domingo, 7 de febrero de 2016

APRENDER A PENSAR

APRENDER A PENSAR

Pensar es aprender a pensar. Esto es algo que la filosofía ha proclamado y practicado desde sus primeros pasos. Por eso no es una actividad separable de la enseñanza o del aprendizaje. Que pensar sea aprender a pensar significa fundamentalmente dos cosas: que normalmente no pensamos y que no hay un modo ya sabido de pensar. Lo primero sitúa a la filosofía en una relación de conflicto con las opiniones y los saberes establecidos; lo segundo, la coloca en tensión respecto a si misma, ya que no admite la estabilización, acumulación y previsibilidad de sus modos de hacer. Pensar es aprender a pensar porque pensar es volver a pensar. Pero entonces, ¿Cómo es posible enseñar? ¿Cuál puede ser el sentido intrínsecamente educativo de una práctica del pensamiento que se da en desplazamiento tanto de los saberes establecidos como de sus propias conquistas?
Lo que la filosofía como práctica educativa plantea es que educar no es adquirir competencias, trasmitir conocimientos ni escolarizar pensamientos. Consiste, fundamentalmente, en un desplazamiento, en un cambio de lugar que renueva el deseo de pensar y el compromiso con la verdad. “Ya es mucho que podamos levantar alguna vez la cabeza y observar en que corriente estamos tan profundamente sumergidos. Y ni siquiera lo conseguimos con nuestras propias fuerzas. Hemos sido elevados. Y ¿Quiénes son los que nos elevan?” (Nietzsche). Estos son los verdaderos educadores: los que nos hacen levantar la cabeza. Levantar la cabeza es, a la vez, empezar a mirar y dejar de obedecer; descubrir el mundo, abrir sus problemas como algo que nos concierne y adentrarnos en ellos libres de toda servidumbre, sea del tipo que sea.
El maestro, en filosofía, no forma ni adiestra, libera: libera de lo que nos impide pensar. El verdadero maestro es, en última instancia, el maestro que nos libera de la tutela del maestro. Convertido  ya entonces en amigo, nos entrega “la felicidad de nuestra soledad” (Deleuze). No es una paradoja: la relación entre amistad y soledad es la condición para empezar a pensar para reaprender a ver el mundo reescribiéndolo. Dice Nietzsche que no podemos levantar la cabeza con nuestras propias fuerzas. Contra toda idea de inspiración natural o de palabra revelada, la filosofía nos sitúa de lleno en el terreno de la interdependencia humana: si pensamos, es porque algo nos es dado a pensar por medio de alguien, maestro, amigo, mediador. Como reconoció Heidegger en la raíz alemana del verbo pensar en todo pensamiento hay ya un agradecimiento. Dar a pensar no es indicar como o que hay que pensar. Así como enseñar a escribir no es poner en práctica metodologías y estándares de escritura. Dar a pensar, enseñar a escribir, es indicar que ha quedado algo por pensar, que ha quedado algo por escribir aun. Inacabar, así, el mundo saturado y agotado. Entiendo, desde ahí, que enseñar filosofía es dejar vacios con el propio gesto y con la propia palabra. Enseñar filosofía es una invitación.
Educar, por tanto, es iniciar a otro en este desplazamiento moverlo, sacudirlo o seducirlo, arrancarlo de lo que es y cree ser, de lo que sabe y de lo que cree saber. Por eso la relación de la filosofía con la educación es a la vez violenta y fecunda: violenta porque ataca de raíz lo constituido. Pone en cuestión lo que somos y lo que sabemos, lo que valoramos y lo que pretendemos.  Fecunda, porque abre nuevas relaciones, nuevos modos de ver y de decir, allí donde solo se podía perpetuar lo existente. En definitiva, nuevas aproximaciones a lo que nos hace vivir. La pregunta de la filosofía por la educación  no es ni ha sido nunca la pregunta pedagógica sobre cómo enseñar filosofía sino la pregunta sobre cómo educar al hombre, al ciudadano o a la humanidad. Por eso es una pregunta que afecta, cuestiona y reformula la imagen que en cada época y en cada contexto, organiza tanto el espacio del saber como el espacio político.
¿Está dispuesta la universidad actual a ser el lugar desde el que puedan ser formuladas estas preguntas y asumir su consecuencia? Parece que por ahora, no. A la vez que flexibiliza sus estructuras productivas, laborales y curriculares para adaptarse mejor a los requerimientos del mercado, la universidad, como institución, se blinda a las preguntas y deja de hacerlas. Frente a ello, algunos autores y profesores denuncian la deserción cultural de la actual universidad sectorial o universidad-emprendedora, convertida en una suma de escuelas profesionales y de centros de innovación tecnológica. Invocando el ideal humorista de la universidad como sede y motor de la cultura de una sociedad, perciben en las actuales transformaciones la traición y el desmantelamiento de ese propósito culturalista. Sin embargo, el actual avasallamiento empresarial de la universidad no debe de engañarnos con imágenes nostálgicas de libertades perdidas: la universidad culturalista era la herramienta de una burguesía occidental que tenía, en la “cultura”, uno de sus principales patrimonios y fuentes de hegemonía social. Cuando la universidad empezó a abrirse a otras clases sociales, este propósito se perdió. Hoy la cultura, en este sentido, ni existe ni sirve a nadie. ¿Para qué debería de defenderla la universidad, si no es para convertirse en un mausoleo?
El problema está en otro lugar. Más allá de toda melancolía humanística, más allá de toda posición defensiva y conservacionista, lo que está en juego es un combate del pensamiento: ¿Cómo hacer para que las verdaderas preguntas, aquellas que nos importan y nos mueve a escribir, a saber y a transformar la sociedad en la que vivimos, no mueran bajo el peso del conocimiento rentable pero inerme? ¿Desde donde reconstruir la alianza entre la interrogación filosófica y el conocimiento? ¿Dentro o fuera de la universidad?
“Filosofía inacabada” Garcés, Marina 2015

Desde mi modesto punto de vista, este corto capítulo del libro antes mencionado, abre un sinfín de posibilidades para la reflexión. Máxime en estos tiempos tan convulsos que nos están tocando vivir.
Es raro el día en que no aparece uno o varios artículos en los que el autor no se pregunte, ponga en duda, se escandalice o no entienda, que con lo que acontece en este país, la gente estemos tan quietos, tan terriblemente pasotas que no hagamos nada ante los abusos de todo tipo que se producen contra todos y cada uno de los ciudadanos que no pertenecemos a la pandilla de los abusadores. Estoy convencido que para justificar este pasotismo, se buscan y se dan multitud de excusas: no podemos hacer nada; tenemos que dedicarnos a trabajar; todo viene desde fuera; los que mandan son los que tienen el dinero; vivimos mejor que en otras épocas; y así podíamos seguir en una enorme retahíla de formas de echar balones fuera y pasar la patata caliente al vecino. Estamos tan entretenidos en lo que los de “arriba” nos dan de comer todos los días, que no somos capaces de ver que  esa comida está envenenada, poquito, para que no lo notemos, pero que poco a poco nos quitan la vida.
Porque yo me preguntaría: ¿es vida esto que estamos pasando? O por lo contrario es una manera de sobrevivir en un día a día cada vez menos feliz, más problemático, más conflictivo, mas miedoso (por no decir más aterrador), más individualista, donde no conocemos ni a nuestros vecinos, incluso ni a nuestros propios familiares y ya no digamos a los que se atreven a venir de fuera a perturbarnos la “paz”. Creo que la deshumanización a la que estamos llegando, podrá estudiarse en la historia, si es que la historia no se interrumpe en algún momento, como la época en que comenzó el final del ser humano.
Estas dudas mías vienen a cuento de los acontecimientos políticos de estos últimos tiempos. En las últimas elecciones más de siete millones de personas (las que se han contabilizado en las urnas, pero muchas más si contásemos las que se quedaron en casa y están conformes con estos) han votado al partido que lleva años y años haciendo un mal terrible a la nación, y según estimaciones, seguirán votando si llega la ocasión en el mismo sentido. Y aquí mi siguiente pregunta: ¿estas gentes no saben, no se molestan, no quieren pensar? ¿Hacen dejación de la facultad que distingue al animal humano de los otros seres vivos? Como dice un amigo mío ¿lo que quieren es “piensear” y olvidarse de pensar?
Todo esto y mucho más es lo que yo saco en consecuencia del  citado capítulo de la profesora Garcés.
Como nos dice en el primer párrafo: “Esto es algo que la filosofía ha proclamado y practicado desde sus primeros pasos”. Y sigue diciendo:”que normalmente no pensamos”.
En el segundo párrafo nos advierte: que lo que nos enseñan con la filosofía es “Levantar la cabeza es, a la vez, empezar a mirar y dejar de obedecer; descubrir el mundo, abrir sus problemas como algo que nos concierne y adentrarnos en ellos libres de toda servidumbre, sea del tipo que sea”. Claro que para ello, digo yo, hace falta que tengamos los maestros que nos guíen; esos que un poco más adelante nos aclara nuestra filósofa:”El maestro, en filosofía, no forma ni adiestra, libera: libera de lo que nos impide pensar”.
Ahora bien, para que se cumpla lo dicho anteriormente, debemos de contar con dos condiciones imprescindibles: los maestros y el lugar donde puedan ejercer su magisterio. A ello se refiere un poco más adelante cuando dice:”¿Está dispuesta la universidad actual a ser el lugar desde el que puedan ser formuladas estas preguntas y asumir su consecuencia? Parece que por ahora, no”. Y desde mi punto de vista le asiste toda la razón, pues con las nuevas leyes de la enseñanza, ni hay maestros ni universidades donde poder ejercer. Por ello termina diciendo:”¿Desde donde reconstruir la alianza entre la interrogación filosófica y el conocimiento? ¿Dentro o fuera de la universidad?”.
Termino como empecé: creo sinceramente que estas reflexiones de la profesora Garcés, pueden y deben- a los que nos gusta- hacernos pensar muy extensamente.
A manera de posdata querría citar el último párrafo de su libro que me parece muy emotivo; dice así:”Pero con su muerte aprendí algo  que en la filosofía no había sabido leer o comprender. Que nuestra finitud, la humana, no es nuestra mortalidad. Que no somos finitos cuando morimos, sino cuando nos sentimos impotentes y arrastrados por la inercia de lo que no queremos vivir. Y que solo el pensamiento, que no es rebelión contra la muerte sino contra la impotencia, puede hacernos infinitos y mortales a la vez. Por eso, porque esto lo aprendí de ella, de su vida y de su muerte, esta filosofía inacabada está dedicada a ella, a mi madre”.
A todos,  mi abrazo más fraternal.


10 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. No Francisco, no saben, no se molestan, no quieren pensar, algunos solo quieren su huequito en la pandilla de abusadores... Finitos en la impotencia pero podemos mirar y dejar de obedecer! Gracias!

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  3. Amigo ORLANDO: Que tengas la delicadeza de leer a este abuelo cebolleta, enamorado de su "segunda juventud", es algo que siempre recordaré y agradeceré.
    Rogándote me disculpes por mi osadía, me gustaría tener un contacto más personal contigo facilitándome una dirección de correo.
    Caso de que no quieras hacerla pública podría ser a través de nuestro maestro Eduardo.
    Muchas gracias y un abrazo.

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    1. Hecho, le he mandado un correo al Profesor. Un abrazo. Orlando.

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  4. Hola Francisco, antes de nada darte las gracias por colgar este texto que me ha animado a volver a reflexionar y escribir una letras ya desde hacía mucho tiempo. Empieza el libro de Levinas "Totalidad e Infinito" parafraseando a Rimbaud: <<"La verdadera vida está ausente"; pero nosotros estamos en el mundo>> Creo que resume las inquietudes que presentas en tu texto. Aunque Levinas no está pensando en una vida mejor gestionada o llena de satisfacciones espirituales sino que lo usa como introductorio al hablar sobre la insaciable búsqueda de lo absolutamente Otro. El Hombre al ser entendido como 'posibilidad' es un ente abierto e inacabado, que además tiene certeza de serlo desde su nacimiento y cuya vida discurre en perpetua persecución de su saciedad de algo que seguramente anda a pie entre la filosofía y la poesía, esta es su naturaleza. Sinceramente creo que acallar el deseo de poseer, de sexualidad, de política no es más que el reflejo de acallar su alma que busca algo aún más indeterminado. Y estas cosas posiblemente sean sus menores problemas. No puedo culpar a mi semejante entregado a no entenderse a sí mismo dejando su vida en retazos de cotidianeidad y rutinas. No seré yo quien le hable de su/nuestra miseria. Apelar a su capacidad de razonar quizás conlleve a su repulsa y a cerrar su concha; quizás el que no aprenda es porque no desea aprender. De este tu texto (y de la autora) me quedo con la posibilidad de desplazamiento que puede ofrecer el filósofo al usar sus palabras (o su modo de vida). Con esto te digo que no hay gente equivocada sino que toma decisiones conforme a su circunstancia; que no son peores ni mejores, no beneficia separar, según creo. La vida discurre tal cual, la filosofía no existiría sin ello y surge de ello precisamente. No entiendo rechazar esta vida tal cual es. Que las mejores intenciones a veces no son las mejores soluciones, recuerda que la salida de la caverna la propone quien luego elabora una República elitista y limitada para el que no está en la cima del sistema conformándose así el origen de los totalitarismos. El Salvador que justo llega cuando el ser humano más hambre tiene. ¿Cuántas veces sucede esto? Mira a tu alrededor. No regalemos el pensamiento al primero que ha llegado, porque vende quimeras, porque le vende a cada uno la suya. Lo dicho gracias, espero algún día tomar una cerveza contigo (pago yo), tenemos la suerte de habernos escuchado el día que la Filosofía nos reclamó, porque efectivamente no elegimos nosotros, nos elige ella, un abrazo.

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  5. Gracias Francisco por compartir este texto y sobre todo por tu atinado y pertinente comentario. No entro en contenidos porque ya lo hacemos asiduamente por otros medios.
    Al respecto recordemos a Heidegger en "¿Qué significa pensar?" de Martin Heidegger. Habría que releer al menos el primer capítulo.

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  6. Alberto, me ha gustado mucho tu intervención y quisiera poner comentar este escrito y el anterior que publicaste en este foro en persona.

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  7. Gracias a ambos, tomo nota del libro que no lo he leído a ver si me hago con el pdf del primer capítulo antes de comprarlo. Por supuesto, debemos vernos, posiblemente andemos mucho camino juntos, a ver si puedo a la próxima reunión y si no nos vemos tu y yo. Tengo ganas de emprender algo.

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  8. Amigo ALBERTO: Más tarde te haré un comentario más amplio. Ahora solo quiero decirte que te puedo mandar el libro de Heidegger que nos recomienda nuestro maestro.
    Me tendrías que dar tu dirección de correo.
    Si no quieres hacerlo público hazlo a través de Eduardo (perdona que abuse de ti).
    Un abrazo para ambos

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    1. Gracias Francisco! Al final conseguí el libro y le llevo ya entrando en la segunda jornada de la conferencia. Lo encuentro muy recomendable además cómo se enlaza con Nietzsche. De todos modos mi email lo encuentras en mi perfil de blogger. Espero verte en breve y sobre esto actual seguimos hablando. Un abrazo

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