Orlando Belloch, miembro del grupo "Filosofía como Terapia" nos envía un resumen de su trabajo final del curso:
Ensayo sobre el acoso, de qué manera la filosofía puede ayudar.
Existen definidas infinidad de formas de acoso y afortunadamente contamos con
abundante información accesible a través de internet, libros y profesionales a los que acudir
que pueden ayudar a las víctimas a defenderse de cualquier tipo de hostigamiento.
Ante los primeros indicios de acoso la víctima debe en primer lugar buscar ayuda con
lectura de libros, artículos o, en función de la gravedad, apoyo profesional puesto que por sí
sola difícilmente logrará solucionar nada.
Es importante distinguir entre acoso y “sentirse acosado”. En Derecho, Psicología hay
alguna definición de lo que es y no es acoso. Una vez comienza la dinámica
acosador-víctima es muy fácil confundirse y volverse excesivamente sensible, interpretando
cualquier situación de forma negativa debido al estrés traumático. Ante la duda es mejor
optar por pensar que no hay acoso, es más sano, esperar a confirmarlo y en caso de que no
se repita olvidar el incidente.
Con éste ensayo sobre el acoso se pretende un trabajo constructivo, en ningún caso
buscar venganza, fomentar el odio o tomar la justicia directamente, y no debe tomarse
literalmente como herramienta útil y contrastada sino simplemente como fuente de reflexión
e inspiración para que quien lo necesite descubra por sí mismo cómo solucionar sus
conflictos en éste ámbito del acoso.
En ocasiones el acoso es sutil, soterrado, escondido porque el acosador debe preservar
su honorabilidad y sólo un atento observador o una exvíctima serían capaces de ver y
detectar. Se trataría de un acoso que no deja huellas, marcas, es continuado en el tiempo y
normalmente no es personal sino que está orientado a un determinado fin, despido laboral,
disolver una relación contractual, de pareja, u otra similar.
De pronto comienzan a aparecer en el escenario insultos, burlas, difamación, ninguneos
cuando no es la costumbre. Existen entornos laborales, sociales, donde el maltrato verbal
se asume y no supone violencia, pero en éste caso es una novedad y se considera, vive y
siente como un ataque directo. El acosador disfraza estos ataques como broma y los
demás, como espectadores, ríen y alguno incluso se presta a secundar el ataque.
Es muy importante que la víctima sea consciente de que el acosador no se cura nunca,
¡nunca!, “el alma que ha concebido el mal ya no puede albergar el bien”, dice Sófocles.
Jamás se curará, es su personalidad, permanece latente y en función de las circunstancias
se reactivará o dormirá.
Esta primera etapa es la más difícil de todas, la más dolorosa porque es muy
desconcertante dado que la víctima no comprende porqué de pronto se le ataca y maltrata y
acaba enfermando, deprimida, es incapaz de reaccionar con frialdad y “salirse de la
situación”, la vive en primera persona y se lo toma a pecho...
Realmente la mejor recomendación es abandonar, alejarse de la situación y del
acosador; no existe solución satisfactoria ni alternativa realmente eficaz. “No resistaís al
mal”dice Jesús. Pero esto no siempre es posible, quizás las cargas familiares en el caso de
acoso laboral, o los hijos en un matrimonio, obliguen a la víctima a aguantar y sortear todas
las trampas que le tiendan en el camino. Por ello es preciso tener siempre en retaguardia
otras alternativas laborales o capacidades que favorezcan la empleabilidad, para el
supuesto de acoso en éste ámbito, autosuficiencia económica en conflictos de pareja,
independencia emocional para cualquier tipo de acoso, madurez, etc.
Como consuelo queda una experiencia interesante en las profundidades psicológicas
del ser humano, reconvertir el dolor en curiosidad y experimento y la certeza de que
mientras el depredador se entretenga con la víctima dejará a otras en paz. Alargar el
proceso de acoso y aguantar el máximo de tiempo posible también es útil para los
espectadores quienes observarán la situación y aprenderán de ella por si en algún momento
les toca sufrir el mismo trance.
La víctima no debe contaminar el ambiente ni pretender que le ayuden en su entorno
inmediato, mucho menos molestarse o indignarse por no recibir el auxilio solicitado. Salvo
que algún espectador consciente de la situación de acoso sea capaz de aportar una
solución eficaz (policía, enlace sindical en empresas, etc.), el resto hace bien en
mantenerse al margen.
El tiempo juega a favor de la víctima porque los espectadores pueden comprobar por
si mismos la verdad o mentira de las difamaciones vertidas y condenar al difamador; no
obstante también juega en contra, el estrés continuado es puro veneno y pasa factura
restando años de vida, en algunos casos se puede hablar incluso de asesinato lento y
premeditado.
Así pues, decididos a resistir y sobrevivir, es en este momento cuando la víctima debe
comenzar a trabajarse, buscar información, leer, despersonalizar la situación, consultar a
expertos, cuidarse, evitar alcohol, drogas y fumar, hacer deporte, mantenerse en forma...
También aplicar el sentido común, no odiar, intentar comprender, ensayar con distintos
planteamientos, explorar nuevas ideas, algunas descabelladas como que en el fondo
podríamos ser responsables o tolerantes acerca de lo que nos pasa, o por qué unas
personas son más “acosables” que otras, etc..
La sensación de aislamiento es muy intensa, las personas de su entorno evitan
simpatizar con la víctima, en parte por un sentimiento de culpabilidad e impotencia, en parte
por temor a desviar la atención del acosador hacia ellos; el miedo les paraliza y algunos
incluso se alían contra la víctima. La situación es muy difícil de explicar y demostrar, el
interlocutor pide pruebas para hacerse una idea de la gravedad y poder dictaminar y
posicionarse en la historia que escucha, y al no poder aportarlas la víctima queda aún en
peor situación que antes.
Cuando las víctimas pueden ser varios algunos acosados caen en una terrible trampa
que ellos mismos provocan, y es aliarse con el acosador para intentar desviar la atención
hacia otra víctima... Nada más grave que ésto, porque a la inutilidad de la medida se suma
la condena de los espectadores y la propia vergüenza y decepción personal. Esto es muy
debilitante porque les sitúa al nivel del acosador y en los momentos de agotamiento extremo
puede ser decisivo para entrar en una depresión o adicción. No hay que entrar en el juego,
no odiar, no buscar venganza, no acosar, no aliarse con el acosador, no convertirse en
kapos (“kamaraden polizei” El hombre en busca de sentido Viktor Frankl).
Pero esto no quiere decir que haya que permanecer impasibles, pasivos, no. Por el
contrario se puede aprender mucho de las estrategias de acoso y aplicarlas en sentido
contrario. El arte de la insinuación, “dejar caer”, airear la situación, destaparla de forma
indirecta, sin acusar, sin que parezca que es un contraataque (no lo es, sólo se trata de
defensa), sin dejar registros escritos (mails, whatsapp...) que puedan ser tergiversados.
Una vez se logra sobrevivir a ésta primera fase de acoso, quizás durante unos meses
o unos pocos años, la víctima se acostumbra a sobrevivir en este ambiente hostil, donde
sigue recibiendo esporádicamente algún que otro insulto, burla, desprecio, tanto del
acosador como de otras personas del entorno cuya personalidad les permite disfrutar de la
situación. La víctima se hace fuerte, mantiene el tipo y en su interior ya ha roto la
dependencia emocional, liberándose y tomando conciencia de que ahora su vida consiste
además en sobrevivir a la estrategia de acoso.
Llegados a este punto desaparece prácticamente esta forma de acoso y sobrevienen
otras modalidades, con la ventaja de que la víctima ya no confía en los cantos de sirena del
acosador, quien alterna fases de arropamiento y fases de acoso para desorientarla,
llegando incluso a dudar que en realidad le estén acosando. Nunca sabrá cuál es
exactamente la realidad y no debe obstinarse con la primera interpretación que le venga a la
mente, probablemente muy errada. La verdad absoluta no existe, siempre estará
condicionada e interpretada por nuestras vivencias, emociones, amores, odios...
Como primera medida cautelar es imperativo no perder la calma, es decir, no se puede
airear ni denunciar nada si no hay pruebas. Igualmente nefasto es envenenar el ambiente,
es decir, ir contando a diestro y siniestro el conflicto porque al final lo único logrado será
enredar todo e inclinar la balanza de la opinión pública en contra de la víctima.
Solo queda hacer lo correcto, seguir con nuestras vidas y confiar en un restablecimiento
de la normalidad por sentido común, es decir, cada espectador de la escena escuchará,
verá y sentirá la situación y tomará, en base a su comprensión, una decisión determinada,
favorable o desfavorable a la víctima. Normalmente, manteniendo la calma y no
interviniendo en la situación, haciendo como si no pasase nada, se logra minimizar el efecto
de ésta forma de acoso. Por el contrario, si pierde la calma y actúa compulsivamente
colaborará con el acosador fomentando y amplificando la situación. Reactivar la motivación
una y otra vez con nuestras obligaciones cotidianas es igualmente necesario, es decir, tras
cada zancadilla existe la tentación de abandonar y esto es peligroso porque se puede llegar
a un punto de no retorno y entrar en barrena.
El acosador experimentará constantemente nuevas estrategias para lograr su objetivo,
y la víctima debe cuidar de no perder el norte, mantenerse lo más cuerdo posible y
relativizar la situación saliéndose de la escena y desdramatizando la realidad.
La bondad, el amor, la tolerancia, la comprensión, surgen como herramientas
disponibles para la parte más débil. De alguna manera el acosador es también un ser
humano que circunstancialmente lleva a cabo acciones deplorables pero que en el fondo, si
el contexto fuera otro, no las ejecutaría. No se trata de disculpar, ni tan siquiera de
perdonar, no lo precisa porque el coste de la mala acción va implícita, es decir, el acosador
no puede ya vivir en paz, podrá sobrevivir pero con su actitud, pensamientos y acciones ha
iniciado la espiral de justicia reguladora de su propia conciencia. Hay que ir, pues, más a la
circunstancias que al acosador en sí porque quizás en otros escenarios el acoso no se
produciría; salvo en personalidades trastornadas el acosador no lo sería si no necesitara
serlo. Conociendo ésto, la víctima no necesita odiar ni maldecir y toda su energía la puede
concentrar en mantenerse sano y equilibrado. Es más, sufrir acoso consume mucha
energía, muchísima, así que no hay opción para odiar porque conducirá directamente a la
depresión o algo peor.
Tener la conciencia tranquila es también imprescindible y necesario. Es lo único que
mantiene a la víctima entera frente a la rumorología negativa y difamación que circulan. Con
más razón que nunca la víctima debe tener un comportamiento modélico en todos los
valores básicos, honestidad, sinceridad, lealtad, respeto, responsabilidad, solidaridad, amor,
tolerancia, sociabilidad, etc. porque es la única manera de que se haga respetar. Ante los
rumores y difamación tendemos a escuchar y condenar pero luego viene la duda y la
desconfianza en la fuente, así que sometemos al difamado a un examen minucioso, a un
largo proceso de observación y los más osados intentarán averiguar la verdad con distintas
pruebas.
Es dentro de nosotros donde debemos buscar respuestas y soluciones a estos
conflictos, los demás y sus circunstancias estarán siempre ahí, no podemos cambiarlos, no
somos superhéroes poseedores de la piedra filosofal de la transmutación alquímica de la
humanidad, entonces la lucha debe ser desde dentro y desde fuera en instancias
superiores, educación fundamentalmente, y nunca mediante el odio o en batallas cuerpo a
cuerpo.
La filosofía nos procura sabiduría y comprensión y con esto difícilmente podrán
acosarnos por más que lo pretendan.














