La filosofía de por sí puede cambiarnos la vida. Todos somos filósofos y en la búsqueda del sentido solo tenemos que ejercer como tales.
martes, 23 de febrero de 2016
lunes, 22 de febrero de 2016
Para qué se trabaja o El actor no-reconocido.
Hola a todos, por poneros en antecedentes, esta pregunta se lanzó en un encuentro de filosofía en relación a la búsqueda de una filosofía capaz de ofrecer utilidad dentro del mundo empresarial, así que a riesgo de resultar algo simplista me propuse ofrecer una visión subjetiva y crítica (no en su sentido de revisión sino de clara protesta) tras un cierto poso de lecturas marxistas como el libro de Marshall Berman "Todo lo sólido se desvanece en el aire" o "La Metamorfosis del trabajo" de André Gorz. No pretendí hacer un trabajo académico ni demasiado riguroso pero quizás alguien se sienta solidario con las palabras que ya escribí en el 2012:
Voy a intentar plasmar en este escrito la visión que propondría en el debate del día 26. La pregunta tal cual formulada se me antoja enorme y no pretendo ser exhaustivo ya que han corrido ríos de tinta sobre este tema, planteados además por pensadores con mucha más capacidad y experiencia que yo, pero sí que espero reflejar el cuadro actual sobre la situación de un trabajador desde una perspectiva crítica en su lado más negativo y al margen de crisis y demás bendiciones sobre la actividad en la que invertimos cada día de nuestra vida para esbozar algunas sugerencias respecto a la pregunta propuesta. De la visión positiva e ingenua, ya se ocupan los ideólogos de empresa y sus sacerdotes.
Tal como lo entiendo, si la pregunta ¿por qué se trabaja? apunta hacia la investigación de una razón o una causa, la cuestión de ¿para qué se trabaja?, denota sin embargo la búsqueda de una tendencia hacia justificar la función de dicha actividad. Hablar de función nos obliga a abordar la cuestión como una teleología, ya que el trabajo, como queda dicho y repetido por muchos autores, apunta a una finalidad, a un objetivo práctico, se orienta por tanto al resultado. Preguntar pues por la función del trabajo es una cuestión intrínseca y paralela al objetivo del trabajo mismo; la función del trabajo es funcionar.
Según la perspectiva de la pregunta parece plantearse desde una toma de situación. Por ejemplo, preguntar ¿para qué filosofas?, implicaría la perspectiva de un interrogador que habitualmente desarrolla una actividad, quizás un trabajo u otra tarea que no es la de filosofar; la consulta se hace precisamente porque se torna a lo distinto y de ahí nace la necesidad y la curiosidad de preguntar por ello. Pero también la pregunta parece situarse al otro lado. Quizás se le interrogue al intelectual o al filósofo ¿para qué trabajas?. No obstante la consulta se expresa de esta manera: ¿para qué se trabaja? y este 'se' determina la actividad que puede recaer en cualquiera, una actividad objetivada y concierto carácter de obligatoriedad o de establecimiento en todo tiempo o ausente incluso de él. Obviamente la respuesta que en un primer momento se adivina idéntica para cualquiera, analizando más profundamente y según las repercusiones que provoca dicha actividad, bien podría ser distinta según se consulte a una ama de casa, un obrero de la construcción, un economista, un arquitecto, un diseñador, un sociólogo, un político o hasta un religioso. El que las actividades intelectuales, para su desgracia posiblemente, hayan alcanzado cierto valor y respetabilidad laboral también como valor de cambio, ha sido la consecuencia de la política de mercado a la que se han visto sometidas las distintas esferas sociales y que han alcanzado también a los ámbitos culturales e intelectuales. Se impone el mercado y la obligación de crear un valor de cambio para poder subsistir en el ámbito de consumo y éste creo que es el panorama principal al margen del tipo de actividad desarrollada y donde el factor tiempo creo que es la principal constante que habría que analizar en caso de tener intención de realizar modificaciones para la mejora del ser humano al menos a corto plazo.
Al margen de la especialidad o del experto, lo que principalmente se compra es el tiempo; según creo es el valor actual más cotizado. El presentismo en las empresas es la consecuencia más inmediata de este mercadeo con el tiempo. En un primer momento no importa tanto la productividad como la obligatoriedad de mantener el tiempo de la jornada. Más tarde se pedirá al empleado que entregue más que su tiempo, se pedirá su actitud, su entrega incondicional disfrazada de imagen corporativa y mediante formaciones, cursos, coaching empresarial, tirando de toda ciencia que pueda ponerse al servicio de la empresa y sus objetivos ya sea desde la psicología o las recientes opciones de la nueva era. Espero que la filosofía sepa mantenerse al margen, estoy de acuerdo con Adela Cortina cuando explica que la filosofía no se inclina a cuestiones prácticas sino más bien abstractas y sin finalidad. Lo que es claro es que la empresa compra tiempo del trabajador no sólo como obrero que desarrolla una actividad sino también como 'actor'. El empleado desarrolla su faceta más trágica y teatral durante interminables horas diarias hasta el punto de crearle un hábito y hasta el punto de no saber diferenciar quién es y qué parte de su existencia es realmente su vida y su realidad. De no saber qué parte de sí mismo es lo real, de verse abocado a ser un Individuo abandonado a la inercia de lo irreal y de la representación. De este modo el mercado acaba creando una gran empresa de un país que termina olvidando al ciudadano, al ser humano, a pesar de recordar desde sus apéndices más siniestros (los tan familiares departamentos de recursos humanos), que no se olvidan de sus empleados y sus vidas fuera de la empresa, como la utópica conciliación familiar, los encuentros entre empleados, las actividades para los hijos, para esos futuros corderos que deben ser sacrificados en el altar de lo útil, todo supuestamente siempre lleno de buenas intenciones, estrategia una vez más de captación para la secta empresarial y sus fines. Damos las gracias por recibir estos dones mientras obviamos y damos por supuesto que no hay más realidad que esta Matrix-Empresa (disculpad este ramalazo ciberpunk de los 90).
También se hace necesario diferenciar otros tipos principales de trabajo a los que nos vemos sometidos a diario como es el trabajo doméstico que engloba variadas tareas personales y que finalmente de manera sutil resultan de nuevo ser tiempo comprado por la circunstancia y el entorno y el propio trabajo de tiempo comprado, según esta perspectiva que planteo y que es el que habitualmente conocemos para desarrollar cierta ganancia/producción sea por cuenta ajena o particular.
La magia del tiempo comprado es que nos ha liberado a todos. Ha conseguido liberar al antiguo esclavo de las tareas domésticas que permitían al dueño dedicarse a menesteres intelectuales u otras tareas no laborales. De este modo ahora toda persona es igual a las demás para el mercado. Pero lejos la gran mayoría de situarnos como los dueños, nos hemos igualado en disposición con los esclavos. Cualquiera vale para vender su tiempo además de su especialización. En resumen, y como principal objeto, el mercado puede comprar a la persona, la cual siempre tiene valor de cambio. Al menos así es como se lo plantea tácticamente. Se compra a la persona, a la misma que siempre está dispuesta a defender sus valores, a defender su Yo elevado, a la que se cree que no está vendiendo lo mejor de sí, a cambio de poder comprar un billete para entrar en la representación que considera un juego de duración determinada, juego no peligroso y que se abandona cada día al volver a casa. Allí es donde de nuevo el tiempo sigue a la venta, un tiempo del que no se es dueño y en el que se agota el último retazo del ser. Esta vez el control es mucho más sutil.
A la persona que quiere permanecer fiel a sí misma a toda costa y a ciertos valores ajenos a los fines de la empresa, normalmente se la expulsa del terreno de juego laboral. Por esto se hace necesario para el trabajador mantener a flor de piel las dotes de dramatización, de actor social, buen trabajador, buena actitud, buen compañero, buenos resultados y desmontar este escenario conllevaría a acabar tildado de negativo, de falto de ambición, de desmotivado y de estar en deuda con el resto de empleados que empuja la nave empresarial. En definitiva es expulsado de la polis empresarial siendo apartado al final de las filas. Normalmente basta una sola oportunidad para acabar siendo abandonado y sin ningún interés, nunca se le volverá a adjudicar nada importante, ninguna misión que comporte una destacable responsabilidad. A partir de ahí da lo mismo que permanezca su cuerpo allí o se encuentre en su particular balneario mental, ahora su valor de cambio se traducirá principalmente en presentismo, acabar la jornada diaria como sea y prácticamente sin posibilidad de inserción o retorno al anterior status. En este discurrir particular el fin sería el destierro y la bienvenida a las puertas del INEM. Es una forma sutil y refinada de mantener encubierto un sistema de esclavos donde al oprimido, es decir al actor, se le impele a ser más y mejor, y donde se filtra a unos de otros, donde se rescata a una élite, con fecha de caducidad por cierto, a los 'mejores' que son los que entregan más de lo que se les pide, los que se someten al programa empresarial y que de cualquier manera nunca terminan de ser bien pagados conforme al estado general de valores de las cosas.
Desde otro prisma, socialmente el trabajo se trata de un encuentro de personas a los que te tienes que dar y que de manera voluntaria posiblemente nunca hubieras elegido, lo cual genera ambientes tensos y de poca comprensión entre las personas. Muchas veces los propios grupos de trabajadores pueden ser más terribles que el hecho de invertir tu tiempo cada día en desarrollar tu actividad.
Psicológicamente el trabajo, si quizás tuviera un valor positivo sobre la personalidad, incluso en una actividad que agrada, termina por mellar todo espíritu, aburrido de rutinas, negado a toda creatividad y estresado de mantener inflexiblemente este ritmo durante demasiado tiempo. Entonces es que el trabajador está enfermo, cuando posiblemente esté en su momento más lúcido al darse cuenta de que su vida se desmorona y entiende cuál es la verdadera causa. Es cuando el trabajador dirige su mirada a su propia persona. El actor abandona su papel por ciertos momentos. El principio de la libertad, de lo natural en el hombre es lo enfermo para el mundo de la empresa. El sano empresarial termina olvidando quién es realmente, cuál es su vida real y cuáles son las cosas realmente importantes del hombre y como resultado termina por no saber vivir de otro modo. El papel usurpa al actor.
Si el trabajo debía liberar a las personas, liberar su tiempo, más aún con la irrupción de las máquinas, ha terminado por convertirles en meros apéndices de la maquinaria de mercado. El trabajo ya debiera haber reinventado la manera humana de "trabajar". Pero tras el trabajo está el poder, el poder sobre las personas a las que se les recuerda lo afortunadas que son por formar parte de este mecanismo y a las que se les obliga a mantener una actitud positiva sobre una situación no-natural que les coacciona a vender más tiempo del necesario y a actuar forzadamente bajo la ética de la empresa.
En definitiva, se trabaja para comprar sueños, comprar tiempos de vida ridículos, espacios y lugares imposibles de obtener a no ser que dispusieras 100% de tu tiempo vital a entera disposición.
Sí, compañeros, se trabaja para olvidarse de sí mismo, olvidar lo básico, negar lo familiar, dividir al ser humano diseccionándolo hasta que una parte consume a la otra. Se trabaja para asentir cuando te dicen que puedes comprar y poseer y 'vivir' la vida que te han elegido y que necesitan que mantengas para asegurar los circuitos de consumo. Ofrecerte cierto tipo de vida es el mejor aliciente que te pueden proponer. El mejor sustituto de (y con) la religión para el poder sobre el hombre. La historia del hombre (masculina) ha conseguido trasladar a su propio mundo a la mujer que esperaba poder liberarse, ahora esclavizada junto al hombre en pos de una hipoteca.
Se trabaja para olvidar que vivimos en un sistema que nos recuerda lo pésimo de la imaginación y la intención del ser humano. De lo mal que sabe hacer las cosas cuando quiere y del triunfo del egoísmo de unos pocos sobre muchos.
Voy a intentar plasmar en este escrito la visión que propondría en el debate del día 26. La pregunta tal cual formulada se me antoja enorme y no pretendo ser exhaustivo ya que han corrido ríos de tinta sobre este tema, planteados además por pensadores con mucha más capacidad y experiencia que yo, pero sí que espero reflejar el cuadro actual sobre la situación de un trabajador desde una perspectiva crítica en su lado más negativo y al margen de crisis y demás bendiciones sobre la actividad en la que invertimos cada día de nuestra vida para esbozar algunas sugerencias respecto a la pregunta propuesta. De la visión positiva e ingenua, ya se ocupan los ideólogos de empresa y sus sacerdotes.
Tal como lo entiendo, si la pregunta ¿por qué se trabaja? apunta hacia la investigación de una razón o una causa, la cuestión de ¿para qué se trabaja?, denota sin embargo la búsqueda de una tendencia hacia justificar la función de dicha actividad. Hablar de función nos obliga a abordar la cuestión como una teleología, ya que el trabajo, como queda dicho y repetido por muchos autores, apunta a una finalidad, a un objetivo práctico, se orienta por tanto al resultado. Preguntar pues por la función del trabajo es una cuestión intrínseca y paralela al objetivo del trabajo mismo; la función del trabajo es funcionar.
Según la perspectiva de la pregunta parece plantearse desde una toma de situación. Por ejemplo, preguntar ¿para qué filosofas?, implicaría la perspectiva de un interrogador que habitualmente desarrolla una actividad, quizás un trabajo u otra tarea que no es la de filosofar; la consulta se hace precisamente porque se torna a lo distinto y de ahí nace la necesidad y la curiosidad de preguntar por ello. Pero también la pregunta parece situarse al otro lado. Quizás se le interrogue al intelectual o al filósofo ¿para qué trabajas?. No obstante la consulta se expresa de esta manera: ¿para qué se trabaja? y este 'se' determina la actividad que puede recaer en cualquiera, una actividad objetivada y concierto carácter de obligatoriedad o de establecimiento en todo tiempo o ausente incluso de él. Obviamente la respuesta que en un primer momento se adivina idéntica para cualquiera, analizando más profundamente y según las repercusiones que provoca dicha actividad, bien podría ser distinta según se consulte a una ama de casa, un obrero de la construcción, un economista, un arquitecto, un diseñador, un sociólogo, un político o hasta un religioso. El que las actividades intelectuales, para su desgracia posiblemente, hayan alcanzado cierto valor y respetabilidad laboral también como valor de cambio, ha sido la consecuencia de la política de mercado a la que se han visto sometidas las distintas esferas sociales y que han alcanzado también a los ámbitos culturales e intelectuales. Se impone el mercado y la obligación de crear un valor de cambio para poder subsistir en el ámbito de consumo y éste creo que es el panorama principal al margen del tipo de actividad desarrollada y donde el factor tiempo creo que es la principal constante que habría que analizar en caso de tener intención de realizar modificaciones para la mejora del ser humano al menos a corto plazo.
También se hace necesario diferenciar otros tipos principales de trabajo a los que nos vemos sometidos a diario como es el trabajo doméstico que engloba variadas tareas personales y que finalmente de manera sutil resultan de nuevo ser tiempo comprado por la circunstancia y el entorno y el propio trabajo de tiempo comprado, según esta perspectiva que planteo y que es el que habitualmente conocemos para desarrollar cierta ganancia/producción sea por cuenta ajena o particular.
La magia del tiempo comprado es que nos ha liberado a todos. Ha conseguido liberar al antiguo esclavo de las tareas domésticas que permitían al dueño dedicarse a menesteres intelectuales u otras tareas no laborales. De este modo ahora toda persona es igual a las demás para el mercado. Pero lejos la gran mayoría de situarnos como los dueños, nos hemos igualado en disposición con los esclavos. Cualquiera vale para vender su tiempo además de su especialización. En resumen, y como principal objeto, el mercado puede comprar a la persona, la cual siempre tiene valor de cambio. Al menos así es como se lo plantea tácticamente. Se compra a la persona, a la misma que siempre está dispuesta a defender sus valores, a defender su Yo elevado, a la que se cree que no está vendiendo lo mejor de sí, a cambio de poder comprar un billete para entrar en la representación que considera un juego de duración determinada, juego no peligroso y que se abandona cada día al volver a casa. Allí es donde de nuevo el tiempo sigue a la venta, un tiempo del que no se es dueño y en el que se agota el último retazo del ser. Esta vez el control es mucho más sutil.
A la persona que quiere permanecer fiel a sí misma a toda costa y a ciertos valores ajenos a los fines de la empresa, normalmente se la expulsa del terreno de juego laboral. Por esto se hace necesario para el trabajador mantener a flor de piel las dotes de dramatización, de actor social, buen trabajador, buena actitud, buen compañero, buenos resultados y desmontar este escenario conllevaría a acabar tildado de negativo, de falto de ambición, de desmotivado y de estar en deuda con el resto de empleados que empuja la nave empresarial. En definitiva es expulsado de la polis empresarial siendo apartado al final de las filas. Normalmente basta una sola oportunidad para acabar siendo abandonado y sin ningún interés, nunca se le volverá a adjudicar nada importante, ninguna misión que comporte una destacable responsabilidad. A partir de ahí da lo mismo que permanezca su cuerpo allí o se encuentre en su particular balneario mental, ahora su valor de cambio se traducirá principalmente en presentismo, acabar la jornada diaria como sea y prácticamente sin posibilidad de inserción o retorno al anterior status. En este discurrir particular el fin sería el destierro y la bienvenida a las puertas del INEM. Es una forma sutil y refinada de mantener encubierto un sistema de esclavos donde al oprimido, es decir al actor, se le impele a ser más y mejor, y donde se filtra a unos de otros, donde se rescata a una élite, con fecha de caducidad por cierto, a los 'mejores' que son los que entregan más de lo que se les pide, los que se someten al programa empresarial y que de cualquier manera nunca terminan de ser bien pagados conforme al estado general de valores de las cosas.
Desde otro prisma, socialmente el trabajo se trata de un encuentro de personas a los que te tienes que dar y que de manera voluntaria posiblemente nunca hubieras elegido, lo cual genera ambientes tensos y de poca comprensión entre las personas. Muchas veces los propios grupos de trabajadores pueden ser más terribles que el hecho de invertir tu tiempo cada día en desarrollar tu actividad.
Psicológicamente el trabajo, si quizás tuviera un valor positivo sobre la personalidad, incluso en una actividad que agrada, termina por mellar todo espíritu, aburrido de rutinas, negado a toda creatividad y estresado de mantener inflexiblemente este ritmo durante demasiado tiempo. Entonces es que el trabajador está enfermo, cuando posiblemente esté en su momento más lúcido al darse cuenta de que su vida se desmorona y entiende cuál es la verdadera causa. Es cuando el trabajador dirige su mirada a su propia persona. El actor abandona su papel por ciertos momentos. El principio de la libertad, de lo natural en el hombre es lo enfermo para el mundo de la empresa. El sano empresarial termina olvidando quién es realmente, cuál es su vida real y cuáles son las cosas realmente importantes del hombre y como resultado termina por no saber vivir de otro modo. El papel usurpa al actor.
Si el trabajo debía liberar a las personas, liberar su tiempo, más aún con la irrupción de las máquinas, ha terminado por convertirles en meros apéndices de la maquinaria de mercado. El trabajo ya debiera haber reinventado la manera humana de "trabajar". Pero tras el trabajo está el poder, el poder sobre las personas a las que se les recuerda lo afortunadas que son por formar parte de este mecanismo y a las que se les obliga a mantener una actitud positiva sobre una situación no-natural que les coacciona a vender más tiempo del necesario y a actuar forzadamente bajo la ética de la empresa.
En definitiva, se trabaja para comprar sueños, comprar tiempos de vida ridículos, espacios y lugares imposibles de obtener a no ser que dispusieras 100% de tu tiempo vital a entera disposición.
Sí, compañeros, se trabaja para olvidarse de sí mismo, olvidar lo básico, negar lo familiar, dividir al ser humano diseccionándolo hasta que una parte consume a la otra. Se trabaja para asentir cuando te dicen que puedes comprar y poseer y 'vivir' la vida que te han elegido y que necesitan que mantengas para asegurar los circuitos de consumo. Ofrecerte cierto tipo de vida es el mejor aliciente que te pueden proponer. El mejor sustituto de (y con) la religión para el poder sobre el hombre. La historia del hombre (masculina) ha conseguido trasladar a su propio mundo a la mujer que esperaba poder liberarse, ahora esclavizada junto al hombre en pos de una hipoteca.
Se trabaja para olvidar que vivimos en un sistema que nos recuerda lo pésimo de la imaginación y la intención del ser humano. De lo mal que sabe hacer las cosas cuando quiere y del triunfo del egoísmo de unos pocos sobre muchos.
viernes, 19 de febrero de 2016
jueves, 18 de febrero de 2016
domingo, 7 de febrero de 2016
APRENDER A PENSAR
APRENDER
A PENSAR
Pensar es aprender a pensar. Esto
es algo que la filosofía ha proclamado y practicado desde sus primeros pasos.
Por eso no es una actividad separable de la enseñanza o del aprendizaje. Que
pensar sea aprender a pensar significa fundamentalmente dos cosas: que
normalmente no pensamos y que no hay un modo ya sabido de pensar. Lo primero sitúa
a la filosofía en una relación de conflicto con las opiniones y los saberes
establecidos; lo segundo, la coloca en tensión respecto a si misma, ya que no
admite la estabilización, acumulación y previsibilidad de sus modos de hacer.
Pensar es aprender a pensar porque pensar es volver a pensar. Pero entonces,
¿Cómo es posible enseñar? ¿Cuál puede ser el sentido intrínsecamente educativo
de una práctica del pensamiento que se da en desplazamiento tanto de los
saberes establecidos como de sus propias conquistas?
Lo que la filosofía como práctica
educativa plantea es que educar no es adquirir competencias, trasmitir
conocimientos ni escolarizar pensamientos. Consiste, fundamentalmente, en un
desplazamiento, en un cambio de lugar que renueva el deseo de pensar y el
compromiso con la verdad. “Ya es mucho
que podamos levantar alguna vez la cabeza y observar en que corriente estamos
tan profundamente sumergidos. Y ni siquiera lo conseguimos con nuestras propias
fuerzas. Hemos sido elevados. Y ¿Quiénes son los que nos elevan?”
(Nietzsche). Estos son los verdaderos educadores: los que nos hacen levantar la
cabeza. Levantar la cabeza es, a la vez, empezar a mirar y dejar de obedecer; descubrir
el mundo, abrir sus problemas como algo que nos concierne y adentrarnos en
ellos libres de toda servidumbre, sea del tipo que sea.
El maestro, en filosofía, no forma
ni adiestra, libera: libera de lo que nos impide pensar. El verdadero maestro
es, en última instancia, el maestro que nos libera de la tutela del maestro. Convertido ya entonces en amigo, nos entrega “la felicidad de nuestra soledad”
(Deleuze). No es una paradoja: la relación entre amistad y soledad es la
condición para empezar a pensar para reaprender a ver el mundo reescribiéndolo.
Dice Nietzsche que no podemos levantar la cabeza con nuestras propias fuerzas. Contra
toda idea de inspiración natural o de palabra revelada, la filosofía nos sitúa
de lleno en el terreno de la interdependencia humana: si pensamos, es porque
algo nos es dado a pensar por medio de alguien, maestro, amigo, mediador. Como
reconoció Heidegger en la raíz alemana del verbo pensar en todo pensamiento hay
ya un agradecimiento. Dar a pensar no es indicar como o que hay que pensar. Así
como enseñar a escribir no es poner en práctica metodologías y estándares de
escritura. Dar a pensar, enseñar a escribir, es indicar que ha quedado algo por
pensar, que ha quedado algo por escribir aun. Inacabar, así, el mundo saturado
y agotado. Entiendo, desde ahí, que enseñar filosofía es dejar vacios con el
propio gesto y con la propia palabra. Enseñar filosofía es una invitación.
Educar, por tanto, es iniciar a
otro en este desplazamiento moverlo, sacudirlo o seducirlo, arrancarlo de lo
que es y cree ser, de lo que sabe y de lo que cree saber. Por eso la relación
de la filosofía con la educación es a la vez violenta y fecunda: violenta
porque ataca de raíz lo constituido. Pone en cuestión lo que somos y lo que
sabemos, lo que valoramos y lo que pretendemos.
Fecunda, porque abre nuevas relaciones, nuevos modos de ver y de decir,
allí donde solo se podía perpetuar lo existente. En definitiva, nuevas
aproximaciones a lo que nos hace vivir. La pregunta de la filosofía por la educación no es ni ha sido nunca la pregunta pedagógica
sobre cómo enseñar filosofía sino la pregunta sobre cómo educar al hombre, al ciudadano
o a la humanidad. Por eso es una pregunta que afecta, cuestiona y reformula la
imagen que en cada época y en cada contexto, organiza tanto el espacio del
saber como el espacio político.
¿Está dispuesta la universidad
actual a ser el lugar desde el que puedan ser formuladas estas preguntas y
asumir su consecuencia? Parece que por ahora, no. A la vez que flexibiliza sus
estructuras productivas, laborales y curriculares para adaptarse mejor a los
requerimientos del mercado, la universidad, como institución, se blinda a las
preguntas y deja de hacerlas. Frente a ello, algunos autores y profesores
denuncian la deserción cultural de la actual universidad sectorial o
universidad-emprendedora, convertida en una suma de escuelas profesionales y de
centros de innovación tecnológica. Invocando el ideal humorista de la
universidad como sede y motor de la cultura de una sociedad, perciben en las
actuales transformaciones la traición y el desmantelamiento de ese propósito culturalista.
Sin embargo, el actual avasallamiento empresarial de la universidad no debe de
engañarnos con imágenes nostálgicas de libertades perdidas: la universidad
culturalista era la herramienta de una burguesía occidental que tenía, en la “cultura”,
uno de sus principales patrimonios y fuentes de hegemonía social. Cuando la
universidad empezó a abrirse a otras clases sociales, este propósito se perdió.
Hoy la cultura, en este sentido, ni existe ni sirve a nadie. ¿Para qué debería
de defenderla la universidad, si no es para convertirse en un mausoleo?
El problema está en otro lugar.
Más allá de toda melancolía humanística, más allá de toda posición defensiva y
conservacionista, lo que está en juego es un combate del pensamiento: ¿Cómo hacer
para que las verdaderas preguntas, aquellas que nos importan y nos mueve a
escribir, a saber y a transformar la sociedad en la que vivimos, no mueran bajo
el peso del conocimiento rentable pero inerme? ¿Desde donde reconstruir la
alianza entre la interrogación filosófica y el conocimiento? ¿Dentro o fuera de
la universidad?
“Filosofía inacabada” Garcés,
Marina 2015
Desde mi modesto punto de vista,
este corto capítulo del libro antes mencionado, abre un sinfín de posibilidades
para la reflexión. Máxime en estos tiempos tan convulsos que nos están tocando
vivir.
Es raro el día en que no aparece
uno o varios artículos en los que el autor no se pregunte, ponga en duda, se
escandalice o no entienda, que con lo que acontece en este país, la gente
estemos tan quietos, tan terriblemente pasotas que no hagamos nada ante los
abusos de todo tipo que se producen contra todos y cada uno de los ciudadanos
que no pertenecemos a la pandilla de los abusadores. Estoy convencido que para
justificar este pasotismo, se buscan y se dan multitud de excusas: no podemos
hacer nada; tenemos que dedicarnos a trabajar; todo viene desde fuera; los que
mandan son los que tienen el dinero; vivimos mejor que en otras épocas; y así podíamos
seguir en una enorme retahíla de formas de echar balones fuera y pasar la
patata caliente al vecino. Estamos tan entretenidos en lo que los de “arriba”
nos dan de comer todos los días, que no somos capaces de ver que esa comida está envenenada, poquito, para que
no lo notemos, pero que poco a poco nos quitan la vida.
Porque yo me preguntaría: ¿es vida
esto que estamos pasando? O por lo contrario es una manera de sobrevivir en un
día a día cada vez menos feliz, más problemático, más conflictivo, mas miedoso
(por no decir más aterrador), más individualista, donde no conocemos ni a nuestros
vecinos, incluso ni a nuestros propios familiares y ya no digamos a los que se
atreven a venir de fuera a perturbarnos la “paz”. Creo que la deshumanización a
la que estamos llegando, podrá estudiarse en la historia, si es que la historia
no se interrumpe en algún momento, como la época en que comenzó el final del
ser humano.
Estas dudas mías vienen a cuento
de los acontecimientos políticos de estos últimos tiempos. En las últimas
elecciones más de siete millones de personas (las que se han contabilizado en
las urnas, pero muchas más si contásemos las que se quedaron en casa y están conformes
con estos) han votado al partido que lleva años y años haciendo un mal terrible
a la nación, y según estimaciones, seguirán votando si llega la ocasión en el
mismo sentido. Y aquí mi siguiente pregunta: ¿estas gentes no saben, no se
molestan, no quieren pensar? ¿Hacen dejación de la facultad que distingue al
animal humano de los otros seres vivos? Como dice un amigo mío ¿lo que quieren
es “piensear” y olvidarse de pensar?
Todo esto y mucho más es lo que yo
saco en consecuencia del citado capítulo
de la profesora Garcés.
Como nos dice en el primer párrafo:
“Esto es algo que la filosofía ha
proclamado y practicado desde sus primeros pasos”. Y sigue diciendo:”que normalmente no pensamos”.
En el segundo párrafo nos
advierte: que lo que nos enseñan con la filosofía es “Levantar la cabeza es, a la vez, empezar a mirar y dejar de obedecer; descubrir
el mundo, abrir sus problemas como algo que nos concierne y adentrarnos en
ellos libres de toda servidumbre, sea del tipo que sea”. Claro que para
ello, digo yo, hace falta que tengamos los maestros que nos guíen; esos que un
poco más adelante nos aclara nuestra filósofa:”El maestro, en filosofía, no forma ni adiestra, libera: libera de lo
que nos impide pensar”.
Ahora bien, para que se cumpla lo
dicho anteriormente, debemos de contar con dos condiciones imprescindibles: los
maestros y el lugar donde puedan ejercer su magisterio. A ello se refiere un
poco más adelante cuando dice:”¿Está
dispuesta la universidad actual a ser el lugar desde el que puedan ser
formuladas estas preguntas y asumir su consecuencia? Parece que por ahora, no”.
Y desde mi punto de vista le asiste toda la razón, pues con las nuevas leyes de
la enseñanza, ni hay maestros ni universidades donde poder ejercer. Por ello
termina diciendo:”¿Desde donde
reconstruir la alianza entre la interrogación filosófica y el conocimiento? ¿Dentro
o fuera de la universidad?”.
Termino como empecé: creo
sinceramente que estas reflexiones de la profesora Garcés, pueden y deben- a
los que nos gusta- hacernos pensar muy extensamente.
A manera de posdata querría citar
el último párrafo de su libro que me parece muy emotivo; dice así:”Pero con su muerte aprendí algo que en la filosofía no había sabido leer o
comprender. Que nuestra finitud, la humana, no es nuestra mortalidad. Que no
somos finitos cuando morimos, sino cuando nos sentimos impotentes y arrastrados
por la inercia de lo que no queremos vivir. Y que solo el pensamiento, que no
es rebelión contra la muerte sino contra la impotencia, puede hacernos
infinitos y mortales a la vez. Por eso, porque esto lo aprendí de ella, de su
vida y de su muerte, esta filosofía inacabada está dedicada a ella, a mi madre”.
A todos, mi abrazo más fraternal.



