ATRAVESANDO
LA ANGUSTIA
ANA MAESTRE
“Y
yo sólo tengo dentro de mí todas las preocupaciones y miedos, vivos
como serpientes: yo solo miro de continuo en su interior, solo yo sé
de ellos” (Kafka)
Mi
ensayo trata sobre la angustia y el miedo. Lo he elegido por una
necesidad interna de poderlos comprender mejor, para intentar
iluminar esa parte oscura y reveladora de nuestro ser, que
colonizada por el miedo y la angustia, se queda paralizada en una
vivencia opresiva e irracional. Penetrar y atravesar nuestra angustia
y nuestros miedos, no con la intención de librarnos de ellos, ya
que, ¿cómo sería eso posible en el ser humano?, sino de aceptarlos
y escucharlos, para poder vivirlos ya desde la lúcida serenidad que
nos da el comprender toda la fuerza de su vivencia. Situándonos
desde una perspectiva fenomenológica, solo la plena aceptación de
nuestra experiencia nos permitirá comprender y consecuentemente
elevarnos sobre ella, sin dejarnos invadir ni ahogar por completo
nuestro ser en la angustia.
La
frase de Kafka hace referencia a esa vivencia del ser humano
concreto, de carne y hueso, como diría Unamuno, que se siente solo y
desvalido ante la vivencia de la angustia, de esa miedo primordial
que nos muestra nuestra fragilidad y finitud. En una crisis de
angustia, nos sentimos partir como si perdiéramos el contacto con el
mundo, una fuerza de violencia desconocida nos transporta a otra
parte, el corazón nos late a una velocidad vertiginosa. Estamos
solos ante un adversario poderoso y atroz, que no nos permite
responder, nos invalida y nos anula.
Voy
a intentar comprender el sentido de esta angustia, tanto de la
angustia existencial latente en todo ser humano, como de los miedos
paralizantes y excesivos que llevan al individuo a un estado continuo
de inquietud y malestar, mermando su calidad de vida y su posibilidad
de realizarse, ya que la angustia acaparadora no nos deja ver más
allá, nos cierra el camino y nos impide proyectarnos hacia una vida
plena y con sentido. Intentar comprender la emoción del miedo y el
sentimiento de la angustia, y descubrir las valiosas respuestas,
comprensiones e indicaciones que la Filosofía nos ha proporcionado.
Todos
vivimos en la misma realidad, pero cada uno habitamos en nuestro
propio mundo. Si ese mundo interior está poblado de serpientes de
angustia y miedos, habrá que hacer algo. Habrá que ser valientes y
luchar contra esas serpientes, adoptar una postura más activa y
preguntarnos: ¿qué puedo hacer yo con mis miedos? Quizás es hora
de poner el acento en la autonomía de la persona y no solo
considerarla un ser pasivo, un paciente, carente de voluntad. Ya hay
corrientes en la Psicología actual que prestan más atención a los
recursos positivos y capacidades del ser humano, y no sólo al hecho
de considerarlo como una marioneta sometida y sacudida por sus
pasiones y problemas existenciales, en el que todo el mundo
necesitaría una muleta para andar. Y en este punto, la filosofía
tiene mucho que enseñarnos. De hecho, la psicología y la
psiquiatría se han nutrido siempre de la Filosofía y se han
inspirado en ella. Por ejemplo, la filosofía estoica de Epicteto y
Marco Aurelio ha sido muy influyente en Albert Ellis y su terapia
racional emotiva, Jung se inspiró mucho en la filosofía gnóstica
y hermética, o el influjo de la filosofía oriental sobre ciertas
vertientes modernas de la psicología y la psicoterapia, como la
terapia Gestalt y la psicología transpersonal, así como las
terapias existenciales basadas en la filosofía existencial, como la
logoterapia de Viktor Frankl o la terapia del Dasein de Binswanger.
Incluso cuando las psicologías parecen no remitirse a ninguna
filosofía, se sustentan siempre en una filosofía latente, en una
determinada concepción del hombre. Como estudiante de Filosofía,
siempre he visto que el sentido profundo de la Filosofía, lo que yo
buscaba, era comprender, pero no desde la abstracción y la
especulación pura, sino desde la praxis, desde un saber que me
ayudase a comprender el mundo en general y así poder aplicar esa
comprensión a mi vida en particular.
La
filosofía como un saber sapiencial y esencial, aún más fundamental
que la Psicología, nos puede dar respuestas. La aplicación de la
filosofía al mejoramiento individual viene de muy antiguo. Como nos
dice Pierre Hadot, la intencionalidad profunda con la que la
filosofía nació fue la de ser el arte por excelencia de la vida. Ya
nos decía Sócrates que una vida sin examen, sin el “Conócete a
tí mismo”, no merece ser vivida.
La
misma reflexión filosófica va a mostrarnos que tiene un poder
transformador. Pero deberemos llevar cuidado de no frivolizar la
filosofía, ya que este reconocimiento de su poder transformador no
implica tomar la Filosofía como mero instrumento terapéutico. Esto
sería banalizarla, ya que la Filosofía solo es genuina y fuente de
comprensión y transformación profundas cuando se constituye como un
fin en sí misma. La finalidad no es el bienestar al precio que sea,
sino la serenidad lúcida y la libertad interior que nacen como fruto
de esta comprensión. Se trata de dotar de sentido la propia vida.
Para
vencer los miedos, contamos con algo muy valioso dentro de nosotros:
una fortaleza del carácter, una virtud, una excelencia como diría
Aristóteles: el valor, el coraje, la valentía. Y aquí
necesariamente nos situamos más allá de la Psicología, ya que no
simples fenómenos que se agoten en mecanismos psicológicos, sino
fortalezas del alma, revelando lo más noble y digno del ser humano,
su capacidad de superación.
El
ser humano quiere vivir por encima del miedo y la angustia. Sabe que
no puede eliminarlo, sin caer en la insensiblidad, pero quiere vivir
“a pesar” de ellos. No podemos vivir sin que nuestros
sentimientos nos orienten, pero no queremos vivir a merced de ellos.
Para resolver esta contradicción, nos podemos dejar ayudar desde la
psicología, cuya única meta es la salud, o podemos orientarnos
hacia algo más grande, el bien y la nobleza. Sócrates, Platón,
Aristóteles, los estoicos...no retrataban al hombre como es, sino
como sería bueno que fuera.
En
un tiempo en que la tendencia a psicologizar todos los problemas, la
filosofía puede darnos respuestas que vayan más allá de lo
descriptivo y apunten hacia el ámbito de lo normativo, hacia la
superación del ser humano en algo más grande, dotado de valor y
dignidad. Ante el problema planteado aquí: ¿qué podemos hacer con
nuestra angustia, con nuestros miedos profundos? La filosofía nos
interpela en una aspiración hacia la libertad y autosuficiencia.
Veremos los diferentes análisis y respuestas situados desde la
poderosa ancla del pensamiento filosófico.
LA
ANGUSTIA EMANCIPADORA.
El
hombre conquista su propio ser en la angustia.
La
angustia en Kierkegaard y en Heidegger. Salto de fe y apertura al
misterio.
“En
el siglo de la noche cósmica, es preciso que el abismo del mundo sea
explorado y arrostrado. Mas para eso es menester que haya quienes
lleguen al fondo del abismo” (Heidegger).
El
primer filósofo con quien me encuentro que habla de la angustia es
Kierkegaard. Su dilucidación de la angustia será proseguida por
Heidegger, aunque con distinto propósito.
La
angustia de la que nos hablan Kierkegaard y Heidegger no es
patológica, ni es considerada como una enfermedad. Para ellos, la
angustia es inherente a la existencia. Se trata de una angustia
primordial y reveladora.
Aunque
parezca mentira, ambos nos invitan a hacer las paces con este
sentimiento, pues sólo a través de la angustia el hombre conquista
su propio ser. Vamos a ver por qué.
Para
empezar, ambos nos aclaran que una cosa es el miedo y otra la
angustia.
Angustia
es un miedo sin objeto. Por eso Heidegger nos dice que la angustia
nos revela la Nada. Revela nuestra vulnerabilidad y finitud, porque
la angustia es una permanente ansiedad ante una amenaza imprecisa.
Todo puede ser un peligro. De ahí que Kierkegaard diga que “la
angustia es la conciencia de la posibilidad”. El mero hecho de que
uno tenga la posibilidad y libertad de hacer algo despierta inmensos
temores, y Kierkegaard llamó a esto “mareo de libertad”.
El
miedo, sin embargo, se refiere a algo determinado, concreto, mientras
que el objeto de la angustia es “nada”. En la angustia la persona
se relaciona consigo misma, con su propia posibilidad.
Por
eso no se encuentra ninguna angustia en los animales. Los animales
sienten miedo, no angustia, porque el animal, en su naturalidad, no
está determinado como espíritu.
Con
la angustia abre Kierkegaard su antropología, pues la investigación
de la angustia sale de lo psicológico para entrar en el ámbito de
lo existencial. Es el hombre concreto que vivencia la angustia y es
solo a través de ella que el ser humano descubre su propia libertad
como posibilidad. La angustia muestra que el ser humano es un yo
enfrentado con la tarea de devenir sí mismo.
Tampoco
para Heidegger la angustia (Angst) es un estado psicológico ni un
“angustiarse” por algo determinado, ya que esto sería miedo
(Furcht). La angustia sería el hundimiento del ente. La confirmación
de este carácter revelador de la angustia se demuestra por la visión
de aquello ante lo cual la existencia se había angustiado una vez
que la angustia ha desaparecido: el hecho de que el objeto de la
angustia no había sido nada. La angustia nos deja suspensos porque
hace que se nos escape el ente. Recordemos que la diferencia
ontológica consistía en no confundir el ser y el ente, y el único
modo que tenemos de acercarnos a la comprensión del ser es a través
de uno de los entes, que es el Dasein, el ser-ahí, el ser arrojado a
la existencia. El Dasein es consciente de que brota de la Nada y de
que está flotando en la Nada, y esto produce angustia, ya que esa
angustia nos revela nuestra propia condición, que el ser humano es
un ser- para- la- muerte. Vamos avanzando hacia la muerte pero
queremos mirar hacia otro lado, queremos distraernos. Por eso nos
aferramos a los entes, a la rutina del día a día, y evitamos asumir
lo que somos. Aclaremos también que la Nada no es para Heidegger el
contra-concepto del ente (lo que ha sido para la metafísica
occidental, dada su incapacidad de trascender el pensamiento
objetivista y dualista), sino que pertenece a la misma esencia del
Ser. Es por lo que la Nada late en el fondo de la existencia por lo
que puede sobrecogernos la extrañeza del ente. En virtud de la Nada,
puede maravillarnos, no el que los entes sean esto o lo otro, sino el
misterio de los misterios: que sean. Asi, la Nada no sería la
negación del Ser, sino del ente; más aun, es el mismo Ser, tal y
como puede ser experimentado desde el ente.
Para
Heidegger, la angustia es la condición misma de una existencia
temporal y finita; no sólo la agudización de un estado de inquietud
y zozobra, sino lo que se encuentra siempre en el fondo del hombre
cuando no se halla “distraído” entre las cosas.
Pero
la angustia desemboca en caminos diferentes en ambos filósofos. En
Kierkegaard, la angustia es un puente hacia la fe, es una señal de
la vinculación con Dios. La fe solo surge cuando alguien está
desgarrado por la angustia y la desesperación. El individuo
autosuficiente y fuerte, a quien las cosas le van bien, no alcanzará
la fe. Y la fe se da por un salto, como el que tuvo que hacer
Abraham, que puso la obediencia a Dios por delante de las
obligaciones éticas. Se elevó a Dios y lo colocó en el centro de
su vida. Y el papel de la angustia será servir como parte
indispensable para el salto a la fe.
En
Heidegger, la angustia nos pone de modo inmediato ante la Nada, y nos
deja suspensos ante la imposibilidad de todo asidero. Pero vivenciada
la angustia en toda su radicalidad, aceptada en modo plenamente
consciente, la referencia última a la Nada puede transmutarse
alquímicamente en referencia última al Ser. El contacto con la nada
puede abrir paso a la experiencia con el Ser, y esto gracias al
empuje de la angustia.
Ahora
voy a explicar lo que es “terapéutico” para mí en ambos
autores: la reconciliación con la angustia.
Ha
sido descrita universalmente (en filósofos, sabios, maestros
espirituales, etc.) la experiencia en virtud de la cual cuando el
hombre abandona el apoyo que antes encontraba en el ente, y
experimenta su radical finitud y soledad, y lejos de negar o rehuir
la experiencia de la angustia, se reconcilia con ella, y esto sería
el reconciliarse con el no saber y el no dominar, entonces se puede
tomar contacto con un poder y una presencia que reconoce como
radicalmente suyos y le abren a una nueva vida. En ella, el ente ya
no es aquello a lo que el yo se aferraba buscando refugio. Lo que era
oscuridad y Nada para la conciencia objetivante, llega a ser luz. Lo
que era ausencia, presencia, y lo que era velo, desvelación. Nada,
ausencia, velo, que ya no se vivencian desde el sinsentido, sino
desde el asombro y el misterio. El ser humano deja de tener al Ente y
al Ente supremo, y de tenerse a sí mismo como referencia última, y
se deja el espacio necesario para que el Ser/Nada se revele más
originario que toda relación establecida en términos de
sujeto/objeto. La angustia, que nos revela la Nada, ,lejos de ser el
contra concepto del Ser, se patentiza como lo abierto (Lichtung) del
Ser.
La
angustia, tanto en Heidegger como en Kierkegaard, sería como el
trampolín desde el que nos lanzamos para zambullirnos en las
profundidades de nuestro ser esencial, que ya no es entendido como el
“animale rationale” de la metafísica occidental, sino como aquel
ser capaz de lanzarse al misterio, hacia lo innominado (Heidegger) o
capaz de dar un salto de fe como único camino hacia Dios
(Kierkegaard)
Puede
ser que nos sintamos desbordados por la angustia y que prefiramos
huir. Pero hay que reconocer que ésta nos invita a hacer un salto, a
cerrar los ojos y confiar, admitir que muchas grandes decisiones,
creaciones, y hondas experiencias vitales han sido producto de la
angustia. Tanto Heidegger como Kierkegaard nos muestran que el
problema no sería la angustia, sino nuestra incapacidad de aliarnos
con ella, ya que suprimir la angustia sería como silenciar el
fundamento de nuestra libertad. Quizá no se trate tanto de
deshacerse de la angustia como de aprender a hacerse cargo de ella,
poniéndola, no contra uno, sino del lado de uno para aprovechar su
energía emancipadora.
ENCONTRAR
UN SENTIDO
La
angustia existencial del sinsentido. El hombre en busca de sentido
“Al
hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las
voluntades humanas, la elección de la actitud personal ante un
conjunto de circunstancias para decidir su propio camino” (Viktor
Frankl).
Podemos
sentirnos angustiados como consecuencia de un exceso de elecciones.
En una sociedad de la abundancia, se cree que todo se puede lograr.
Esta angustia la vemos en los niños cuando se les da a elegir entre
muchas opciones. Es lo que Kierkegaard llamó el“mareo de la
libertad”. En el pasado, los hombres vivían con muchas menos cosas
y aceptaban que no podían lograrlo todo, pero lo poco que lograban,
lo disfrutaban. En cambio, en una sociedad de la abundancia, se
pierde el sentido de las cosas, hay una baja tolerancia a las
dificultades, y se llega al vacío existencial. Viktor Frankl nos
dice que el vacío existencial es no saber cuál es mi tarea, mi
misión en el mundo. Inmersos en un día a día frenético, en la
civilización de la inmanencia, una civilización tecnificada que ha
acentuado la deshumanización de nuestras relaciones y
desestructurado la vida moral, olvidamos el horizonte del sentido, y
esto nos sumerge en un sentimiento angustioso de no tener salida.
Viktor
Frankl no está de acuerdo con Sartre de que haya que asumir y
soportar el absoluto sinsentido de nuestras vidas. Sartre, también
pensador de la angustia, considera que no existe nada ni nadie que
pueda determinarnos completamente ni obligarnos, aunque existan
algunos condicionamientos. Esta percepción de nuestra libertad y de
la responsabilidad por nuestras elecciones es lo que nos empuja a la
angustia, de la cual salimos transformando en intencionalidad
consciente nuestras decisiones, trascendiéndonos en proyectos.
Para
Sartre, el mundo sencillamente es, y las cosas sencillamente son, y
ni uno ni otro tienen sentido más allá del que yo quiera darles. Lo
que nos lleva a un sinsentido que hay que asumir, y nos puede
provocar un sentimiento opresivo de no tener salida, ¿por qué?
Porque no hay sentido, y el ser humano lo necesita para no caer en la
desesperación. Las consideraciones de Sartre nos llevarían al
vacío existencial, pues,
para
Frankl, el hombre es dueño de una voluntad de sentido y se siente
frustrado o vacío cuando deja de ejercerla.
Aunque
el ser humano no esté libre de condiciones, ya sean de tipo
biológico, psicológico o sociológico, siempre tendremos la
libertad suprema, última, de elegir una actitud antes cualesquiera
de las circunstancias que enfrentemos. Como reaccionamos ante
condiciones que no pueden ser cambiadas depende de nosotros. Si no
podemos cambiar la situación, siempre tendremos la libertad última
de cambiar nuestra actitud ante esa situación. Y esto es
esperanzador.
LA
ANGUSTIA Y EL MIEDO PARALIZANTES
“Somos
puras máquinas, sentimientos, pasiones, gustos, talentos, maneras de
pensar, de hablar o de andar, todo nos viene y yo no sé cómo” (Voltaire).
Ya
nos lo han dicho Kierkegaard y Heidegger. El miedo se refiere a algo
concreto y la angustia es un miedo sin objeto.
El
miedo es una interrupción súbita del proceso de racionalización.
Lo primero que sucede cuando tenemos miedo es que perdemos la
capacidad de racionalizar. No podemos pensar con claridad, y nos
sumimos en la angustia si no encontramos una salida natural a ese
miedo. Es cuando el miedo nos paraliza inhibiendo nuestra respuesta.
Cuando literalmente “perdemos la razón” poseídos por el miedo,
generamos fantasías mentales e interpretaciones erróneas que
desembocarán en el sentimiento de la angustia, o trastorno de
ansiedad.
Habrá
que diferenciar los miedos útiles de los inútiles, los miedos
normales de los patológicos. La ansiedad y el miedo son
funcionalmente útiles si son adecuados a la gravedad del estímulo y
no anulan la capacidad de control y respuesta. Los miedos patológicos
se corresponden con una alarma desmesurada, se disparan con demasiada
frecuencia y con umbrales de peligrosidad muy bajos.
El
miedo tiene un valor adaptativo como mecanismo preventivo contra los
peligros que amenazan la supervivencia. Lo natural del miedo es
vivenciar las sensaciones con independencia de la interpretación que
le demos. Cuando esto no es así, es porque simplemente añadimos más
miedo al miedo, echamos más leña al fuego. Lo que no es normal, es
tener miedo del miedo. La angustia nos genera un sentimiento angosto
de falta de aire, de ahogo, en sentirnos atrapados sin salida alguna.
Es un miedo amplio, envolvente, sin percepción de un peligro
concreto. Vivenciamos en el cuerpo toda una serie de sensaciones
angostas, palpitaciones, opresión en el pecho, respiración
entrecortada, sentimiento de falta de control, preocupaciones
excesivas y recurrentes que no llegan a conclusión alguna.
Este
miedo paralizante nos provoca un estrechamiento de la conciencia no
dejándonos ver con claridad. Un estrechamiento corporal, el cuerpo
como una vivencia opresiva. “Angustia” y “congoja” indican
angostamiento, imposibilidad de respirar con amplitud. Un
estrechamiento de la mente, ya que generamos un sistema equivocado de
interpretación, que percibe estímulos neutros como peligrosos y una
esclavitud de la atención, que está siempre pendiente de la
amenaza. Y finalmente, un estrechamiento de nuestra conducta, al
quedarnos paralizados, las energías se concentran en un solo
objetivo, estar en alerta máxima, o en realizar rituales que nos
liberan moméntaneamente de la angustia pero que nos siguen
esclavizando.
La
dificultad de controlar las preocupaciones es el primer aspecto que
acerca la angustia a la patología. El organismo está preparado para
actuar, pero o actúa, porque la persona se enroca en la angustia, en
la inacción, en la rumia y en los planes sin conclusión. El
angustioso no se ocupa, sino que se pre-ocupa.
Un
primer paso para salir de esta espiral de pensamientos angustiosos
será el “darse cuenta”. De manera fenomenológica, atenernos a
la vivencia tal y como ella se nos presenta, sin añadir
interpretaciones distorsionantes que puedan derivar en un angustiarse
“sin razón”. Atenernos a lo dado a la conciencia, sin juzgar, es
un primer paso terapéutico para no dejarlos sucumbir por la
angustia.
Darnos
cuenta del mecanismo de cómo actúan nuestros miedos. Observaremos
que la ansiedad es un sentimiento a la búsqueda continua de objeto,
lo que crea una espiral sin fin. Mientras que el miedo permite
enfrentarse o huir, la angustia se encierra en un permanente dar
vueltas. Tener claro los mecanismos de la angustia, es un primer paso
para poder amortigar su fuerza y no sentirnos sobrepasados en
angustias.
En
este proceso del darnos cuenta, podremos desenmascarar las creencias
que sostienen y alimentan este exceso de pre-ocupaciones, y poner el
acento en la acción. Como dice el psicólogo americano y creador de
la terapia racional emotiva Albert Ellis, “cuantas más acciones
emprenda en relación con mis temores, menos tiempo y energías
malgastaré obsesionándome con ellos”. Hay que sacudirse y salir
de la pasividad.
¿Y
cuáles son esas creencias? ¿por qué unas personas las tienen más
o menos que otras? Podríamos hablar de una personalidad vulnerable a
la ansiedad. Todos, al nacer, heredamos una génetica, el peculiar
reparto de cartas que nos ha correspondido al comenzar el juego de la
vida. Podemos tener ya, una propensión a la angustia. Pero no quiere
decir que estemos determinados ni condicionados solo por esta
herencia, ya que contamos con el carácter, formado por nuestros
hábitos, y con la personalidad que elegimos devenir día a día, el
modo cómo enfrentamos el carácter y jugamos nuestras cartas.
Incluye el proyecto vital y el sistema de valores que permite
enfrentarse a las dificultades.
Se
puede nacer ya con una predisposición génetica, que se refuerza con
los aprendizajes de nuestra niñez. A tener miedo se aprende. De niño
se aprende a ver el mundo como previsible o imprevisible, como
controlable o incontrolable, como seguro o inseguro, y a partir de
ahí se construyen una serie de creencias que van o no a favorecer la
aparición de la angustia. Incorporamos, sin un filtro selectivo las
creencias que recibimos del entorno y de nuestros educadores.
Y
si desenmascaramos esas creencias, tendremos más fuerza para
afrontarlas y debilitarlas. La terapéutica estará en eliminar todas
las malas interpretaciones que el sujeto hace de una realidad que
simplemente es, y corregir su imagen distorsionada para devolverle la
serenidad.
Y
para ello, echemos una mirada hacia atrás. Muchos enfoques actuales
de la psicología para tratar la angustia están basados en ideas
filosóficas que tienen siglos. Vamos a recuperarlas para inspirarnos
en ellas y apropiarnos de todo su poder liberador. Porque,
recordemos, que la filosofía nació con una voluntad emancipadora,
como maestra de vida, y sería una pena no valerse de ellas como
clarificadoras del propio camino personal.
EL
TRABAJO SOBRE UNO MISMO
“Todo
hombre puede encenderse a sí mismo una luz en la noche” (Héraclito)
La
certeza de que dentro de nosotros, podemos hallar guía y refugio, de
que todo hombre puede llegar a ser una luz para sí mismo. Para ello,
podemos valernos de la filosofía sapiencial como fuente de
enseñanzas e inspiración. De aquella filosofía que se ha
constituido como arte de vida, como un ejercitarse en la sabiduría.
Nos colocamos en el plano de la existencia y evitamos tomar la
filosofía como mero ejercicio especulativo, ya que una cosa es la
teoría filosófica y otra el filosofar como acto existencial. Llevar
una vida filosófica corresponde a un orden de realidad absolutamente
distinto al del discurso filosófico. Una vida filosófica es, por
ejemplo, la vida de Sócrates, de Heráclito, o de Epicteto. ¿Qué
me pueden aportar respecto a los miedos y la angustia estos sabios?
¿Qué camino pueden iluminar? Su ejemplo de vida. En la Antigüedad,
la filosofía se presentaba como una terapéutica para curar la
angustia. El diálogo socrático era un ejercicio que exigía al
interlocutor ponerse en cuestión, atender a sí mismo y hacer así
su alma más bella y sabia. Quizás si Sócrates nos interrogara
sobre nuestros miedos y angustias descubriríamos la sinrazón de
muchos de ellos y que detrás se esconden falsas creencias que nos
hacen ver la vida desde unas lentes oscuras. La filosofía entendida
como maestra de vida nos despierta a una comprensión transformadora
que no se alcanza mediante la mera especulación o el auto-análisis,
sino a través de estar totalmente presentes, de serena lucidez, de
detectar nuestras erróneas maneras de pensar y actuar en nuestra
vida, y acceder a un camino de sabiduría que nos permita llevar una
vida más en conformidad con nuestra verdadera esencia.
En
el caso concreto de la angustia y los miedos, un primer paso hacia la
liberación es aceptar la totalidad de mi experiencia, no rechazarla,
juzgarla o condenarla, ya que sólo su plena aceptación nos permite
comprenderla y nos hace verlo todo “desde arriba”sin dejarnos que
nos invada. Se trata de servirnos del método fenomenológico, el
atenernos a lo dado, a la angustia o las crisis de angustia, los
miedos paralizantes, y no rechazar su sensación desagradable, no
negarla sino permancer en la vivencia aquí y ahora, y no evadirse de
ellas, de los pensamientos, sentimientos y sensaciones reales,
mediante la especulación inútil. Las psicoterapias de índole
existencial, como la terapia del Dasein de Binswanger, que consideran
los trastornos psicopatológicos como una alteración del
ser-en-el-mundo, basándose en Heidegger, o la terapia Gestalt,
llamado también terapia del “darse cuenta”, como un ejercicio de
conciencia hacia la vivencia del aquí y ahora, la logoterapia o
análisis existencial de Viktor Frankl, cuya terapéutica consiste en
encontrar el sentido de la vida partiendo del yo inserto en su
circunstancia particular, o la terapia racional emotiva de Albert
Ellis, que inspirándose en la tradición estoica y en el
existencialismo, pone el énfasis en las obligaciones de la vida real
y en la toma de conciencia de las creencias latentes que predisponen
a la angustia y la ansiedad. Hay que debilitar al miedo, y para ello
hay que tirar a la basura las creencias erróneas de las que se
alimenta, por ejemplo, el perfeccionismo o la tiranía de las
exigencias, el“debo conseguir hacer bien todas las cosas” o
el“debo ser querido y tener la aprobación de todo el mundo”, son
creencias que condicionan que nos sintamos ansiosos y angustiados.
Iluminar esta parte de nuestra consciencia y cambiar nuestras
creencias, ya que pensamiento, sentimientos y acción se
interrelacionan en un todo.
“No
nos hacen sufrir las cosas-dijo Epicteto-sino las ideas que tenemos
acerca de las cosas”. Hay que fortalecerse, y la solución para
luchar contra la angustia y el miedo es o bien disminuyendo el
peligro, o bien aumentando los recursos personales. Todos estos
enfoques colocan la responsabilidad sobre los hombros del individuo.
Ayudar sobre la base de la filosofía práctica, sería considerar a
la persona autónoma y responsable de sí misma.
Vamos,
pues, a tomar conciencia, en nuestra particular situación vital, de
los mecanismos que nos incapacitan para llevar una vida serena y
realizada.
Una
vez que hemos sido capaces de “ver”, como un testigo neutral,
nuestra experiencia (nuestra angustia) y no negarla, hay que dar el
salto. El percatarse de sí, sin la puesta en práctica del resultado
que la conciencia ha comprendido, la actividad terapéutica ha de
estar dirigida más a plasmar en el mundo aquello que se ha
descubierto de sí. Y para eso hay que ser valiente, y para ser
valiente primero hay que realizar acciones valientes. Sobreponernos,
ponernos, como podamos, por encima de nosotros mismos. El filósofo
estoico buscaba la independencia, la libertad, la fuerza, y para ello
tiene que librarse del miedo. Y para conseguirlo no tiene que
necesitar nada, salvo la virtud. Los estoicos, preocupados por la
salud del alma, no aspiraban al bienestar psicológico, sino a la
perfección moral. Y aquí ya nos situamos en una esfera más allá
de la psicología, la esfera moral. La virtud capaz de realizar lo
excelente es el punto donde psicología y ética se unen, los
mecanismos mentales y los valores morales se unen en una conciencia
del valor. Recordemos que ética viene de “ethos” que significa
carácter. Así pues, es el cultivo del carácter que se impone en el
camino de superación de la angustia. Y la virtud del carácter a
desarrollar para vencer los miedos será la valentía.
LA
VALENTÍA
“No
es valiente el que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo” (Nelson
Mandela).
Una
cosa es sentir miedo y otra es ser un cobarde. La emoción no la
puedo controlar, me viene cuando me viene, como el dolor de estómago.
Sin embargo, ser valiente es una acción, y podemos ser valiente
sintiendo mucho miedo.
Valentía
es la capacidad de no dejar de hacer algo valioso por el peligro o
esfuerzo que necesita. Solo uno mismo puede curarse, solo uno mismo
puede salir de su prisión. Y para ello hay que ejercitarse, realizar
ejercicios espirituales, tomas de conciencia.
La
liberación es la primera meta de la valentía, y tal como vemos en
sabios, filósofos y maestros espirituales, puede conseguirse por
diversos caminos: el que se enfrenta a la realidad, actuando con
resolución, y el camino de la serenidad, no dejándose zarandear por
los miedos. En ambos casos, se cultiva la valentía, pero cambia el
proceder.
El
sabio griego deseaba ponerse a salvo de la tiranía de las cosas. No
quería que le perturbasen ni las posesiones, ni la carencia, ni los
sentimientos extremos. Su meta era la serenidad de espíritu
(ataraxia), la libertad interior (autarkeia) y la conciencia cósmica.
Esta misma aspiración a la autosuficiencia y libertad se da en
muchas filosofías orientales. Se trata de una conquista interior del
espíritu, como hemos dicho antes, el cultivo de una conciencia
testigo que, imperturbable, “ve” las cosas tal como son, vaciando
el espíritu de toda la rumia incesante de su mente. En esta claridad
de visión, el espíritu se libera de todo lo que le perturba porque
ya no se identifica con ello, lo deja pasar sin aferrarse. Sin
aferramiento, ya no hay sufrimiento, las emociones y los pensamientos
fluyen como el río de Héraclito...
Para
el otro camino, el de la acción, vamos a tomar a Aristóteles como
modelo. Ya que se trata de elegir el proyecto de ser valiente, y por
lo tanto de aplicarse a adquirir el carácter necesario para llevarlo
a cabo.
Para
Aristóteles, el carácter se forma mediante acciones, y nuestra
acción puede cambiar nuestro carácter. El miedo y la angustia
solamente se superan con la acción, pero no con una acción aislada,
sino con un cúmulo de acciones a lo largo del tiempo, lo que genera
el hábito de la valentía.
Aristóteles
nos propone vencer nuestros miedos y angustias con el desarrollo de
la excelencia de la valentía. Y para ello hay que reforzar nuestros
hábitos. La valentía es salir de la comodidad y esforzarse en ver
el cielo detrás de las nubes, en lugar de focalizarse cada uno en
sus problemas. Recuperamos la areté
griega,
que es el conocimiento, la energía, la habilidad para hacer algo de
manera excelente. La areté
aumenta
las posibilidades de la persona, su poder para actuar.
Y la excelencia del carácter que
debemos cultivar contra nuestros miedos es la valentía.
Lo que nos enseña Aristóteles es
que a ser valiente se aprende. Es practicando acciones valientes como
nos convertimos en personas valientes. Lo esencial es actuar. La
ética aristotélica es una invitación a la acción. Para
Aristóteles, no es suficiente con decir “cuando tenga confianza,
realizaré acciones valientes”, sino de empezar ya realizando
acciones concretas.
Aristóteles abre un camino
profundamente humano hacia la valentía: nos coge de la mano y nos
invita a empezar allí dónde nos encontramos, con nuestros miedos,
nuestras pasiones...En la moral que nos propone, la virtud
(excelencia) no está desencarnada, sino enracinada siempre en una
situación particular. Siempre es practicada por un individuo, una
singularidad. Nuestras vidas son diferentes y diferentes nuestras
fuerzas. Tenemos la vida cotidiana para ejercitarnos. El ser humano
no puede ser feliz sino practica la virtud. La felicidad se
concretiza por un arte de vivir, por el ejercicio concreto de las
excelencias. Se trata de avanzar desde la experiencia de cada uno, de
su cotidianidad, hacia un grado más de libertad, de excelencia, de
justicia.
Y no olvidemos que somos seres
sociales, animales políticos. Coger a Aristóteles como guía, es
comprender que sólo podemos realizarnos plenamente en esta sociedad.
Es tener el coraje de vivir juntos, para progresar en el cultivo de
sí mismo, la amistad y la contemplación.
La vida cotidiana representa un
terreno fabuloso para ejercitar las virtudes. Cada minuto de nuestra
vida nos da la oportunidad de practicar la valentía. Hace falta
mucho coraje para reinventarse día a día, renacer y avanzar con las
fuerzas disponibles. Romper con una vida mecánica, abandonar los
automatismos y los hábitos malsanos, y que el pensamiento lúcido
ilumine nuestros actos y que nuestros actos refuercen nuestras
convicciones: esto es ser valiente.
CONCLUSIÓN
“La perseverancia trae ventura” (I
Ching, Libro de las mutaciones).
Los seres humanos estamos
constituyéndonos como seres nuevos, de la misma manera que la
bailarina solo consigue serlo bailando. Éste es el lugar del
carácter, de la virtud y en especial de la virtud que llamamos
valentía.
Cuando una persona se concentra en
un proyecto y en su realización, impone a su atención un giro
salvífico. Lo importante finalmente está fuera, no dentro. La
angustia, el miedo, son poderosos porque nos curvan hacia nosotros
mismos, nos angostan, nos hacen estar pendientes sin tregua de los
estremecimientos de nuestro corazón o nuestro cuerpo...en fin, hay
que dejar de mirarse el ombligo y vaciar nuestra mente de
pre-ocupaciones estériles y rumias incesantes, ya sea desde la vía
de la serenidad del espíritu o desde la vía de ejercitar las
excelencias desde el horizonte de la acción concreta. El valiente se
escucha poco, evita escucharse sí mismo. Ser valiente es salir del
propio ensimismamiento y comenzar a caminar con lo que se lleve
puesto en ese momento, sin darle vueltas, simplemente caminando...
En nuestra sociedad se valora mucho
el heroísmo a lo grande. Pero se necesita mucha valentía para
enfrentarse a la propia cotidianidad, a los sentimientos angustiosos
y el miedo que nos provocan ciertas situaciones, las enfermedades, el
salir de una depresión o vencer los ataques de pánico, el ir al
trabajo, el llevar una vida de pareja, la educación de los hijos...A
lo largo del día nos vemos confrontados a situaciones enormemente
ansiógenas. Se valora lo excepcional, lo extraordinario, pero lo más
difícil es vivir los altos y bajos de la vida. Precisamente porque
hay que ejercer la valentía en la vida cotidiana, en las situaciones
banales...Trabajar su persona resistiendo la presión social,
abanonar el individualismo, ser generoso y solidario. La valentía de
ir contra sí mismo, de desobedecer a sus caprichos, de avanzar a
pesar de las críticas, sin dejarse llevar por el qué dirán, o no
dejar lo que se tenga que hacer porque se esté muerto de miedo...
La valentía es sobre todo no
dejarse llevar a la angustia, la desesperación y el desánimo,
sino
osar y resistir.
Perseverar...
BIBLIOGRAFÍA:
- Cavallé Mónica, La sabiduría recobrada, ediciones mr, 2002
- La sabiduría de la no-dualidad, Kairós, 2008
- González Moisés, Introducción al pensamiento filosófico, tecnos, 2013
- Hadot Pierre, Exercices spirituels et philosophie antique, Albin Michel, 2002
- Qu'est-ce que la philosophie antique?, Folio essais, 1995
- Le Point hors-serie, Nietzsche, Schopenhauer, Kierkegaard, número 15 septembre-octobre 2007
- Marina Jose Antonio, Anatomía del miedo, Anagrama, 2006
- Varios autores, Psicópolis, paradigmas actuales y alternativos en la psicología contemporánea, Kairós, 2015
- Peñarrubia Francisco, Terapia Gestalt, Alianza editorial, 1998
- Philosophie magazine, Aristote et le courage (artículo de Alexandre Jollien), octubre 2014
Muchas gracias Ana por permitirme publicar en tu nombre este interesante trabajo (presentado como conclusión de tu participación en nuestro curso). Ya sabes que la reflexión filosófica debe ser compartida y así nos beneficiamos todos.
ResponderEliminarSacudirse y salir de la pasividad... Me ha gustado mucho, gracias!
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