viernes, 19 de febrero de 2021

 

NOTICIAS DEL DÍA A DÍA: LEYES O JUSTICIA

Hola AMIGOS: El tema que quiero tocar hoy, tiene, para mí, una importancia transcendental; tanta que la equiparo al tema que deje en mi última entrada: la EDUCACIÓN. Por cierto que, aprovecho la ocasión para referirme a esta última entrada, para decir, que no se cómo agradecer a los amigos-empezando por nuestro Maestro Eduardo-que han hecho comentarios  favorables hacia mí por el contenido de la misma. Y quiero reafirmar una vez más-puesto que ya lo he dejado escrito-que no me arrogo ningún mérito por el mismo, ya que lo importante del mismo, son las razones que el autor del mismo-el profesor Tamayo-nos ofrece y que desde luego, en eso si que estoy de acuerdo con los comentarios que se han hecho, son de una gran trascendencia. Si en algo puedo reconocerme, es en que cuando lo vi y lo expuse, fue para que los posibles lectores pudieran disfrutar con ella y sacar consecuencias favorables para todos nosotros como ciudadanos éticos y empáticos.  

Como digo al principio, el tema de hoy tiene relación con el concepto de JUSTICIA.

Y la gran pregunta es: ¿LEYES Y JUSTICIA SON LO MISMO? Para mí, NO.

Para explicar que es lo que yo entiendo por ese concepto, me basaré en otro artículo, que dejaré al final de mis comentarios, y que lo argumenta una persona a la que yo sigo desde hace bastante tiempo y que durante estos años me ha llegado a convencer de que es una magnifica profesional, pero también-y yo lo valoro todavía más- es una excelente persona. Su nombre Elisa Beni. Y solo por aportar un mínimo detalle de su personalidad, comento que ya desde su más tierna juventud, puesto que era una estudiante, terminó sus estudios con matrícula de honor y todo sobresalientes en sus asignaturas. Después ha desempeñado, y sigue haciéndolo en la actualidad, una serie de facetas que dejan bien patente su calidad.

En este artículo, como en tantos otros que a través de su carrera periodística a confirmado, hace un análisis del comportamiento de “algunos” jueces (el entrecomillado es mío), no de todos, faltaría más, pero sí quizás de los que tiene algo más que decir en nuestro país. Estos jueces son los ocupan los puestos más decisivos a la hora de juzgar casos de una importancia vital para el funcionamiento de nuestra democracia, y por lo tanto lo que influye en la vida de todos y cada uno de los habitantes que la formamos.

No voy a hacer un repaso de la evolución de de este Poder, desde la inauguración de la nueva época en que vivimos desde el año 1978, fecha en que se aprueba, publica y entra en funcionamiento la nueva Constitución, y que da lugar a la Democracia actual. Pero si que quiero resaltar, que dentro de las reformas de todo tipo que supuso este cambio tan importante, hay algo que yo creo que no se abordo como debería de haberse hecho, y que no fue otra cosa que la actualización del funcionamiento de la Justicia.

No hace falta ser un experto- como nuestra autora es-para ver que este Tercer Poder que tenemos (me atrevería a decir que padecemos) no se ajusta a lo que-desde mi punto de vista-se esperaría que fuese su funcionamiento. De hecho la impresión que la ciudadanía en general tenemos, es que su comportamiento no corresponde a su responsabilidad, y que un día sí y otro también, dictan sentencias que no solo no las entendemos, no porque no somos juristas, sino porque el más mínimo sentido común nos indica que no son como deberían de ser. Que se dicten contra los más débiles (contra los “robagallinas”) y se absuelvan a los más grandes, tanto autores como delitos, no cabe en la mente de cualquiera que razone un poco.

Cuando me decidí a escribir esta entrada, me hice el firme propósito de que fuera lo más breve posible por lo que yo debería exponer, pero, pidiéndoos disculpas, no puedo dejar de decir solo un poco de lo que me gustaría decir sobre este tema que, insisto, para mí es vital.

Desde hace muchos años, desde mi juventud, es algo que siempre me ha rechinado, que me obligaba a pensar en que mis actuaciones deberían adaptarse lo más posible a la ética, a la moral, al respeto de las leyes, a alabar a los actos justicieros. Y debo de dejar muy claro que esta manera de pensar, ha sido el motivo por el que en algunos momentos de mi vida me haya visto cerca de sufrir consecuencias nada positivas para mí.

Es curioso que precisamente hoy, hayan aparecido estos dos artículos: el de Beni, con su opinión sobre la actuación de los jueces, y otro- en un periódico distinto- del juez Garzón, donde cuenta cómo vivió su entrada en la profesión cuando fue nombrado Juez en un pueblo de su tierra natal, Andalucía. Y que nada menos coincidió con nuestro, nunca olvidado, 23-F. Esto me ha hecho recordar que, muchos años después, en 2012,  escribí un artículo en el que decía que lo que ocurrió ese año, y que no fue otra cosa, que la sentencia que lo condenaba y apartaba de su profesión. Para mí fue un autentico disparate-por no decir otra cosa-y era un acto muy importante que hacía que me ratificara en que la JUSTICIA en España, hacía tiempo que no vivía con nosotros. De hecho los tiempos han demostrado que aquello fue un autentico atropello, tanto para la Justicia como para el juez Garzón, puesto que desde entonces ha disfrutado y disfruta de un reconocimiento en buena parte del mundo, donde trabaja, y tiene puestos de responsabilidad, que hablan de su prestigio.

El artículo de Elisa Beni.

Decadencia y caída del juez

Ese don que antes les regalaban con respeto, ahora los jueces tienen que arrancarlo con soberbia, porque reparan en el descontento con el que la sociedad contempla sus coqueteos con el poder y sus genuflexiones ante éste

"Tan elevada es la misión del juez y tan necesaria la confianza en él, que las debilidades humanas que se perdonan en cualquier otro parecen inconcebibles en un magistrado (…) Cada uno de ellos tiene que ser un ejemplo de virtud, si no quieren que los creyentes pierdan la fe"

Piero Calamandrei

He tenido la fortuna de conocer jueces. Jueces de verdad, de esos que Calamandrei dibujaba. De los que sentían el peso de la toga sobre sus espaldas, de los que sabían que para juzgar debían de estar "libres de afectos humanos" y, por tanto, conformarse con una peculiar forma de soledad. Jueces y juezas que habían abrazado las consecuencias de la gravedad de su ejercicio incluso en su vida privada, incluso jugándosela. Yo he tenido la fortuna de admirar a muchos jueces y de aprender de ellos cómo algunas profesiones no son meramente una forma más o menos segura y afortunada de obtener unos ingresos sino que conllevan toda una entrega ética y personal que a veces amenaza con desplomarte. Tan dura y pesada es la dignidad y la relevancia de lo que haces. 

He conocido jueces y he vivido de cerca los tiempos en los que la sociedad sentía un respeto reverencial hacia ellos. Esos años en los que el magistrado no ganaba, tampoco lo hace ahora, acorde al peso de su función y a los sacrificios que conlleva, pero que recibía a cambio otro tipo de retribución social que era esa asunción de cierta preeminencia moral de quien vestía la toga. No dudaba un banco de que un juez les devolvería lo prestado. No se le ocurría a un casero que un magistrado le fuera a hacer una pirula en sus bienes. Pequeños e inocuos óbolos de respeto basados en la confianza de la sociedad en quienes estaban llamados a decidir sobre sus vidas y sus haciendas. No hace tanto de esto. Eran los años ochenta y los noventa, con inicio de la pendiente a principios de este siglo. No es cierto pues que el descrédito y la vergüenza a la que ahora muchos de sus miembros arrastran a la judicatura y a la Justicia tenga nada que ver con el franquismo. Son otros vientos los que han soltado las togas y las lenguas y están convirtiendo al Poder Judicial y a sus miembros en un problema. Algo que ellos mismos, sobre todo la mayoría silenciosa que poco tiene que ver, no deberían consentir. 

El presidente del Tribunal Superior de Justicia de Castilla-León, José Luis Concepción, un personaje cuya trayectoria se ha cocido en los hornos populares, se despachó afirmando en una tele que: "con el Partido Comunista en el Gobierno, la democracia está en solfa". Un magistrado denostando a un miembro del primer poder -lo que tiene prohibido tanto como alabarlo- y diciendo sin despeinarse que la entrada de un partido legal y con representación en las Cortes en el Gobierno, un partido que fue actor clave de la Transición, pone en peligro la democracia. Vocales del CGPJ lo pusieron en conocimiento de Lesmes y Concha Sáez le llegó a pedir que actuara de oficio en un escrito que, al parecer, se estudiaba llevar a la Comisión Permanente de hoy. Todo parece indicar que la tónica va a ser la de dejar correr la cosa. Dejarlo correr, porque la atmósfera parece ser proclive a aceptar acríticamente todo movimiento y sus declaraciones mientras sean del bando correcto y, no nos engañemos, Concepción así lo hizo. Recuerden a Lesmes y a su CGPJ haciendo comunicados oficiales para reprocharle al vicepresidente Iglesias su forma de referirse a los jueces ¿van a reprocharle ahora a un juez la forma en que habla del vicepresidente?

Otro caso, Manuel Ruiz de Lara, el juez de lo mercantil de Madrid que ya no sabe cómo medrar y que intentó irse de "ayudante" a la Audiencia Nacional en lo de Villarejo. Antes daba conferencias con Arrimadas. En sus redes sociales colgó una foto suya comiendo con Macarena Olona en la que afirma: "Orgullo enorme. Una mujer de principios y honor, defensora a ultranza del Estado de Derecho. Comida en La Ancha". Olona, que unos días antes alabó la figura de Rodríguez Galindo, condenado por los compañeros de Ruiz de Lara a 75 años de cárcel por su relación con el secuestro y asesinato de Lasa y Zabala. Terrorismo de Estado, honor y un miembro de la APM buscando desesperadamente apoyos. ¿Deben los jueces comer con políticos? ¿Deben hacerlo cuando ni siquiera tienen ningún cargo institucional de representación? El comportamiento impropio de un juez se traslada en el imaginario social a toda la judicatura. La apariencia de imparcialidad es imprescindible para generar confianza y contribuir a la estabilidad del sistema político y jurídico. 

Alfonso Villagómez, que escribe un artículo afirmando que la Comunidad de Madrid hace un uso trilero de la Justicia, justo cuando ha resuelto que revoca la prohibición de fumar en las calles llevada por Ayuso. El magistrado Luis Ángel Garrido, que se mofa de los epidemiólogos en la radio el día anterior a que conozcamos su resolución en la que desprecia su dictamen y permite abrir los bares. Una tras otra. Magistrados en Twitter que se desmandan y dejan claras sus coincidencias ideológicas y que luego acusan los reproches afirmando que hay una estrategia para desprestigiarlos.

Es muy posible, pero de haber tal conspiración para cargarse su prestigio, la han puesto en marcha ellos mismos. Lo saben porque ya notan que ese don que antes les regalaban con respeto, ahora tienen que arrancarlo con soberbia, porque leen y reparan en el descontento y el pasmo con el que la sociedad contempla sus coqueteos con el poder, sus genuflexiones ante éste, que a ratos son tan evidentes como las de Enrique López y que es consciente de la pérdida de su sensibilidad moral. Eso no se consigue con un examen ni hay oposición que conteste a la pregunta que se hacía Jorge Malem en un buen artículo: ¿Pueden las malas personas ser buenos jueces? 

De algunos de los vendavales que se ciernen sobre nuestra democracia tienen la culpa los jueces que no se comportan como tales y también los que callan. ¡Ay, los que callan! Ese pecado es bien horrible ya que, como bien decía Perfecto Andrés Ibáñez, "no puede desconocerse que el rol judicial impone, en la forma en que tradicionalmente se concibe, un plus de rigor y de autocontrol generalmente superior al que se da en el común de las personas".

Es necesario revertir esta pendiente de decadencia entre los miembros del tercer poder. Vamos ya muy tarde. Otros van a aprovechar tales miserias como palanca para reventar el sistema. Es obligación del juez reforzar la confianza de los ciudadanos y con ella la de la democracia. 

Si no son capaces ellos mismos -y a las pruebas de las reacciones de sus representantes y del CGPJ me remito- si no conocen la forma de comportarse "con prudencia y moderación", como ordena su código deontológico, habrá entonces que marcarles las líneas exactas que sobrepasan esa compostura que les es debida. 

No se puede tener todo el poder, todo el control sobre el resto de poderes y ningún control más que el de los pares y a la par pretender la plenitud de todos los derechos (libertad de expresión, huelga, etc) que otros colectivos a los que controlan disfrutan. Los militares tienen limitaciones porque tienen las armas. Los jueces tienen armas tanto más poderosas. O se comportan o esta democracia debe obligarles a hacerlo. Nos jugamos demasiado.

Sería feliz si disfrutáis con su lectura y con las reflexiones que seguro os hacéis.

Un fuerte abrazo.

 

1 comentario:

  1. Gracias querido AMIGO: Pero, si me permites; te diré que ojala nos sirva, no solo para tema de Seminario (perfecto), sino también para que todo aquel que lo lea lo lleve a la practica, o sea defender la JUSTICIA dentro de las posibilidades de cada uno, puesto que una vez más, digo que los ciudadanos tenemos el gran poder-no todo por supuesto- pero sí una parte importantísima del mismo para cambiarlo.
    Como verás, cada vez más utópico, pero como ya recordarás el cuento de "la rana y el escorpión", no puedo evitarlo porque lo llevo en los genes. A pesar de ello, yo soy feliz con ese peso.
    Grandísimo abrazo.

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