NOTICIAS DEL DÍA A DÍA: LEYES O JUSTICIA
Hola
AMIGOS: El tema que quiero tocar hoy, tiene, para mí, una importancia
transcendental; tanta que la equiparo al tema que deje en mi última entrada: la
EDUCACIÓN. Por cierto que, aprovecho la ocasión para referirme a esta última
entrada, para decir, que no se cómo agradecer a los amigos-empezando por
nuestro Maestro Eduardo-que han hecho comentarios favorables hacia mí por el contenido de la
misma. Y quiero reafirmar una vez más-puesto que ya lo he dejado escrito-que no
me arrogo ningún mérito por el mismo, ya que lo importante del mismo, son las
razones que el autor del mismo-el profesor Tamayo-nos ofrece y que desde luego,
en eso si que estoy de acuerdo con los comentarios que se han hecho, son de una
gran trascendencia. Si en algo puedo reconocerme, es en que cuando lo vi y lo
expuse, fue para que los posibles lectores pudieran disfrutar con ella y sacar
consecuencias favorables para todos nosotros como ciudadanos éticos y empáticos.
Como
digo al principio, el tema de hoy tiene relación con el concepto de JUSTICIA.
Y la gran pregunta es: ¿LEYES Y JUSTICIA SON LO MISMO? Para mí, NO.
Para
explicar que es lo que yo entiendo por ese concepto, me basaré en otro
artículo, que dejaré al final de mis comentarios, y que lo argumenta una
persona a la que yo sigo desde hace bastante tiempo y que durante estos años me
ha llegado a convencer de que es una magnifica profesional, pero también-y yo
lo valoro todavía más- es una excelente persona. Su nombre Elisa Beni. Y solo
por aportar un mínimo detalle de su personalidad, comento que ya desde su más
tierna juventud, puesto que era una estudiante, terminó sus estudios con
matrícula de honor y todo sobresalientes en sus asignaturas. Después ha
desempeñado, y sigue haciéndolo en la actualidad, una serie de facetas que
dejan bien patente su calidad.
En
este artículo, como en tantos otros que a través de su carrera periodística a
confirmado, hace un análisis del comportamiento de “algunos” jueces (el
entrecomillado es mío), no de todos, faltaría más, pero sí quizás de los que
tiene algo más que decir en nuestro país. Estos jueces son los ocupan los
puestos más decisivos a la hora de juzgar casos de una importancia vital para
el funcionamiento de nuestra democracia, y por lo tanto lo que influye en la
vida de todos y cada uno de los habitantes que la formamos.
No
voy a hacer un repaso de la evolución de de este Poder, desde la inauguración de
la nueva época en que vivimos desde el año 1978, fecha en que se aprueba,
publica y entra en funcionamiento la nueva Constitución, y que da lugar a la
Democracia actual. Pero si que quiero resaltar, que dentro de las reformas de
todo tipo que supuso este cambio tan importante, hay algo que yo creo que no se
abordo como debería de haberse hecho, y que no fue otra cosa que la actualización
del funcionamiento de la Justicia.
No
hace falta ser un experto- como nuestra autora es-para ver que este Tercer
Poder que tenemos (me atrevería a decir que padecemos) no se ajusta a lo
que-desde mi punto de vista-se esperaría que fuese su funcionamiento. De hecho
la impresión que la ciudadanía en general tenemos, es que su comportamiento no
corresponde a su responsabilidad, y que un día sí y otro también, dictan
sentencias que no solo no las entendemos, no porque no somos juristas, sino
porque el más mínimo sentido común nos indica que no son como deberían de ser.
Que se dicten contra los más débiles (contra los “robagallinas”) y se absuelvan
a los más grandes, tanto autores como delitos, no cabe en la mente de
cualquiera que razone un poco.
Cuando
me decidí a escribir esta entrada, me hice el firme propósito de que fuera lo
más breve posible por lo que yo debería exponer, pero, pidiéndoos disculpas, no
puedo dejar de decir solo un poco de lo que me gustaría decir sobre este tema
que, insisto, para mí es vital.
Desde
hace muchos años, desde mi juventud, es algo que siempre me ha rechinado, que
me obligaba a pensar en que mis actuaciones deberían adaptarse lo más posible a
la ética, a la moral, al respeto de las leyes, a alabar a los actos
justicieros. Y debo de dejar muy claro que esta manera de pensar, ha sido el
motivo por el que en algunos momentos de mi vida me haya visto cerca de sufrir
consecuencias nada positivas para mí.
Es
curioso que precisamente hoy, hayan aparecido estos dos artículos: el de Beni,
con su opinión sobre la actuación de los jueces, y otro- en un periódico distinto-
del juez Garzón, donde cuenta cómo vivió su entrada en la profesión cuando fue nombrado
Juez en un pueblo de su tierra natal, Andalucía. Y que nada menos coincidió con
nuestro, nunca olvidado, 23-F. Esto me ha hecho recordar que, muchos años
después, en 2012, escribí un artículo en
el que decía que lo que ocurrió ese año, y que no fue otra cosa, que la
sentencia que lo condenaba y apartaba de su profesión. Para mí fue un autentico
disparate-por no decir otra cosa-y era un acto muy importante que hacía que me
ratificara en que la JUSTICIA en España, hacía tiempo que no vivía con nosotros.
De hecho los tiempos han demostrado que aquello fue un autentico atropello,
tanto para la Justicia como para el juez Garzón, puesto que desde entonces ha
disfrutado y disfruta de un reconocimiento en buena parte del mundo, donde
trabaja, y tiene puestos de responsabilidad, que hablan de su prestigio.
El
artículo de Elisa Beni.
Decadencia y caída del juez
Ese don
que antes les regalaban con respeto, ahora los jueces tienen que arrancarlo con
soberbia, porque reparan en el descontento con el que la sociedad contempla sus
coqueteos con el poder y sus genuflexiones ante éste
"Tan elevada es la misión del juez y tan necesaria la
confianza en él, que las debilidades humanas que se perdonan en cualquier otro
parecen inconcebibles en un magistrado (…) Cada uno de ellos tiene que ser un
ejemplo de virtud, si no quieren que los creyentes pierdan la fe"
Piero Calamandrei
He tenido la fortuna de conocer jueces. Jueces de verdad, de esos
que Calamandrei dibujaba. De los que sentían el peso de la toga sobre sus
espaldas, de los que sabían que para juzgar debían de estar "libres de
afectos humanos" y, por tanto, conformarse con una peculiar forma de
soledad. Jueces y juezas que habían abrazado las consecuencias de la gravedad
de su ejercicio incluso en su vida privada, incluso jugándosela. Yo he tenido
la fortuna de admirar a muchos jueces y de aprender de ellos cómo algunas
profesiones no son meramente una forma más o menos segura y afortunada de
obtener unos ingresos sino que conllevan toda una entrega ética y personal que
a veces amenaza con desplomarte. Tan dura y pesada es la dignidad y la
relevancia de lo que haces.
He conocido jueces y he vivido de cerca los tiempos en los que la
sociedad sentía un respeto reverencial hacia ellos. Esos años en los que el
magistrado no ganaba, tampoco lo hace ahora, acorde al peso de su función y a
los sacrificios que conlleva, pero que recibía a cambio otro tipo de
retribución social que era esa asunción de cierta preeminencia moral de quien
vestía la toga. No dudaba un banco de que un juez les devolvería lo prestado.
No se le ocurría a un casero que un magistrado le fuera a hacer una pirula en
sus bienes. Pequeños e inocuos óbolos de respeto basados en la confianza
de la sociedad en quienes estaban llamados a decidir sobre sus vidas y sus
haciendas. No hace tanto de esto. Eran los años ochenta y los noventa, con
inicio de la pendiente a principios de este siglo. No es cierto pues que el
descrédito y la vergüenza a la que ahora muchos de sus miembros arrastran a la
judicatura y a la Justicia tenga nada que ver con el franquismo. Son otros
vientos los que han soltado las togas y las lenguas y están convirtiendo al
Poder Judicial y a sus miembros en un problema. Algo que ellos mismos, sobre
todo la mayoría silenciosa que poco tiene que ver, no deberían consentir.
El presidente del Tribunal Superior de Justicia de Castilla-León,
José Luis Concepción, un personaje cuya trayectoria se ha cocido en los hornos
populares, se despachó afirmando en una tele que: "con el Partido
Comunista en el Gobierno, la democracia está en solfa". Un magistrado
denostando a un miembro del primer poder -lo que tiene prohibido tanto como
alabarlo- y diciendo sin despeinarse que la entrada de un partido legal y con
representación en las Cortes en el Gobierno, un partido que fue actor clave de
la Transición, pone en peligro la democracia. Vocales del CGPJ lo pusieron en
conocimiento de Lesmes y Concha Sáez le llegó a pedir que actuara de oficio en
un escrito que, al parecer, se estudiaba llevar a la Comisión Permanente de
hoy. Todo parece indicar que la tónica va a ser la de dejar correr la cosa.
Dejarlo correr, porque la atmósfera parece ser proclive a aceptar acríticamente
todo movimiento y sus declaraciones mientras sean del bando correcto y, no nos
engañemos, Concepción así lo hizo. Recuerden a Lesmes y a su CGPJ haciendo
comunicados oficiales para reprocharle al vicepresidente Iglesias su forma de
referirse a los jueces ¿van a reprocharle ahora a un juez la forma en que habla
del vicepresidente?
Otro caso, Manuel Ruiz de Lara, el juez de lo mercantil de Madrid
que ya no sabe cómo medrar y que intentó irse de "ayudante" a la
Audiencia Nacional en lo de Villarejo. Antes daba conferencias con Arrimadas.
En sus redes sociales colgó una foto suya comiendo con Macarena Olona en la que
afirma: "Orgullo enorme. Una mujer de principios y honor, defensora a
ultranza del Estado de Derecho. Comida en La Ancha". Olona, que unos días
antes alabó la figura de Rodríguez Galindo, condenado por los compañeros de
Ruiz de Lara a 75 años de cárcel por su relación con el secuestro y asesinato
de Lasa y Zabala. Terrorismo de Estado, honor y un miembro de la APM buscando
desesperadamente apoyos. ¿Deben los jueces comer con políticos? ¿Deben hacerlo
cuando ni siquiera tienen ningún cargo institucional de representación? El
comportamiento impropio de un juez se traslada en el imaginario social a toda
la judicatura. La apariencia de imparcialidad es imprescindible para generar
confianza y contribuir a la estabilidad del sistema político y jurídico.
Alfonso Villagómez, que escribe un artículo afirmando que la
Comunidad de Madrid hace un uso trilero de la Justicia, justo cuando ha
resuelto que revoca la prohibición de fumar en las calles llevada por Ayuso. El
magistrado Luis Ángel Garrido, que se mofa de los epidemiólogos en la radio el
día anterior a que conozcamos su resolución en la que desprecia su dictamen y
permite abrir los bares. Una tras otra. Magistrados en Twitter que se desmandan
y dejan claras sus coincidencias ideológicas y que luego acusan los reproches
afirmando que hay una estrategia para desprestigiarlos.
Es muy posible, pero de haber tal conspiración para cargarse su
prestigio, la han puesto en marcha ellos mismos. Lo saben porque ya notan que
ese don que antes les regalaban con respeto, ahora tienen que arrancarlo con
soberbia, porque leen y reparan en el descontento y el pasmo con el que la
sociedad contempla sus coqueteos con el poder, sus genuflexiones ante éste, que
a ratos son tan evidentes como las de Enrique López y que es consciente de la
pérdida de su sensibilidad moral. Eso no se consigue con un examen ni hay
oposición que conteste a la pregunta que se hacía Jorge Malem en un buen
artículo: ¿Pueden las malas personas ser buenos jueces?
De algunos de los vendavales que se ciernen sobre nuestra
democracia tienen la culpa los jueces que no se comportan como tales y también
los que callan. ¡Ay, los que callan! Ese pecado es bien horrible ya que, como
bien decía Perfecto Andrés Ibáñez, "no puede desconocerse que el rol
judicial impone, en la forma en que tradicionalmente se concibe, un plus de
rigor y de autocontrol generalmente superior al que se da en el común de las
personas".
Es necesario revertir esta pendiente de decadencia entre los
miembros del tercer poder. Vamos ya muy tarde. Otros van a aprovechar tales
miserias como palanca para reventar el sistema. Es obligación del juez reforzar
la confianza de los ciudadanos y con ella la de la democracia.
Si no son capaces ellos mismos -y a las pruebas de las reacciones
de sus representantes y del CGPJ me remito- si no conocen la forma de
comportarse "con prudencia y moderación", como ordena su código
deontológico, habrá entonces que marcarles las líneas exactas que sobrepasan
esa compostura que les es debida.
No se puede tener todo el poder, todo el control sobre el resto de
poderes y ningún control más que el de los pares y a la par pretender la
plenitud de todos los derechos (libertad de expresión, huelga, etc) que otros
colectivos a los que controlan disfrutan. Los militares tienen limitaciones
porque tienen las armas. Los jueces tienen armas tanto más poderosas. O se
comportan o esta democracia debe obligarles a hacerlo. Nos jugamos demasiado.
Sería feliz si disfrutáis con su lectura y con las reflexiones que
seguro os hacéis.
Un fuerte abrazo.
Gracias querido AMIGO: Pero, si me permites; te diré que ojala nos sirva, no solo para tema de Seminario (perfecto), sino también para que todo aquel que lo lea lo lleve a la practica, o sea defender la JUSTICIA dentro de las posibilidades de cada uno, puesto que una vez más, digo que los ciudadanos tenemos el gran poder-no todo por supuesto- pero sí una parte importantísima del mismo para cambiarlo.
ResponderEliminarComo verás, cada vez más utópico, pero como ya recordarás el cuento de "la rana y el escorpión", no puedo evitarlo porque lo llevo en los genes. A pesar de ello, yo soy feliz con ese peso.
Grandísimo abrazo.