EL AMOR
¡¡Una vez más nuestro querido maestro nos estimula con un
nuevo reto!! Hablar de un gran tema. Aunque en esta ocasión yo creo,
modestamente, que es el TEMA, así con mayúsculas.
Porque ¿ha habido alguien a través de la historia que no
haya hablado del amor? Me atrevería a
decir que no; y no solo los hombres que han dejado su recuerdo, sino cualquier
ser humano que en el mundo han sido.
A partir de aquí, si
recopilásemos todos los textos que se han escrito a través de los tiempos sobre
el amor, creo que formaríamos una de las más, sino la más grande, biblioteca
del mundo.
Para no perderme en el infinito mundo del amor, me gustaría
centrarme en un aspecto del mismo: el de la pareja; en el que tengo, no un
conocimiento exacto del mismo, pero si una larga experiencia (55 años de
relación)
¿Caben en este caso concreto, los tres aspectos del amor del
que nos habla el autor-Comte-Sponville- en sus obras sobre el tema? Nos muestra:
Eros o el amor pasión; Philia o la alegría del amor y Agape o el amor sin orilla.
Veámoslos.
Para el primero, Eros, hace que nos remontamos en el tiempo
y leemos a Platón, cuando en el Banquete, pone en boca de Aristófanes: “eso es el amor: el deseo de llegar a ser
uno solo de dos, juntándose y fundiéndose con el amado”. Sin embargo, el
autor, en las siguientes páginas nos argumenta, a través de cuatro
características principales, que esto es mentira. A tal extremo llega, que
termina sus argumentaciones con la frase:”es un cuento chino”. Pensando que
este amor se centra en la pasión y en el deseo, principalmente en el sexual,
coincidiría con el autor en que este tipo de amor tiene un recorrido no largo,
salvo que el sujeto al que se dirige sea distinto. Pero si dejamos atrás este
periodo de pasión y deseo y miramos al futuro de la pareja, podemos pensar en
que el ideal de la misma sea coincidir en mil facetas distintas de la vida en
común hasta llegar a ser “dos en uno solo”. Claro que para esto quizás
deberíamos de considerar los otros aspectos del amor.
Así llegamos al capítulo 2 donde aparece Philia o la alegría
de amar. Empieza diciendo: “El segundo
nombre griego para el amor es philia. ¿Qué significa? Un amor, por supuesto, o
varios, pero en ningún caso la pasión amorosa”. Y sigue un poco más
adelante: “Pues philia, en griego, es
amistad”. Es aquí donde yo quería centrar mi idea de amor en pareja. Que
cuando han pasado tantos años, que han pasado ya el ardor sexual, la pasión de
los primeros momentos, puede quedar el deseo de alcanzar la felicidad en “la
amistad conyugal” a la que refiere con estas palabras: “Les queda la alegría de amar, y de ser amados. Es lo que llamamos una
pareja feliz; más o menos feliz, es decir, feliz. Pueden tener sus momentos de
tedio, como todo el mundo, sus momentos de tristeza o de cólera, pero menos
frecuentes y menos fuertes que sus momentos de alegría, de placer, de amor o de
humor, de confianza y de confidencia, de potencia y de dulzura, de deseo y de
diversión, de júbilo y de emoción, de ternura y de sensualidad…..Aprenden
juntos a alegrarse de lo que es, de lo que son el uno para el otro, el uno por
el otro, de ese amor en ellos que es como una fuente “apartada de sus abismos”,
a la que no le importa el océano, más fuerte que la sed”. Reafirma esta
idea cuando nos dice:”La vida es más
fuerte que el sueño. Lo que nos enseña en este caso es que, para los amantes,
hay vida después de la pasión, y que una pareja feliz que dura en el tiempo es
incluso más amor, o un amor más autentico, que la loca exaltación del principio
(porque queremos al otro, y no las ilusiones que nos hacíamos sobre él), es más
alegría, más placer (incluso en nuestra vida erótica: con frecuencia el placer
necesita tiempo, crece con el conocimiento, del otro y de uno mismo, con la
intimidad compartida, y prolongada) y, por último, más verdad” . Termina
este capítulo con unas frases que me gustan mucho: “Más vale gozar y alegrarse de lo que se tiene que echar en falta lo que
no se tiene. Más vale amar lo que conocemos que soñar con lo que amamos. Es la
verdad de la pareja, cuando ésta es feliz, y del amor, cuando este es
verdadero”.
Y así llegamos al último aspecto: Agape o amor sin orilla.
En la faceta desde la que pretendo centrar mi opinión, cito de nuevo a
Comte-Sponville en el apartado “Dulzura y caridad en la pareja”: “Por último, el tercer y último ejemplo: la
pareja, cuando los amantes son capaces de caridad. En una pareja feliz, y eso
es lo que da la razón a Spinoza, la alegría de uno alimenta la alegría del
otro, que a su vez se alimenta de aquella, con lo que ambos consiguen existir
más. Sin embargo hay que reconocer que en algunos momentos el otro, a base de
existir cada vez más, a base de estar más presente, feliz, poderoso, tan amante
a su manera (tan posesivo y devorante: eros; tan expansivo y feliz: philia),
acaba siendo un poco invasivo: ocupa tanto espacio que ya no tenemos suficiente
para poder existir libremente, tranquilamente, apaciblemente. Esto es cierto
sobre todo en aquellos momentos de fatiga, debilidad o tristeza: cuando existe
menos”. Para reafirmar estos conceptos, el autor cita a otro gran filosofo,
Adorno, quien en su “Mínima moralia”
escribe lo siguiente: “Serás amado el día
que puedas mostrar tu debilidad sin que el otro se sirva de ella para afirmar
su fuerza”.
Esto último me hace recordar una entrevista que le hicieron
a José Antonio Marina, y en la que en el transcurso de la misma le dijo al
entrevistador que para estar bien en su casa, como pareja, necesitaba una
habitación. El entrevistador mostró una cierta extrañeza, y le dijo que bien
tendría más de una habitación en su casa, a lo que Marina le aclaro: que lo que
quería decir, era que lo que cada uno de nosotros necesitamos en nuestra vida
es una “habitación nuestra” un espacio en el que podamos y debamos ser
nosotros, tener nuestra soledad, nuestra intimidad. Cuando se la escuché, me
vino inmediatamente a la mente la palabra que he dicho –y sigo diciendo muy a
menudo- que para mí es la más importante: respeto. Creo que si todos y cada uno
de nosotros la tuviera en cuenta en cualquier faceta del convivir diario, el
mundo sería completamente distinto y por supuesto mucho mejor.
Para terminar, querría aludir a otro gran sabio español,
Ortega y Gasset, al que citamos muy a menudo por aquella frase suya que dice: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Y si lo traigo
a colación aquí, es porque, si tuviésemos en cuenta esto en nuestra convivencia
de pareja, tendríamos que pensar en la circunstancia de cada uno: opiniones,
creencias, cultura, entorno, vivencias, sentimientos, deseos, ilusiones,
educación, lugar de nacimiento, entorno social, en fin aquellas mil facetas
personales (nuestras circunstancias) que nos hacen distintos, pero que si
aprendemos a respetarlas, seguro que contribuirán a enriquecernos mutuamente.
Esforcémonos en conseguirlo para llegar a ser felices.
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