viernes, 28 de octubre de 2022

 

El espacio olvidado

1

No podía entender con claridad, todo estaba oscuro en su mente.

No sabía qué hacer ni qué pensar. El silencio total la acompañaba en esa noche irreal.

Irreal era lo que estaba pasando, o lo que había sucedido hacia unos instantes. Trató de reflexionar y dominar el miedo que la paralizaba.

Esa noche Adela, al ver que su hijo no entraba por la puerta de la cocina, se dio vuelta lentamente para verificar lo que pasaba o mejor dicho lo que no pasaba y ya tendría que haber sucedido con tiempo suficiente. Dejó de cocinar y suavemente, como para no hacer el mínimo ruido, apoyó la cuchara de madera sobre la tabla, donde hacía unos instantes había picado las verduras que ya estaban rehogándose en la olla y se acercó a la ventana; miró hacia el jardín buscando a su hijo, pensando que quizás estaría entretenido mirando la planta de cannabis que cuidaba como a ninguna otra cosa igual, pero no lo vio.

Mientras estaba cocinando había escuchado con nitidez el golpe de la puerta de acceso al patio lateral de su casa y también los pasos de su hijo, a quien estaba esperando para cenar.

No había tenido ninguna duda de que ya tendría que haber entrado, después de recorrer el patio, pasar por ese espacio que no se puede ver desde el interior de la casa, que daría unos pasos más y abriría la puerta de la cocina diciendo: “Hola Ma”. Pero eso no sucedió. Nicolás no había llegado. Pero ella estaba segura de haberlo escuchado.

Adela siguió mirando por la ventana y no vio nada diferente, todo estaba en orden y en silencio.  Decidió salir y recorrer el camino que hubiera hecho su hijo, pero al revés, desde la cocina a la puerta de acceso al patio. La noche era fría, casi helada y una llovizna como nieve empezaba a caer. Se puso la campera que estaba en el sillón abrió la puerta cautelosamente y salió. Se acercó a mirar ese espacio que no podía ver desde adentro, al que ella había transformado en un pequeño estar semicubierto con una pérgola de madera con techo de vidrio y había decorado con sillones, mesas ratonas y hasta un ventilador de techo de mimbre. Pensaba que quizás, Nicolás antes de entrar, se hubiera quedado ahí, sentado, fumando un cigarrillo.

Ese era un espacio muy grato para estar, desde donde se tenían las mejores visuales hacia el jardín, el patio y también a la casa y a su vez era un lugar que no podía ser visto con facilidad. Adela pensaba, quizás, que era un espacio tan especial por su planta irregular porque no tenía ningún ángulo recto ni sus lados eran de la misma medida o por su ubicación en el terreno, lo cierto era que ese lugar no hacía más que provocar la curiosidad. 

Era un espacio, podría decirse intermedio, ni interior, ni exterior. Grande para ser circulación solamente y pequeño para ser un estar y una circulación a la vez, como ella lo había resuelto.

Adela suponía que era un espacio no pensado, no diseñado por el arquitecto, un espacio residual entre la medianera y la pared del comedor, un espacio olvidado al que ella había descubierto y le había dado vida y sin duda ese era su lugar preferido.

Una vez había leído un librito sobre unas entrevistas al filósofo Jean Baudrillard y al arquitecto Jean Nouvel llamado “Los espacios invisibles” o algo parecido, mucho no había entendido, pero había llegado a la conclusión de que ese espacio de su casa era un espacio invisible, aunque ella lo vivía como el lugar más visible, pero visible a través de otros sentidos.

Había descubierto que siempre que uno permanecía un tiempo ahí, se transformaba; los momentos eran mágicos, creativos y la imaginación se potenciaba. Definitivamente ella había detectado que se percibían otras sensaciones. Era un espacio muy peculiar, como si no fuese terrenal.

Siguió caminando hasta poder ver ese espacio en su totalidad, continuó a lo largo del gran ventanal  hasta el patio de acceso y verificó que no había nadie. Giró sobre sus pies 180 grados sin hacer el mínimo ruido para volver silenciosamente hacia el fondo, pensando que su hijo, quizás, se hubiera ido al cuartito que utilizaba como depósito, pero como todo estaba bastante oscuro y demasiado quieto, se estremeció y no se animó a ir; prefirió volver rápidamente hacia el interior de la casa.

Cerró la puerta y trató de continuar con la preparación de la cena, justo a tiempo antes de que empezara a hervir la sopa, la destapo y bajo el fuego. Tratando de minimizar lo que le había pasado o le había parecido escuchar, puso música, pensó que Piazzolla era lo adecuado para ese momento. Se tranquilizó pensando que seguramente habría sido el golpe de otra puerta, quizás la de su vecino o el ruido de las ramas al golpear con el ventanal.

Lo que más la angustiaba era darse cuenta de que ya le había sucedido antes. Sí, algo parecido o mejor dicho, lo mismo. Reflexionó, y mientras se preguntaba qué habría de posible en lo imposible pensó también que quizás estaría perdiendo la razón, la noción del tiempo y del espacio. Mientras la voz de Amelita Baltar en “Balada para un loco” le llenaba su espíritu.

Pensó que mejor sería, buscar el celular, para estar más segura, segura de pedir ayuda por si acaso o segura de sí misma; lo cierto es que Adela se puso a pensar en el cosmos. Dudó en llamar a su hijo y preguntarle donde estaba aunque busco el celular para hacerlo y cuando estaba marcando su número, la puerta se abrió y escuchó el tranquilizante y tan esperado “Hola Ma”. Se sobresalto, sintió como su corazón se le estrechaba de temor y se expandía de alegría. Vio a su hijo parado en la puerta con una sonrisa sobredimensionada a la esperada y con un vino en la mano.  Como una madre exagerada, lo abrazó y lo saludó con más entusiasmo de lo debido. Nicolás estaba de muy buen humor, con ganas de cenar y degustar el vino que le había regalado un amigo, con la bondiola a la miel y la sopa de papa y puerro, que estaba preparándose y que a esa altura había impregnado de olor el ambiente.

Adela tenía unas ganas irresistibles de contarle todo a su hijo, pero las palabras de su terapeuta, le resonaban en la mente, “Adela, trate de esperar antes de hablar”…, “Adela, encuentre el momento adecuado”…, “Adela, cuente hasta diez antes de decir las cosas”…, así que trató de tomárselo con calma, que a esta altura no era mucha. Contó hasta diez, respiró más de lo necesario, haciendo las respiraciones profundas que había aprendido en un curso de respiración y relajación, pero no pudo con su genio y sin dominar su impulso le preguntó: “¿Cuándo viniste?” Notó la expresión de asombro en la cara de su hijo, quien le contestó, “recién Ma,  ¿No me viste entrar?” Entendió que era una pregunta un poco obvia para alguien que no había tenido la vivencia de ella, pero igualmente continuó diciéndole: “no te escuche entrar, o mejor dicho te escuche entrar, pero antes  y pensé que te habías quedado haciendo algo”. Nicolás, sin muchas vueltas y sin darle mucha importancia a lo que le decía su madre, empezó a descorchar el vino.

La cena transcurrió plácidamente y cuando ya estaban por terminar de cenar, Adela recordó lo que una vez le había contado un amigo sobre su madre, “que ella le daba las noticias importantes o malas a su padre después de comer, porque su efecto era menos impactante”, así que consideró que la cena ya habría hecho su efecto, y de buenas a primeras decidió hablar del tema. Olvidando por completo las palabras de su terapeuta, Adela le contó todo lo que tenía guardado desde hacía varios meses. Empezó diciéndole que tenía miedo de estar volviéndose loca y luego le contó lo que le había pasado y le aclaró que no era la primera vez. Le explicó que había sentido con nitidez el ruido de la puerta de entrada al patio al cerrarse y los pasos de él recorriendo el patio, pero que al no verlo aparecer se alarmó y salió a buscarlo. Le explicó el recorrido que había realizado primero por el jardín, después por el pequeño estar semicubierto, al que llamaban el espacio invisible y finalmente por el patio de entrada y que al no encontrarlo regresó nuevamente a la cocina y que a los pocos minutos él apareció por donde tendría que haber entrado varios minutos antes. Su hijo, en vez de reaccionar con una broma como ella se lo hubiera imaginado, subió rápidamente la escalera y bajó con un bate de béisbol que guardaba desde chico debajo de la cama de su habitación, donde todavía conservaba algunas cosas. Salió al jardín y lo recorrió con detenimiento, entró al cuartito del fondo, a donde ella no se había animado a entrar y buscó por toda la casa. Al terminar la búsqueda le dijo “acá no hay nadie Ma”.

A Adela la tranquilizó que su hijo le creyera y le dio coraje para seguir contándole lo que ella suponía.

Así que mientras tomaban café le dijo: Nicolás, para mí, lo que pasa es  que en el espacio invisible de la casa, hay un agujero negro, un espacio cósmico o un agujero de gusano. Ahí sí notó sorpresa en la cara de su hijo quien largó una carcajada que le hizo escupir el café que tenía justo en ese momento en la boca, y le dijo, ¿que estas fumando Ma?

En ese instante Adela dudó si habría hecho bien en haber hablado, pero a pesar de todo, continuó su relato. Siguió contándole lo poco que ella entendía sobre el tema. Le hablo sobre fenómenos naturales,  lo insignificante de la mente humana para entender el universo y de lo inmensamente ignorantes que podían ser para comprender la fenomenología espacial. Nico siguió con detenimiento el relato de Adela y finalmente le dijo: ¨Ma, me quedo a dormir¨.

 

 

2

Al día siguiente, Adela amaneció antes del amanecer, en general el frio le hacía quedarse un rato más en la cama, pero por cómo estaban las cosas, en contra de su actitud perezosa, decidió levantarse. Como todos los días se preparó el mate y se sentó en su escritorio, pero en esta oportunidad para comenzar con una búsqueda de respuestas metafísicas.

Adela había comenzado a leer sobre astronomía, siguió con astrofísica y física cuántica, materias que nunca habían sido de su interés, supuso que era porque nunca había podido comprender demasiado, al menos con la razón, o mejor dicho con su razón.

Sabía que Nicolás se había quedado despierto hasta tarde leyendo en la computadora. Pensó en prepararle un rico desayuno, así podrían conversar sobre el microcosmos del Universo, que según su parecer, estaba ubicado justo en el espacio invisible de su casa, antes de que se fuera.

Su hijo se levantó a las corridas, como era habitual desde que era chico, estaba llegando tarde al taller de carpintería donde trabajaba desde hacía varios años. Sin embargo, le comentó a su madre, mientras tomaba el café con tostadas, que quería tomar unos tiempos con el cronómetro antes de irse. Y así fue, tomó el tiempo desde la puerta de acceso hasta el espacio invisible, desde la entrada hasta la salida del espacio invisible y desde la salida del espacio invisible hasta la puerta de la cocina. También anotó la cantidad de pasos totales y parciales.

Nicolás agarró sus cosas y cuando estaba por saludarla, ella le comentó, como quien no quiere la cosa, que Ana, su hija mayor, esa noche alrededor de las nueve, iba a ir a cenar. Cuando estaba por salir, él le dijo, “Ma, vengo a cenar yo también, tipo ocho de la noche estoy acá”.

Adela decidió concentrarse en su estudio para llegar a alguna conclusión. Sospechaba que no encontraría respuestas fácilmente, porque este tema estaba en una línea fronteriza entre lo racional y lo irracional y aunque pareciera extraño, era justamente lo irracional, lo que la alentaba a seguir leyendo lo inentendible.

Adela leyó y leyó, vio diagramas, esquemas y hasta fórmulas totalmente incomprensibles para ella, y se alarmó al darse cuenta de que ni siquiera reconocía algunos símbolos matemáticos. Leyó sobre el agujero de gusano, el espacio, el tiempo, la materia, el agujero negro, la estrella de neutrones, la masa, la energía, la radiación de Stephen Hawking y fue justo ahí donde sintió que empezaba a entender. Quizás porque la semana anterior había visto la película de la vida de este científico y se sentía más en tema. Siguió leyendo sobre efectos cuánticos, la teoría de la relatividad, el universo y la cuarta dimensión, a Adela de chica le había causado intriga la cuarta dimensión, siempre le produjo cierta curiosidad, el más allá, lo que no podía entender. Su padre le había dicho en aquel entonces que, “la cuarta dimensión estaba relacionada con el tiempo, el espacio y el tiempo de recorrido”…. y eso había sido suficiente para verificar que el tema del tiempo la sobrepasaba y la incertidumbre la angustiaba.

Finalmente decidió, después de haber leído varias horas, que tendría que abocarse particularmente al agujero de gusano y no irse por las ramas como era su especialidad.  Así que buscó en internet sobre los distintos tipos de agujeros de gusano, con la esperanza de que alguno se adaptase a su casa, subrayando lo que era importante para ella.

Agujero de Gusano  según Wikipedia

En física, un agujero de gusano, es una hipotética característica topológica de un espacio-tiempo, descrita en las ecuaciones de la relatividad general, que esencialmente consiste en un atajo a través del espacio y el tiempo. Un agujero de gusano tiene por lo menos dos extremos conectados a una única garganta, a través de la cual podría desplazarse la materia.”

Tipos de agujero de gusano según Wikipedia

“Los agujeros de gusano del intrauniverso conectan una posición de un universo con otra posición del mismo universo en un tiempo diferente. Un agujero de gusano debería poder conectar posiciones distantes en el universo por plegamientos espaciotemporales, de manera que permitiría viajar entre ellas en un tiempo menor que el que tomaría hacer el viaje a través del espacio normal.”

“Los agujeros de gusano del interuniverso asocian un universo con otro diferente. Esto permite especular sobre si tales agujeros de gusano podrían usarse para viajar de un universo a otro paralelo. Otra aplicación de un agujero de gusano podría ser el viaje en el tiempo. En ese caso, sería un atajo para desplazarse de un punto espaciotemporal a otro. ¨

Todo era como un cuento chino para Adela, de todas formas, no solo no desterraba la posibilidad de que este fenómeno exclusivo de algunos raros casos del espacio cósmico estuviera ubicado justamente en su casa, sino que al contrario lo anhelaba. El encantamiento que le producía la idea de que el cosmos haya elegido a su casa para instalarse y hacer de las suyas, le producía un particular sentimiento de empoderamiento, de ser la elegida, de estar en orden, nada menos que con el Universo.

Según su criterio acontecía que, al atravesar ese espacio autónomo e independiente de la realidad, ubicado en un lugar particular de su casa, se producía el viaje a través del tiempo.

Al recorrer el espacio invisible se podría estar produciendo el desplazamiento de la materia. Adela se estremeció al inferir que la materia, en este caso eran sus hijos, pero el temor no le impidió seguir con su atormentada búsqueda de repuestas, y no tardó en hacer una analogía entre los accesos al espacio invisible con los extremos al agujero de gusano y entre la circulación por el espacio invisible con la garganta del agujero de gusano. También se dio cuenta de que al revés del agujero de gusano, que era un atajo para llegar de un extremo a otro por lo que el tiempo se acortaba, en su caso o en su casa, el tiempo se alargaba. El tiempo en recorrer el espacio invisible era mayor que el tiempo normal, pero cuánto mayor o por qué, no lo sabía. Pensó que era como recorrerlo a paso de tortuga y fue en ese preciso momento cuando comprendió que tendría que cambiarle el nombre, que en vez de agujero de gusano, lo llamaría, agujero de tortuga.

Trató de buscar, algún caso en el que el tiempo se alargara, pero se rehusó inconscientemente a encontrar nada nuevo. Adela ya estaba más que conforme con lo que había descubierto porque lentamente se había enamorado de la idea. Ya cansada y sin fuerzas debido a tantas deducciones cuánticas, supuso, decidió aflojarse. La sorprendió la realidad cuando se dio cuenta que eran las cuatro y media de la tarde, no había parado en todo el día de pensar, de leer y de escribir, así que decidió dejar su investigación, ir a darse un baño y preparar un rico risotto para la cena.

Definitivamente, Adela, no manejaba los tiempos.

 

3

La noche la sorprendió antes de lo esperado así que Adela apresuró los preparativos para la cena. Eran casi las ocho de la noche y su hijo todavía no había llegado. Cuando ya había descongelado el caldo que guardaba en el freezer, tenía el arroz carnaroli en la mesada de la cocina con su tacita de café al lado, para la medición de la cantidad necesaria y solo le faltaba terminar de picar las verduras, se dio cuenta de que tenía poco queso sardo para rallar, así que decidió ir a comprar.

Se puso la campera y agarró la plata, garuaba desde temprano, pero decidió que no llevaría el paraguas. Se arrepintió apenas salió, aunque, de todas formas, no regresó a buscarlo, tenía poco tiempo. Cuando regresó su hijo ya había llegado.

Mientras Nicolás preparaba un Campari con jugo de naranja y ella rallaba el queso en la tabla de madera, escucharon el ruido del golpe de la puerta de acceso al patio. Se miraron lentamente de refilón con complicidad, acto seguido, escucharon los pasos que venían desde el exterior y se quedaron inmóviles aguardando que Ana hiciera su entrada en la cocina. Casi juntos giraron en dirección a la puerta esperando que pase lo que tenía que pasar, que apareciera Ana.

Unos minutos después, considerando un tiempo más que suficiente al tiempo de recorrido desde la puerta de acceso al patio hasta la puerta de la cocina, Nicolás decidió salir, sin antes agarrar el bate de beisbol, que todavía había quedado atrás de la puerta desde el día anterior. La noche estaba húmeda y obviamente no era una noche para quedarse afuera, abrió la puerta y después de recorrer la casa por afuera en busca de su hermana o de quien sea, regresó sin encontrar a nadie.

 Nicolás agarro uno de los Campari que había preparado y se lo dio a su madre, como para aflojar, supuso Adela y sin decir palabras chocaron los vasos con resignación. Adela deseó ser creyente en ese momento, todo sería más fácil, podría ya haberle cargado la responsabilidad del agujero de tortuga y el deseo de ubicarlo en su casa a Dios y asunto resuelto. Pensó cómo quedaría ese lugar si lo transformaba en un pequeño santuario para orar y meditar, decorado con velas, almohadones en el piso, crucifijos, cuadros con reproducciones de santos y perfumado con sahumerios. Dudó si no sería una buena idea empezar a ir a misa los domingos.

Brindaron como hacían siempre, pero en esa ocasión había un motivo, tenían un plan, que era comprobar que su teoría, fuera verdadera o falsa. Después de beber los primeros sorbos, todavía parados al lado de la mesada, acontece que… de repente, la puerta de la cocina se abrió y Ana apareció como un fantasma diciendo “Hola… ¿Cómo están? ”.  Adela, en ese momento, sintió como si el suelo empezara a ceder bajo sus pies, había verificado empíricamente su hipótesis, el fenómeno cósmico había sucedido de nuevo.

El modelo religioso se desintegró por completo de su mente y con él, la idea de que Dios estuviera para ayudarla a encontrar alguna respuesta. Ya que el espacio invisible no parecía pasar desapercibido y quería imponerse como una irregularidad local del Universo, donde definitivamente, Adela había verificado, se producía un atraso de pocos minutos en el tiempo.

Adela no imaginaba cuál sería la reacción de Ana cuando le contaran lo que estaba sucediendo. Según su juicio de valor, su hija tenía una mente racional, pensaba objetivamente, era realista, abierta y escéptica, y supuso que seguramente sería anti cósmica, pero tampoco estaba del todo segura de esto último.

Cuando sus hijos estaban comiendo una improvisada picada y Nicolás le contaba a su hermana que le había parecido escuchar el golpe de la puerta del patio y de sus pasos, antes, (dudo en dejar de revolver el risotto, y sentarse con ellos a conversar, pero pudo dominar el impulso y no meterse como era su tendencia natural y segur igualmente escuchando la conversación como un observador que mira la escena desde afuera, sin participar de ella). - ¿Antes de qué?, -bastante antes de que entres. Ana le dijo, no sin asombro, que había entrado rápido para no mojarse y que habría sido de otro lado.

Entre el vapor del risotto, el efecto del Campari, las risas de sus hijos al hablar sobre la hipotética posibilidad de que al recorrer una parte de una casa suceda el desplazamiento de la materia. Adela se preguntaba a dónde iría la materia en esos minutos. Lo que comentó Ana fue muy didáctico, era más de lo que suponían que sabría, pero a esa altura, ellos también ya lo sabían y no sólo en teoría.

En el transcurso de la cena el tema del cosmos, del universo infinito, el Big Bang, los agujeros negros y los agujeros de gusano, salieron con toda familiaridad, como si fuera un tema de todos los días, impensable para Adela cada vez más confundida. Ana argumentó que un agujero de gusano es un túnel que conecta dos puntos del espacio-tiempo. Que nunca se ha visto uno y no estaba demostrado que existieran, aunque matemáticamente eran posibles. Se les llama así porque se asemejan a un gusano que atraviesa una manzana por dentro para llegar al otro extremo, en vez de recorrerla por fuera, en definitiva, Adela seguía sin respuestas concretas.

Después de que Ana se fuera, Nicolás y Adela se quedaron sentados uno frente al otro, pensando. Pensaron que habían descubierto un fenómeno paradigmático que podría cambiar el rumbo de los acontecimientos de la humanidad, que superaba todo lo imaginado. Que, aunque sea verdadero para ellos no era verosímil y que no estaban preparados ni ellos ni el mundo para afrontarlo. Mirando la nada, como detenidos en el tiempo comprendieron que nadie les creería.

Finalmente, Nicolás se levantó para irse, se puso la campera y sin decir una palabra, saludo a su madre con un abrazo, ella interpretó que era como para sellar el pacto de silencio entre el Universo y ellos, y se despidió como siempre diciendo: Chau Ma.

Adela, sentada a la mesa todavía sin levantar, con la mano sosteniéndose la cabeza, pensó que no podría vivir tranquila si no liberaba a su mente del fenómeno cósmico que la envolvía y daba por terminado el tema, aunque sabía que no estaba ni siquiera empezado, inmediatamente se acordó de la estética del Non-finito, de los esclavos de Miguel Ángel presos en el mármol que los contiene, se preguntó si ella, a partir de ahora no sería también presa de un secreto inexplicable.  El silencio total la acompañaba en otra noche irreal, cuando escuchó el ruido del golpe de la puerta de la cocina y los pasos de su hijo atravesando el espacio invisible al irse.

  

Andrea Zoilo 2017