martes, 20 de diciembre de 2016

¿HEMOS DE FILOSOFAR, PARA ALCANZAR LA FELICIDAD?

Es factible que el ser humano aprenda a filosofar como un hábito, la filosofía nos debe enseñar a filosofar y tener esa función en nuestra vida. Por ello, se ha instruido en las asignaturas de centros de estudio la historia de la filosofía, porque para filosofar es importante esforzarse en conocer a los filósofos más prominentes y estar al tanto de sus herramientas filosóficas, que los han llevado a descubrir el tesoro invaluable de veinticinco siglos de filosofía.

La filosofía en sí, no es más que “una reflexión sobre los saberes disponibles”, como lo explica André Comte-Sponville. Podemos estudiar filosofía para aprender sobre ella, pero aprender a filosofar es lo más importante al leer sobre temas filosóficos.

André Compte-Sponville (París, 1952)

Immanuel Kant (Königsberg, hoy Kaliningrado, actual Rusia, 1724-id., 1804)


Kant dice que solo podemos aprender filosofía, filosofando, y ¿Cómo filosofamos? Pues, lo hacemos cuando:
1)    nos preguntamos sobre nuestro propio pensamiento,
2)    por el pensamiento de la sociedad,
3)    por lo que hemos aprendido viviendo,
4)    por las enseñanzas que hemos acumulado;
5)    por lo que descubrimos de nosotros mismos y del ser humano.

Cuando nos atrevemos a filosofar, hasta emitimos juicios sobre la filosofía de otro pensador. La filosofía la ubica Comte de esta manera: “es una dimensión constitutiva de la existencia humana”. Simplemente razonar no es filosofar, pero pesar sobre nuestra vida, sobre nuestros actos, vivir lo que decimos, practicar nuestra filosofía de vida con el ejemplo, es la filosofía misma.

La filosofía entonces, no es solamente para los eruditos, debe ser una práctica, un hábito de pensamiento, es indispensable que el ser humano se ejercite en el arte de filosofar, que se detenga y reflexione para que alcance la felicidad.

¿Por qué la felicidad? Puesto que al filosofar ahondamos en nuestros sentimientos, deseos, necesidades. Así encontramos respuestas que nos muestran la verdad, y al conocernos, nos hacemos una autocrítica, sobre prejuicios, ideologías, fundamentalismos. Al obtener respuestas, la lógica de la razón nos hará comprendernos y conocernos.

Estas reflexiones nos irán llevando a un grado mayor de sabiduría y alcanzaremos la noción de la realidad, que no es más que la felicidad.

Kant en su “lógica” resumía a la filosofía en cuatro preguntas:

1)    ¿Qué puedo saber?
2)    ¿Qué debo hacer?
3)    ¿Qué me está permitido esperar?
4)    ¿Qué es el hombre?

Las tres primeras preguntas se resumen en la última y todas, señala Comte en una:

                                         ¿Cómo he de vivir?

Cuando intentamos dar respuesta a la última pregunta (Comte) que engloba a todas las anteriores, estamos haciendo filosofía. De esta manera, si decidimos filosofar nos iremos conociendo, descubriéndonos a nosotros mismos, a la humanidad, a la sociedad.

Somos filósofos por naturaleza, no podemos vivir sin filosofar, tarde o temprano hemos de pensar en nuestra realidad, en el hombre, la libertad, la justicia, la política, la muerte, el amor, Dios, el ateísmo, el arte y la felicidad.

¿Hemos entonces de filosofar? La respuesta es sí, nos hará más felices, razonables, libres, serenos y sabios. Como escribe Kant “la filosofía es para el hombre un esfuerzo por alcanzar la sabiduría, esfuerzo que nunca acaba” o como la respuesta de Epicuro “La filosofía es una actividad, que mediante discursos y razonamientos, nos procura la vida feliz”.


Tomemos entonces nuestra realidad y al reconocerla vendrán las preguntas y sus respectivas respuestas, y así la filosofía surgirá, nuestra filosofía de vida, que nos llevará a vivir una vida más auténtica, más plena, atrevámonos a filosofar. 

sábado, 10 de diciembre de 2016

ESCUCHAR
Siempre que comenzamos un nuevo taller en el colegio, dedico la primera sesión a explicar en qué va a consistir el temario que vamos a ver, así como la dinámica que vamos a seguir. Procuro explayarme en detallar todos los aspectos que puedan aclarar las diversas dudas que puedan tener los asistentes, animándoles a que pregunten sobre cualquier motivo particular. Cierro este primer encuentro escribiendo en la pizarra una frase en letras mayúsculas, al objeto de destacar la importancia de la misma; dice así: CUANDO YO HABLO, TU ESCUCHAS; CUANDO TU HABLAS, YO CALLO.
Estoy seguro que tanto los que lo leen en la pizarra como los que puedan hacerlo en estas líneas, tiene opiniones muy subjetivas, como no puede ser de otra forma, e interpretaciones muy diversas. Para todos, deseo expresar algunas de las razones de porque lo hago.
Desde mi experiencia, que ya empieza a ser larga-van a ser 15 años desde que comencé-puedo decir que el arte de escuchar es vital para conseguir resultados en los talleres en que participo. No transcurren muchas jornadas para que te des cuenta de quienes van a obtener resultados, y los que no. No es preciso ser un lince para darte cuenta de ello. Los que prestan atención y escuchan obtendrán resultados, los que no lo hagan habrán perdido el tiempo. Pero no serán solo ellos los que lo pierdan, sino a los que han obligado a perderlo por su comportamiento. Y aquí es donde pongo todo el empeño en que sigan sin excusa lo que he escrito en la pizarra. Les argumento, que no solo es una perdida para ellos, sino que al estar hablando se distraen ellos y los compañeros con los que comparten-queriendo o sin querer-su charla. Hablar cuando se está explicando algún tema, entiendo que es una falta de respeto, tanto para el que está exponiéndolo, como para el resto de los asistentes. Este es el motivo por el que, en casi todos los talleres haya alguien, que ante la interrupción llame la atención al que rompe la norma.
Al objeto de dar consistencia a mis argumentos, una vez más, y con sumo placer, recurro a alguno de los autores que he leído y opinan sobre este tema, para mí, tan importante.
Cito en primer lugar las palabras de  Shlomo Breznitz psicólogo y creador de programas de ejercicios mentales, especialmente para personas mayores. Este profesor fue entrevistado por E. Punset, que le plantea la siguiente cuestión: hay científicos que se quejan que con determinados ejercicios, solo se trata una parte del cerebro. Breznitz responde:
”Precisamente esto es lo que trato de evitar en mis programas. Estos tienen que actuar en el mayor número de facetas del cerebro, en las habilidades cognitivas en general. No puedes coger, por ejemplo, solo la memoria; porque la memoria sola sin la atención no sirve; si no prestas atención a una cosa no puedes grabarla en la memoria. Así como con la percepción: porque si estás distraído no se queda en la memoria. Por tanto, tienes que ocuparte de todos estos elementos al mismo tiempo”. Déjame ponerte un ejemplo. Cuando nos hacemos mayores, vemos que hay cosas que nos cuestan más, que tenemos más dificultad en hacerlas, y entonces es hora de empezar a entrenar el cerebro. Empiezas una tarea a la que te enfrentas por primera vez, y ves que es difícil y  necesitas hacer un esfuerzo; pero la segunda vez te resulta más fácil, y cuanto más lo repites mejor lo haces, y esto para el ánimo de la persona es fantástico. Tú sabes que hay muchas personas que empiezan a utilizar un ordenador, y se enfrentan por primera vez a un ratón. Un aparato que no es intuitivo, y que creían que sería algo que nunca dominarían. Cuando al cabo de 40 minutos ven que pueden llegar a utilizarlo, es como superar un obstáculo que mentalmente les parecía insuperable. Se dan cuenta que ese aparato, el ordenador, que creían que solo era para sus hijos o sus nietos, está a su alcance. En sí misma es una transformación de su estado de ánimo que no solo afecta a los resultados que obtienen en el programa, sino también a la percepción que tienen de sí mismo. Por supuesto los mejores programas son aquellos que se adaptan a cada individuo, y que no deben ser muy fáciles, puesto que se aburrirían enseguida, ni tan difíciles que los encuentren insuperables”.

Desde mi punto de vista es difícil explicar la situación a la que me estoy refiriendo, de una manera más clara y concisa. Sin la atención y la escucha es muy difícil, por no decir imposible, aprender.

Pero no solo en la vida académica, el tema de la escucha tiene mucha importancia. Casi me atrevería a decir que es en otras facetas de nuestra convivencia, donde puede convertirse en decisiva. Para ello veamos qué es lo que nos dice la psicóloga clínica y autora Laura Garcia Agustin en su libro “¿Hacemos las paces?”, donde hace un recorrido por  todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana: la familia, la pareja, el trabajo, la escuela y los amigos. En la página 336 de su libro podemos leer:

“Muchas personas se jactan de ser grandes escuchadores. No obstante, la mayor parte de la humanidad se queja de que no se siente escuchada. ¿Qué ocurre entonces? ¿Sabemos  o no sabemos escuchar? Mi experiencia me demuestra, efectivamente, que la mayor parte de las personas no saben escuchar bien. Porque una cosa es oír y otra muy distinta escuchar. Cuando nos limitamos a oír lo que alguien nos dice, nos perdemos gran parte de los matices de su discurso y corremos el riesgo de no saber qué es lo que nos quiere transmitir. Incluso, en muchas ocasiones, no entendemos ni una palabra.

Nuestra reacción será entonces incorrecta, pues habrá un gran desequilibrio entre lo que el otro nos dice y lo que oímos. Otras veces, si estamos escuchando pero no lo demostramos, la información que le llega al otro es de falta de atención y de interés. De hecho, muchas veces nos increpan: “Pero oye, ¿me estás escuchando?”. De ahí que sea tan importante mostrar de forma activa que lo estamos haciendo.

Para empezar a escuchar bien, lo primero que tenemos que tener claro es que la escucha va a proporcionarnos una suerte de beneficios extraordinarios a la hora de conocer a otras personas, pues nos permitirá contar con una información privilegiada de ellas. Además, a través de la escucha podemos prevenir y amortiguar muchos conflictos. Para conseguirlo, tenemos que entender correctamente y con las menores distorsiones posibles la información que recibimos.

Cuando entendemos bien lo que el otro quiere decirnos, nos sentimos más capaces de motivarlo para que nos comunique lo que desea, para que se sienta confiado y a gusto contando algo que le preocupa, sin la presión de tener que ir deprisa por miedo a que en cualquier momento lo interrumpamos. Si sabemos escuchar bien, podemos identificar con facilidad si el otro desea que nos mantengamos callados o que, por el contrario, empecemos a hablar.

Además, nos permite identificar y reconocer el estado emocional de la otra persona escudriñando al otro en busca de elementos que nos informen sobre lo que tenemos o no que hacer, facilitando el desahogo  de información. Este tipo de escuchas se basa en el dinamismo, pues no consiste solo en oír, sino en demostrar que efectivamente estamos recibiendo la información. Para conseguirlo, utilizaremos distintos y variados componentes que efectivamente van a mostrar que estamos escuchando.

Cuando alguien comience a contar algo, céntrate en la escucha y olvídate de todo lo demás. Si no es posible, es mejor que lo aplaces para otro momento, pero comunícaselo al emisor: “Oye, ahora no puedo atenderte como me gustaría, pero me interesa mucho escucharte. Si te parece, luego cuando tenga un rato, te busco y me lo cuentas.”

Si decides escuchar en ese momento, muéstrate como si estuvieseis los dos solos. Muchas personas estás más pendientes de las conversaciones de terceros que de lo que le cuenta su interlocutor, ofreciendo una imagen de desinterés”.

A través de este texto parcial, como del resto del capítulo y del libro, la autora nos va dando las pautas de conducta que podemos seguir para lograr una convivencia armónica con todo nuestro entorno. Como digo un poco más arriba es el logro de esta armonía lo que puede condicionar el bienestar en nuestra vida.

Quiero referirme a otra faceta de nuestra vida: la posibilidad de querer, o tener, que liderar algo de nuestro entorno familiar, de trabajo, vecinal, político…. Como nos dice Robin Sharma en su libro “El líder que no tenía cargo” tenemos que conseguir una serie de propiedades en nuestra personalidad para poder  conseguirlo. Y una de ellas, como vemos en el siguiente texto, es el arte de escuchar. (Pido disculpas si es un poco largo, pero creo que merece la pena). Dice así:
Aquellas palabras me impresionaron. Respiré hondo. Reflexione sobre mi vida. Y me di cuenta de que, a menos de que empezara de inmediato a realizar cambios profundos, el futuro me traería lo mismo que había experimentado en el pasado. No quería llegar al fin de mis días y darme cuenta de que había vivido el mismo año 85 veces.
Y eso me lleva a la E de SERVE. La E de escuchar. Para crear unas relaciones de primera clase no solo deberás ser increíblemente servicial, sino que tendrás que ser un maestro en comprender a los demás. Y eso se consigue con una de las habilidades del liderazgo más importantes: saber escuchar. Habla menos y escucha más. Tal vez seas de los que consideran que saber escuchar no es una cualidad demasiado especial; si es así, te equivocas, amigo. Si fuera algo tan sencillo, ¿Cómo es que cada vez existen menos personas que de verdad saben escuchar de corazón? ¿Con cuantas persona, cuando hablas con ellas, sientes que el mundo se ha detenido a su alrededor porque escuchan realmente fascinadas lo que les estás diciendo? ¿Cuántas personas conoces que escuchen con tal intensidad de concentración que es casi  como si pudieran oír el silencio entre cada una de tus palabras?-
Nadie. No se me ocurre a ninguna- conteste de inmediato.
Porque no hay muchas. Lo cual te ofrece una oportunidad inmejorable de alzarte sobre la multitud y crearte una reputación como excelente Líder Sin Cargo. En esa zona hay muy poca gente, Blake. Y eso es porque muy pocos están dispuestos a hacer lo necesario para estar allí. Para la mayoría, escuchar es esperar a que la otra persona termine de hablar para entonces poder soltar la réplica que están pensando. Nuestro ego grita de tal manera que no tenemos oídos para lo que la otra persona nos está diciendo. Casi nadie sabe escuchar.
¿Por qué? Pregunte, fascinado con la idea de que el liderazgo implica saber escuchar.
Pues por varias razones. En primer lugar, mucha gente sufre trastornos por déficit de atención. Nos bombardean todos los días con tantos mensajes, anuncios y datos, con tanta información, que la cabeza nos da vueltas. Nunca el ser humano había estado sometido a tanta distracción inútil. Todo eso nos nubla la mente y consume nuestra energía. Por eso la atención es un bien tan escaso. Procesamos tanta información, que no nos sobra atención para prestársela a la gente con la que estamos hablando. Y eso es un desastre, porque nuestro interlocutor se da cuenta. Uno de los más profundos anhelos del ser humano es el deseo de ser comprendido. Todos tenemos una voz interior y todos queremos expresarla. Y cuando vemos que alguien se toma el tiempo de oírla, y acogerla, nos abrimos a esa persona. Nuestra confianza, respeto y aprecio por esa persona crece.
Y lo mismo sucede con nuestra relación con ella-apunte.
Exacto. Escuchar es uno de los actos más valientes y menos comunes de los aspectos centrales del verdadero liderazgo. Gran parte de tu trabajo en la librería consiste en animar a la gente en un mundo que nos aplasta. Y una manera excepcional de hacerlo es crear un espacio a tu alrededor donde tus compañeros y tus clientes sepan que los van a escuchar. Si escuchar realmente a una persona, la estas honrando.
Jackson guardo silencio. Arrancó una margarita y, con el talo entre sus dedos, la hizo girar rápidamente, pensativo.
Otra razón por la que no sabemos escuchar es el ego, como he mencionado antes.
¿Sí?.
Sin duda. El hecho es que casi todos somos seres muy inseguros. Pero cuando vamos al trabajo queremos que los demás piensen     que somos fuertes, inteligentes y capaces. Puro ego.  Nos quedamos estancados en ese antiguo modelo de liderazgo según el cual el mejor líder es el que habla más y más alto y el que menos escucha. Cometemos el error de pensar que la persona que más habla es la que tiene todas las respuestas. Es una equivocación. El liderazgo consiste en escuchar, y en que los demás sientan que los escuchas. Para eso hace falta ser una gran persona. Algunos piensan de verdad que saber escuchar es una habilidad de lo más sencilla. Pero en realidad es algo muy difícil. Hace falta ser valiente para bloquear el ruido del propio ego y subir el volumen de lo que escuchas. Hace falta ser una persona fuerte y segura para permanecer en silencio y poder oír y considerar las ideas de los demás.
Jackson se sentó junto a Tomy.
Ven, Blake. Que nos dé un poquito el sol.
El sol había comenzado su descenso en el cielo de Manhattan. No se veía ninguna nube. Las modernas torres resplandecían; el ruido de las congestionadas calles llegaba hasta nosotros. De pronto, mientras me sentaba junto a aquellos dos grandes hombres, pensé que era un gran día para estar vivo.
Te diré una cosa sobre esto de saber escuchar y comprender a los demás-continuo Jakson-; cuando lo haces, estás dando un regalo que la mayoría de la gente jamás recibe. Casi todo el mundo, estoy convencido de ello, atraviesa la vida sin que nadie le haya escuchado nunca de verdad. ¿Por qué? Porque todos estamos increíblemente ocupados e increíblemente ensimismados en nosotros mismos. Meras excusas, por supuesto. Pero cuando escuchas (que es algo muy diferente de oír), la otra persona empieza a sentirse comprendida. Esa persona se siente segura. Su confianza crece. ¿Y sabes que pasa entonces?
-Ni idea- respondí, inclinándome con interés hacia él.
Pues que, como se siente segura, empieza  a quitarse la armadura protectora        que se pone todas las mañanas antes de salir de su casa. Baja la guardia que mantenía contra la decepción y el desanimo que esperaba encontrar en los demás. Empieza a ver que de verdad te importa, que quieres que salga victoriosa. Se da cuenta de que quieres lo mejor para ella. Y entonces empieza a darte lo mejor de sí misma.
Un proceso fascinante”.

Pienso que no es necesario querer llegar a ser un líder, para poder sacar una serie de conclusiones estupendas para relacionarnos mejor con nuestro entorno social.

En mi andar diario por la biblioteca en mi casa, tropecé con un libro que ha dejado una huella en mi ánimo. Lo leo y lo manejo con frecuencia, no solo por mí, sino también porque la experiencia con mis tertulianos me ha dispensado jornadas muy interesantes, tanto por los textos que leemos y discutimos, como por los ejercicios que el autor nos plantea y que provocan unas conversaciones fuera de lo normal (para bien, por supuesto).

En este libro, “Comunicación no violenta”,(CNV), su autor M. Rosenberg, plantea una extensa cantidad de normas o conductas dirigidas a tener, como el título indica, una comunicación reposada, responsable, respetuosa, reflexiva….. que haga que nuestro contacto con los demás seres humanos sea lo más provechosa posible. Yo debo de decir, que me convenció, y como digo más arriba, también a muchas personas que comparten sus opiniones conmigo.

El método que sigue en el libro consiste en que a través de esas normas, junto con sucesos traídos de su propia experiencia, como los recibidos de personas que asisten a sus cursos y encuentros, podamos adquirir un comportamiento que sea guía de los que contacten con nosotros, a la vez que sirva para perseguir nuestra propia felicidad.

El verbo escuchar lo usa el autor en muchas ocasiones a través del libro. Citaré alguna de ellas.

Testimonio de una participante en un taller en San Diego:
Cuando aprendí todo lo que puedo recibir (escuchar) y todo lo que puedo dar (expresar) a través de la CNV, dejé de sentirme atacada, abandoné el papel de víctima y me dispuse a escuchar atentamente las palabras de la otra persona y a tratar de descubrir los sentimientos subyacentes. Descubrí entonces a un hombre herido con el que hacía veintiocho años que estaba casada. El fin de semana anterior al día en que inicié el taller (sobre la CNV), mi marido me había comunicado que quería divorciarse”.

Cuando se trata de conflictos entre naciones. Resumen de las consecuencias de su uso por las partes en conflicto:
“La CNV nos ayuda a conectarnos con los otros y con nosotros mismos, permitiendo que aflore nuestra compasión natural. Nos orienta de tal manera que nos permite reestructurar nuestra forma de expresarnos y de escuchar a los demás, haciéndonos conscientes de lo que observamos, sentimos y necesitamos, y de lo que les pedimos a los demás para hacer más rica nuestra vida y la suya. La CNV promueve el desarrollo de la escucha atenta, el respeto y la empatía, y propicia el deseo mutuo de dar desde el corazón”.

Cuando queremos actuar con esa cualidad tan maravillosa como es la empatía, debemos hacerlo con la escucha atenta, como nos dice Chuang-Tzu:
“La empatía consiste en una comprensión respetuosa de lo que los demás están experimentando. El filósofo chino Chuang-Tzu afirmó que la verdadera empatía requiere escuchar con todo el ser: «Escuchar simplemente con los oídos es una cosa. Escuchar con el entendimiento es otra distinta. Pero escuchar con el alma no se limita a una sola facultad, al oído o al entendimiento. Exige vaciar todas las facultades. Y cuando las facultades están vacías, es todo el ser el que escucha. Entonces se capta de manera directa aquello que se tiene delante, lo cual jamás podría oírse a través del oído ni comprenderse con la mente.»

Abundando en la importancia que para la empatía tiene la escuchar, veamos esta reflexión:
“Carl Rogers describió el efecto de la empatía en las personas que la reciben: «Cuando [...] alguien te escucha realmente sin juzgarte, sin tratar de responsabilizarse de ti ni querer cambiarte, sientes algo maravilloso. [...] Cuando me prestan atención, me escuchan, soy capaz de percibir mi mundo de una manera nueva y seguir adelante. Resulta sorprendente ver que algo que parecía no tener solución la tiene cuando hay alguien que te escucha. Y todas las cosas que parecían irremediables se convierten en un río que discurre prácticamente sin trabas por el solo hecho de que alguien ha escuchado tus palabras.»

No quiero terminar las citas de Rosenberg sin traer hasta aquí un poema muy hermoso y que refleja bien la magia de la escucha; dice así:
Las palabras son ventanas
(o son paredes)

Siento que tus palabras me sentencian,
que me juzgan y que me apartan de ti,
pero antes de irme, tengo que saber
si eso es lo que quieres decirme.
Antes de erigirme en mi defensa,
antes de hablar herida o asustada,
antes de levantar esa pared de palabras,
quiero saber si verdaderamente he oído.
Las palabras son ventanas o paredes;
nos condenan o nos liberan.
Ojalá que al hablar o al escuchar
resplandezca la luz del amor a través mío.
Hay cosas que necesito decir,
cosas muy significativas para mí.
Si no me expreso claramente con mis palabras,
¿me ayudarás a ser libre?
Si te pareció que quise rebajarte,
si creíste que no me importabas,
trata de escuchar a través de mis palabras
los sentimientos que compartimos.
RUTH BEBERMEYER

Querer hablar de emociones, sentimientos, relaciones sociales, estudios relacionados con estos y otros temas similares, y no acudir a Goleman, me parece muy difícil, dado que este autor se ha convertido en un faro que nos indica el camino hacia la exploración de nuestro yo y nuestro entorno, sobre todo a raíz de la publicación de su famosísimo “Inteligencia emocional”. En esta ocasión acudo a otro de sus títulos “Inteligencia social”, donde encuentro un apartado en el que se centra en el tema de mi actual escrito. En estos párrafos de puede leer la relación entre los diversos aspectos a los que me he querido referir: sintonía, empatía, atención, respeto, etc. etc., que quedan englobados en la escucha.
Goleman dice:
La sintonía es un tipo de atención que va más allá de la empatía espontánea y tiene que ver con una presencia total y sostenida que favorece el rapport. Las personas diestras en esta habilidad saben dejar a un lado sus preocupaciones y escuchar de manera atenta y completa.
La capacidad de escuchar parece un talento natural. Pero, como sucede con el resto de los ingredientes que componen la inteligencia social, todo el mundo puede ejercitar y mejorar su capacidad de sintonizar con los demás prestando simplemente más atención.
El modo de hablar de una persona nos proporciona pistas muy claras de su capacidad de escucha. Así, por ejemplo, lo que decimos en situaciones de auténtica conexión tiene en cuenta lo que el otro siente, dice y hace mientras que, en el caso contrario, los mensajes verbales son como balas que ignoran al otro y se basan exclusivamente en el estado emocional del emisor. En este sentido, la capacidad de escuchar es una variable muy importante, porque hablar a una persona sin escucharla acaba convirtiendo cualquier conversación en un mero monólogo.
Cuando secuestro una conversación, satisfago mis necesidades sin tener en cuenta las de mi interlocutor, mientras que la escucha verdadera, por el contrario, me obliga a sintonizar con sus sentimientos, permitiéndole decir lo que tenga que decir y que la conversación siga el rumbo que ambos queramos. Y, cuando este tipo de escucha tiene lugar en ambos sentidos, se establece un auténtico diálogo en el que cada persona adapta sus comentarios a lo que el otro siente y dice.
Resulta sorprendente que los mejores vendedores y personas que se dedican al servicio al cliente manifiesten un tipo de presencia que no parece atenerse a ningún programa preestablecido. Las investigaciones realizadas con trabajadores “estrella” de esos campos han puesto de relieve que, cuando se aproximan a un consumidor o a un cliente, no lo hacen con la intención de formalizar una venta sino que, muy al contrario, se consideran como una especie de asesores que cumplen con la función esencial de escuchar sus necesidades para poder entenderlas y satisfacerlas más adecuadamente, creen que su cliente se merece lo mejor y no dudan en ponerse de su lado en sus justificadas quejas sobre su propia empresa. Son personas que prefieren cultivar una relación y no parecen dispuestas a arruinar, por una venta, la confianza que en ellos han depositado sus clientes.
La investigación realizada en este sentido ha puesto de manifiesto que saber escuchar constituye un rasgo distintivo de los mejores directivos, maestros y líderes. Y también es una de las tres habilidades que, según sus organizaciones, distinguen a los mejores profesionales de ayuda (como médicos o trabajadores sociales), que no sólo se toman el tiempo de escuchar y conectar con los sentimientos de los demás, sino que también formulan preguntas ajenas al problema inmediato que puedan ayudarles a entender mejor la situación.
La atención plena se halla hoy en día en peligro debido, entre otras muchas causas, a nuestra tendencia a ocuparnos de varias cosas a la vez. Por otra parte, el ensimismamiento y la preocupación contraen nuestra atención y nos impiden advertir las necesidades y sentimientos de los demás, dificultando en consecuencia nuestra respuesta empática. Y todo ello disminuye nuestra capacidad de conectar con los demás e impide, por tanto, la aparición del rapport.
Pero lo cierto es que la presencia plena no es tan complicada. Como dice cierto artículo del Harvard Business Review. «Una simple conversación de cinco minutos puede ser un momento muy significativo pero, para ello, deberemos dejar a un lado lo que estemos haciendo, postergar la lectura del informe que estemos leyendo, desconectar nuestro ordenador personal, dejar de divagar y centrar la atención en la persona con la que estemos».
La escucha atenta promueve una sincronía fisiológica que armoniza nuestras emociones. Como ya hemos visto en el Capítulo 3, tal sintonía se pone de manifiesto en aquellos momentos en los que el cliente se siente más comprendido por su terapeuta. Prestar una atención deliberada puede ser el mejor modo de promover el rapport. La escucha atenta y cuidadosa orienta nuestros circuitos neuronales hacia la conexión y nos sintoniza en la misma longitud de onda que nuestro interlocutor, aumentando así la probabilidad de que florezcan los demás ingredientes fundamentales del rapport, es decir, la sincronía y los sentimientos positivos”.
Imposible por mi parte hacer  comentario alguno a las opiniones de este gran autor.
Termino citando a otro gran personaje: “El filósofo indio J. Krishnamurti dijo una vez que observar sin evaluar constituye la forma suprema de la inteligencia humana”.
Quiero despedirme pidiendo disculpas si me he excedido en la longitud de mi escrito. Pero quiero decir en mi descargo, si es que vale, que lo hago con la mejor intención de conectar con mis queridos compañeros, y amigos, de nuestra Comunidad.

Francisco.