Si
tras la modernidad se consolidó como canónico un sujeto concéntrico cuya
individualidad se caracteriza como redundante y escindida, podremos
descubrir alguna lógica que posibilite
ese tipo de individuo. Desde un punto de vista sociológico se trataría de un
individuo medio o típico de una sociedad porque en la redundancia sobreabunda
lo mismo. Este individuo permanece
concentrado en unos fines que le caracterizan precisamente como tipo de una
época determinada. La manera de ser
individual se encuentra unificada
en un
mismo impulso o dirección porque en la reciprocidad individual se
seleccionan unos fines a la vez que se descartan otros. La prevalencia de unos (fines) sobre otros es cuestión de
moldeamiento de la subjetividad porque es necesario que la atención se mantenga
fija en unos elementos de la realidad y se distraiga de otros. Puedo señalar dos rasgos psicológicos que
hacen posible esto: de un lado, conformidad
con el estado de las cosas y por otro, cierta renuncia a la búsqueda filosófica del conocimiento, porque con
disconformidad las acciones individuales serían divergentes y porque con
investigación no se anularían otras perspectivas posibles. Es un espíritu
conservador aunque se vista con el ropaje del progreso y se presente como
adalid de todos los cambios tecnológicos posibles porque se caracteriza por la
repetición de los fines que se propone en la vida y no por los recursos de los que dispone para conseguirlos. La unificación se dispone como uniformidad porque esta es la manera en
la que un conglomerado humano puede reconocerse y darse a conocer. Se puede
apreciar, por ejemplo, en la figura y en la disposición del cuerpo, en cómo se
muestra en público un individuo siguiendo los patrones de la moda o mediante la
vestimenta laboral. La asunción de unos fines que permiten desenvolverse al
individuo acaban por caracterizarle envolviéndole -como si fuera alguien
desnudo que se cubre- pero en realidad lo que se
mantiene es otro sentido que, como si fuera algo irremediable,
unifica individualmente a cada sujeto en torno a unos fines no individuales sino
colectivos.
Por
ejemplo, tras el consumismo se esconde una organización del mundo que define
como bien el propio consumo quien se convierte en pieza angular de la economía
y la vida cultural. La capacidad para consumir es un dato del valor individual,
de modo que es sentido como algo útil para realizarse. De ahí, que la pérdida
de un objeto exija su reposición o el cambio por uno mejor para mantener o
incrementar el valor personal. Ya no es solo algo que hace referencia a la
necesidad humana, sino a las condiciones marcadas por la organización de la
vida social. De aquí el valor de la imitación y de lo falso porque quien no
puede conseguir esos objetos necesarios para significar su propia
individualidad, intentará valorizarse mediante un disfraz para disponer de ese
valor en sus relaciones. La historia personal queda enmarcada por el esfuerzo
dedicado y empleado para conocer y conseguir esos objetos, por su visibilidad y
por la impresión que causan en los otros y en uno mismo. Cada consumidor es un
actor que persiguiendo sus propios
intereses, contribuye a perpetuar un modelo de relaciones que responde a fines
distintos de los suyos propios, ya que sigue una lógica colectiva. La
redundancia es, por tanto, efecto de la perdurabilidad de la unificación en
torno a unos fines de muchos individuos que siguiendo sus propios motivos,
intereses y afectos se embarcan en
unos fines derivados de la lógica que despliega la propia disposición que ellos
tienen para relacionarse entre sí.
La
redundancia se aparece con un aspecto formal y con una tendencia hacia el mismo
sentido. Puede ser pensada como efecto de las
relaciones recíprocas o a la inversa como estructuradora de ellas pero no
explicaremos nada sino la diferenciamos en clases y tipos porque como seres humanos
ya somos algo redundantes porque la naturaleza humana impone sus condiciones: lo que encontramos en nuestra época no es un
individuo redundante si no una clase de individuo redundante (por eso siempre
se pueden distinguir rasgos predominantes de un grupo, una sociedad o un
período histórico). También faltaría conocer cómo viven esas formas cada
individuo y hasta qué punto esto es producto de su perspectiva individual. Si la individualidad emerge <<cosificada>>
necesitaríamos recuperar la posibilidad real de vivir de manera diferente, es
decir, con la fuerza suficiente para que la discrepancia pueda concebir su
perspectiva y albergar la posibilidad de constituirse en realidad.