El erotismo según Comte-Sponville.
(Extracto del capítulo 3 de us libro Ni el sexo ni la muerte. Texto para debatir en la próxima reunión).
(Extracto del capítulo 3 de us libro Ni el sexo ni la muerte. Texto para debatir en la próxima reunión).
Ni
el sexo ni la muerte son lo propio del hombre. Pero solamente los
humanos, parece ser, pensamos sobre los problemas que la mortalidad y
la
sexualidad nos plantean. De ahí las religiones y la
moral, la metafísica y
el
erotismo.
Que
erotismo y
moral
están relacionados (al menos tanto como metafísica y religión),
es evidente. La sexualidad nos confronta con el otro, en aquello que
el otro tiene de más íntimo, de más frágil, de más desnudo; yes
también en la relación con el prójimo donde surge esencialmente la
moral. Siempre me ha parecido cuestionable, además de difícil de
pensar, que tengamos deberes para con nosotros mismos. Pero que
tenemos deberes con el prójimo, o bien que no todo está permitido
con respecto a los demás, es una evidencia, y
es
aquí donde empieza la moral. Y donde se acaba la inocencia .
Hay
como un punto ciego o cegador en la sexualidad humana: es el querer
apropiarse del otro como una cosa y su
cuerpo, de hecho, es una cosa, aunque animada), aun cuando sepamos
que no
es una
cosa, o que no solo es eso ni sobre todo eso (si no, no habría nada
erótico en su posesión). El angelismo, en este ámbito, es tan
ridículo como la demonización. ¿Condenar el sexo? Es condenarse a
sí mismo, y a toda la humanidad. Pero entonces, ¿solo hay que ver en ello un
agradable pasatiempo? «¿Cómo es posible -se pregunta Diderot- que
un acto cuya meta es tan solemne, y
al
que la naturaleza nos invita con la atracción más poderosa, el más
grande, el más dulce, el más inocente de los placeres se haya
convertido en la fuente más fecunda de nuestra depravación y
de
nuestros males?» Y es que la meta, las más de las veces, no tiene
nada de solemne (Diderot piensa en la procreación, pero no es esa
meta, salvo excepciones, la que persiguen los amantes), y
el
placer, en este ámbito, no es tan inocente como parece, ya que se
disfruta como de un objeto de eso mismo (el cuerpo de otro) que no
puede serlo del todo. Es la verdad de la pornografía, que habita el
deseo como su tentación o su criatura.
Escriban
«sexo» en cualquier motor de búsqueda y
vean
lo que Internet les propone: casi exclusivamente sitios porno,
innumerables, interminables, gratuitos o de pago, profesionales o
amateurs
(o
que pretenden serlo), todos diferentes, todos convergentes, todos
repetitivos, y por ello aún más deprimentes, para un espectador un
poco refinado, al que no dejan del todo indiferente ... El sexo sin amor: ¡cómo se parece al odio¡ ¡Qué
desprecio, qué brutalidad, qué violencia muchas veces, qué
voluntad de deshumanizar al otro (la mujer, casi siempre), de
rebajarlo, de someterlo, de humillarlo, de ensuciarlo, de
envilecerlo!
Resulta revelador del estatus tan especial de que goza la sexualidad, que se considera en la actualidad un privilegio de extraterritorialidad ética. Después de varios siglos de culpabilización del sexo, hemos entrado, desde hace varios decenios, en una fase de desculpabilización. Yo lo considero un progreso, pero un progreso en que la pornografía marca la ambivalencia... ¿Son perversiones? Quizás. Pero tan frecuentes, tan extendidas que llegan a revelar algo de la sexualidad ordinaria.
Resulta revelador del estatus tan especial de que goza la sexualidad, que se considera en la actualidad un privilegio de extraterritorialidad ética. Después de varios siglos de culpabilización del sexo, hemos entrado, desde hace varios decenios, en una fase de desculpabilización. Yo lo considero un progreso, pero un progreso en que la pornografía marca la ambivalencia... ¿Son perversiones? Quizás. Pero tan frecuentes, tan extendidas que llegan a revelar algo de la sexualidad ordinaria.
Se ha escrito que los hombres están dispuestos a hacer cualquier cosa para hacer el amor, incluso a amar.
Y que las mujeres están dispuestas a todo con tal de amar y
ser
amadas, incluso a hacer el amor. Es una formulación exagerada, por
supuesto, pero que quizás contiene una parte de verdad. En realidad,
podría ayudar a explicar el éxito de las
parejas
(cada parte encuentra su beneficio en ella) a la vez que su
dificultad (persiste la asimetría).
Estas
afirmaciones no son más que generalidades dudosas y discutibles. Y
si ciertamente la discusión forma parte de los placeres de la vida.
ésta, que no deja de animar nuestras cenas, muestra la parte de
misterio que permanece sobre la sexualidad en general y sobre la
diferencia sexual en particular. La violación, la prostitución, la
pornografía, en cambio, son hechos: ningún discurso verdadero,
sobre el erotismo, puede ignorar esas tres posibilidades
(¡desgraciadamente, tristemente reales!),
que
dicen algo esencial sobre la sexualidad, en todo caso sobre la
masculina. ¿Qué? Que tiene poco que ver con el amor y aunque
todo amor fuera sexual, como lo quiere Freud, eso no demuestra que
toda sexualidad sea amante, ni con el respeto o con la moral, sino
que está relacionado con la educación, con la ley recibida e
interiorizada y por
tanto tampoco hay ley que no pueda ser infringida con la
desviación o la transgresión. (Lean a Sade, Bataille, Pauline Réage).
Se podría pensar también, y Freud nos invita a ello, que la perversión es el estado original de la sexualidad, a escala del individuo ("el niño, polimórficamente perverso"), cuyo carácter perverso quedaría prisionero y del que solo escaparía, al menos parcialmente, mediante la inhibición, la sublimación o el amor. Además, el erotismo, diría yo, empieza allí donde se detiene la fisiología: cuando hacemos el amor por el placer de hacerlo, y no para concebir hijos... Una relación sexual no es verdaderamente erótica si no conlleva algo más que el coito, o, para hablar como Montaigne, «descargar sus vasos». Porque el erotismo está más relacionado con la psicología y Bataille no lo ignora y afirma que está más relacionado con el deseo que con el placer... Solo existe erotismo para la mente. Bataille, sin embargo, no aclara un aspecto decisivo, que es el papel que desempeña, dentro del erotismo, la transgresión y, por lo tanto, también la prohibición.
Se podría pensar también, y Freud nos invita a ello, que la perversión es el estado original de la sexualidad, a escala del individuo ("el niño, polimórficamente perverso"), cuyo carácter perverso quedaría prisionero y del que solo escaparía, al menos parcialmente, mediante la inhibición, la sublimación o el amor. Además, el erotismo, diría yo, empieza allí donde se detiene la fisiología: cuando hacemos el amor por el placer de hacerlo, y no para concebir hijos... Una relación sexual no es verdaderamente erótica si no conlleva algo más que el coito, o, para hablar como Montaigne, «descargar sus vasos». Porque el erotismo está más relacionado con la psicología y Bataille no lo ignora y afirma que está más relacionado con el deseo que con el placer... Solo existe erotismo para la mente. Bataille, sin embargo, no aclara un aspecto decisivo, que es el papel que desempeña, dentro del erotismo, la transgresión y, por lo tanto, también la prohibición.
¿Cuál
es la principal diferencia entre la sexualidad animal y la nuestra?
La ley: la prohibición y, por consiguiente, también el lenguaje y es lo que nos separa de la naturaleza, definitivamente, sin hacernos
salir de ella (el cuerpo basta para mantenernos dentro de ella). El
erotismo
se mueve dentro de esta dualidad, en ese improbable dentro-fuera que
es, para cada uno de nosotros, su humanidad. Somos animales morales,
lo queramos o no. Y hacer el amor, para nosotros, nunca será del
todo natural. Por eso somos también animales eróticos. «La esencia
del erotismo se
da en la asociación inextricable del placer sensual con lo
prohibido». El erotismo es «esencialmente transgresión», «infracción a las reglas de las prohibiciones». Esto explica
que haya grados en el erotismo. Cuanto más grave y atrevida
sea la transgresión, más erótico será el acto. El erotismo se
desarrolla y se complica así, «de grado en grado», a medida que
«el carácter de transgresión se acentúa».
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