sábado, 9 de abril de 2016

¿Cuándo podremos parar a ser completamente felices?

Buenas, os dejo un texto de Julián Marías extraído de "La Felicidad Humana" sobre Pascal que creo que da juego para seguir pensando, ¿será alguna vez posible rebasar la negatividad que expone Pascal?


En la misma época, un poco más tarde, Pascal dice algunas cosas sobre la felicidad que conviene recordar. Es Pascal un pensador escasamente sistemático, no comparable con Descartes como filósofo, pero tiene una extraña proximidad, se podría decir intimidad, con las cosas humanas, y por eso despierta profundos ecos.
La idea de Pascal es en el fondo la imposibilidad de la felicidad. A última hora, encontramos que es imposible, sobre todo porque la dificultan dos factores: por una parte, la imaginación; por otra, el futuro. En sus Pensées, Pascal dice: «Como la naturaleza nos hace desgraciados en todos los estados, nuestros deseos nos fingen un estado feliz, porque añaden al estado en que estamos los placeres del estado en que no estamos; y, cuando llegáramos a esos placeres, no por ello seríamos felices, porque tendríamos otros deseos conformes a este nuevo estado.» Es una curiosa visión negativa de la imaginación: imagino un estado feliz, y entonces, a lo que tengo, a lo que hasta cierto punto me produce felicidad, le añado lo que imagino como feliz y no tengo, y esto, naturalmente, engendra infelicidad. El carácter imaginativo y de anticipación del futuro excluye la felicidad. Aunque llegásemos a esos placeres seguiríamos imaginando y anticipando otros, un futuro más allá, como el horizonte, al que no se llega nunca. La felicidad tendría, pues, un carácter asintótico, nunca alcanzable a causa de la futurición y el deseo, a los que, por cierto, no concede Pascal en si mismos ningún valor felicitado.
El no confinarse al presente es para Pascal causa de infelicidad. Es una idea importante en su pensamiento. En otro lugar dice: «He descubierto que toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa: el no saber estarse tranquilamente en una habitación.» Acerca de la felicidad, añade: «No nos limitamos nunca al tiempo presente. Anticipamos el porvenir como demasiado lento en llegar, como para apresurar su curso; o recordamos el pasado, para detenerlo como demasiado rápido: tan imprudentes, que erramos por los tiempos que no son nuestros, y no pensamos en el único que nos pertenece; y tan vanos, que pensamos en los que no son nada, y dejamos escapar sin reflexión el único que subsiste. Es que el presente, de ordinario, nos hiere. Lo ocultamos a nuestra vista, porque nos aflige ; y si nos es agradable, sentimos verlo escapar. . . Que cada cual examine sus pensamientos, los encontrará enteramente ocupados del pasado o del porvenir. No pensamos apenas en el presente, y si pensamos en él, no es más que para tomar de él luz para disponer del porvenir. El presente no es nunca nuestro fin: el pasado y el presente son nuestros medios; sólo el porvenir es nuestro fin. Así nunca vivimos, sino que esperamos vivir; y disponiéndonos siempre a ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca.»
La condición futuriza del hombre, que Pascal ve perspizcamente, es esencial a la vida humana, pero le da una inestabilidad e insatisfacción que resultan infelicidad. Pascal va al cuerpo del problema; hay en él una concreción superior a la de otros pensadores; deja la consideración abstracta de un supremo bien y se centra en esa futurición que nos hace vivir permanentemente proyectados hacia el futuro, apenas instalados en un presente que nos lastima, nos aflige, y cuando es grato se nos escapa. Es una concepción bastante pesimista, dimensión esencial del pensamiento pascaliano, pero hay en él un poderoso elemento de observación personal, directa, inmediata, sumamente valiosa, en un punto de vista que se podrá y deberá integrar con otros que superen su particularismo.

viernes, 1 de abril de 2016

LA SOLEDAD

Queridos compañeros: En nuestra reunión del pasado 5 de marzo, os expuse (ahora pienso que demasiado extensamente, por lo que os pido disculpas) mi intención de hacer un trabajo sobre un tema que me parece muy relevante, sobre todo por dos motivos personales. El primero por haber llegado a una edad tan avanzada, que hace que me fije más en aquellos que tiene mis años, y vean que son más golpeados por ella. En segundo lugar, por la actividad que vengo desarrollando desde que me jubilé, por la que convivo mucho más intensamente con las personas mayores que son candidatos a caer en los brazos de esta situación, con las consecuencias de todo tipo, mejores y peores (más de estas que de aquellas) que influyen mucho en su vivir diario.
De que hablo: de la soledad. Esa situación en que  las personas nos encontramos tan a menudo, y que según como la administremos, puede ser un gozo o un mal tan terrible que nos conduzca a nuestro final, a la muerte.
Como hago siempre que me planteo escribir sobre un tema, para desarrollarlo, me apoyo en mi experiencia, que por ser dilatada en el tiempo, me da oportunidad de reflexionar sobre lo que he vivido, tanto en el plano personal como en el del mi entorno social.
Ya apunté en la citada reunión, que tengo numerosas anécdotas que me han sucedido con las personas con las que convivo en mis talleres, que por ser todas de una edad avanzada (normalmente de más de 60 años) son motivo de cantidad de experiencias de todo tipo relacionadas con la soledad. He dicho en multitud de ocasiones, cuando hablo sobre mi labor- relacionada con el mundo de las nuevas tecnologías- que muy habitualmente las personas que se acercan hasta dichos talleres, aunque en principio llegan atraídas por diversos motivos, como la curiosidad, la presión de su entorno familiar, las ganas de aprender algo nuevo, la posibilidad de una mejor comunicación, la ayuda en muchas facetas de su vida diaria, en esta época tan tecnificada etc. etc., lo que yo he vivido y sigo viviendo a diario, es que gran parte de estas personas llegan con el objetivo de romper con su soledad, y encontrar a alguien con quien compartir sus inquietudes, sus tristezas, sus alegrías, sus ilusiones, sus vivencias, sus recuerdos, sus nostalgias, su visión de futuro, sus ideas sobre cantidad de sentimientos que de otra manera les sería imposible de exponer.
Como digo, en estos años he visto como se han encontrado personas que llevaban mucho tiempo sin verse; otros que a raíz de la convivencia en el  taller, se juntan y siguen un buen rato hablando de todas esas cosas antes mencionadas; que se han creado tertulias donde periódicamente se juntan con el único objeto de conversar; que se han organizado viajes de los cuales vuelven con una experiencia que cuentan con total alegría; en fin, unos aconteceres muy enriquecedores, que hacen que personas que podían estar condenadas a la tristeza más dañina, cambien a una vida más humana.
En la reunión yo me decanté por la visión de la soledad como un estado que permitía ser creativo. Creo que  en soledad se pueden tener las mejores experiencias. Es una situación que permite meterte en ti mismo y reflexionar sobre tus ideas, tus temores, tus ilusiones, tus frustraciones, tu pasado, tu futuro… en resumen: tus vivencias espirituales. Creo que es la situación idónea para leer, escribir, pensar, meditar, con la tranquilidad suficiente para disfrutar de todo ello.
Por supuesto claro que pienso en que hay opiniones muy distintas, como no podría ser de otra manera, dado que cualquier cuestión humana puede tener tantas visiones como miradas se den sobre ella.
Hasta aquí he querido reflejar mi opinión personal sobre el tema, y que como no puede ser de otra manera, no aporta nada significativo sobre el mismo.
A continuación quiero citar algunas de las lecturas y autores que he encontrado sobre la materia, y que aunque no es todo lo extenso que pudiera ser, sí que pueden aportar visiones con autoridad suficiente como para servir de motivo para un contraste de pareceres amplio y enriquecedor. Ojala sea así, pues este es mi único objetivo.
Comenzaré con una serie de opiniones que parece que avalan el concepto de maldad que contiene la soledad.
Goleman nos informa de lo malo que puede ser, y es en realidad, la soledad, cuando dice:

Aunque las discusiones continuas son malas para la salud, permanecer aislados todavía es peor. Si los comparamos con quienes poseían una amplia red de relaciones sociales, los que mantenían pocas relaciones era 4,2 veces más proclives a resfriarse, convirtiendo a la soledad en un factor de riesgo todavía más importante que el hecho de fumar.
Quizá lo más sorprendente resultó ser el orden de factores determinantes de la felicidad que, de mayor a menor, fueron los siguientes:
·             los amigos
·             los parientes
·             el esposo o la pareja
·             los hijos
·             los clientes
·             los compañeros de trabajo
·             el jefe
·             la soledad
Goleman. “Inteligencia social”.

Yo también me siento un tanto sorprendido ante el lugar que ocupa, dado que según mi criterio debería estar más arriba en la escala.

Creo que no estaría tan claro el sentido maligno de la soledad según el testimonio siguiente:
“Arrasamos las selvas, las selvas verdaderas, e implantamos selvas anónimas de cemento. Enfrentamos al sedentarismos con caminadores, al insomnio con pastillas, la soledad con electrónicos, porque somos felices alejados del entorno humano”.
Mújica tenía razón cuando hablaba así en su discurso frente a los miembros de la ONU en 2013. Los estudios revelan que la tendencia de la sociedad actual incrementa entre otras cosas la sensación de soledad, que además toma nuevas formas.
Un estudio realizado por la fundación de Francia en 2010 atestigua que actualmente no se siente sola únicamente la gente mayor, sino que puede sobrevenir a personas de cualquier sexo y edad, de zonas urbanas o rurales. Las principales causas son:
·             Fragilidad de los vínculos familiares.
·             Tensión en las relaciones laborales.
·             La resistencia a comunicarse con los que están alrededor.
·             La predilección creciente por las relaciones e intercambios virtuales...
La soledad parece mala, cuando ha sido tradicionalmente una vía hacia el descanso, la meditación y el encuentro con uno mismo. Tal como apunta la psicoanalista Nicole Fabre: “Las personas que aprecian las soledad son capaces de entrar en contacto consigo mismas sin romper el vínculo con los demás. Son igualmente capaces de salir de su soledad para ir al cine, a comer o responder al pedido de ayuda de un amigo. La mala soledad se hace reconocible cuando provoca la necesidad compulsiva de establecer un vínculo, a menudo de manera superficial, para llenar el vacío”.
Parece ser, además, la mala soledad es contagiosa. Un análisis realizado sobre 5000 habitantes de la ciudad de Framingham permitió descubrir a los investigadores que las personas que se sentían más solas eran aquellas que estaban en la periferia de su red social, y que el riesgo de sentirse aislados aumentaba alrededor de un 50 % en sus amigos más cercanos.
Alejarse del entorno humano, como apuntaba Mújica, es uno de los mayores males de la sociedad moderna, porque el contacto personal es uno de los mejores bálsamos. Como decía Sigmund Freud: “La ciencia moderna aun no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosa”.
Allan Percy: “Mújica. Una biografía inesperada”

“No es lo mismo riqueza, bienestar, consumo de bienes materiales que felicidad. Porque esa es la contracara de nuestra angustia que camina por las calles con forma de millones de individuos sumidos en la soledad en una sociedad moderna multitudinaria. ¿Se creara un índice de felicidad? Afirmaba a Víctor Hugo Morales en el programa Bajada de línea del 12 de agosto de 2012.
Allan Percy: “Mújica. Una biografía inesperada”

Como siempre, según mi criterio, el gran Pepe tiene la habilidad y la sabiduría, junto a la osadía de decir aquello que piensa en cualquier lugar y en cualquier situación. Mi total admiración por este hombre.

Esta mañana en el programa de la cadena SER “Hoy por hoy” , la directora del mismo Pepa Bueno, ha entrevistado a una especialista sobre el tema de los suicidios. De los diversos temas tocados destaco dos: que el número de suicidios en España crece de año en año, llegando a ser un número mayor que las muertes por accidentes de tráfico. Y que la mayor parte de estas muertes son producidas por la soledad. (En  este punto ha detallado los motivos y razones de la misma y que no relato para no alargar el tema).
Otra cuestión que comentaron en esta entrevista fue el acuerdo, no sé si consciente o tácito, que tienen en los medios de comunicación para no publicitar los suicidios; parece ser que lo hacen al objeto de no provocar a otras personas  que puedan ser propensos a este fenómeno. Yo lo había leído en bastantes ocasiones, tanto a nivel de nuestro país como en muchos otros. Hoy mismo he leído un artículo que tocaba este tema y señalaba las posibles causas.

Conectando con estos dos temas, la soledad y el suicidio, quiero aportar las ideas que muestra E. Punset en uno de sus libros. En el prólogo del mismo dice:

Resulta que más de un 25 por ciento de la gente está angustiada por la tristeza, el estrés y la soledad. Ya no hablo de la depresión, o de otras carencias emocionales que apenas sabemos abordar. ¿Queremos decir que unos diez millones de personas, sólo en España, se encuentran mal porque se sienten tristes, estresadas y solas, y que nadie se ocupa de ellas? Sí; estoy diciendo exactamente esto”

Más adelante, incidiendo en la soledad, comenta más extensamente las opiniones, propias y recogidas de múltiples especialistas, que tienen sobre la misma:

“El caso es pertenecer a algo, no estar solos. El motivo de pertenencia es secundario, lo importante es ser miembro de la manada. Hasta tal punto, que hoy puede hermanarnos más el escudo de un equipo de fútbol que nuestros propios lazos de sangre o el vínculo racial. En contra de lo que algunos piensan ingenuamente, no vamos hacia una sociedad más individualista, sino al revés: estamos estrechando lazos, somos cada día más sociales y cada vez necesitamos más a los demás. Sin embargo, la soledad continúa siendo una de las enfermedades fantasma de nuestros días. Las facultades de psicología albergan estanterías enteras repletas de libros dedicados a estudiar la depresión. Se la ha analizado desde mil puntos de vista —sin solución definitiva, por cierto—, y como quien coloca en un lugar provisional una patata caliente que nadie quiere agarrar, se ha situado el mal de la soledad en el cajón de la depresión, aunque ni son lo mismo, ni tienen el mismo tratamiento, ni afectan a las mismas personas.
Sólo últimamente la ciencia ha empezado a considerar la soledad como un problema propio con su patrón particular. Nuestra generación tiene el reto de admitir que se puede actuar contra el aislamiento social sin necesidad de acudir a fármacos ni terapia: sólo buscando la manera de que la persona a quien le duele la soledad encuentre vínculos en otras personas y pueda apoyarse en ellas para dar de nuevo con su sitio en el grupo. Contra el sentimiento de abatimiento que conlleva la soledad, no hay antidepresivo más eficaz y sin efectos secundarios que la pomada que supone la presencia y el ánimo de los otros.
Ha habido que vencer muchas resistencias para llegar a reconocer el daño que la soledad estaba haciendo en los sistemas de organización colectiva de los que nos hemos dotado. No hablo sólo de daños psicológicos, sino también físicos, como han demostrado los estudios epidemiológicos que revelan los fuertes vínculos que hay entre la percepción de la soledad y las situaciones de suicidio, alcoholismo, neurosis y alteraciones del sistema inmunológico.
Son motivos suficientes para considerar a la soledad como una dolencia digna de ser tratada de forma diferenciada. En primer lugar, buscando las causas. En este frente, algunos descubrimientos, como los realizados por John Cacioppo, son reveladores. Este psicólogo de la Universidad de Chicago ha realizado diversos estudios de genética del comportamiento empleando gemelos, y ha podido constatar que la heredabilidad de las diferencias individuales en la percepción de soledad —hablamos de aquellos que se sienten solos y viven esta falta de compañía y relaciones como una carencia— casi llega al 50 por ciento. Para que nos hagamos una idea, la altura tiene una heredabilidad del 80 por ciento. Es decir: el 80 por ciento de las variaciones en altura de una población se explica por los genes, y el resto por el ambiente. Estos estudios indican que el sentimiento de soledad tiene un componente genético significativo. Cacioppo nos cuenta que, aunque existen numerosos factores medioambientales que pueden inducir a la soledad, el hecho de que las personas se sientan solas habiendo tanta gente a nuestro alrededor sólo puede ser explicado mediante la predisposición genética.
Se ha comprobado que la soledad está relacionada con alteraciones en los sistemas inmunológico, nervioso y vascular, provocando más casos de cáncer, infecciones, depresiones y dolencias cardíacas entre las personas afectadas por la soledad que entre aquellas que no se quejaban de ese déficit de compañía.
La pregunta que se deriva de estos datos pide paso a gritos: si dispusiéramos de un sistema sanitario preventivo adecuado, ¿cuántas enfermedades derivadas de estas dolencias relacionadas con la soledad podríamos evitar? ¿Cuántas ventajas sanitarias podríamos obtener si vigiláramos la atmósfera anímica de aislamiento social en las que se dan con más frecuencia estas patologías físicas?
Mantenemos una extraña relación con nuestros vínculos de dependencia social. Venimos de siglos en los que hemos ensalzado la soledad y el individualismo hasta dotarlos de una mística heroica. Cualquier hazaña lograda individualmente ha sido vista tradicionalmente como más meritoria y valiosa que si ésta se lograba en grupo, pasando por encima de nuestra naturaleza social y de la superior solidez que tienen los logros humanos que se consiguen colectivamente frente a los que se alcanzan sin contar con los otros. Incluso la literatura ha considerado en multitud de textos la soledad como un atributo propio de la genialidad.
Mientras todo eso sucedía, una de las principales fuerzas que impelían a esos genios solitarios a crear sus grandes obras no era otra que el deseo de que los demás les reconocieran su valía y les apreciaran por esto. Artistas, literatos, pintores y grandes creadores en general, ¿qué otro objetivo perseguían cuando alumbraron sus grandes obras que el cariño de la gente, el aplauso del público, la admiración de sus seguidores?”

Así mismo con relación a los suicidios, aporta una importante información recogida en todo el mundo. Anoto algunas ideas más sobresalientes:

El estigma que suele acompañar a los trastornos de la mente alcanza en relación al suicidio unas cotas que deberían movernos a la reflexión. Inquietan revelaciones como las que hace Joiner, uno de los mayores expertos mundiales que hay en este campo: el 40 por ciento de los familiares de un suicida prefiere mentir a contar la verdad a la hora de hablar de los motivos de dicha muerte. Y, sin embargo, estamos hablando de una tragedia que en muchos casos podría evitarse si, para empezar, fuera posible hablar de ella y conocerla mejor.
¿Qué lleva a una persona a perder el sentido de la vida hasta desear quitarse del medio? Thomas Joiner sostiene que hay múltiples factores implicados en esa decisión. El trastorno mental asociado a raíces genéticas es quizá el más importante: este investigador sitúa en un 40 por ciento la influencia que ciertos cuadros depresivos pueden tener en el desencadenamiento de actitudes suicidas. Pero con ser fundamental este condicionante, no es el único. Lo que cuentan quienes han estudiado este problema más a fondo es que hay un conjunto de factores sociales, como la soledad, la incomunicación y el aislamiento de las personas, que también incide notablemente en los índices de suicidio que soportan nuestros países. Lo más relevante de esta observación es la conclusión que extraen de ella los expertos en esta materia: si se atendieran correctamente esas causas, y la soledad no fuera uno de los rasgos que define al mundo que habitamos, las tentativas contra la propia vida podrían descender notablemente”
Eduardo Punset. “Lo que nos pasa por dentro”

Como decía más arriba, las opiniones sobre esta materia son muy variadas, y como muestra de ello, si hasta ahora hemos visto la parte más negativa, aportaré algunas otras que pone en duda esta opinión, o por lo menos la matizan. Dos aportaciones muy breves de Descartes, donde vemos, o eso me parece a mí, que reclama la soledad como motivo de tranquilidad en su trabajo.

Decidió consagrarse definitivamente a la meditación y al estudio. París no podía convenirle; demasiados intereses, amigos, conversaciones, visitas, perturbaban su soledad y su retiro. Sentía, además, con aguda penetración, que no era Francia el más cómodo y libre lugar para especulaciones filosóficas, y, con certero instinto, se recluyó en Holanda. Vivió veinte años en este país, variando su residencia a menudo, oculto, incógnito, eludiendo la ociosa curiosidad de amigos oficiosos e importunos.
Descartes. “Discurso del método”

En otra de sus obras también parece que la soledad no le importa, sino todo lo contrario.

Así pues, ahora que mi espíritu está libre de todo cuidado, habiéndome procurado reposo seguro en una apacible soledad, me aplicaré seriamente y con libertad a destruir en general todas mis antiguas opiniones.
Descartes. “Meditaciones acerca de la filosofía”

Acudo, una vez más, a uno de mis autores favoritos, A. Conte-Sponville. Al margen de sus ideas sobre este tema, que toca en varias de sus obras, hay una que me parece muy oportuna para definir la idea que yo tengo sobre el mismo, y que como reitero una vez más, tiene, por lo menos, dos facetas bastante bien definidas: la idea de que la soledad puede ser buena o mala. Y es que este autor hace una distinción muy interesante cuando dice que una cosa es la soledad y otra el aislamiento. Veámoslo.

“Debemos atenernos a lo difícil. Todo lo que vive se atiene a ello… Es bueno estar solo porque la soledad es difícil. También es bueno amar, porque el amor es difícil….”
Comte-Sponville en “El amor la soledad” Citando a  Rilke en”Cartas a un joven poeta”.

Hay que hacer política, si, pero solo se puede hacer entre muchos: informarse, reflexionar, discutir, organizarse, actuar. De otro modo no habrá libertad ni justicia. Ese es el sentido más elevado de la democracia, y lo que pone de manifiesto, a mi parecer, la idea de república. Ya ves que la soledad no es una torre de marfil….
Comte-Sponville en “El amor la soledad”
Aislamiento. Es la ausencia de relaciones con el otro. No Hay que confundirlo con la soledad, que es una relación—a la vez singular e inalienable—consigo mismo y con todo.
Soledad. No es lo mismo que aislamiento. Estar aislado es estar separado de los otros sin relaciones, sin amigos y sin amores. Estado anormal para el hombre, y casi siempre doloroso y mortífero. En cambio, la soledad es nuestra condición ordinaria: no porque no tengamos relaciones con el otro, sino porque estas relaciones no podrían abolir nuestra soledad esencial, que reside en el hecho de estar solos para ser lo que somos y para vivir lo que vivimos.
Por eso uno vive solo, siempre: porque nadie puede vivir en nuestro lugar. Por eso el aislamiento es la excepción, y la soledad, la regla. Es el precio que hay que pagar por ser uno mismo.
Comte-Sponville. “Diccionario filosófico”

Vemos pues, que a través de todos estos testimonios u opiniones de los diversos autores que he presentado, el tema de la soledad da para mucho, como no puede ser de otra manera, cuando es una de las situaciones de la vida del sser humano que puede aportar un sinfín de situaciones, y que cada uno de nosotros tendremos que manejar como mejor podamos, o queramos, si es que la misma no nos conduce por el camino adecuado.

Ojala que la soledad sea para todos y cada uno de vosotros, queridos compañeros, una fuente de bienestar, Os lo deseo de todo corazón.

PD. Aquí os dejo estas recomendaciones, que seguro os pueden ser útiles.

LAS 5 CLAVES PARA DISFRUTAR DE LA SOLEDAD

   1. Usted es su mejor compañía. La premisa básica es cambiar la creencia de que uno, acompañado, está mejor.
2. Una oportunidad para conocerse mejor y descubrir nuestro rico mundo interior.
3. En lugar de torturarse, hay que aprovechar la soledad para leer, pintar o hacer deporte.
4. Escribir un diario. Ayudará a expresar sentimientos y a contemplarse uno mismo con más conocimiento y cariño.
   5. Como indica el psicólogo Javier Urra, con la soledad recuperamos “el gusto por el silencio y por el dominio del tiempo