo, junto a Tianjin o Yantian, para darse cuenta que ese eje europeo y americano se está desplazando hacia aquella zona.
De hecho, hemos pasado en dos generaciones a la concepción del trabajo como un derecho que se conservaba durante toda la vida y estable a un ejercicio profesional a intervalos de tiempo y cambiante… También hemos pasado de considerar el trabajo como vocacional y fuente de sentido y realización personal al trabajo como fuente y medio de ingresos que nos permita sobrevivir y dar respuesta a nuestras necesidades, en el mejor de los casos, vitales, ya que existen trabajos precarios y que llevan a la exclusión por insuficientes, para garantizar esos mínimos vitales.

Tal vez estemos constatando en nuestros días la desaparición del trabajo remunerado como fuente o medio de vida y de realización personal y estemos dando paso a un trabajo que en muchas ocasiones no nos permite siquiera garantizarnos esos mínimos. Se llega hasta el extremo de tener que pagar por un empleo (he sido testigo de esta situación). En medio de este proceso o cambio que estamos experimentando, nos encontramos dos generaciones que van a ser víctimas de todo esto. Me refiero a los jóvenes que no van a poder acceder a un empleo digno y a los que en una etapa avanzada de la vida, en la que yo me incluyo, en la madurez, en la que hemos perdido el empleo y ya comprobamos que es prácticamente imposible encontrar otro.

Estamos inmersos en una sociedad del consumo en la que el salario del trabajador se concibe como un gasto económico más dentro del engranaje de la empresa y, por lo tanto, desechable en cualquier momento, prescindible. De hecho en nuestro país, para ser competitivos, se reduce el número de trabajadores en la empresa, pero no disminuyen el número de horas extras. Es por esto, que no se entiende que detrás de un salario existe una persona que ofrece su tiempo de vida y sus capacidades a cambio del salario, ni tampoco se valora el esfuerzo que en muchas ocasiones ha realizado toda la sociedad para la formación de esos profesionales y el sacrificio de muchas familias.

Esta crisis ha llevado a identificar al trabajador con la figura de su propio empleador, el autónomo, ahora llamado emprendedor. Se ha constituido esta figura del emprendedor, con la pretensión de convertir a cada trabajador en empresario. La innovación, la creatividad, se valoran y se premian en este nuevo modelo de emprendimiento. Este hecho es significativo, pero se sigue sometiendo a la persona al trabajo individual y a enfrentarse él solo al resto en una feroz competitividad. Entendemos, por lo tanto, que el trabajo se ha terminado, se ha fragmentado, precarizado, segmentado y deslocalizado. 

Los índices de desempleo y subempleo crecen diariamente en Norteamérica, Europa y Japón. Incluso los países más desarrollados se tienen que enfrentar a un desempleo tecnológico creciente a medida que las empresas multinacionales construyen y ponen en marcha métodos productivos basados en las últimas tecnologías, a lo largo y ancho del mundo, provocando que millones de trabajadores no puedan competir con el rendimiento de los gastos, el control de la calidad y la rapidez de entrega garantizados por los sistemas de producción automatizados. En un número cada vez mayor de países, las noticias económicas están llenas de planteamientos relativos a diferentes formas de limitación de los procesos productivos, de reorganización de gestión de calidad, de planteamientos posfordistas, de reducción de plantillas y de adecuación de su volumen. En cualquier parte del mundo existe un gran número de mujeres y hombres preocupados por su futuro más o menos inmediato. Los jóvenes están empezando a hacer públicas sus frustraciones y su rabia, desembocando en un comportamiento antisocial. Los trabajadores de mayor edad, atrapados entre un próspero pasado y un futuro incierto, parecen resignarse a estar condicionados por una serie de componentes sociales sobre los que poco o nada pueden hacer. A lo largo y ancho de nuestro mundo existe un creciente sentimiento de hallarnos ante un momento de cambio – cambio tan grande en gran escala que apenas somos capaces de intuir su impacto final. La vida tal como la conocemos está viéndose alterada en sus trazos fundamentales.

La realidad del empleo en España.

La realidad del empleo en España, según las últimas cifras del pasado primer trimestre de este año, es que se sigue destruyendo empleo. La ocupación de empleo retrocede en 184 mil personas. La tasa de empleo en marzo se planta en el 25,93% y la EPA del IN sitúa a España en un tímido descenso de 2.300 parados. 
Cabe destacar que, según la EPA, que las personas en edad y disposición de trabajar bajó en el último año en 424.500 personas. Sobre todo se aprecian épocas estacionales en las que repunta el empleo, pero existen otras en las que ocurre todo lo contrario. Muchos jóvenes salen del país en busca de un empleo y les permita desarrollar sus capacidades profesionales, en concreto, desde el año 2008 hasta finales de 2012, han emigrado en torno a unos 400.000 personas. La tasa de paro juvenil en el último trimestre de 2013, según datos del INE, es del 55% y del 30,9% el de mayores de 45 años. 
El problema principal será volver a recuperar los 3,6 millones de empleos que se han perdido durante la crisis y encontrar el sector que vuelva a activar la economía y promueva nuevos empleos. Lo que ocurre es que el empleo que se está creando es empleo precario, temporal e inestable y no permite la reactivación de la economía ni la calidad de vida de los y las trabajadores y sus familias. Recordamos que el empleo indefinido que se genera es prácticamente inexistente y el número de empleos por horas sigue aumentando y los parados de larga duración también. Este es mi caso.

A este panorama haya que añadir que el número de hogares sin ingresos ha crecido durante estos años. Ya se está hablando de entorno a un millón de familias en 
los que no existen ingresos y a dos millones en el que todos sus miembros están en paro. Esta realidad está recrudeciendo la vida de las familias y cebándose sobre todo en los más débiles, los niños.
Toda esta situación impuesta obedece a un planteamiento ideológico, por parte de las políticas neoliberales, que se basan en la priorización de la financiarización de la economía sobre la economía real o productiva y en la acelerada privatización de lo público.

Situación personal.

La primera vez que me quedé sin empleo, allá por el año 2006, tuve la sensación de que iba a ser temporal. Tenía en perspectiva unas oposiciones para la Universidad y me sentía motivado para afrontarlas.
Transcurrieron prácticamente dos años hasta que se realizó la prueba y las fuerzas ya se habían disipado. Todo este periodo supuso mucho desgaste y mis capacidades de adaptación a las nuevas exigencias no fueron al final suficientes. No superé ni siquiera el primer ejercicio de la oposición. Aparte de las oposiciones me presenté a algunos puestos de distintas administraciones públicas, a veces con éxito y otras sin éxito, pero sin plaza ni puesto fijo, sino temporal.
Cabe resaltar que durante esta etapa, la frustración y el sufrimiento personal fueron muy importantes. Estas circunstancias y vivencias supusieron una pequeña depresión y decepción, en cuanto a mi visión global del mundo y también de mí mimo. Nunca me había sentido así.
Es por esto que me planteo ahora la importancia que tiene en mi vida el trabajo profesional o remunerado: la actividad laboral, el tiempo de trabajo. Aunque ahora tengo la impresión de que es posible que no vuelva a trabajar fuera de casa lo haré de forma esporádica y temporal. Así llegué a concluir que el eje de mi vida tal vez no tuviese que ser el trabajo remunerado, aunque resultara paradójico que mi formación académica durante más de veinte años de mi vida estuviera orientada a tal fin. Todas estas cuestiones las tengo muy presente. Incluso llegué a plantearme iniciar una aventura empresarial, pero aunque fuesen viables no resistían el filtro de la financiación. En definitiva, tuve que plantearme, finalmente, asumir el rol de amo de casa, a pesar de haber sido impuesto y no una opción o vocación.

Ya han pasado tres años desde la última vez que me quedé sin empleo, desde el 2011. Ahora trabajo en casa y ese trabajo es tan digno como otro cualquiera. Si bien la cuestión de los roles es lo que llevo peor, pero no por mi condición sexual, sino porque tengo que aceptar este nuevo rol en el ámbito familiar. Nunca me he considerado machista, porque mi madre se ocupó bien de ello, pero la sociedad no me preparó para asumir este nuevo rol. De hecho me cuesta esfuerzo asumirlo tras más de dieciséis años de trabajo profesional y que me permitía también mi desarrollo personal.
Al principio, me sentía desubicado y desorientado como el que pierde un miembro y aún tiene la sensación de que lo conserva. Las rutinas del trabajo debía cambiarlas por otras rutinas. De hecho eso es lo que más me costó asumir. Como cuando regresabas de las vacaciones estivales y tenías que volver a la rutina académica. De hecho es significativo que en este periodo, y tras las vacaciones de navidad, suelen salir al mercado las enciclopedias por fascículos o las casitas de muñecas por entregas. 
Es cierto que el trabajo remunerado, el empleo, en el que uno se forma o uno se dedica por vocación, principalmente, debe procurar los medios necesarios para una vida digna, en la que se satisfagan al menos, las necesidades fisiológicas y de vivienda, cultura y educación, etc., y también a los que son dependientes de ese salario. Ahora comprobamos que no es posible con un sueldo sacar adelante a una familia ni a uno mismo. Los salarios de pobreza como ahora existen. También entiendo las dos dimensiones del empleo: el desarrollo personal y profesional y el de socialización.. Yo ahora busco otros espacios de socialización como son una ONG, ampliando la formación, por ejemplo, mediante este curso.

Está claro que necesitamos desarrollar todas nuestras capacidades y cubrir nuestras necesidades. Yo envidio -envidia sana- cuando encuentras testimonios de personas que se desarrollan en sus trabajos y al mismo tiempo cubren sus necesidades vitales. Es cierto que en muchas ocasiones no es así. Tenía esa experiencia cuando trabaja fuera de casa, porque mi empleo me lo permitía. Ahora debo buscar otra actividad, en este impass sin trabajo remunerado, que cubra ese vacío.

Cuando las necesidades básicas como son la vivienda o la alimentación, la cultura, la salud y la educación las dejamos en manos de intereses privados, ocurre lo que ocurre. La iniciativa privada es necesaria, pero cuando busca el bien común y no el beneficio a toda costa. De hecho a mi me echaron del trabajo en las dos ocasiones, debido a los recortes en servicios sociales y en subvenciones, gracias a esta crisis económica. Por este motivo se implanta el miedo en todos los ámbitos de la vida diaria, si peligran los resortes y medios que la soportan. Ahora todo se sustenta en un mercado que va creando necesidades vanas que desplazan y desvían la atención de las necesidades vitales impidiendo, incluso, que éstas últimas sean garantizadas para todo el mundo Es lógico que sea el miedo a no tener cubiertas esas necesidades el que se instale e inunde todo y provoque multitud de reacciones, algunas adversas, otras de indiferencia, pero todas, en definitiva, son mitigadas y aplacadas por el propio sistema que lo ha generado.

Propuestas y alternativas.

Para superar esto hay que, en primer lugar, garantizar a todo el mundo sus necesidades básicas. Desde ahí, comenzar a ver qué cuestiones debemos cubrir entre todos y todas. Qué aspiraciones como humanidad debemos satisfacer. Sin este mínimo garantizado se pierde demasiada riqueza humana e intelectual. Sobre todo pasamos por este mundo y esto es lo más triste, pienso yo, sin saber cuál es nuestro lugar en él.
No dejando las necesidades básicas en manos privadas y en los caprichos del mercado y evitar que esas necesidades básicas se conviertan en fuente de desigualdad y de opresión.
El problema de no saber el lugar que ocupamos en el mundo se soluciona en aceptar la realidad en que uno se desenvuelve y al mismo tiempo hacer lo que esté en nuestras manos, sobre todo, referido a nuestros hijos y a los jóvenes, ya que de ellos depende también, fundamentalmente, que esto cambie. Debemos seguir luchando porque sea posible un mundo en el que cada uno encuentre su lugar y su tiempo de vida sea lo más fructífero y digno posible.

En definitiva, debemos recuperar nuestro tiempo de vida, y no reducir la vida humana al tiempo de trabajo. Esto llevaría a recuperar el tiempo cronológico, el tiempo personal, el tiempo familiar y el tiempo social.
La clave estaría en promover y procurar una autonomía económica a todos los seres humanos que les permitiera cultivar su identidad personal y su integración social, teniendo en cuenta que estas funciones antes las cumplía el trabajo y ahora es necesario replantearse el proceso productivo, partiendo del servicio a la persona del trabajador y de su familia, porque sólo de esta manera se puede hablar de servicio de la sociedad y de bien común.

Conclusiones.

En definitiva, considero, a modo de conclusión, que es posible encontrar nuestro lugar en el mundo, a pesar de todos los inconvenientes y dificultades que se presenten.
Es imposible ser impermeable a los cambios y procesos de cambio tan bruscos que se están produciendo en las últimas décadas entorno al empleo a nivel mundial. A mi me ha tocado vivir en primera persona este proceso de transformación y no sé hacia dónde nos llevará el futuro. Lo que sí tengo claro es que no caeré en la trampa de ser un nuevo emprendedor que se arriesga en la jungla de la competitividad y se enfrenta al resto de individuos como si un depredador sin escrúpulos. Tengo claro que la salida solo puede venir de la cooperación para la producción de necesidades básicas y desde la concepción de una sociedad como comunidad solidaria. He tenido experiencia de esta alternativa, desde algunas iniciativas concretas que, aún siendo tímidas, han sembrado una nueva semilla que seguro germinará si se sigue cultivando. El reto es conseguir hacerse un hueco cada vez más significativo e importante en este mundo y que éste nuevo estilo de producción nos llene y satisfaga plenamente.

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