PREGUNTAS
Últimamente estoy bastante asustado. Cada día esta
sensación va subiendo, sobre todo cuando me informo de las noticias que
aparecen en los medios de comunicación, particularmente en la radio y más
todavía en la prensa escrita que repaso diariamente. Tengo que confesar que soy
el único culpable de mi estado de ánimo, porque mi mujer hace mucho tiempo que
me dice con frecuencia: “Creo que no deberías
leer a diario todas esas noticias que solo te conducen a enterarte de lo
mal que está el mundo”.
Es verdad
que medito sobre este consejo, lleno de buena fe por su parte, pero a pesar de que
alguna vez estoy al borde de hacerle caso, siempre me dejo llevar por uno de
mis afanes de vida y que no es otro que la necesidad que me lleva a querer
saber, querer aprender, querer conocer, no solo las noticias de los
acontecimientos de cada día, sino mi verdadera pasión que es la filosofía.
Estoy
seguro-todo lo seguro que se puede estar en esta vida-que hay muchas más
personas que pasan por este estado de miedo. Y no me refiero a los que están en
el paro, los que ven peligrar cada día más su forma de vida, los jubilados que
no saben que va a ocurrir con sus pensiones, los enfermos que temen que no se
les atienda en la sanidad como ha venido siendo hasta hace poco… y así una
larguísima lista de motivos bien fundados, y que todos conocemos, desde la llegada de esta crisis que no tiene
visos de terminar.
Pero mi
motivo particular no solo es por lo anteriormente descrito, que también, sino
por lo que como digo al principio, es lo que percibo diariamente al enterarme
de las noticias, y que no es otra cosa que lo que se repite con terrible
frecuencia (ayer mismo la leí o escuche una veintena de veces). No quisiera
pecar de pesimista, y seguro que habrá más de uno, que al leer estas líneas me
acusen de ello, pero que creo que es una la de las emociones, pasiones,
sentimientos o como quiera llamarse, que más daño ha hecho a la humanidad y
que, ojala me equivoque, puede volver a hacer mucho mal. Me estoy refiriendo al
odio.
Insisto en
que puedo estar equivocado, y que mi visión no esté ajustada a la realidad. No
puedo dejar de comentar las opiniones de muchas personas muy informadas,
periodistas, sociólogos, pensadores, profesores, filósofos, técnicos
especializados en opinión , y un largo etcétera, que aseguran que la época que
actualmente vivimos es una de las más seguras y prosperas de la historia.
Naturalmente que estoy de acuerdo en que ellos lo ven así y que tienen
infinitas más y mejores razones que mi pobre opinión. Pero también tengo que
decir que, con la frecuencia con que está apareciendo esta desgraciada palabra,
no se puede negar su vigencia; insisto, solo es cuestión de prestar atención y
eso está al alcance de cualquiera. Para eso existen los archivos.
Dicho todo
lo anterior, querría ir al motivo de mi escrito y empezar a preguntar:
¿Cuáles son
los motivos de la frecuencia de la aparición de esta palabra?
¿Son
fundados los temores de que este sentimiento nos lleve a repetir épocas tristes
de la historia?
¿Deberíamos,
los ciudadanos de a pie, ocuparnos de los motivos de esta situación?
¿Por
lo contrario, deberíamos dejarlo solo en manos de nuestros políticos?
¿Se
solucionará acudiendo a la fuerza policial, militar o similar?
Como
siempre que quiero expresar mis opiniones sobre algo, procuro acudir a esos
autores, a esas mentes que, para mí, tiene autoridad y procuro sacar
consecuencias de sus opiniones.
Daniel
Goleman, autor al que sigo con autentico placer desde que lo descubrí por su
maravilloso libro “Inteligencia emocional”, nos dice en su otro título
“Emociones destructivas”:
“Luego vino la tragedia del 11 de septiembre de 2001 y repentinamente, nos
vimos enfrentados a un vívido recordatorio de que la brutalidad calculada y
masiva todavía sigue entre nosotros.
Pero, por más horribles que puedan parecer este tipo
de actos, no son más que un nuevo episodio de barbarie en la corriente de
crueldad alentada por el odio (la más destructiva de todas las emociones) que
recorre la historia. La mayor parte del tiempo, esa barbarie permanece oculta
entre los bastidores de nuestra conciencia colectiva, como una presencia
ominosa, aguardando el momento propicio para irrumpir de nuevo en escena. Y
esto es algo que, en mi opinión, seguirá ocurriendo una y otra vez hasta que
acabemos comprendiendo las raíces del odio -y del resto de las emociones
destructivas y encontremos, finalmente el modo más adecuado de mantenerlo a
raya”.
Ciertamente no me lo
podía poner más fácil para hacer las siguientes preguntas:
¿Cuál será el modo más
adecuado de mantenerlo a raya?
¿Será necesaria la
colaboración de toda la tribu, como nos dijo J.A. Marina?
Un poco más adelante, el
autor, nos apunta por donde quiere conducir su libro, y ya nos apunta algo
sobre cómo manejar (la más destructiva de
las emociones) cuando agrega:
“Pero el objetivo de nuestro encuentro no apuntaba, sin
embargo, a descubrir el modo en que los impulsos destructivos del individuo
acaban desembocando en una acción de masas, ni tampoco la forma en que las
injusticias -objetivas o subjetivas generan ideologías que alientan el odio.
Nuestro interés, muy al contrario, se centraba en un estrato mucho más
fundamental que nos llevó a investigar el modo en que las emociones
destructivas corroen la mente y el corazón del ser humano, y el modo de
contrarrestar este rasgo tan peligroso de nuestra naturaleza colectiva”.
No exagero cuando digo que Goleman me resuelve las preguntas
que me plateo con su inteligencia extraordinaria. Y digo esto porque, un poco
más adelante, nos plantea lo siguiente:
“El encuentro exploró un
amplio abanico de cuestiones en torno al controvertido tema de las emociones
destructivas. ¿Se trata de un rasgo esencial e inmutable del legado humano?
¿Qué es lo que les confiere el poder de llevar a personas, en apariencia
racionales, a incurrir en acciones de las que posteriormente se arrepienten?
¿Cuál es el papel que desempeñan en la evolución de nuestra especie? ¿Son acaso
esenciales para la supervivencia? ¿Cuáles son los recursos de que disponemos
para superar esta amenaza a nuestra felicidad y estabilidad personal? ¿Cuál es
el grado de plasticidad del cerebro y cómo podemos orientar en una dirección
más positiva los mismos sistemas neuronales que albergan los impulsos
destructivos? Y, lo más importante de todo, ¿cómo podemos llegar a superar las
emociones destructivas?”.
Hace unos días, con ocasión de la designación de Trump como
nuevo Presidente de EEUU, hice referencia a lo que a mí me parecía que era una
de las causas del triunfo de este candidato, y hacía alusión a la ignorancia. (En
este punto quiero hacer una aclaración. Yo tengo dos versiones de la palabra
ignorancia; una es la que se tiene por no haber tenido oportunidad de aprender
lo que ignora. Esta es, como ya he dicho en otras ocasiones, la ignorancia que
yo denomino “buena”, puesto que me permite seguir aprendiendo. La otra es la
que defino como ignorancia querida o “mala”, y que consiste en permanecer en
ella, sin querer salir y que la comparo con el fanatismo. A esta segunda es a
la que me refiero en el caso de las elecciones norteamericanas)
Mira por donde Goleman hacía alusión a esta faceta emocional,
diciendo lo que le había contestado el Dalai Lama en un encuentro que tuvieron
ambos. Su respuesta fue:
“En esa ocasión, le
pregunté qué era lo que entendía por "destructivo", a lo que
respondió que se refería a la visión científica de lo que los budistas
denominan los Tres Venenos (el odio, el deseo y la ignorancia) agregando que,
aunque resulte evidente que la visión occidental difiere de la budista, esas
diferencias son, en sí mismas, sumamente significativas”.
Acogiéndome a esta frase, yo me digo: Actuemos sobre estos
tres venenos y empezaremos a encontrar la solución a muchos sufrimientos de la
humanidad. Para ello, también este autor nos indica caminos; uno de los cuales
podría ser el de entrenar nuestro cerebro para que actuásemos con compasión. A
propósito de esto nos dice:
“Era como si el mismo
acto de preocuparse por el bienestar de los demás hubiera aumentado su propio
bienestar interno. Este descubrimiento parece corroborar científicamente la
frecuente afirmación del Dalai Lama de que quien cultiva la compasión hacia
todos los seres es el primero en beneficiarse de ella”.
De acuerdo con esta afirmación, creo que podíamos cumplir dos
objetivos: uno, beneficiar a los demás; pero también convencer al “yo egoísta”
que todos llevamos dentro, de activar esta emoción positiva, puesto que
saldríamos beneficiados al ejercitarla.
Para reafirmar la bondad de la compasión, añado unas opiniones
sacadas de uno de los libros de un autor para mi muy querido; hablo de
Comte-Sponville y su obra “Pequeño tratado de grandes virtudes”. En el capítulo
dedicado a la compasión dice:
“La compasión es un
sentimiento y, como tal, se siente o no se siente, no se manda. Por esta razón,
como nos recuerda Kant, no es susceptible de ser un deber. Sin embargo, los
sentimientos no son un destino que sólo puede sufrirse. El amor no se decide
pero se educa. Lo mismo ocurre con la compasión: no es un deber sentirla, pero
sí es un deber, explica Kant, desarrollar en uno la capacidad de sentirla. Por
eso la compasión es también una virtud, es decir, un esfuerzo, una potencia y
una excelencia”.
Aproximándose a lo dicho, un poco más arriba, por el Dalai
Lama, el autor termina su artículo dedicado a la compasión, con una comparación
entre esta y la caridad, para lo cual escribe:
“La compasión, decía yo,
es la gran virtud del Oriente budista. Se sabe que la caridad-esta vez en el
buen sentido del término-es la gran virtud, al menos en palabras, del Occidente
cristiano. ¿Hay que elegir? ¿Para qué, si las dos no se excluyen? No obtente,
si hubiera que hacerlo, creo que se podría decir lo siguiente: la caridad
tendría más valor, si fuéramos capaces de ella; pero la compasión es más
accesible, se le parece más (en la dulzura) y puede conducirnos a ella. ¿Quién puede
estar seguro de haber conocido alguna vez un autentico impulso de caridad? En
cambio, ¿Quién podría dudar de haberlo sentido de compasión? Hay que comenzar
por lo más fácil, y, desgraciadamente estamos mucho mejor dotados para la
tristeza que para la alegría…… Así pues, ánimo a todos u sed compasivos también
con vosotros mismos.
O dicho de otra forma: el
mensaje de Cristo, que es el de amor, es más exaltante, pero la lección de Buda,
es más realista.
“Ama y haz lo que quieras”,
o bien ten compasión y haz lo que debes”.
Yo, personalmente, aunque reconozco el valor de la frase de
San Agustín, estoy más con el concepto de la lección de Buda. Sigo pensando en que
tenemos que educar en el valor del deber.
Llegado a este punto, no
puedo dejar de referirme a esta palabra que tanto nos dice, si la analizamos.
Una vez más recurro a Comte-Sponville, y leo, en su Diccionario filosófico la
entrada sobre el deber:
“El verbo señala, en primer lugar, una deuda (“debere”,
en latín, deriva de “de debere”: poseer algo de alguien). El sustantivo, una
obligación: ya no “tener”, sino “tener que”. La transición, entre los dos, debo
en reciprocidad otra cosa. Se da ahí una estructura arcaica, cuya permanencia
manifiesta el deber, en el sentido moral del término”.
Cuando se habla de dar y recibir, recuerdo un poema
que, desde que lo leí por primera vez, lo tengo siempre a mano por si llega
alguna ocasión en que venga a propósito leerlo; creo sinceramente que esta es
una. Dice así:
RECIBIR
Jamás
siento que recibo tanto
como
cuando aceptas algo de mí
cuando
comprendes
la
alegría que siento al dártelo.
Sabes
que mi ofrecimiento
no
busca que estés en deuda conmigo,
sino
vivir el amor que siento por ti.
Recibir
con gracia
quizá
sea la mayor forma de dar.
No
puedo separar
una
cosa de la otra.
Cuando
tú me das algo,
yo
te doy el recibirlo.
Cuando
tomas algo de mí,
siento
que soy yo quien
recibe.
Ruth
Bebermeyer
Querría
terminar estas líneas, citando por última vez (en esta ocasión, porque seguro
que en el futuro habrá muchas más) a mi admirado autor; cito su versión del
odio en su Diccionario.
Odio:”La única cosa universal-me dijo
un día Bernard Kouchner-es el odio”. Regresaba de una de sus expediciones
humanitarias, a lo hondo del horror y del mundo. ¿La única? Yo no iría tan
lejos. Pero que el odio sea universal, en efecto, presenta por doquier, en todas partes activo,
es lo que tantas matanzas no dejan de confirmarnos. Hay que pensarlo, para
intentar evitarlo o protegerse de él. ¿Qué es el odio? “Una tristeza-respondía
Spinoza-acompañada por la idea de una causa exterior”. Odiar es “entristecerse
por”. Ahora bien, lo que es bueno es alegría: todo odio, por definición, es
malo. Es también lo que lo vuelve mortífero. El que odia, añade Spinoza, “se
esfuerza por apartar y destruir la cosa que odia”: `porque prefiere la alegría,
como todo el mundo, o, dicho de otro modo, por amor. Pero es un amor desdichado
que desea el fracaso del otro. Por eso, todo odio, incluso justificado, es
injusto”.
Mis
últimas preguntas:
¿Seremos
capaces de cambiar el odio por la compasión?
¿Nos
marcaremos el deber de amar?
¿Escucharemos
a B. Russell en el consejo que nos dio?
Entrevistaron
al gran filósofo, y le preguntaron por los consejos que dejaría para las
futuras generaciones; este fue uno de ellos:
“El amor es sabio, el odio es estúpido”.
Yo
quiero, aunque no lo logre, llegar a ser sabio: por eso quiero amar y no odiar.
Francisco.