APRENDER
A PENSAR
Pensar es aprender a pensar. Esto
es algo que la filosofía ha proclamado y practicado desde sus primeros pasos.
Por eso no es una actividad separable de la enseñanza o del aprendizaje. Que
pensar sea aprender a pensar significa fundamentalmente dos cosas: que
normalmente no pensamos y que no hay un modo ya sabido de pensar. Lo primero sitúa
a la filosofía en una relación de conflicto con las opiniones y los saberes
establecidos; lo segundo, la coloca en tensión respecto a si misma, ya que no
admite la estabilización, acumulación y previsibilidad de sus modos de hacer.
Pensar es aprender a pensar porque pensar es volver a pensar. Pero entonces,
¿Cómo es posible enseñar? ¿Cuál puede ser el sentido intrínsecamente educativo
de una práctica del pensamiento que se da en desplazamiento tanto de los
saberes establecidos como de sus propias conquistas?
Lo que la filosofía como práctica
educativa plantea es que educar no es adquirir competencias, trasmitir
conocimientos ni escolarizar pensamientos. Consiste, fundamentalmente, en un
desplazamiento, en un cambio de lugar que renueva el deseo de pensar y el
compromiso con la verdad. “Ya es mucho
que podamos levantar alguna vez la cabeza y observar en que corriente estamos
tan profundamente sumergidos. Y ni siquiera lo conseguimos con nuestras propias
fuerzas. Hemos sido elevados. Y ¿Quiénes son los que nos elevan?”
(Nietzsche). Estos son los verdaderos educadores: los que nos hacen levantar la
cabeza. Levantar la cabeza es, a la vez, empezar a mirar y dejar de obedecer; descubrir
el mundo, abrir sus problemas como algo que nos concierne y adentrarnos en
ellos libres de toda servidumbre, sea del tipo que sea.
El maestro, en filosofía, no forma
ni adiestra, libera: libera de lo que nos impide pensar. El verdadero maestro
es, en última instancia, el maestro que nos libera de la tutela del maestro. Convertido ya entonces en amigo, nos entrega “la felicidad de nuestra soledad”
(Deleuze). No es una paradoja: la relación entre amistad y soledad es la
condición para empezar a pensar para reaprender a ver el mundo reescribiéndolo.
Dice Nietzsche que no podemos levantar la cabeza con nuestras propias fuerzas. Contra
toda idea de inspiración natural o de palabra revelada, la filosofía nos sitúa
de lleno en el terreno de la interdependencia humana: si pensamos, es porque
algo nos es dado a pensar por medio de alguien, maestro, amigo, mediador. Como
reconoció Heidegger en la raíz alemana del verbo pensar en todo pensamiento hay
ya un agradecimiento. Dar a pensar no es indicar como o que hay que pensar. Así
como enseñar a escribir no es poner en práctica metodologías y estándares de
escritura. Dar a pensar, enseñar a escribir, es indicar que ha quedado algo por
pensar, que ha quedado algo por escribir aun. Inacabar, así, el mundo saturado
y agotado. Entiendo, desde ahí, que enseñar filosofía es dejar vacios con el
propio gesto y con la propia palabra. Enseñar filosofía es una invitación.
Educar, por tanto, es iniciar a
otro en este desplazamiento moverlo, sacudirlo o seducirlo, arrancarlo de lo
que es y cree ser, de lo que sabe y de lo que cree saber. Por eso la relación
de la filosofía con la educación es a la vez violenta y fecunda: violenta
porque ataca de raíz lo constituido. Pone en cuestión lo que somos y lo que
sabemos, lo que valoramos y lo que pretendemos.
Fecunda, porque abre nuevas relaciones, nuevos modos de ver y de decir,
allí donde solo se podía perpetuar lo existente. En definitiva, nuevas
aproximaciones a lo que nos hace vivir. La pregunta de la filosofía por la educación no es ni ha sido nunca la pregunta pedagógica
sobre cómo enseñar filosofía sino la pregunta sobre cómo educar al hombre, al ciudadano
o a la humanidad. Por eso es una pregunta que afecta, cuestiona y reformula la
imagen que en cada época y en cada contexto, organiza tanto el espacio del
saber como el espacio político.
¿Está dispuesta la universidad
actual a ser el lugar desde el que puedan ser formuladas estas preguntas y
asumir su consecuencia? Parece que por ahora, no. A la vez que flexibiliza sus
estructuras productivas, laborales y curriculares para adaptarse mejor a los
requerimientos del mercado, la universidad, como institución, se blinda a las
preguntas y deja de hacerlas. Frente a ello, algunos autores y profesores
denuncian la deserción cultural de la actual universidad sectorial o
universidad-emprendedora, convertida en una suma de escuelas profesionales y de
centros de innovación tecnológica. Invocando el ideal humorista de la
universidad como sede y motor de la cultura de una sociedad, perciben en las
actuales transformaciones la traición y el desmantelamiento de ese propósito culturalista.
Sin embargo, el actual avasallamiento empresarial de la universidad no debe de
engañarnos con imágenes nostálgicas de libertades perdidas: la universidad
culturalista era la herramienta de una burguesía occidental que tenía, en la “cultura”,
uno de sus principales patrimonios y fuentes de hegemonía social. Cuando la
universidad empezó a abrirse a otras clases sociales, este propósito se perdió.
Hoy la cultura, en este sentido, ni existe ni sirve a nadie. ¿Para qué debería
de defenderla la universidad, si no es para convertirse en un mausoleo?
El problema está en otro lugar.
Más allá de toda melancolía humanística, más allá de toda posición defensiva y
conservacionista, lo que está en juego es un combate del pensamiento: ¿Cómo hacer
para que las verdaderas preguntas, aquellas que nos importan y nos mueve a
escribir, a saber y a transformar la sociedad en la que vivimos, no mueran bajo
el peso del conocimiento rentable pero inerme? ¿Desde donde reconstruir la
alianza entre la interrogación filosófica y el conocimiento? ¿Dentro o fuera de
la universidad?
“Filosofía inacabada” Garcés,
Marina 2015
Desde mi modesto punto de vista,
este corto capítulo del libro antes mencionado, abre un sinfín de posibilidades
para la reflexión. Máxime en estos tiempos tan convulsos que nos están tocando
vivir.
Es raro el día en que no aparece
uno o varios artículos en los que el autor no se pregunte, ponga en duda, se
escandalice o no entienda, que con lo que acontece en este país, la gente
estemos tan quietos, tan terriblemente pasotas que no hagamos nada ante los
abusos de todo tipo que se producen contra todos y cada uno de los ciudadanos
que no pertenecemos a la pandilla de los abusadores. Estoy convencido que para
justificar este pasotismo, se buscan y se dan multitud de excusas: no podemos
hacer nada; tenemos que dedicarnos a trabajar; todo viene desde fuera; los que
mandan son los que tienen el dinero; vivimos mejor que en otras épocas; y así podíamos
seguir en una enorme retahíla de formas de echar balones fuera y pasar la
patata caliente al vecino. Estamos tan entretenidos en lo que los de “arriba”
nos dan de comer todos los días, que no somos capaces de ver que esa comida está envenenada, poquito, para que
no lo notemos, pero que poco a poco nos quitan la vida.
Porque yo me preguntaría: ¿es vida
esto que estamos pasando? O por lo contrario es una manera de sobrevivir en un
día a día cada vez menos feliz, más problemático, más conflictivo, mas miedoso
(por no decir más aterrador), más individualista, donde no conocemos ni a nuestros
vecinos, incluso ni a nuestros propios familiares y ya no digamos a los que se
atreven a venir de fuera a perturbarnos la “paz”. Creo que la deshumanización a
la que estamos llegando, podrá estudiarse en la historia, si es que la historia
no se interrumpe en algún momento, como la época en que comenzó el final del
ser humano.
Estas dudas mías vienen a cuento
de los acontecimientos políticos de estos últimos tiempos. En las últimas
elecciones más de siete millones de personas (las que se han contabilizado en
las urnas, pero muchas más si contásemos las que se quedaron en casa y están conformes
con estos) han votado al partido que lleva años y años haciendo un mal terrible
a la nación, y según estimaciones, seguirán votando si llega la ocasión en el
mismo sentido. Y aquí mi siguiente pregunta: ¿estas gentes no saben, no se
molestan, no quieren pensar? ¿Hacen dejación de la facultad que distingue al
animal humano de los otros seres vivos? Como dice un amigo mío ¿lo que quieren
es “piensear” y olvidarse de pensar?
Todo esto y mucho más es lo que yo
saco en consecuencia del citado capítulo
de la profesora Garcés.
Como nos dice en el primer párrafo:
“Esto es algo que la filosofía ha
proclamado y practicado desde sus primeros pasos”. Y sigue diciendo:”que normalmente no pensamos”.
En el segundo párrafo nos
advierte: que lo que nos enseñan con la filosofía es “Levantar la cabeza es, a la vez, empezar a mirar y dejar de obedecer; descubrir
el mundo, abrir sus problemas como algo que nos concierne y adentrarnos en
ellos libres de toda servidumbre, sea del tipo que sea”. Claro que para
ello, digo yo, hace falta que tengamos los maestros que nos guíen; esos que un
poco más adelante nos aclara nuestra filósofa:”El maestro, en filosofía, no forma ni adiestra, libera: libera de lo
que nos impide pensar”.
Ahora bien, para que se cumpla lo
dicho anteriormente, debemos de contar con dos condiciones imprescindibles: los
maestros y el lugar donde puedan ejercer su magisterio. A ello se refiere un
poco más adelante cuando dice:”¿Está
dispuesta la universidad actual a ser el lugar desde el que puedan ser
formuladas estas preguntas y asumir su consecuencia? Parece que por ahora, no”.
Y desde mi punto de vista le asiste toda la razón, pues con las nuevas leyes de
la enseñanza, ni hay maestros ni universidades donde poder ejercer. Por ello
termina diciendo:”¿Desde donde
reconstruir la alianza entre la interrogación filosófica y el conocimiento? ¿Dentro
o fuera de la universidad?”.
Termino como empecé: creo
sinceramente que estas reflexiones de la profesora Garcés, pueden y deben- a
los que nos gusta- hacernos pensar muy extensamente.
A manera de posdata querría citar
el último párrafo de su libro que me parece muy emotivo; dice así:”Pero con su muerte aprendí algo que en la filosofía no había sabido leer o
comprender. Que nuestra finitud, la humana, no es nuestra mortalidad. Que no
somos finitos cuando morimos, sino cuando nos sentimos impotentes y arrastrados
por la inercia de lo que no queremos vivir. Y que solo el pensamiento, que no
es rebelión contra la muerte sino contra la impotencia, puede hacernos
infinitos y mortales a la vez. Por eso, porque esto lo aprendí de ella, de su
vida y de su muerte, esta filosofía inacabada está dedicada a ella, a mi madre”.
A todos, mi abrazo más fraternal.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarNo Francisco, no saben, no se molestan, no quieren pensar, algunos solo quieren su huequito en la pandilla de abusadores... Finitos en la impotencia pero podemos mirar y dejar de obedecer! Gracias!
ResponderEliminarAmigo ORLANDO: Que tengas la delicadeza de leer a este abuelo cebolleta, enamorado de su "segunda juventud", es algo que siempre recordaré y agradeceré.
ResponderEliminarRogándote me disculpes por mi osadía, me gustaría tener un contacto más personal contigo facilitándome una dirección de correo.
Caso de que no quieras hacerla pública podría ser a través de nuestro maestro Eduardo.
Muchas gracias y un abrazo.
Hecho, le he mandado un correo al Profesor. Un abrazo. Orlando.
EliminarHola Francisco, antes de nada darte las gracias por colgar este texto que me ha animado a volver a reflexionar y escribir una letras ya desde hacía mucho tiempo. Empieza el libro de Levinas "Totalidad e Infinito" parafraseando a Rimbaud: <<"La verdadera vida está ausente"; pero nosotros estamos en el mundo>> Creo que resume las inquietudes que presentas en tu texto. Aunque Levinas no está pensando en una vida mejor gestionada o llena de satisfacciones espirituales sino que lo usa como introductorio al hablar sobre la insaciable búsqueda de lo absolutamente Otro. El Hombre al ser entendido como 'posibilidad' es un ente abierto e inacabado, que además tiene certeza de serlo desde su nacimiento y cuya vida discurre en perpetua persecución de su saciedad de algo que seguramente anda a pie entre la filosofía y la poesía, esta es su naturaleza. Sinceramente creo que acallar el deseo de poseer, de sexualidad, de política no es más que el reflejo de acallar su alma que busca algo aún más indeterminado. Y estas cosas posiblemente sean sus menores problemas. No puedo culpar a mi semejante entregado a no entenderse a sí mismo dejando su vida en retazos de cotidianeidad y rutinas. No seré yo quien le hable de su/nuestra miseria. Apelar a su capacidad de razonar quizás conlleve a su repulsa y a cerrar su concha; quizás el que no aprenda es porque no desea aprender. De este tu texto (y de la autora) me quedo con la posibilidad de desplazamiento que puede ofrecer el filósofo al usar sus palabras (o su modo de vida). Con esto te digo que no hay gente equivocada sino que toma decisiones conforme a su circunstancia; que no son peores ni mejores, no beneficia separar, según creo. La vida discurre tal cual, la filosofía no existiría sin ello y surge de ello precisamente. No entiendo rechazar esta vida tal cual es. Que las mejores intenciones a veces no son las mejores soluciones, recuerda que la salida de la caverna la propone quien luego elabora una República elitista y limitada para el que no está en la cima del sistema conformándose así el origen de los totalitarismos. El Salvador que justo llega cuando el ser humano más hambre tiene. ¿Cuántas veces sucede esto? Mira a tu alrededor. No regalemos el pensamiento al primero que ha llegado, porque vende quimeras, porque le vende a cada uno la suya. Lo dicho gracias, espero algún día tomar una cerveza contigo (pago yo), tenemos la suerte de habernos escuchado el día que la Filosofía nos reclamó, porque efectivamente no elegimos nosotros, nos elige ella, un abrazo.
ResponderEliminarGracias Francisco por compartir este texto y sobre todo por tu atinado y pertinente comentario. No entro en contenidos porque ya lo hacemos asiduamente por otros medios.
ResponderEliminarAl respecto recordemos a Heidegger en "¿Qué significa pensar?" de Martin Heidegger. Habría que releer al menos el primer capítulo.
Alberto, me ha gustado mucho tu intervención y quisiera poner comentar este escrito y el anterior que publicaste en este foro en persona.
ResponderEliminarGracias a ambos, tomo nota del libro que no lo he leído a ver si me hago con el pdf del primer capítulo antes de comprarlo. Por supuesto, debemos vernos, posiblemente andemos mucho camino juntos, a ver si puedo a la próxima reunión y si no nos vemos tu y yo. Tengo ganas de emprender algo.
ResponderEliminarAmigo ALBERTO: Más tarde te haré un comentario más amplio. Ahora solo quiero decirte que te puedo mandar el libro de Heidegger que nos recomienda nuestro maestro.
ResponderEliminarMe tendrías que dar tu dirección de correo.
Si no quieres hacerlo público hazlo a través de Eduardo (perdona que abuse de ti).
Un abrazo para ambos
Gracias Francisco! Al final conseguí el libro y le llevo ya entrando en la segunda jornada de la conferencia. Lo encuentro muy recomendable además cómo se enlaza con Nietzsche. De todos modos mi email lo encuentras en mi perfil de blogger. Espero verte en breve y sobre esto actual seguimos hablando. Un abrazo
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