martes, 11 de agosto de 2015

Cristina Díaz Carrère: el papel de la fe.

El papel de la fe en el ser humano. 
(Reflexiones y conclusiones experienciales).
¿Sabes lo que es la noche oscura del alma?
Sí, es una crisis.
Una crisis existencial pero no una cualquiera. Es aquella en que comienzo a darme cuenta de que mi vida no es lo mismo que mi existencia plena. Y, por ello, incluso no sabiendo que me estoy dando cuenta de eso en concreto, toda mi vida parece vacía y sin sentido. Todas sus facetas se desintegran. Mi punto de vista sobre mí y sobre todo lo que configura mi vida hasta el momento, se me vuelve un simple cúmulo de sinsentido. Ocurre de un modo que no es racional, por lo que el abismo que abre puede ser inmenso para la mente.
Toma distintas formas según la persona y sus circunstancias. Por momentos puede asemejarse a locura o a depresión, y es tan inaprensible para quién la vive como incomprensible para quiénes le rodean.
Es muy grande el desajuste entre lo que había sido la realidad y lo que quiere empezar a ser. El detonante, de haber alguno, puede ser cualquier cosa que enfrentas en el camino, una coyuntura particular de varios factores o una disyuntiva. Digo de haber alguno, porque mi vivencia particular fue que me cayera un jarro de agua fría. Se derramó sobre mí.
Enfrentaba una ruptura sentimental dolorosa. Mi situación personal sumaba a esto un sentirme abrumada por la vida con sus imposiciones materiales y el tener que hacerme camino. Y era joven: era el momento de elegir profesión, emprender la marcha hacia quién iba a ser. Nada que cualquier otra persona de mi estrato social y cultural no haya vivido.
En mi entorno la interpretación general era que tenía el corazón roto y debía superarlo. No digo que mi corazón estuviera en perfectas condiciones, nada en mí lo estaba, y quizá, si sólo hubiera sido eso, la experiencia hubiera sido muy diferente. Me era imposible comunicar dónde me encontraba, no tenía ni las palabras ni la experiencia para hacerlo. Estaba sola ahí. En ninguna parte. En un territorio interior desconocido y muy intenso.
Los amigos más intrépidos me dictaban los pasos a seguir para ordenar mi vida. Yo les escuchaba y mi inteligencia sabía que ese era el camino para re-engancharme a dónde había estado o debería estar. Mi corazón, o la intensidad que sentía en algún lugar de mí, me alertaba en contra. Esta disyuntiva me imposibilitaba tomar el consejo u otra acción. No había claridad en mí y no deseaba moverme hasta que la hubiera. Me daba miedo no moverme en esa dirección usualmente correcta y también me daba miedo hacerlo. Recuerdo mucho miedo.
Los amigos menos amigos no soportaron mi dolor y se alejaron en oleadas.
Los amigos más amigos fueron testigos de algo en mí que, seguramente, les dolía y no entendían del todo. Ellos me sufrieron todo aquel tiempo. Me acompañaron porque quisieron, cada uno a su manera, por aquel largo periodo de alrededor de dos años. Recuerdo también mucho dolor, mucha tristeza.
--------------------------------------------------
Cualquier cosa que no fuera estar sola o durmiendo me resultaba agotadora y tediosa. Salvo las muy puntuales ocasiones en que conseguía distraerme de mí misma, escasísimas en ese periodo… En ese estar sola, algunas veces encontraba alivio en forma de inspiración. Escribiendo algunos pensamientos que cobraban vida hasta conclusiones reveladoras o también en ensoñaciones. En la primera parte de esta larga noche, éstas dos cosas fueron las únicas que me mantenían conectada a la vida, dándole algún atisbo de algo similar a un rudimentario significado.
En el escribir, escribía sobre cosas que me pasaban por la cabeza, sin que tuvieran ninguna relación directa con mi experiencia. A veces reflexiones sobre posibles significados metafóricos de pasajes de la biblia, a veces observaciones sobre la naturaleza de las emociones a diferencia de sentimientos, a veces impresiones sobre el punto de vista de un insecto… Cogía el hilo de un pensamiento sentía ganas de escribirlo y al hacerlo me llevaba a un lugar que nunca se me había ocurrido. Me sorprendía de las conclusiones a las que llegaba. Las sentía simples, evidentes y a la vez totalmente nuevas para mí. Las leía y me hacían sentir algo, como si brillaran… Siempre me había gustado escribir, de pequeña era una de mis actividades favoritas, esconderme para imaginar y escribir a solas. Y esa sensación. Esa sensación que no había vuelto a tener en años.
------------------------------------------
Con apenas fuerza vital me adentré en aquellas duras sesiones de adiestramiento actoral, sin ningún fin, sólo sintiendo que ir era lo único que podía hacer y me sumergía en ellas. En las horas que duraban todo se distorsionaba para mí: me aturdían, me agotaban y confundían lo que yo era –o creía ser- con lo que hacía –o pretendía hacer-. La confusión mental que ello me producía también me liberaba de algún modo de mí misma y podía sentir o atisbar algo extraño para mí y a la vez confortante: algo más allá de mí que me sostenía y movía y de lo que también yo formaba parte. Torpe y sin entender nada: aquello tenía sentido para mí. No el entrenar para, no el mejorar mis capacidades interpretativas o llegar a ningún fin con ello… si no ese sentir en particular. A veces no aparecía, y a veces era molesto, ensordecedor y algo dentro parecía no resistirlo, y a veces su influjo me acompañaba días y me sentía en ellos arrebatada, sobrevolaba escaleras en vez de caminarlas y volvía ligero mi quehacer. El misterio que en ello palpitaba, lo que fuera que había ahí para saber o descubrir, eso es lo que para mí tenía sentido del vivir; y comenzó mi investigación, una búsqueda desde la nada que acabó por conectarme con quién era antes de toda esta negrura. Esa búsqueda recuperó lo que perdí y me había dejado, (esa pérdida) sin yo saberlo, en el estado en que estaba. Esa curiosidad en lo intangible, ese nuevo interés por algo, me salvó y me cambió para siempre.
-------------------------------------------------------
Algunos me consta que consideran esto un llamado para algunos, un llamado a lo espiritual reservado a unos pocos. A otros, más religiosos, decir esto les sonará a osadía ignorante. Otros decidirán que es una experiencia sin la menor importancia vital, que no entra en los cánones de lo que cuenta… Yo no pienso de ninguna de estas maneras. Yo lo experimenté, y lo sigo experimentando, y, después de diez años de aquello, con mayor entendimiento: como un retorno, un descubrimiento de algo que no me es propio; desde luego no a mí y tampoco creo que a unos pocos. Si bien cambió por completo el curso de mi vida, que aún hoy es incierto, me siento afortunada de, tan pronto en la vida, haber contemplado y haber reunido el valor de volverme hacia lo que a todos nos es común.
Intento elaborar ahora algunas conclusiones en mi pensamiento, sólo las que me parecen menos discutibles y más razonadas:
Vivir, estar vivo y saberlo nos es común (me centro en el ser humano por no abordar otros debates) esto implica muchas cosas: unas comunes y otras que difieren atendiendo al lugar y condición en que toca nacer o vivir. Me atrevo a aventurar que en la búsqueda de un sentido, un por qué o para qué posibles, es lógico partir de las comunes; puesto que incluso la pregunta forma parte de dichas cosas comunes. Y si cada individuo se cuestionara esta pregunta fundamental (o pudiera hacerlo) de manera seria y sistemática, tal vez –digo tal vez- no pudiera ser formulada por ninguno su conclusión última por ininteligible o inexorable, pero fuera cual fuere dicha conclusión y llevase el nombre que le diese (Dios, Gran Misterio, Wakan Tanka, Alá, Universo, Naturaleza, Tao…) conduciría inevitablemente a un vivir similar, a una comprensión similar de sí mismo y del mundo. Uniría en vez de separar. No procede en este texto expresar cómo creo que esto se daría. Y sé que no uniría en el miedo, la esclavitud o la ignorancia, como hasta ahora han ejercido instituciones de poder o creencias tomadas de lo externo sin experiencia o cuestionamiento. Uniría seres sabios en lo profundo, seres intensamente libres y con una fortaleza y valor de los que verdaderamente cuentan.
Me baso en la certeza de que Conocer libera. Conocer engrandece. Conocer empodera. Por tanto llegar a conocer lo trascendente que hay en mí, que es ajeno a mi intelecto y lo trasciende, completa mi conocimiento. Negar que existe esta faceta en mí como humano –como experiencia íntima- es mentir o es un síntoma de cobardía extrema o, en todo caso, de ignorancia y auto-desconocimiento aberrante y enfermizo en un adulto. Una pérdida, una vida que se niega a madurar.
Añado: creer por creer, por consuelo o desorientación, sin vivenciada certeza, lo que me dicen o lo que corresponde a mi cultura, es de una ingenuidad peligrosa y genera esclavos.
Igual que históricamente ha venido ocurriendo, es un camino más accesible materialmente para pensadores, intelectuales y acomodados, que si logran vencer la cerrazón del intelecto y abrir su mente, cuentan con la comodidad necesaria para avanzar las duras pruebas a través de sí mismos con las necesidades básicas cubiertas y los recursos a su alcance. En su defecto enormes presiones o sufrimientos pueden abrir la brecha de acceso y también eventos o revelaciones… Siempre es un adentramiento solitario y para valientes. 
-----------------------------------------
Así es mi fe. Así creo que el mundo que ves puede cambiar. Así he visto que ocurre en mí y en otros. Tal vez he visto aún tan poco que sólo he hallado lo común (a pesar de haber contrastado lo que la vida me ha propuesto generosamente en culturas y condiciones…) No soy dueña de la verdad, sólo de mis conclusiones.
Simplemente creo con firmeza que la fe* es la clave de la comprensión de la felicidad y el sufrimiento, la llave que completa y conduce al ser humano al Buen Vivir, el convivir y al entendimiento de lo que ello significa… 
* (Entiendo la fe libre de nombres y preceptos. Entiendo la fe como algo a conquistar y ejercer de modo consciente y voluntario una vez hallado).
CRISTINA DÍEZ CARRÈRE (Para La Filosofía como Terapia).
(Extracto del texto original presentado por la autora para el Grupo Filosofía como Terapia en mayo pasado)


sábado, 8 de agosto de 2015

Ana Maestre: Sobre la angustia.

ATRAVESANDO LA ANGUSTIA

ANA MAESTRE

Y yo sólo tengo dentro de mí todas las preocupaciones y miedos, vivos como serpientes: yo solo miro de continuo en su interior, solo yo sé de ellos” (Kafka)

Mi ensayo trata sobre la angustia y el miedo. Lo he elegido por una necesidad interna de poderlos comprender mejor, para intentar iluminar esa parte oscura y reveladora de nuestro ser, que colonizada por el miedo y la angustia, se queda paralizada en una vivencia opresiva e irracional. Penetrar y atravesar nuestra angustia y nuestros miedos, no con la intención de librarnos de ellos, ya que, ¿cómo sería eso posible en el ser humano?, sino de aceptarlos y escucharlos, para poder vivirlos ya desde la lúcida serenidad que nos da el comprender toda la fuerza de su vivencia. Situándonos desde una perspectiva fenomenológica, solo la plena aceptación de nuestra experiencia nos permitirá comprender y consecuentemente elevarnos sobre ella, sin dejarnos invadir ni ahogar por completo nuestro ser en la angustia.
La frase de Kafka hace referencia a esa vivencia del ser humano concreto, de carne y hueso, como diría Unamuno, que se siente solo y desvalido ante la vivencia de la angustia, de esa miedo primordial que nos muestra nuestra fragilidad y finitud. En una crisis de angustia, nos sentimos partir como si perdiéramos el contacto con el mundo, una fuerza de violencia desconocida nos transporta a otra parte, el corazón nos late a una velocidad vertiginosa. Estamos solos ante un adversario poderoso y atroz, que no nos permite responder, nos invalida y nos anula.
Voy a intentar comprender el sentido de esta angustia, tanto de la angustia existencial latente en todo ser humano, como de los miedos paralizantes y excesivos que llevan al individuo a un estado continuo de inquietud y malestar, mermando su calidad de vida y su posibilidad de realizarse, ya que la angustia acaparadora no nos deja ver más allá, nos cierra el camino y nos impide proyectarnos hacia una vida plena y con sentido. Intentar comprender la emoción del miedo y el sentimiento de la angustia, y descubrir las valiosas respuestas, comprensiones e indicaciones que la Filosofía nos ha proporcionado.
Todos vivimos en la misma realidad, pero cada uno habitamos en nuestro propio mundo. Si ese mundo interior está poblado de serpientes de angustia y miedos, habrá que hacer algo. Habrá que ser valientes y luchar contra esas serpientes, adoptar una postura más activa y preguntarnos: ¿qué puedo hacer yo con mis miedos? Quizás es hora de poner el acento en la autonomía de la persona y no solo considerarla un ser pasivo, un paciente, carente de voluntad. Ya hay corrientes en la Psicología actual que prestan más atención a los recursos positivos y capacidades del ser humano, y no sólo al hecho de considerarlo como una marioneta sometida y sacudida por sus pasiones y problemas existenciales, en el que todo el mundo necesitaría una muleta para andar. Y en este punto, la filosofía tiene mucho que enseñarnos. De hecho, la psicología y la psiquiatría se han nutrido siempre de la Filosofía y se han inspirado en ella. Por ejemplo, la filosofía estoica de Epicteto y Marco Aurelio ha sido muy influyente en Albert Ellis y su terapia racional emotiva, Jung se inspiró mucho en la filosofía gnóstica y hermética, o el influjo de la filosofía oriental sobre ciertas vertientes modernas de la psicología y la psicoterapia, como la terapia Gestalt y la psicología transpersonal, así como las terapias existenciales basadas en la filosofía existencial, como la logoterapia de Viktor Frankl o la terapia del Dasein de Binswanger. Incluso cuando las psicologías parecen no remitirse a ninguna filosofía, se sustentan siempre en una filosofía latente, en una determinada concepción del hombre. Como estudiante de Filosofía, siempre he visto que el sentido profundo de la Filosofía, lo que yo buscaba, era comprender, pero no desde la abstracción y la especulación pura, sino desde la praxis, desde un saber que me ayudase a comprender el mundo en general y así poder aplicar esa comprensión a mi vida en particular.
La filosofía como un saber sapiencial y esencial, aún más fundamental que la Psicología, nos puede dar respuestas. La aplicación de la filosofía al mejoramiento individual viene de muy antiguo. Como nos dice Pierre Hadot, la intencionalidad profunda con la que la filosofía nació fue la de ser el arte por excelencia de la vida. Ya nos decía Sócrates que una vida sin examen, sin el “Conócete a tí mismo”, no merece ser vivida.
La misma reflexión filosófica va a mostrarnos que tiene un poder transformador. Pero deberemos llevar cuidado de no frivolizar la filosofía, ya que este reconocimiento de su poder transformador no implica tomar la Filosofía como mero instrumento terapéutico. Esto sería banalizarla, ya que la Filosofía solo es genuina y fuente de comprensión y transformación profundas cuando se constituye como un fin en sí misma. La finalidad no es el bienestar al precio que sea, sino la serenidad lúcida y la libertad interior que nacen como fruto de esta comprensión. Se trata de dotar de sentido la propia vida.

Para vencer los miedos, contamos con algo muy valioso dentro de nosotros: una fortaleza del carácter, una virtud, una excelencia como diría Aristóteles: el valor, el coraje, la valentía. Y aquí necesariamente nos situamos más allá de la Psicología, ya que no simples fenómenos que se agoten en mecanismos psicológicos, sino fortalezas del alma, revelando lo más noble y digno del ser humano, su capacidad de superación.
El ser humano quiere vivir por encima del miedo y la angustia. Sabe que no puede eliminarlo, sin caer en la insensiblidad, pero quiere vivir “a pesar” de ellos. No podemos vivir sin que nuestros sentimientos nos orienten, pero no queremos vivir a merced de ellos. Para resolver esta contradicción, nos podemos dejar ayudar desde la psicología, cuya única meta es la salud, o podemos orientarnos hacia algo más grande, el bien y la nobleza. Sócrates, Platón, Aristóteles, los estoicos...no retrataban al hombre como es, sino como sería bueno que fuera.
En un tiempo en que la tendencia a psicologizar todos los problemas, la filosofía puede darnos respuestas que vayan más allá de lo descriptivo y apunten hacia el ámbito de lo normativo, hacia la superación del ser humano en algo más grande, dotado de valor y dignidad. Ante el problema planteado aquí: ¿qué podemos hacer con nuestra angustia, con nuestros miedos profundos? La filosofía nos interpela en una aspiración hacia la libertad y autosuficiencia. Veremos los diferentes análisis y respuestas situados desde la poderosa ancla del pensamiento filosófico.

LA ANGUSTIA EMANCIPADORA.

El hombre conquista su propio ser en la angustia.
La angustia en Kierkegaard y en Heidegger. Salto de fe y apertura al misterio.

En el siglo de la noche cósmica, es preciso que el abismo del mundo sea explorado y arrostrado. Mas para eso es menester que haya quienes lleguen al fondo del abismo” (Heidegger).

El primer filósofo con quien me encuentro que habla de la angustia es Kierkegaard. Su dilucidación de la angustia será proseguida por Heidegger, aunque con distinto propósito.
La angustia de la que nos hablan Kierkegaard y Heidegger no es patológica, ni es considerada como una enfermedad. Para ellos, la angustia es inherente a la existencia. Se trata de una angustia primordial y reveladora.
Aunque parezca mentira, ambos nos invitan a hacer las paces con este sentimiento, pues sólo a través de la angustia el hombre conquista su propio ser. Vamos a ver por qué.
Para empezar, ambos nos aclaran que una cosa es el miedo y otra la angustia.
Angustia es un miedo sin objeto. Por eso Heidegger nos dice que la angustia nos revela la Nada. Revela nuestra vulnerabilidad y finitud, porque la angustia es una permanente ansiedad ante una amenaza imprecisa. Todo puede ser un peligro. De ahí que Kierkegaard diga que “la angustia es la conciencia de la posibilidad”. El mero hecho de que uno tenga la posibilidad y libertad de hacer algo despierta inmensos temores, y Kierkegaard llamó a esto “mareo de libertad”.
El miedo, sin embargo, se refiere a algo determinado, concreto, mientras que el objeto de la angustia es “nada”. En la angustia la persona se relaciona consigo misma, con su propia posibilidad.
Por eso no se encuentra ninguna angustia en los animales. Los animales sienten miedo, no angustia, porque el animal, en su naturalidad, no está determinado como espíritu.
Con la angustia abre Kierkegaard su antropología, pues la investigación de la angustia sale de lo psicológico para entrar en el ámbito de lo existencial. Es el hombre concreto que vivencia la angustia y es solo a través de ella que el ser humano descubre su propia libertad como posibilidad. La angustia muestra que el ser humano es un yo enfrentado con la tarea de devenir sí mismo.
Tampoco para Heidegger la angustia (Angst) es un estado psicológico ni un “angustiarse” por algo determinado, ya que esto sería miedo (Furcht). La angustia sería el hundimiento del ente. La confirmación de este carácter revelador de la angustia se demuestra por la visión de aquello ante lo cual la existencia se había angustiado una vez que la angustia ha desaparecido: el hecho de que el objeto de la angustia no había sido nada. La angustia nos deja suspensos porque hace que se nos escape el ente. Recordemos que la diferencia ontológica consistía en no confundir el ser y el ente, y el único modo que tenemos de acercarnos a la comprensión del ser es a través de uno de los entes, que es el Dasein, el ser-ahí, el ser arrojado a la existencia. El Dasein es consciente de que brota de la Nada y de que está flotando en la Nada, y esto produce angustia, ya que esa angustia nos revela nuestra propia condición, que el ser humano es un ser- para- la- muerte. Vamos avanzando hacia la muerte pero queremos mirar hacia otro lado, queremos distraernos. Por eso nos aferramos a los entes, a la rutina del día a día, y evitamos asumir lo que somos. Aclaremos también que la Nada no es para Heidegger el contra-concepto del ente (lo que ha sido para la metafísica occidental, dada su incapacidad de trascender el pensamiento objetivista y dualista), sino que pertenece a la misma esencia del Ser. Es por lo que la Nada late en el fondo de la existencia por lo que puede sobrecogernos la extrañeza del ente. En virtud de la Nada, puede maravillarnos, no el que los entes sean esto o lo otro, sino el misterio de los misterios: que sean. Asi, la Nada no sería la negación del Ser, sino del ente; más aun, es el mismo Ser, tal y como puede ser experimentado desde el ente.
Para Heidegger, la angustia es la condición misma de una existencia temporal y finita; no sólo la agudización de un estado de inquietud y zozobra, sino lo que se encuentra siempre en el fondo del hombre cuando no se halla “distraído” entre las cosas.
Pero la angustia desemboca en caminos diferentes en ambos filósofos. En Kierkegaard, la angustia es un puente hacia la fe, es una señal de la vinculación con Dios. La fe solo surge cuando alguien está desgarrado por la angustia y la desesperación. El individuo autosuficiente y fuerte, a quien las cosas le van bien, no alcanzará la fe. Y la fe se da por un salto, como el que tuvo que hacer Abraham, que puso la obediencia a Dios por delante de las obligaciones éticas. Se elevó a Dios y lo colocó en el centro de su vida. Y el papel de la angustia será servir como parte indispensable para el salto a la fe.
En Heidegger, la angustia nos pone de modo inmediato ante la Nada, y nos deja suspensos ante la imposibilidad de todo asidero. Pero vivenciada la angustia en toda su radicalidad, aceptada en modo plenamente consciente, la referencia última a la Nada puede transmutarse alquímicamente en referencia última al Ser. El contacto con la nada puede abrir paso a la experiencia con el Ser, y esto gracias al empuje de la angustia.
Ahora voy a explicar lo que es “terapéutico” para mí en ambos autores: la reconciliación con la angustia.
Ha sido descrita universalmente (en filósofos, sabios, maestros espirituales, etc.) la experiencia en virtud de la cual cuando el hombre abandona el apoyo que antes encontraba en el ente, y experimenta su radical finitud y soledad, y lejos de negar o rehuir la experiencia de la angustia, se reconcilia con ella, y esto sería el reconciliarse con el no saber y el no dominar, entonces se puede tomar contacto con un poder y una presencia que reconoce como radicalmente suyos y le abren a una nueva vida. En ella, el ente ya no es aquello a lo que el yo se aferraba buscando refugio. Lo que era oscuridad y Nada para la conciencia objetivante, llega a ser luz. Lo que era ausencia, presencia, y lo que era velo, desvelación. Nada, ausencia, velo, que ya no se vivencian desde el sinsentido, sino desde el asombro y el misterio. El ser humano deja de tener al Ente y al Ente supremo, y de tenerse a sí mismo como referencia última, y se deja el espacio necesario para que el Ser/Nada se revele más originario que toda relación establecida en términos de sujeto/objeto. La angustia, que nos revela la Nada, ,lejos de ser el contra concepto del Ser, se patentiza como lo abierto (Lichtung) del Ser.
La angustia, tanto en Heidegger como en Kierkegaard, sería como el trampolín desde el que nos lanzamos para zambullirnos en las profundidades de nuestro ser esencial, que ya no es entendido como el “animale rationale” de la metafísica occidental, sino como aquel ser capaz de lanzarse al misterio, hacia lo innominado (Heidegger) o capaz de dar un salto de fe como único camino hacia Dios (Kierkegaard)
Puede ser que nos sintamos desbordados por la angustia y que prefiramos huir. Pero hay que reconocer que ésta nos invita a hacer un salto, a cerrar los ojos y confiar, admitir que muchas grandes decisiones, creaciones, y hondas experiencias vitales han sido producto de la angustia. Tanto Heidegger como Kierkegaard nos muestran que el problema no sería la angustia, sino nuestra incapacidad de aliarnos con ella, ya que suprimir la angustia sería como silenciar el fundamento de nuestra libertad. Quizá no se trate tanto de deshacerse de la angustia como de aprender a hacerse cargo de ella, poniéndola, no contra uno, sino del lado de uno para aprovechar su energía emancipadora.

ENCONTRAR UN SENTIDO
La angustia existencial del sinsentido. El hombre en busca de sentido

Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las voluntades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino” (Viktor Frankl).

Podemos sentirnos angustiados como consecuencia de un exceso de elecciones. En una sociedad de la abundancia, se cree que todo se puede lograr. Esta angustia la vemos en los niños cuando se les da a elegir entre muchas opciones. Es lo que Kierkegaard llamó el“mareo de la libertad”. En el pasado, los hombres vivían con muchas menos cosas y aceptaban que no podían lograrlo todo, pero lo poco que lograban, lo disfrutaban. En cambio, en una sociedad de la abundancia, se pierde el sentido de las cosas, hay una baja tolerancia a las dificultades, y se llega al vacío existencial. Viktor Frankl nos dice que el vacío existencial es no saber cuál es mi tarea, mi misión en el mundo. Inmersos en un día a día frenético, en la civilización de la inmanencia, una civilización tecnificada que ha acentuado la deshumanización de nuestras relaciones y desestructurado la vida moral, olvidamos el horizonte del sentido, y esto nos sumerge en un sentimiento angustioso de no tener salida.
Viktor Frankl no está de acuerdo con Sartre de que haya que asumir y soportar el absoluto sinsentido de nuestras vidas. Sartre, también pensador de la angustia, considera que no existe nada ni nadie que pueda determinarnos completamente ni obligarnos, aunque existan algunos condicionamientos. Esta percepción de nuestra libertad y de la responsabilidad por nuestras elecciones es lo que nos empuja a la angustia, de la cual salimos transformando en intencionalidad consciente nuestras decisiones, trascendiéndonos en proyectos.
Para Sartre, el mundo sencillamente es, y las cosas sencillamente son, y ni uno ni otro tienen sentido más allá del que yo quiera darles. Lo que nos lleva a un sinsentido que hay que asumir, y nos puede provocar un sentimiento opresivo de no tener salida, ¿por qué? Porque no hay sentido, y el ser humano lo necesita para no caer en la desesperación. Las consideraciones de Sartre nos llevarían al vacío existencial, pues,
para Frankl, el hombre es dueño de una voluntad de sentido y se siente frustrado o vacío cuando deja de ejercerla.
Aunque el ser humano no esté libre de condiciones, ya sean de tipo biológico, psicológico o sociológico, siempre tendremos la libertad suprema, última, de elegir una actitud antes cualesquiera de las circunstancias que enfrentemos. Como reaccionamos ante condiciones que no pueden ser cambiadas depende de nosotros. Si no podemos cambiar la situación, siempre tendremos la libertad última de cambiar nuestra actitud ante esa situación. Y esto es esperanzador.

LA ANGUSTIA Y EL MIEDO PARALIZANTES

Somos puras máquinas, sentimientos, pasiones, gustos, talentos, maneras de pensar, de hablar o de andar, todo nos viene y yo no sé cómo” (Voltaire).

Ya nos lo han dicho Kierkegaard y Heidegger. El miedo se refiere a algo concreto y la angustia es un miedo sin objeto.
El miedo es una interrupción súbita del proceso de racionalización. Lo primero que sucede cuando tenemos miedo es que perdemos la capacidad de racionalizar. No podemos pensar con claridad, y nos sumimos en la angustia si no encontramos una salida natural a ese miedo. Es cuando el miedo nos paraliza inhibiendo nuestra respuesta. Cuando literalmente “perdemos la razón” poseídos por el miedo, generamos fantasías mentales e interpretaciones erróneas que desembocarán en el sentimiento de la angustia, o trastorno de ansiedad.
Habrá que diferenciar los miedos útiles de los inútiles, los miedos normales de los patológicos. La ansiedad y el miedo son funcionalmente útiles si son adecuados a la gravedad del estímulo y no anulan la capacidad de control y respuesta. Los miedos patológicos se corresponden con una alarma desmesurada, se disparan con demasiada frecuencia y con umbrales de peligrosidad muy bajos.
El miedo tiene un valor adaptativo como mecanismo preventivo contra los peligros que amenazan la supervivencia. Lo natural del miedo es vivenciar las sensaciones con independencia de la interpretación que le demos. Cuando esto no es así, es porque simplemente añadimos más miedo al miedo, echamos más leña al fuego. Lo que no es normal, es tener miedo del miedo. La angustia nos genera un sentimiento angosto de falta de aire, de ahogo, en sentirnos atrapados sin salida alguna. Es un miedo amplio, envolvente, sin percepción de un peligro concreto. Vivenciamos en el cuerpo toda una serie de sensaciones angostas, palpitaciones, opresión en el pecho, respiración entrecortada, sentimiento de falta de control, preocupaciones excesivas y recurrentes que no llegan a conclusión alguna.
Este miedo paralizante nos provoca un estrechamiento de la conciencia no dejándonos ver con claridad. Un estrechamiento corporal, el cuerpo como una vivencia opresiva. “Angustia” y “congoja” indican angostamiento, imposibilidad de respirar con amplitud. Un estrechamiento de la mente, ya que generamos un sistema equivocado de interpretación, que percibe estímulos neutros como peligrosos y una esclavitud de la atención, que está siempre pendiente de la amenaza. Y finalmente, un estrechamiento de nuestra conducta, al quedarnos paralizados, las energías se concentran en un solo objetivo, estar en alerta máxima, o en realizar rituales que nos liberan moméntaneamente de la angustia pero que nos siguen esclavizando.
La dificultad de controlar las preocupaciones es el primer aspecto que acerca la angustia a la patología. El organismo está preparado para actuar, pero o actúa, porque la persona se enroca en la angustia, en la inacción, en la rumia y en los planes sin conclusión. El angustioso no se ocupa, sino que se pre-ocupa.
Un primer paso para salir de esta espiral de pensamientos angustiosos será el “darse cuenta”. De manera fenomenológica, atenernos a la vivencia tal y como ella se nos presenta, sin añadir interpretaciones distorsionantes que puedan derivar en un angustiarse “sin razón”. Atenernos a lo dado a la conciencia, sin juzgar, es un primer paso terapéutico para no dejarlos sucumbir por la angustia.
Darnos cuenta del mecanismo de cómo actúan nuestros miedos. Observaremos que la ansiedad es un sentimiento a la búsqueda continua de objeto, lo que crea una espiral sin fin. Mientras que el miedo permite enfrentarse o huir, la angustia se encierra en un permanente dar vueltas. Tener claro los mecanismos de la angustia, es un primer paso para poder amortigar su fuerza y no sentirnos sobrepasados en angustias.
En este proceso del darnos cuenta, podremos desenmascarar las creencias que sostienen y alimentan este exceso de pre-ocupaciones, y poner el acento en la acción. Como dice el psicólogo americano y creador de la terapia racional emotiva Albert Ellis, “cuantas más acciones emprenda en relación con mis temores, menos tiempo y energías malgastaré obsesionándome con ellos”. Hay que sacudirse y salir de la pasividad.
¿Y cuáles son esas creencias? ¿por qué unas personas las tienen más o menos que otras? Podríamos hablar de una personalidad vulnerable a la ansiedad. Todos, al nacer, heredamos una génetica, el peculiar reparto de cartas que nos ha correspondido al comenzar el juego de la vida. Podemos tener ya, una propensión a la angustia. Pero no quiere decir que estemos determinados ni condicionados solo por esta herencia, ya que contamos con el carácter, formado por nuestros hábitos, y con la personalidad que elegimos devenir día a día, el modo cómo enfrentamos el carácter y jugamos nuestras cartas. Incluye el proyecto vital y el sistema de valores que permite enfrentarse a las dificultades.
Se puede nacer ya con una predisposición génetica, que se refuerza con los aprendizajes de nuestra niñez. A tener miedo se aprende. De niño se aprende a ver el mundo como previsible o imprevisible, como controlable o incontrolable, como seguro o inseguro, y a partir de ahí se construyen una serie de creencias que van o no a favorecer la aparición de la angustia. Incorporamos, sin un filtro selectivo las creencias que recibimos del entorno y de nuestros educadores.
Y si desenmascaramos esas creencias, tendremos más fuerza para afrontarlas y debilitarlas. La terapéutica estará en eliminar todas las malas interpretaciones que el sujeto hace de una realidad que simplemente es, y corregir su imagen distorsionada para devolverle la serenidad.
Y para ello, echemos una mirada hacia atrás. Muchos enfoques actuales de la psicología para tratar la angustia están basados en ideas filosóficas que tienen siglos. Vamos a recuperarlas para inspirarnos en ellas y apropiarnos de todo su poder liberador. Porque, recordemos, que la filosofía nació con una voluntad emancipadora, como maestra de vida, y sería una pena no valerse de ellas como clarificadoras del propio camino personal.


EL TRABAJO SOBRE UNO MISMO

Todo hombre puede encenderse a sí mismo una luz en la noche” (Héraclito)

La certeza de que dentro de nosotros, podemos hallar guía y refugio, de que todo hombre puede llegar a ser una luz para sí mismo. Para ello, podemos valernos de la filosofía sapiencial como fuente de enseñanzas e inspiración. De aquella filosofía que se ha constituido como arte de vida, como un ejercitarse en la sabiduría. Nos colocamos en el plano de la existencia y evitamos tomar la filosofía como mero ejercicio especulativo, ya que una cosa es la teoría filosófica y otra el filosofar como acto existencial. Llevar una vida filosófica corresponde a un orden de realidad absolutamente distinto al del discurso filosófico. Una vida filosófica es, por ejemplo, la vida de Sócrates, de Heráclito, o de Epicteto. ¿Qué me pueden aportar respecto a los miedos y la angustia estos sabios? ¿Qué camino pueden iluminar? Su ejemplo de vida. En la Antigüedad, la filosofía se presentaba como una terapéutica para curar la angustia. El diálogo socrático era un ejercicio que exigía al interlocutor ponerse en cuestión, atender a sí mismo y hacer así su alma más bella y sabia. Quizás si Sócrates nos interrogara sobre nuestros miedos y angustias descubriríamos la sinrazón de muchos de ellos y que detrás se esconden falsas creencias que nos hacen ver la vida desde unas lentes oscuras. La filosofía entendida como maestra de vida nos despierta a una comprensión transformadora que no se alcanza mediante la mera especulación o el auto-análisis, sino a través de estar totalmente presentes, de serena lucidez, de detectar nuestras erróneas maneras de pensar y actuar en nuestra vida, y acceder a un camino de sabiduría que nos permita llevar una vida más en conformidad con nuestra verdadera esencia.
En el caso concreto de la angustia y los miedos, un primer paso hacia la liberación es aceptar la totalidad de mi experiencia, no rechazarla, juzgarla o condenarla, ya que sólo su plena aceptación nos permite comprenderla y nos hace verlo todo “desde arriba”sin dejarnos que nos invada. Se trata de servirnos del método fenomenológico, el atenernos a lo dado, a la angustia o las crisis de angustia, los miedos paralizantes, y no rechazar su sensación desagradable, no negarla sino permancer en la vivencia aquí y ahora, y no evadirse de ellas, de los pensamientos, sentimientos y sensaciones reales, mediante la especulación inútil. Las psicoterapias de índole existencial, como la terapia del Dasein de Binswanger, que consideran los trastornos psicopatológicos como una alteración del ser-en-el-mundo, basándose en Heidegger, o la terapia Gestalt, llamado también terapia del “darse cuenta”, como un ejercicio de conciencia hacia la vivencia del aquí y ahora, la logoterapia o análisis existencial de Viktor Frankl, cuya terapéutica consiste en encontrar el sentido de la vida partiendo del yo inserto en su circunstancia particular, o la terapia racional emotiva de Albert Ellis, que inspirándose en la tradición estoica y en el existencialismo, pone el énfasis en las obligaciones de la vida real y en la toma de conciencia de las creencias latentes que predisponen a la angustia y la ansiedad. Hay que debilitar al miedo, y para ello hay que tirar a la basura las creencias erróneas de las que se alimenta, por ejemplo, el perfeccionismo o la tiranía de las exigencias, el“debo conseguir hacer bien todas las cosas” o el“debo ser querido y tener la aprobación de todo el mundo”, son creencias que condicionan que nos sintamos ansiosos y angustiados. Iluminar esta parte de nuestra consciencia y cambiar nuestras creencias, ya que pensamiento, sentimientos y acción se interrelacionan en un todo.
No nos hacen sufrir las cosas-dijo Epicteto-sino las ideas que tenemos acerca de las cosas”. Hay que fortalecerse, y la solución para luchar contra la angustia y el miedo es o bien disminuyendo el peligro, o bien aumentando los recursos personales. Todos estos enfoques colocan la responsabilidad sobre los hombros del individuo. Ayudar sobre la base de la filosofía práctica, sería considerar a la persona autónoma y responsable de sí misma.
Vamos, pues, a tomar conciencia, en nuestra particular situación vital, de los mecanismos que nos incapacitan para llevar una vida serena y realizada.
Una vez que hemos sido capaces de “ver”, como un testigo neutral, nuestra experiencia (nuestra angustia) y no negarla, hay que dar el salto. El percatarse de sí, sin la puesta en práctica del resultado que la conciencia ha comprendido, la actividad terapéutica ha de estar dirigida más a plasmar en el mundo aquello que se ha descubierto de sí. Y para eso hay que ser valiente, y para ser valiente primero hay que realizar acciones valientes. Sobreponernos, ponernos, como podamos, por encima de nosotros mismos. El filósofo estoico buscaba la independencia, la libertad, la fuerza, y para ello tiene que librarse del miedo. Y para conseguirlo no tiene que necesitar nada, salvo la virtud. Los estoicos, preocupados por la salud del alma, no aspiraban al bienestar psicológico, sino a la perfección moral. Y aquí ya nos situamos en una esfera más allá de la psicología, la esfera moral. La virtud capaz de realizar lo excelente es el punto donde psicología y ética se unen, los mecanismos mentales y los valores morales se unen en una conciencia del valor. Recordemos que ética viene de “ethos” que significa carácter. Así pues, es el cultivo del carácter que se impone en el camino de superación de la angustia. Y la virtud del carácter a desarrollar para vencer los miedos será la valentía.

LA VALENTÍA

No es valiente el que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo” (Nelson Mandela).

Una cosa es sentir miedo y otra es ser un cobarde. La emoción no la puedo controlar, me viene cuando me viene, como el dolor de estómago. Sin embargo, ser valiente es una acción, y podemos ser valiente sintiendo mucho miedo.
Valentía es la capacidad de no dejar de hacer algo valioso por el peligro o esfuerzo que necesita. Solo uno mismo puede curarse, solo uno mismo puede salir de su prisión. Y para ello hay que ejercitarse, realizar ejercicios espirituales, tomas de conciencia.
La liberación es la primera meta de la valentía, y tal como vemos en sabios, filósofos y maestros espirituales, puede conseguirse por diversos caminos: el que se enfrenta a la realidad, actuando con resolución, y el camino de la serenidad, no dejándose zarandear por los miedos. En ambos casos, se cultiva la valentía, pero cambia el proceder.
El sabio griego deseaba ponerse a salvo de la tiranía de las cosas. No quería que le perturbasen ni las posesiones, ni la carencia, ni los sentimientos extremos. Su meta era la serenidad de espíritu (ataraxia), la libertad interior (autarkeia) y la conciencia cósmica. Esta misma aspiración a la autosuficiencia y libertad se da en muchas filosofías orientales. Se trata de una conquista interior del espíritu, como hemos dicho antes, el cultivo de una conciencia testigo que, imperturbable, “ve” las cosas tal como son, vaciando el espíritu de toda la rumia incesante de su mente. En esta claridad de visión, el espíritu se libera de todo lo que le perturba porque ya no se identifica con ello, lo deja pasar sin aferrarse. Sin aferramiento, ya no hay sufrimiento, las emociones y los pensamientos fluyen como el río de Héraclito...
Para el otro camino, el de la acción, vamos a tomar a Aristóteles como modelo. Ya que se trata de elegir el proyecto de ser valiente, y por lo tanto de aplicarse a adquirir el carácter necesario para llevarlo a cabo.
Para Aristóteles, el carácter se forma mediante acciones, y nuestra acción puede cambiar nuestro carácter. El miedo y la angustia solamente se superan con la acción, pero no con una acción aislada, sino con un cúmulo de acciones a lo largo del tiempo, lo que genera el hábito de la valentía.
Aristóteles nos propone vencer nuestros miedos y angustias con el desarrollo de la excelencia de la valentía. Y para ello hay que reforzar nuestros hábitos. La valentía es salir de la comodidad y esforzarse en ver el cielo detrás de las nubes, en lugar de focalizarse cada uno en sus problemas. Recuperamos la areté griega, que es el conocimiento, la energía, la habilidad para hacer algo de manera excelente. La areté aumenta las posibilidades de la persona, su poder para actuar.
Y la excelencia del carácter que debemos cultivar contra nuestros miedos es la valentía.
Lo que nos enseña Aristóteles es que a ser valiente se aprende. Es practicando acciones valientes como nos convertimos en personas valientes. Lo esencial es actuar. La ética aristotélica es una invitación a la acción. Para Aristóteles, no es suficiente con decir “cuando tenga confianza, realizaré acciones valientes”, sino de empezar ya realizando acciones concretas.
Aristóteles abre un camino profundamente humano hacia la valentía: nos coge de la mano y nos invita a empezar allí dónde nos encontramos, con nuestros miedos, nuestras pasiones...En la moral que nos propone, la virtud (excelencia) no está desencarnada, sino enracinada siempre en una situación particular. Siempre es practicada por un individuo, una singularidad. Nuestras vidas son diferentes y diferentes nuestras fuerzas. Tenemos la vida cotidiana para ejercitarnos. El ser humano no puede ser feliz sino practica la virtud. La felicidad se concretiza por un arte de vivir, por el ejercicio concreto de las excelencias. Se trata de avanzar desde la experiencia de cada uno, de su cotidianidad, hacia un grado más de libertad, de excelencia, de justicia.
Y no olvidemos que somos seres sociales, animales políticos. Coger a Aristóteles como guía, es comprender que sólo podemos realizarnos plenamente en esta sociedad. Es tener el coraje de vivir juntos, para progresar en el cultivo de sí mismo, la amistad y la contemplación.
La vida cotidiana representa un terreno fabuloso para ejercitar las virtudes. Cada minuto de nuestra vida nos da la oportunidad de practicar la valentía. Hace falta mucho coraje para reinventarse día a día, renacer y avanzar con las fuerzas disponibles. Romper con una vida mecánica, abandonar los automatismos y los hábitos malsanos, y que el pensamiento lúcido ilumine nuestros actos y que nuestros actos refuercen nuestras convicciones: esto es ser valiente.

CONCLUSIÓN

La perseverancia trae ventura” (I Ching, Libro de las mutaciones).

Los seres humanos estamos constituyéndonos como seres nuevos, de la misma manera que la bailarina solo consigue serlo bailando. Éste es el lugar del carácter, de la virtud y en especial de la virtud que llamamos valentía.
Cuando una persona se concentra en un proyecto y en su realización, impone a su atención un giro salvífico. Lo importante finalmente está fuera, no dentro. La angustia, el miedo, son poderosos porque nos curvan hacia nosotros mismos, nos angostan, nos hacen estar pendientes sin tregua de los estremecimientos de nuestro corazón o nuestro cuerpo...en fin, hay que dejar de mirarse el ombligo y vaciar nuestra mente de pre-ocupaciones estériles y rumias incesantes, ya sea desde la vía de la serenidad del espíritu o desde la vía de ejercitar las excelencias desde el horizonte de la acción concreta. El valiente se escucha poco, evita escucharse sí mismo. Ser valiente es salir del propio ensimismamiento y comenzar a caminar con lo que se lleve puesto en ese momento, sin darle vueltas, simplemente caminando...
En nuestra sociedad se valora mucho el heroísmo a lo grande. Pero se necesita mucha valentía para enfrentarse a la propia cotidianidad, a los sentimientos angustiosos y el miedo que nos provocan ciertas situaciones, las enfermedades, el salir de una depresión o vencer los ataques de pánico, el ir al trabajo, el llevar una vida de pareja, la educación de los hijos...A lo largo del día nos vemos confrontados a situaciones enormemente ansiógenas. Se valora lo excepcional, lo extraordinario, pero lo más difícil es vivir los altos y bajos de la vida. Precisamente porque hay que ejercer la valentía en la vida cotidiana, en las situaciones banales...Trabajar su persona resistiendo la presión social, abanonar el individualismo, ser generoso y solidario. La valentía de ir contra sí mismo, de desobedecer a sus caprichos, de avanzar a pesar de las críticas, sin dejarse llevar por el qué dirán, o no dejar lo que se tenga que hacer porque se esté muerto de miedo...
La valentía es sobre todo no dejarse llevar a la angustia, la desesperación y el desánimo,
sino osar y resistir.
Perseverar...

BIBLIOGRAFÍA:
  • Cavallé Mónica, La sabiduría recobrada, ediciones mr, 2002
  • La sabiduría de la no-dualidad, Kairós, 2008
  • González Moisés, Introducción al pensamiento filosófico, tecnos, 2013
  • Hadot Pierre, Exercices spirituels et philosophie antique, Albin Michel, 2002
  • Qu'est-ce que la philosophie antique?, Folio essais, 1995
  • Le Point hors-serie, Nietzsche, Schopenhauer, Kierkegaard, número 15 septembre-octobre 2007
  • Marina Jose Antonio, Anatomía del miedo, Anagrama, 2006
  • Varios autores, Psicópolis, paradigmas actuales y alternativos en la psicología contemporánea, Kairós, 2015
  • Peñarrubia Francisco, Terapia Gestalt, Alianza editorial, 1998
  • Philosophie magazine, Aristote et le courage (artículo de Alexandre Jollien), octubre 2014







miércoles, 5 de agosto de 2015

Filosofía y economía.

FILOSOFÍA Y ECONOMÍA

       Al querer cumplir con el “mandato” de nuestro maestro (tarea que como siempre me produce una gran satisfacción, primero por cumplir con él y segundo por el desafío que me supone), lo que inmediatamente me vino a la mente es que no veía forma de meterle mano; no sabía cómo relacionar ambos conceptos. Por ello me lancé a buscar autores y trabajos que me ayudaran a aportar algo que tuviera alguna consistencia y contribuyera a participar en el dialogo que se formará entre todos mis queridos compañeros. Mi felicidad sería estar con vosotros en persona, pero las cosas hay que tomarlas como vienen. Es por esto que os pongo estas líneas, y aprovecho la ocasión para desearos una muy, muy feliz jornada.

      Ante mi ignorancia sobre…. (Permitidme una reflexión que me surge al escribir la palabra ignorancia; siempre se ha dicho que esta era mala, pero pienso que tiene una faceta muy interesante desde mi punto de vista, y es que ante ella se dispara la curiosidad o la necesidad de saber, por lo que te impele a investigar sobre eso que desconoces, y esto te lleva a ejercitar una de las cuestiones más importantes  de la vida de una persona: aprender) Retomando lo arriba escrito; decía que ante mi ignorancia quise averiguar la definición de la palabra economía. Según la RAE, economía es: “administración recta y prudente de los bienes”. Por supuesto que tiene otras acepciones, pero creo que en el tema que tratamos es la que mejor se adapta al mismo, dado que las facetas “recta y prudente”, y sobre todo la primera  apunta directamente a la filosofía. Podría decirse que estaríamos actuando éticamente sobre una materia que se presta a muy diversas formas de actuar, y que como vemos a diario, la inmensa mayoría de las veces los que la manejan actúan muy lejos de la ética. ¿Podríamos decir que todas esas veces actúan en contra de la ética? Siempre es aconsejable no generalizar, pero la experiencia del día a día nos hace decantarnos por esta opinión.

      En mis investigaciones sobre el tema me encontré con dos comentarios que, para mi ignorancia, se parecen mucho, hasta el extremo que me pregunté ¿No habría leído el uno al otro a la hora de escribir su opinión sobre la economía? Estos son los comentarios: “¿Por qué acontece que la especie humana ejercita actos económicos, producción, administración, cambio, ahorro, valoración, etc.? Por una razón estupefaciente y sólo por ella: porque muchas de las cosas que desea y necesita no se dan con absoluta abundancia. Si de todo lo que habemos menester hubiese copia sobrada, no se le habría ocurrido a los humanos fatigarse en esfuerzos económicos. Así, el aire no suele ocasionar ocupaciones que puedan llamarse económicas. Sin embargo, basta que en algún sentido adquiera el aire la condición de escasez para que inmediatamente suscite faenas de economía.”
      Y este es el otro: Hay, sin embargo, un concepto que sí puede considerarse clave en la ciencia económica: la escasez. O dicho en otras palabras, la limitación de los recursos disponibles. Eso, y no otra cosa, es lo que crea la necesidad de que exista la economía. No tenemos de todo y por lo tanto los seres humanos nos vemos ante la necesidad de administrar para conseguir, mediante la producción o el intercambio (o su equivalente, la compra), aquello que nos falta. Porque una cosa está clara: si tuviéramos todos absolutamente de todo, ¿para qué íbamos a necesitar nada? La economía no tendría entonces razón de ser y todos seríamos la mar de felices.”

      No sé qué os parecerá a vosotros, pero a mí me suena muy, muy parecido el argumento. Como decía más arriba podría decirse que el segundo “Leopoldo Abadía” habría leído en algún momento al primero: a “Ortega y Gasset”

     Ciertamente debo de decir que ambos autores dicen cosas muy interesantes sobre economía, en particular para los que somos “dummies” como es mi caso.

      Como conclusión citaría de nuevo a uno de ello, a Abadía, diciendo: De lo que no cabe duda tampoco es que, la dividamos como la dividamos, y por mucho que se empeñen los economistas, la economía no es una ciencia exacta, como corresponde a una disciplina que tiene como activos participantes a esos seres tan impredecibles que somos las personas, los hombres y mujeres que compartimos este planeta.”

     Yo añadiría por mi cuenta: no se puede dejar en manos de “seres tan malvados como algunos de los que estamos conociendo en estos momentos: véase el caso de Grecia, donde con la excusa de la economía se está haciendo un daño terrible a todo un pueblo”.

     Y la pregunta final: ¿Debemos poner nuestras barbas a remojar al ver las de nuestros vecinos? Ojala que los ciudadanos de este país, y de otros muchos seamos suficientemente inteligentes para echar a estos monstruos que nos “desgobiernan” y entren otros más “filosóficos”, más éticos, Amen.

     Aunque es un poco largo no puedo dejar de poner en este trabajo, una intervención que encontré y que me parece una magnífica exposición sobre el tema que estamos tratando. Aquí lo pongo.


LA DIFÍCIL RELACIÓN ENTRE ECONOMÍA Y ÉTICA EN EL PENSAMIENTO ECONÓMICO.

(Ponencia presentada por Luis Razeto en el Tercer Congreso de Ética. Julio 2009, Santiago, Chile)

La relación entre economía y ética ha sido siempre muy difícil, porque en la economía se manifiestan habitualmente comportamientos guiados por los intereses de los individuos, las pasiones de los grupos, las ambiciones y el afán de enriquecimiento y de poderío de muchos, que contradicen los más antiguos y elementales principios éticos. Las formulaciones éticas, por consiguiente, se esfuerzan por corregir tales comportamientos y se esmeran en promover las virtudes y valores individuales y sociales en tan díscolo espacio. La ética se ha siempre empeñado en domar los intereses, las pasiones, las ambiciones, el afán de lucro, etc. utilizando para ello las herramientas que le proporcionan la teología, la filosofía e incluso las ciencias; pero ha tenido en ello poco éxito.  Más aún, ha ocurrido que a nivel del pensamiento, esto es, en cuanto al modo en que se ha pensado y concebido la economía, el proceso histórico muestra un progresivo y muy lento pero inexorable camino de autonomización de la economía (de las ideas sobre la economía) respecto a la ética. Tal proceso marca la derrota histórica de la ética, o bien el triunfo de las lógicas puramente económicas sobre las razones y exigencias de la ética, esto es, en última síntesis, el triunfo de los intereses sobre las virtudes.

Es interesante hacer una breve reseña histórica de este proceso, para comprender en qué momento y situación nos encontramos.

Podemos comenzar con La República de Platón, en que aparece la que es tal vez la primera formulación conceptual sobre la economía. El modelo político-económico propuesto por Platón se funda exclusivamente en motivaciones éticas, en cuanto toda la propuesta busca forjar un nuevo hombre en el cual la virtud y la buena disposición del alma guiarán sus acciones y lo alejaran del vicio y la violencia. Por ello Platón rechaza la propiedad privada y postula la propiedad común, y en Las Leyes, aplica una rigurosa concepción ética de la que desprende los principios que la traducen en la organización del Estado y de la economía.

Platón es consciente que hay una absoluta distancia entre la economía real y su formulación ética de la economía, pero es clara su intención de que ésta llegue a aplicarse. Así se comprende claramente del siguiente diálogo, en La República, 592b:


“Glaucón: Ya entiendo; quieres decir: en aquella ciudad que ahora hemos fundado y discutido, que tiene su sede en nuestros razonamientos y discursos, pues no creo que exista en ningún lugar de la tierra.


Sócrates: Pero en el cielo quizás exista un modelo de ella para el que quiera verla, y viéndola se proponga fundarla en sí mismo”.

También Aristóteles examina la economía desde la ética, distinguiendo la economía doméstica (el gobierno de la casa) y la crematística (los negocios), ensalzando la primera y criticando la segunda, por razones morales. Aristóteles enseña que la organización de la economía y del Estado debe orientarse por la búsqueda del bienestar y la felicidad de los ciudadanos, y con este criterio el conocimiento económico consiste en distinguir y juzgar lo que está bien y lo que está mal en ella. Pero es más realista que Platón respecto a la naturaleza humana, lo cual lo lleva a la importante afirmación económica (no propiamente ética) de que “lo que es común a muchos obtiene un mínimo de cuidado, pues todos se preocupan de sus cosas propias, y menos de lo común, o tan sólo en lo que les atañe”.

En la Edad Media, con la filosofía cristiana y la escolástica, la ética continúa siendo entendida como la guía práctica de la actividad económica, lo que se intenta lograr a través de la enunciación de “preceptos”, como los relativos a la propiedad, a la usura, al trabajo, al salario, al desprendimiento de la riqueza, al sentido social de ésta, etc. Si bien se entiende que la economía es algo que como realidad es independiente, todo el saber económico apunta a subordinarla a la ética. De este modo el conocimiento económico se manifiesta en forma de enunciados sobre el “deber ser” de las decisiones económicas. La economía es sierva de la ética, de igual modo que la filosofía es sierva de la teología, en una estructura del saber jerarquizado, en cuya cima se encuentra la teología.

Esta etapa de la relación entre economía y ética culmina en la magnífica Utopía de Tomás Moro, que consta de dos libros. El primero describe críticamente la situación económico-socio-cultural de Inglaterra en ese tiempo, describiendo la ruina de los artesanos, el despojo de los campesinos, el encarecimiento de la vida, el auge del vicio y de la indigencia y la vagancia. Es una crítica ética de la economía. Que continúa en el segundo libro, en que Tomás Moro formula cual debiera ser el orden económico justo, la Utopía económica que corresponde al modelo de una economía ética, guiada por la ética. Tanto el análisis de la economía como el proyecto de la economía están basados en la ética, subordinados a ésta.

La separación del análisis científico de los hechos sociales y económicos respecto al juicio y guía moral sobre ellos tiene lugar en los albores de la época moderna, y sus inicios pueden atribuirse a Nicolás Maquiavelo, considerado el fundador de la ciencia política, y a quien erróneamente se ha atribuido la afirmación de que “el fin justifica los medios”. Maquiavelo nunca afirmó esto, sino que le fue atribuido por quienes no comprendieron la revolución intelectual que cumplía al afirmar que “Si un príncipe (o gobernante) se quiere mantener en el poder, debe aprender a ser no bueno, y a usarlo o no usarlo según la necesidad del momento”. La afirmación “el fin justifica los medios” es un enunciado ético para justificar cierto comportamiento. En cambio la afirmación que hace Maquiavelo es un riguroso enunciado científico sobre cómo funcionan la política y el poder, donde los objetivos se logran con independencia respecto a la ética.

Entre la segunda mitad del siglo XV y mediados del XVII aparece la teoría económica conocida como “mercantilismo”, que por primera vez examina la economía como realidad objetiva independiente de las doctrinas. Las formulaciones de J.B.Colbert, William Petty, John Locke, John Law, etc. constituyen el comienzo del proceso de autonomización de la ciencia económica respecto a la ética; pero es una separación precaria, pues todavía se busca apoyo moral para las formulaciones y propuestas económicas. En efecto, en un contexto cultural dominado por las concepciones religiosas, el mercantilismo busca todavía una fundamentación ética, o más exactamente, encuentra una justificación ética en el pensamiento de Calvino y en la Reforma Protestante, que dan una valoración positiva de la actividad económica, de los negocios y del enriquecimiento personal y de las naciones.

Es importante tener en cuenta la función cumplida por la reforma protestante en este cambio de perspectiva. Max Weber examina en su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de qué modo la Reforma estableció los fundamentos doctrinarios y éticos necesarios para justificar el ‘espíritu del capitalismo’, que identifica en la búsqueda racional de las ganancias económicas y que supone la dedicación a los negocios como una actividad que no es ‘mundana’ sino necesaria y éticamente justificada. La justificación protestante del espíritu capitalista se desenvuelve en varios momentos teóricos, estando su origen en la separación efectuada a nivel teológico entre la salvación del alma de las personas respecto de su comportamiento. Si la salvación está predeterminada por la Providencia y no depende del ejercicio de las virtudes, la predilección divina de los individuos puede encontrar manifestaciones ya en este mundo a través del éxito y el logro de una situación de bienestar económico. Este momento conceptual era indispensable, habida cuenta de la concepción cristiana que ponía a los pobres como privilegiados divinos y a los ricos arriesgando su salvación. Por cierto, la ética protestante valora el bienestar y la riqueza solamente cuando son obtenidos mediante el esfuerzo personal y el trabajo, la vida modesta y el ahorro, la creatividad y el espíritu emprendedor.

Después de Maquiavelo, todas las ciencias sociales, incluida la economía, siguiendo en ello al filósofo empirista que fue también economista e historiador David Hume, separan rigurosamente los juicios sobre los hechos de los juicios de valor, el análisis de la realidad considerada objetiva (de lo que es) del análisis del deber ser (considerada una cuestión subjetiva). Así, por ejemplo, la sociología comienza con Durkheim que identifica el principio metodológico de “tratar los hechos sociales como cosas”. Es la gran revolución epistemológica realizada por el positivismo, que marca la ruptura de la conciencia moderna respecto a las filosofías anteriores y la conciencia antigua y medieval. De la conciencia como sujeto ético se pasa a la conciencia como sujeto cognitivo.

La independencia definitiva del pensamiento económico respecto de la ética se cumple con la Fisiocracia (Francisco Quesnay) y más marcadamente con el liberalismo, que grafica esta independencia en la famosa frase “laissez faire, laissez passer” de Vicente de Goumay. El proceso teórico culmina en Adam Smith, considerado por muchos como el fundador de la ciencia económica moderna. Smith era un filósofo y su primera obra “Teoría de los Sentimientos Morales” tenía un marcado carácter ético en cuanto se centraba en el estudio de la conducta humana. Pero la obra por la cual se lo reconoce como economista – La Riqueza de las Naciones- establece que los objetivos de la economía son: a) permitir que la gente se proporcione ingresos, y b) proporcionar al Estado los ingresos crecientes que le permitan la prestación de los servicios públicos.

La ética ha desaparecido así de los objetivos de la economía, y también del análisis económico. En efecto, Adam Smith plantea que la economía se caracteriza por hechos constantes y uniformes que se repiten y constituyen leyes. Es así que formula como principios y leyes principales de la economía tras el logro de sus objetivos de generar riqueza: a) el interés propio como motor de la actividad; b) la competencia como impulsor de la eficiencia; c) la ley de la oferta y demanda como mecanismo regulador, y d) la ley del valor del trabajo como fundamento de la acumulación económica.

La ciencia económica continuará desde entonces y hasta nuestros días como una disciplina que analiza los hechos y propone modelos teóricos exclusivamente en base a la información empírica interpretada por conceptos supuestamente referidos a los hechos, relaciones y procesos prácticos, ajena a toda consideración ética. Ello es así incluso en la teoría crítica marxista, toda vez que Marx y sus seguidores no abandonan el concepto de que la economía se encuentra regida por leyes, tanto en su continuidad como en la transformación de un modo de producción a otro, sin poner la menor expectativa de que los cambios económicos puedan provenir de decisiones y formulaciones éticas que adopten los individuos y los grupos.

El proceso de independización de la economía respecto de la ética llega a su máxima expresión con Keynes, que por primera vez reconoce y formula algo que estaba implícito en autores anteriores, a saber, que la economía funciona de manera adecuada cuando se organiza contrariando directamente los principios éticos tradicionales. Escribe Keynes textualmente: “Cuando más virtuosos seamos, cuando más resueltamente frugales, y más obstinadamente ortodoxos en nuestras finanzas personales y nacionales, tanto más tendrán que descender nuestros ingresos cuando el interés suba relativamente a la eficiencia marginal del capital. La obstinación sólo puede acarrear un castigo y no una recompensa, porque el resultado es inevitable. Por tanto, después de todo, las tasas reales de ahorro y gasto totales no dependen de la precaución, la previsión, el cálculo, el mejoramiento, la independencia, la empresa, el orgullo o la avaricia. La virtud y el vicio no tienen nada que ver con ellos”. (Keynes,Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, pág. 105) Keynes es abundantemente reiterativo, y propone para ilustrar sus conceptos la fábula “El panal rumoroso o la redención de los bribones” cuyos versos principales rezan así: “Ay, pero en este concierto / del comercio y la honradez / el panal de antigua prez / se va quedando desierto! / Pues si el vicio a chorro abierto / despilfarraba millones / alimentaba a montones / que hoy se quedan sin oficio / y echando de  menos el vicio / emigran a otras regiones. / Porque si bien se repara / la insobornable virtud / no es prenda de la salud ...

De este modo la racionalidad ética parece haber perdido la partida histórica en que se ha enfrentado con la racionalidad científica. Sin embargo la ética no se ha dado por vencida, y en la economía moderna ha mantenido la presencia de su discurso, buscando eficacia práctica por tres caminos diferentes.

El primero ha sido el de plantear formas económicas éticas como propuestas alternativas a las predominantes. Así el cooperativismo, el comunitarismo, y más recientemente, las finanzas éticas, el consumo ético, el comercio justo, etc. En todos estos proyectos, se proponen modelos de unidades económicas (producción, distribución y consumo) derivados de principios éticos; pero tienen un problema que no logran resolver, y es que no son verdaderamente eficientes, exigen sacrificios a sus participantes (cuando la lógica de la economía es la de maximizar los beneficios y el bienestar), y finalmente no logran consolidarse ni expandirse en el mercado, permaneciendo como islas testimoniales marginales respecto a la economía en su conjunto.

El segundo camino ha sido buscar la subordinación de la economía a la ética a través de la acción del poder social y político. Las razones éticas proporcionan argumentos a las luchas sociales de los sectores que experimentan la marginación o la subordinación económica, y a las corrientes políticas que las convierten en políticas del Estado y que imponen, por la vía de la autoridad y las regulaciones, las exigencias éticas sobre la economía. Los resultados parciales que se han logrado por esta vía suelen ser fuertemente resistidos por los economistas en cuanto implican sacrificios de la eficiencia macroeconómica, y en realidad no constituyen una genuina validación de la ética sino de la razón política por sobre la razón económica.

El tercer modo en que se mantiene vigente el pensamiento ético sobre la economía es a través de propuestas intermedias que buscan algún equilibrio entre la búsqueda de la eficiencia económica y las exigencias de la ética. Se sacrifica en parte la racionalidad económica y se moderan las exigencias de la racionalidad ética, en una suerte de compromiso cultural. Conceptos como los de responsabilidad social empresarial, salario ético, políticas redistributivas, van en esta dirección. El problema es que tales equilibrios intermedios dejan insatisfechas tanto a las razones de la economía como a las de la ética, debiendo ambas renunciar a sus reales aspiraciones de coherencia y consecuencia.

El problema de fondo que ponen estas tres maneras de enfrentar el problema, así como toda la evolución histórica del conocimiento económico, es que en realidad la ciencia económica tiene razón cuando sostiene que la subordinación de la lógica económica a la ética, o más exactamente, las interferencias de ésta en el mercado capitalista, implican sacrificar parte de la eficiencia económica de este modo de organización económica. Sé que esta afirmación puede ser y ha sido discutida con diversos argumentos, pero creo poder afirmar que la evidencia histórica es al respecto decisiva y contundente.

¿Significa esto que la ética debe renunciar a su intento de obtener que la economía proceda siempre hacia el bien social y que cumpla el objetivo de favorecer el más completo desarrollo humano, contribuyendo a   crear las condiciones para que se instalen los valores en la vida social y las virtudes en las conductas de los individuos?

No es la conclusión necesaria de este análisis. Hay una respuesta diferente, que no va en la dirección antigua y medieval de subordinar la economía a la ética, ni en la dirección moderna de mantenerlas separadas de modo que la razón ética no interfiera en la razón económica. Se trataría de algo completamente distinto y nuevo, consistente en introducir la razón ética en la teoría económica, esto es, desplegar una nueva estructura del conocimiento científico, que lo haga capaz de reconocer con rigurosidad científica las exigencias de la ética en el razonamiento y el análisis propiamente económico.

Es lo que creemos haber de algún modo realizado en la teoría económica de la economía de solidaridad, y en la Teoría Económica Comprensiva que la fundamenta. Algunos ejemplos de ello – que por razones de espacio y de tiempo nos limitamos a enunciar solamente para dar una idea del significado de esta propuesta teórica, son:

-         La elaboración de un nuevo concepto de eficiencia, que no limita la utilidad económica a la rentabilidad del capital ni los costos al pago de los factores implicados en la actividad, sino que considera en el análisis todos los beneficios y los sacrificios humanos, sociales y ambientales involucrados en la actividad económica.

-         El concepto del “Factor C” como expresión económica de las virtudes y relaciones de solidaridad, cooperación, compañerismo, etc. en cuanto constituyentes de una fuerza o factor productivo real, al que debe reconocerse su particular productividad y contribución en la generación de la riqueza.

-        El reconocimiento de las relaciones y flujos de reciprocidad, donación, compensación, comensalidad, cooperación y otros tipos de relación que incorporan un importante contenido ético, como componentes internos del proceso de distribución de la riqueza, y que es preciso integrar al análisis teórico del mercado y la circulación.

    Un nuevo concepto de empresa, como organización económico-social que integra la subjetividad de todos los sujetos que la conforman, aportando cada uno sus propios valores, energías y potencialidades en la generación del producto.