miércoles, 30 de diciembre de 2015

LA FELICIDAD

LA FELICIDAD
Esta navidad 2015, está siendo para mí, bastante compleja. Tanto por una serie de experiencias personales, como por los muy variados testimonios, personales o leídos, que estoy teniendo. Intentare explicarme.
Desde hace muchos años, y sobre todo, desde que me he hecho viejo, estas fechas no son para mí todo lo que, según el guión más extendido, deberían de ser con relación a la felicidad. De siempre he tenido esa sensación de que no me cuadraba que tuviera que ser feliz en unas fechas determinadas. Máxime si consideramos que muchas de las fechas apuntadas en el calendario (no me refiero solamente a la navidad) están fijadas por motivos muy poco claros, cuando no directamente muy obscuros. Todos tenemos en mente la cantidad de “días de” que vienen de una “tradición” de hace cuatro días, y que lo han decretado o inventado personas con unos intereses muy discutibles.  
Uno de los testimonios personales a los que he tenido ocasión de escuchar, se dio muy recientemente cuando, en un encuentro de trabajo con un director de una sucursal bancaria-persona con la cual mantengo una relación muy buena desde hace años-me comentó que estos días son francamente desagradables para él; textualmente me dijo que poco menos que los odiaba, y que lo único que deseaba era que terminaran cuanto antes; que no servían nada más que para comer hasta hartarse. “Yo hace muchos años que la Nochevieja la paso en casa sin salir” y añadió: “No me veo salir de casa a la una de la madrugada para hacer excesos sin cuento”.
Conversaciones de este tipo las vengo teniendo o escuchando cada vez más, sin que esto quiera decir que no haya muchísimas personas que se lo pasaran muy bien; también creo que existen otras muchas que, aunque no disfruten tanto como pudiera parecer, o declaran cuando sale el tema, porque no es políticamente correcto sacar a relucir fracasos propios. En mi propia familia- como en otras muchas a través del ancho mundo-ha surgido algo por lo que se ha suspendido un encuentro que teníamos todos los años por estas fechas.
Por otra parte, este día de Navidad, he tenido el placer de participar en la alegría de unos niños. ¿Cómo? Muy sencillo: nuestros vecinos y amigos de casa, me pidieron que me disfrazara de Papa Noel para poder entregar los regalos a sus dos nietos, al objeto de que los niños disfrutaran (mientras puedan) de la ilusión de recibir sus juguetes de la mano del personaje que está presente en cualquier ambiente en estos días. La verdad es que fue una aventura deliciosa, en la que gozamos todos, como pudimos ver en los niños en esos momentos y los comentarios que al día siguiente tuvimos los mayores. (Por lo que quiero comentar a continuación, podéis fijaros en la fotografía que adjunto, en el detalle de lo grande que es el saco).
Viene esto a cuento, porque llegó a mi mente una conversación que mantuve en una ocasión con una persona de esta ciudad. Este caballero es muy, muy millonario, y en el transcurso de la charla que mantuvimos salió a relucir el dinero. Hablamos de diversas facetas del mismo, pero quiero centrarme en el momento que se refirió a su vida. Me comentó, que de niño allá en su aldea de nacimiento, los días más felices que recordaba era, cuando en fechas determinadas recibía un regalo; podía ser un juguete-uno- o podía ser una chuchería, o una comida no habitual.etc. etc. Algo en fin, que era una minucia, pero que constituía un placer de dioses para él. (Yo, mientras me hablaba, esbozaba una sonrisa, pensando que parecía que me estaba escuchando a mí mismo) Después de un breve repaso de su vida, desde donde empezó, hasta el lugar en que se encuentra en este momento, y convencido de lo importante que era el dinero, terminó con algo, que a mí me sonó a contradicción. “Lo que yo luche, y sigo luchando, por conseguir y mantener lo que he logrado. Y sin embargo, cuando veo a mis nietos recibiendo montañas de regalos en cualquier momento, y observar que no hacen ningún aprecio…..” La conversación derivó por otros derroteros, pero me quedó el sabor agridulce de aquellos testimonios. Un gigante, una persona envidiada-y desgraciadamente en muchos casos detestada-tenía sus dudas. Yo también las tengo en relación a la cuestión que me surgió de todo esto: ¿El dinero hace la felicidad?
Tengo mi propio criterio sobre este tema; pero como siempre hago, traté de investigar que se había dicho y que se decía actualmente sobre este tema tan-esperaba-polémico. Y así leí diversas visiones para intentar aclararme. Pero después de dedicar algunas horas al tema, no he logrado tener una visión clara del mismo. (Yo sigo teniendo claro mi criterio, pero….)
He leído versiones para todos los gustos: En este trabajo:”Con más dinero, ¿se puede comprar más felicidad?”, los autores  Manel Baucells y Rakesh K. Sarin, comienzan así: ¿Por qué creemos que con más dinero podemos comprar más felicidad (cuando, de hecho, no es así)? En este texto proponemos un modelo para explicar este enigma.
En este otro trabajo, más relacionado con la economía, tratan sobre: “En estas páginas se estudian algunas implicaciones para la noción de utilidad provenientes de los hallazgos de la literatura reciente sobre felicidad y bienestar subjetivo y se dan ejemplos provenientes de la economía de la salud”. Autores: Mario García Molina y Liliana Alejandra Chicaíza Becerra.

Para no hacer excesivamente largo este pequeño trabajo, pero teniendo la seguridad de que se verá mucho mejor lo que he querido decir con estudios serios sobre el tema, añado a continuación, dos análisis (tengo varios más) que seguro servirán a mi propósito de investigar sobre un tema que me parece actual e importante. Ojala que mis queridos compañeros, a los que va dirigido, saquen alguna conclusión que les sirva de reflexión, o les aporten alguna idea bonita. Esta ha sido mi intención.

¿PUEDE EL DINERO COMPRAR LA FELICIDAD?
Robert E. Lane
Hace veinte años, en este mismo periódico, Richard Easterlin afirmaba que las sociedades más desarrolladas no eran más felices que las más pobres. Sin embargo, argumentaba Easterlin, dentro de cualquier nación, la gente más rica es más feliz que la más pobre. Explicaba esta contradicción del siguiente modo: la gente evalúa su bienestar económico en función del de sus vecinos. Si solo se produce un incremento en la renta nacional, la posición social de un individuo respecto a la de su vecino permanece inalterada.
Pero desde entonces se han desarrollado nuevos estudios que contradicen casi completamente las conclusiones de Easterlin. Estos estudios demuestran que el crecimiento económico incrementa materialmente el sentimiento colectivo de bienestar de una nación y que las diferencias de bienestar dentro de un país no están relacionadas de forma significativa con la renta nacional.
¿Por qué este cambio? En primer lugar, ahora disponemos de datos más fiables. Por ejemplo, el estudio transnacional de Gallup (1976) demostró que la pobreza de una nación se extiende a todos los aspectos de la vida "distorsionando negativamente la actitud y la percepción" así como los sentimientos. "Tal vez sería posible encontrar en el mundo remotos lugares cuyos habitantes fuesen pobres pero felices", afirmó Gallup, "pero este estudio fracasa al intentar descubrir alguna zona que supere este test". Y en el análisis transnacional más minucioso que se ha llevado a cabo hasta ahora, Alex Inkeles y Larry Diamond encontraron en 1980 "un fuerte indicio de que… la satisfacción personal aumenta con el nivel de desarrollo económico de un país". Más aún, para la población de una nación considerada en su conjunto, el dinero sí compra la felicidad.
Estudios comparativos dentro de una sociedad muestran una historia bastante diferente; un resultado que desafía a nuestro sentido común ya que, según ellos, el dinero no compra la felicidad. En casi todos los países desarrollados no existe una relación sustancial entre la renta y el bienestar. En el que puede ser, tal vez, el mejor estudio de entre los numerosos análisis realizados sobre la calidad de vida dentro de un mismo país, Frank M. Andrews y Stephen B. Withey afirmaron en 1976 que "las agrupaciones según la posición socioeconómica muestran diferencias mínimas (desde el punto de vista del bienestar)… y no hay diferencias significativas en cuanto a la satisfacción con la vida en su conjunto". Dos años después, Jonathan Freedman presentó un estudio en Happy People en el que afirmaba: "No es cierto que los ricos sean más felices que aquellos cuyos ingresos son moderados; no existen motivos por los cuales la clase media sea más feliz que aquellos con ingresos menores. Para la mayoría de los americanos, el dinero, a pesar de todo aquello que puede facilitar, no da la felicidad. En cualquier caso, Freedman demostró que los pobres son diferentes: "Muy pocos afirman ser felices o, al menos, moderadamente felices y la gran mayoría dicen ser más infelices que la gente con ingresos más elevados". Esta salvedad es crucial: entre los pobres el dinero sí da la felicidad y un mayor sentimiento de bienestar.
La felicidad es…
Tal y como escribió el respetado e iconoclasta economista llamado Tibor Scitovsky en su libro The Joyless Economy (1977), muchos de los placeres de esta vida ni se compran ni se venden. Entre ellos, afirmó, están la satisfacción con el trabajo, la amistad, los placeres de la meditación personal, la lectura y otras formas de esparcimiento no comercial. Estaba en lo cierto.
Los diferentes estudios sobre la vida tienden a dividir las fuentes de bienestar en dos categorías: circunstancias externas, tales como las actividades de tipo social o la vida familiar, y disposiciones internas, tales como la autoestima o el sentimiento de que uno es responsable de su propio destino. En cuanto a la primera categoría, la mayoría de los estudios coinciden en que una vida familiar satisfactoria es el elemento que contribuye en mayor medida al bienestar. Las alegrías que reporta la amistad ocupan, a menudo, la segunda posición. Además, y de acuerdo con un estudio realizado, el número de amigos que un individuo posee es mejor indicador de bienestar que la magnitud de sus ingresos. Un trabajo satisfactorio y los momentos de ocio ocupan normalmente la tercera y cuarta posición. Pero, por extraño que parezca, ninguno de estos dos factores está estrechamente relacionado con los ingresos (por otra parte, la afiliación religiosa, la devoción, un buen gobierno o el patriotismo apenas interfieren en el sentimiento de bienestar).
La política es, a menudo, la última de la lista; es, en el mejor de los casos, una obligación y casi nunca un placer. Ninguno de estos factores es un artículo de comercio. Pero el comercio no es irrelevante, ya que si los ingresos no son un buen marcador del bienestar, la satisfacción con los propios ingresos o con el nivel de vida de cada individuo (la cual no tiene porqué estar estrechamente relacionada con la cuantía de los ingresos) sí lo es. Son los aspectos subjetivos de los ingresos, más que los objetivos, los que forman parte de este cálculo hedonista.
Entre las fuentes internas de bienestar, la autoestima y el sentimiento de validez se sitúan en el primer y segundo lugar de la lista. Ninguno de los dos está relacionado con el nivel de ingresos. En otros estudios, la creencia de que uno ha conseguido afrontar los retos que la vida le ha planteado se sitúa en primer lugar. El dinero puede ser relevante en este caso, pero más como un indicador de la posición social que por lo que permite adquirir.
Si los factores que contribuyen en mayor medida al bienestar no están relacionados con el dinero, entonces no podemos comprarlos. Esta es la principal causa del sorprendente fracaso del poder del dinero en lo que se refiere a la felicidad.
Satisfacción frente a ingresos
Si los ingresos y la satisfacción no están estrechamente relacionados, ¿por qué la gente se desvive por conseguirlos? Quizás el ser humano tenga un insaciable deseo por el dinero o por la categoría social que el dinero puede proporcionar. La gente puede entonces adaptarse a las circunstancias de forma que cada incremento de dinero cree rápidamente un nuevo modelo frente al cual medirse. Hay mucho de cierto en esta teoría. A pesar de ello, hay pruebas que sugieren que el deseo de adquirir más dinero disminuye a medida que los ingresos aumentan. Además, como ya se mencionó antes, no existe evidencia alguna de que el dinero pueda comprar la autoestima. De hecho, existen evidencias que demuestran justo lo contrario.
Consideremos la fijación biológica del estado de ánimo: nacemos con disposiciones que tienden a la felicidad o a la infelicidad. Tal y como dijo el psicólogo fisiológico Jan Fawcett refiriéndose a la infelicidad: "parece que estemos midiendo una característica biológica como el color azul de los ojos, algo que no puede cambiarse". No cabe duda que, puesto que existen numerosos estudios acerca de los cambios de estado de ánimo a largo plazo, está fijación biológica debe ser considerada únicamente como una condición restrictiva.
Los placeres cotidianos difieren de la sensación de satisfacción personal global pero tampoco guardan una relación significativa con la renta. En 1981, Gallup preguntó a los americanos "¿qué es lo que te aporta una mayor satisfacción personal o un mayor placer día tras día?"; las relaciones familiares aparecieron de nuevo en primer lugar pero después, y por orden de preferencia, aparecieron la televisión, los amigos, la música, los libros y periódicos, la casa o apartamento, el trabajo, las comidas, el coche, los deportes y la ropa. Casi ninguno de estos elementos requiere desembolsos que aquellos por debajo del umbral de la pobreza no pueden pagar, ni siquiera en lo que se refiere al coche. Los placeres proporcionados por muchos de los otros factures son meramente comparativos. Las pertenencias pueden ser importantes (en otro estudio, un grupo de muestra formado por niñas estudiantes de primaria consideraba que sus propias identidades quedaban mejor definidas en función de "la ropa que llevaran" que por la posición social de sus padres) pero al menos el disfrute de estas actividades no depende íntegramente de los ingresos. Como sociedad, nos hemos centrado demasiado en las posesiones; hasta tal punto que hemos olvidado que no es tanto lo que uno posee sino lo que uno hace lo que aporta el verdadero placer.
¿Y qué pasa con el trabajo? ¿Acaso los trabajos mejor pagados no reportan mayor poder, discreción, desafío, y por tanto mayor placer? En 1985 Thomas Juster encontró (según varias encuestas realizadas en los setenta y a principios de los ochenta) que lo que más se valoraba y disfrutaba eran la familia y la amistad. Pero más sorprendente aún fue el elevado puesto que "el trabajo que uno realiza" alcanzó en la lista, justo por debajo del ocupado por la familia y las actividades sociales y bastante por encima de la televisión, los deportes, las películas, la jardinería, la lectura y las compras. Curiosamente, Juster no encontró apenas ninguna correlación entre el prestigio de un trabajo y su disfrute. Otros estudios rebaten esta idea pero se puede aceptar que la relación es menos estrecha de lo que la mayor parte de los intelectuales de clase media imaginan (una vez entrevisté a un operario cuyo trabajo consistía en pegar carteles publicitarios en las paredes y que consideraba su habilidad de salvar las esquinas una fuente de gran placer).
El bienestar tiene tanto que ver con el alivio del dolor como con el placer; puede que incluso más, ya que las pérdidas duelen más de lo que deleitan las ganancias y el dolor se recuerda durante más tiempo que el placer. Tomemos como ejemplo las preocupaciones. Parece lógico pensar que afectarán más a los pobres que a los ricos. No es así. Los estudios llevados a cabo por Andrews y Withey a principios de los setenta demostraron que en lo que se refiere al grado de preocupación "no existen diferencias asociadas a la posición socioeconómica". Pero, tal y como reveló otro estudio, las preocupaciones son diferentes: mientras que los pobres y menos instruidos se preocupan por su salud e ingresos y por todas aquellas cosas que no pueden controlar fácilmente, los más ricos y cultos se preocupan más por las relaciones con sus cónyuges e hijos y por las facetas más fácilmente controlables de sus vidas. El dinero no reduce el grado de preocupación; lo único que cambia es el motivo.
No cabe duda de que la preocupación por la estabilidad que aportan los ingresos varía con el nivel de ingresos, pero menos de lo que cabría esperar. Por ejemplo, un estudio de 1976 sobre los trabajadores de Detroit y Baltimore demostró que mientras los ingresos de los obreros y oficinistas eran casi idénticos, los obreros estaban más preocupados por la seguridad que les aportaban esos ingresos que los oficinistas. En los estratos más elevados, la gente tiende a preocuparse más por el aumento de ingresos que por el cese de los mismos. Y en este caso, para un mismo nivel de ingresos, los empresarios tienden a preocuparse más por el aumento de sus ingresos que los profesionales. El caso es que el dinero no siempre permite comprar esa sensación de seguridad.
A partir del estudio de Andrews y Withey sabemos que la sensación de ser tratado de forma injusta disminuye la sensación de bienestar de un individuo, pero en dicho estudio no hay evidencias de que los peor pagados dentro del grupo de ingresos más altos se consideren injustamente tratados en comparación con los mejor pagados. Las relaciones se valoran por comparación con los demás dentro de un mismo nivel de ingresos. De este modo la distribución nacional de los ingresos queda relegada a un segundo plano.
Este modelo comparativo dentro de un grupo es uno de los motivos por el cual fracasaron las predicciones marxistas sobre el conflicto de las clases. Más aún, exceptuando los elevadísimos salarios de las estrellas de cine y del deporte, la distribución de ingresos de este país cuenta con una amplia aprobación (incluyendo la de aquellos que ocupan los puestos más bajos en la pirámide social).
¿Qué pasa con la gente que no es feliz? ¿Qué hacen para cambiar esta situación? Thomas Langner y Stanley Michael demostraron en 1963 que la incidencia real de las tensiones de la sociedad como la enfermedad física, la pérdida de la pareja, la falta o pérdida de amigos cercanos y el fracaso de "no seguir adelante" no difiere mucho según la clase social pero las estrategias para combatirla son muy diferentes. Mientras que la clase media y alta tiende a volcarse en el trabajo, una estrategia que tiene un cierto efecto terapéutico, la clase trabajadora suele reaccionar de forma más expresiva tendiendo, por ejemplo, hacia la bebida o la violencia, actitudes que solo consiguen empeorar las cosas. La relación entre el dinero y el bienestar viene determinada por la mayor capacidad para afrontar la adversidad de aquellos que han recibido una mayor educación y de los que tienen mayores ingresos.
Por qué creemos que el dinero es importante
La mayoría de la gente piensa que un aumento del 25 por ciento en sus ingresos les haría ser mucho más felices. Sin embargo, aquellos cuyos ingresos han aumentado no son más felices ni están más satisfechos con sus vidas. ¿Por qué nos engañamos tan fácilmente? Una de las razones es que la variación de los ingresos influye brevemente en nuestra sensación de bienestar. Pero incluso la felicidad que acompaña a un aumento en los ingresos no dura demasiado, ya que muy pronto el nuevo nivel de ingresos se convierte en el estándar según el cual medimos nuestros logros. Esta relativa satisfacción no se presenta, por ejemplo, en el caso de la amistad, el trabajo o la vida familiar.
Otra razón por la cual nos equivocamos es que la cultura del consumo nos enseña que el dinero es la fuente del bienestar. Muchos estudios muestran que la gente no sabe explicar bien los motivos por los que se sienten bien o mal. Todo lo contrario; la gente tiende a emplear explicaciones muy convencionales. Y la explicación más convencional es que la fuente de todo es el dinero. No obstante, he podido comprobar que la mayoría de mis amigos, después de meditar sobre ello, coinciden en que no son las cosas que compran o poseen lo que les hace felices, o la carencia de dichas cosas lo que los deprime. Más bien se trata de las relaciones con sus cónyuges y colegas, el bienestar de sus hijos y la satisfacción con sus trabajos. Invito a mis lectores a sumergirse en reflexiones de este tipo.
Economistas de mercado como A.C. Pigou, Ludwig von Mises, y Tjalling Koopmans afirman que el propósito de sus estudios (y por inferencia, del propio mercado) es maximizar la satisfacción del deseo humano. Pero ellos cuantifican esta satisfacción, llamada "utilidad", de un modo cíclico: la satisfacción por algo se manifiesta por el mero hecho de que ha sido comprado, independientemente de la alegría o pesar que pueda reportar o de los usos alternativos no comerciales del tiempo y del esfuerzo de un individuo. Además, los economistas se refieren al trabajo como una "desutilidad" —el sacrificio necesario para alcanzar los placeres del dinero y del ocio. Esto contradice directamente la evidencia que venimos mostrando de que lo que uno hace en su trabajo constituye a menudo una mayor fuente de placer que las actividades de ocio (y un placer mucho mayor que el consumo). Y se contradice también con los estudios que muestran que la sensación de logro y habilidad en el trabajo es más importante tanto para la satisfacción en el trabajo como para el bienestar general, que los ingresos que derivan del propio trabajo. Los economistas tienen un cálculo erróneo de la relación placer-dolor.
Alrededor del mundo
¿Por qué difieren tanto nuestras conclusiones de las de Easterlin? En primer lugar, existen problemas relativos a los datos empleados por Easterlin. En el estudio de 1965 que utilizó Easterlin, tres de las naciones más pobres dentro de la escala de pobreza (Cuba, Egipto y Yugoslavia) acababan de experimentar una revolución y disfrutaban de la euforia de la victoria sobre sus "opresores" y de la (falsa) esperanza de una cercana prosperidad. Así, con el  nivel de felicidad de las naciones pobres artificialmente enardecido, Easterlin apenas pudo encontrar sino pequeñas diferencias entre los países más pobres y los más ricos. Y  de este modo, cuando Inkeles y Diamond clasificaron los efectos del trabajo y de los ingresos, la diferencia marcada por los ingresos desaparecía virtualmente. Estudios posteriores que encontraron verdaderas diferencias entre el bienestar de los países pobres y de los ricos consiguieron evitar alguno de estos problemas.
En lo que se refiere a las diferencias de bienestar dentro de cada país, también se ha producido un verdadero cambio. Entre las naciones más prósperas ha tenido lugar una revolución de valores. Tanto en Europa como en los Estados Unidos, aquellos jóvenes que se criaron en una época de paz y prosperidad tienden, al convertirse en adultos, a dar menos valor al dinero que aquellos que crecieron durante un período de depresión o durante la Segunda Guerra Mundial. En su lugar, otorgan mayor importancia a la autodeterminación (también en el ámbito del trabajo) y a la expresión cultural. Para este grupo relativamente próspero de posmaterialistas, el dinero no compra la felicidad.
Entonces, ¿cómo se explica que el bien colectivo que constituye la riqueza de un país y no el bien privado de la riqueza del individuo incremente la sensación de bienestar? Una de las razones es que los beneficios de la riqueza colectiva incrementan, generalmente, los ingresos de los más pobres para los cuales el dinero sí compra la felicidad. Es más, el dinero puede contribuir a aliviar las aflicciones de los pobres como por ejemplo la elevada tasa de mortandad infantil. Por el mismo motivo, los países más ricos tienen mejores sistemas de ayuda social que los países más pobres. Así, la riqueza colectiva permite comprar de forma objetiva y subjetiva el bienestar para los más pobres. O, para ser más exactos, permite comprar el alivio a un dolor —un alivio que permite incrementar el bienestar en mayor medida que cualquier incremento similar del sentimiento de felicidad. Una segunda razón es que, puesto que "la subida de la marea eleva todos los botes", cada uno de los "botes" está mejor de lo que estaba antes de subir la marea y, el alivio que reside en esta reflexión, evita las comparaciones envidiosas con los demás. Las comparaciones respecto a las distintas situaciones que vive uno mismo, en relación con las comparaciones que el individuo realiza como miembro de una sociedad, favorecen la sensación de bienestar. Y una tercera razón es que durante los períodos de prosperidad colectiva en los que la mayor parte de los ingresos se incrementan, la gente (los americanos en mayor grado que los europeos) atribuye este aumento de los ingresos a sus propios esfuerzos, más que a factores tales como un aumento en las inversiones o una productividad económica más elevada.
Analicemos el dilema: los países más ricos, cuya riqueza procede de su enfoque hacia la productividad, son más felices que las naciones más pobres. Pero este enfoque hacia la productividad y la riqueza disminuye la felicidad individual. En otras palabras, un aumento en la riqueza de una nación requiere sacrificar el bienestar de una generación, apartándola de todas aquellas cosas que hacen más feliz a la gente hoy en día: la familia, la amistad, la estima social y, especialmente, un entorno laboral que coloca la satisfacción en el trabajo en un primer plano y la compensación económica en un segundo plano. Se podría decir que el sacrificar el bienestar actual por el bienestar de nuestros hijos es algo así como ahorrar para ellos. Indudablemente, se trata de un acto de generosidad. Pero puede ser que, mirando atrás, nuestros hijos hubiesen preferido tener unos padres más felices a su lado en lugar de tener, ya como adultos, cualquier mejora económica que les hayamos podido legar.
El placer, una cinta sin fin
Analicemos de nuevo la felicidad individual. Si los deseos, las expectativas y los patrones de comparación se incrementan al mismo ritmo que los "logros", ningún aumento en los ingresos, independientemente de su cuantía, incrementará el bienestar desde un punto de vista subjetivo. Este proceso conduce a lo que dos psicólogos, Philip Brickman y Donald Campbell, denominaron "the hedonic treadmill": el placer es como una cinta transportadora sin fin ¿No hay escapatoria?
Quizás sí la haya. Como ya hemos visto, son la familia, la amistad y el trabajo los factores que más contribuyen a la sensación de bienestar. Que yo sepa, ningún estudio ha sugerido que dichos factores constituyan placeres saciables, que uno pueda llegar a aburrirse de las satisfacciones derivadas de la amistad y de la familia o que el interés que suscitan esté menguando. Y según los estudios sobre el placer que otorgan los desafíos y el trabajo autodirigido, sabemos que se caracteriza por el deseo de continuar con el trabajo durante el "tiempo libre". Más que un placer saciable, este tipo de trabajo resulta adictivo. En la actualidad podemos observar una división en el seno de la población, de forma que una parte está condenada a caminar por la cinta sin fin del placer mientras que la otra decide tomar un sendero mucho más placentero. Al final, como ya se mencionó previamente, los pobres y aquellas personas próximas a la pobreza se beneficiarán del crecimiento económico porque, para ellos, un aumento en los ingresos, tanto colectivo como individual, les permite comprar la felicidad. Y para los más acomodados y para los más cultos, un grupo éste en aumento, existe el sendero posmaterialista del trabajo autodirigido e incluso el deseo de "una sociedad en la que las ideas cuenten más que el dinero".
Pero para la gran mayoría materialista, que resulta bastante indiferente al hecho de que las "ideas cuenten o no", una mayor cantidad de dinero no les permitirá comprar un mayor bienestar y la cinta sin fin se extiende ante ellos, a no ser que, con algo de ayuda externa, lleguen a darse cuenta de que sus familias, sus amigos y un trabajo con el que se sientan realizados constituyen el verdadero sendero hacia la felicidad.
¿Puede el gobierno ayudar?
Según mi experiencia, muchos estudios muestran que a la gente no le resulta fácil explicar y conocer las fuentes de su propio bienestar. Aunque pueda parecer paternalista, la gente necesita ayuda para estructurar sus opciones y comprender las distintas situaciones.
De todas las fuentes de bienestar posibles, una vida familiar satisfactoria es la más importante. En lo más alto de la sociedad, para el 80 por ciento de la población, esta forma de satisfacción no varía con los ingresos. Pero en lo más bajo la cosa cambia ya que la miseria y las desgracias familiares suelen ir de la mano.
En consecuencia, la política debería intentar aliviar la pobreza. Además, cada vez que el mercado desestabiliza a un colectivo, atenta también contra la estabilidad de la vida familiar. La protección de la familia permitiría maximizar la felicidad en mayor grado de lo que podría hacerlo un incremento de la productividad. Pero las compañías no sacan beneficio de la felicidad familiar de sus empleados e incluso aunque así fuera, nuestra competitiva economía limitaría sus actuaciones en este sentido.
Puesto que la satisfacción con el trabajo es primordial para el bienestar, yo abogo por una política doblemente dirigida: en primer lugar, el pleno empleo y no una mayor renta per cápita debería ser el principal objetivo de la política económica. Y en segundo lugar, puesto que la satisfacción en el trabajo y el aprendizaje del mismo dependen del uso de la habilidad y autocontrol de la vida de cada individuo, aquellas empresas que fuesen capaces de convertir las tareas rutinarias en trabajos en los que los empleados puedan tomar sus propias decisiones deberían ser premiadas por el gobierno.
Bien es cierto que la demanda creciente del grado de cualificación en los distintos trabajos ha sido promovida por el impulso del mercado, pero estos mismos impulsos preservan a aquellos trabajos menos estables y que exigen una menor cualificación (y cuyos salarios son más bajos) que se encuentran en lo más bajo de la escala laboral. Para maximizar la utilidad que deriva del trabajo (ya no solo minimizar la desutilidad) los gobiernos deben tomar cartas en el asunto.
Estas propuestas serían más útiles a la hora de alcanzar el éxito en la búsqueda común de la felicidad que las opciones que proponen igualar los ingresos, lo cual, para la mayor parte de la población, no alteraría en absoluto el resultado de dicha búsqueda.
La economía de mercado nos ha hecho prósperos, pero no maximiza la "utilidad" o la satisfacción que resulta de cubrir las necesidades humanas. Con habilidad y moderación, la política gubernamental puede transformar el mercado para alcanzar este fin. Para ello los gobiernos deben, por decirlo de algún modo, abandonar el patrón oro y tratar el producto nacional bruto per cápita como un medio útil pero limitado para conseguir el verdadero objetivo tanto de los gobiernos como de los mercados: incrementar al máximo el bienestar.
En 1930, anticipándose al crecimiento económico que se iba a producir, Keynes escribió una carta a sus "nietos" aconsejándoles que intentasen "experimentar e impulsar el arte de la vida tanto como las actividades enfocadas a alcanzar un medio de vida". "Pero sobre todo", dijo, "no sobrestimemos la importancia del problema económico o supeditemos a las supuestas necesidades que conlleva, otros asuntos más importantes y significativos". Keynes pensó que la "asignatura pendiente" de la humanidad es aprender, no solo a vivir, sino a vivir feliz.
† Utilizaré frecuentemente el término "sensación de bienestar" o simplemente  "bienestar" en vez de  "felicidad". Esta última es un estado de ánimo o emoción, mientras que la mayoría de los estudios en los que me basaré, utilizan medidas más cognitivas, tales como "satisfacción con la vida en su conjunto" o complicados índices de satisfacción y estado de ánimo.


El dinero no da la felicidad
El dinero, esa forma de intercambiar bienes que comenzó en el trueque, pasó por la sal, las primeras monedas y ahora abarca cada rincón de la economía mundial… ¿Es posible que dé la felicidad? Rotundamente no. Entonces, ¿qué papel juega en ella? Hablaremos un poco sobre cómo el poderoso caballero influye en nuestra percepción de una vida feliz.
No nos engañemos: es necesaria una cantidad mínima de dinero para ser feliz. En esta sociedad, la moneda de cambio es la única que podrás utilizar para obtener la mayoría de bienes y servicios mínimos, tales como la sanidad, la educación y la vestimenta. Asimismo, necesitamos un lugar donde vivir, y algo que llevarnos a la boca. Esto que hemos mencionado son considerados bienes básicos, y carecer de ellos puede impedirnos ser felices porque tenemos otras prioridades.
Sin embargo, pasada esa barrera (con un cierto margen, está claro), cuando llegamos a bienes de consumo que pueden ser prescindibles sin causar un perjuicio grave… ¿se es menos feliz porque se tenga menos? ¿Tendrá la felicidad una relación directamente proporcional al dinero? ¿Existirá gente megafeliz, ya que son multimillonarios? ¿Porque pueden ir aquí y allá, porque pueden comprar esto o aquello, porque se pueden permitir tal o cual lujo? Pues no, la felicidad no está ahí, hay gente pobre que es muy feliz, y gente rica que son extremadamente infelices, así que te recomendamos que dejes de buscar tu felicidad en esa montaña de oro al final del camino.
Las razones que esgrimimos para esta afirmación están basadas en los estudios psicológicos sobre la felicidad. En lo que se refiere al dinero, existe una rápida adaptación del nivel de vida, y cosas que cuando no tenemos dinero pueden parecer grandes fuentes de felicidad, una vez las tienes y experimentas no te aportan más felicidad que un soplo de brisa marina una tarde de verano. Esta adaptación es tremendamente veloz, de modo que si hoy nos tocaran 30 millones de euros, quizás el año que viene seríamos más infelices que hoy mismo, ahogados por los problemas que nos crea gestionar esa cantidad de dinero (o cualquier otros). Nuestro consejo: si te tocan esos 30 millones, adáptate poco a poco, es decir, haz como si hoy te tocaran 10000, dentro de tres meses 20000, y así ves disfrutando de pequeñas cosas que vas obteniendo con ese dinero. La gestión de nuestro capital está muy relacionada con la adaptación.
Además, la percepción de felicidad en lo que se refiere al dinero es muy curiosa: siempre nos comparamos con gente de nuestro mismo nivel económico o gente que está por encima, y por lo tanto nos sentimos inferiores, al no poder hacer/tener esto o lo otro. Es curioso cómo no nos comparamos con algún país en el que la gente se despierta preguntándose qué van a comer, y estamos agobiados porque no podemos conseguir el último Smartphone. Además, cuanto más tienes, más quieres, y se ha demostrado que pensar con demasiada frecuencia en el dinero empeora el disfrute de tus días. Hay que meditar los sacrificios que uno hace para obtener cada vez más dinero.
Si todo esto no fuera suficiente argumento, resulta que la felicidad depende de otros muchísimos factores, tales como el amor, las metas personales, los sueños, el tiempo libre, la familia, la amistad, nuestra personalidad, posibles enfrentamientos o rivalidades, la sed de poder, adicciones, y un largo etcétera. Hay estudios comparados sobre personas con creencias o sin creencias religiosas, sobre edades, sobre sexo… pero lo que al final cuenta es cómo decidamos vivir, si tenemos nuestras necesidades cubiertas:
“Puedes elegir ser feliz, o puedes elegir ser infeliz, la vida va a seguir su curso y será mejor que la disfrutes porque ni todo el dinero del mundo podrá parar tu reloj”

A todos os deseo la mayor felicidad posible, ahora y siempre, en el nuevo año y muchooooos más, aunque no seáis excesivamente millonarios.
Un abrazo muy fuerte

                                             







lunes, 14 de diciembre de 2015

Matrícula abierta hasta el 18 de diciembre de 2015.

Curso "La Filosofía como Terapia" en la UNED.

Siguiendo el enlace aún estás a tiempo de formalizar la matrícula (hasta el próximo viernes 18).

http://formacionpermanente.uned.es/tp_actividad/idactividad/8149

sábado, 28 de noviembre de 2015

El mal, no es absoluto o permanente, podemos detenerlo

El mal se manifiesta como una realidad antropológica, algunos pensadores consideran el problema del mal como un problema puramente antropológico e histórico. A continuación analizo el pensamiento de varios filósofos y teólogos respecto a su concepción del mal para concretar el concepto de que el mal no es absoluto o permanente y podemos detenerlo.

Si analizamos la existencia humana, como exitosa o fracasada en su intento por ser feliz y alcanzar un nivel exitoso como sociedad, encontramos que hemos fracasado a causa del mal. El teólogo K. Rahner explica, que existe una distancia que aumenta entre el proyecto de autorrealización y la realización efectiva y se debe a la inalcanzable autenticidad del hombre por el hecho de que tiene que buscarse a través de objetivaciones ambiguas y caducas.

Los intentos del hombre y sus ideales de éxito como civilización no se ven reflejados aún en la realidad de hoy, vemos la situación inhumana de los refugiados en Europa, la pobreza extrema en Latinoamérica, el hambre de los pueblos de África, el cáncer que avanza y no se ha podido encontrar cura, las drogas que provocan angustia por una adicción y por el narcotráfico, la muerte injusta de los que pobres que luchan por una vida digna, la yihad como una nube negra de masacres, ejecuciones brutales y corrupción, el odio interreligioso, el linchamiento de los criminales por parte de los ciudadanos que no confían en que el Estado ejerza correctamente la justicia, así el mal está presente, es una realidad que provoca un enorme sufrimiento en el ser humano.

El filósofo Gavaert, define el mal impersonal, como las situaciones no compatibles con la realización del hombre, y al mal personal como el que brota a modo de una opción libre de los seres humanos, también llamado mal moral, un mal que podemos combatir porque se deriva de cuando el hombre se da cuenta de algo que le falta o le va mal, pues es necesario tomar en serio el mal en todas sus definiciones para cambiarlo a bien.

Alain dice que la moral no es nunca para el amigo, quien se ocupa de la moral de otros no es moral sino moralista. Comte-Sponville, explica, que la moral solo es legítima en primera persona, la moral solo vale para uno mismo, moralmente solo podemos ser juzgados por Dios, o por nosotros mismos. Aquí,  considero, que para vencer al mal debemos primero tratar de esforzarnos por realizar la difícil tarea que es amar a todos los demás, para tomar decisiones con moralidad, como el segundo mandamiento de Jesús “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12, 28-34) Nos gusta amar a las mascotas, a los niños lindos, a las personas que nos ayudan, pero cuesta cumplir cuando nos piden que amemos a los enemigos, miremos a los Judíos y Palestinos, viven en un círculo vicioso de violencia del “ojo por ojo.”

Leibniz
Leibniz, indica que un sector del cristianismo ve el mal como castigo o para alcanzar una finalidad determinada, que de otras formas tal vez no se alcanzaría y su significado se sitúa en las estructuras del Universo. Aquí se da el escándalo del mal, al conciliar la existencia del mal con la existencia de un Dios omnipotente y bueno que está desde el origen del Universo por ser su creador, y el por qué permite que suceda el mal a su creación: el ser humano, porqué permite que sobrelleve tanta angustia y dolor… Leibniz recurre a la explicación que dice San Agustín: Dios permite los males para realizar así un bien mayor.

Así, Leibniz analiza y culpa al hombre, al señalar que el mal nace cuando el ser humano abusa de su libertad, y de eso no tiene Dios la culpa, la mala administración de la libertad del ser humano provoca males a toda la humanidad, con lo cual estoy de acuerdo.

Para el filósofo y teólogo evolucionista Theilhard, el mal, es parte de la evolución del ser humano, de una estructura de lucha y de conflicto. Coincide con Marx, que lo enfrenta anunciando que el mal es una “alienación de “explotación” de “lucha de clase” y que debemos comprometernos a luchar contra él, porque es la tarea histórica de la sociedad frente al mal. Marx parece que en medio de todo confía en la creación y en un orden establecido como el creyente Leibniz y Theilhard, al indicar su visión marxista de que la naturaleza no engendra nunca problemas sin esbozar su solución, o sea que el mal no es absoluto o permanente.

Marx
Así, Marx con su ideología condena el mal, y nos advierte que no debemos consagrarlo, justificarlo o declararlo insoluble e intocable, que el socialismo debe cambiar las estructuras económicas y sociales, que debe abolir la miseria y la desigualdad del hombre y la mujer, y el reino del dinero. Marx nos regala una esperanza, al decir que el marxismo puede cambiar el mal, al analizar que todo mal es provisional y relativo, si lo engendra la naturaleza, también la naturaleza lo superará, nos dará las herramientas para superarlo.

Otra opinión, es la de Kant que presenta el “mal radical”, indicando, que está entretejido en la naturaleza humana misma y enraizado en cierto modo en ella, por ello,  propone la moral de la intención, así el deseo, es la ocasión que permite al hombre ser moral o no serlo, debe resistir las tentaciones porque el mal nace cuando la voluntad sucumbe y es dominada, ahí adquiere carácter de mala, por ello el mal es racional.


Entonces comprendemos, que el mal es un círculo vicioso que debemos vencer desde nuestra acción y actitud moral, si pensamos en los demás y en lo que provocará nuestra acción evitaremos el mal. El mal entonces se impide y elimina actuando con moralidad, con respeto, con justicia, con equidad, con acciones buenas que provoquen el bien.
Platón atribuye a la ignorancia o desconocimiento, como causante del mal, ahí estoy de acuerdo porque la falta de conocimiento provoca fundamentalismos ideológicos, religiosos y de género, acceder a la educación es fundamental para erradicarlos.

El Papa Francisco asegura que la frontera entre el bien y el mal no pasa fuera sino dentro de nosotros, es necesario tener “un corazón libre de hipocresía, la observancia literal de los preceptos es algo estéril si no cambia el corazón y no se traduce en actitudes concretas: abrirse al encuentro con Dios y a su Palabra, buscar la justicia y  la paz, socorrer a los pobres, a los débiles, a los oprimidos.

Entonces concluyendo, para eliminar el mal, lo primero es vigilar cada una de nuestras acciones, alertar a la conciencia, ser nuestro propio juez para nuestras acciones, el provocar el mal y el bien está en nuestras manos, es cada acción cotidiana, es manejar nuestra voluntad con responsabilidad, todos tenemos conciencia de qué es malo o bueno, actuemos con una conducta hacia el bien, si deseamos que el mundo mejore y la realidad del mal desaparezca, una sola acción hacia el bien puede evitar un mal mayor en el presente y a futuro. Tengamos una actitud positiva sobre el mal para transformarlo a bien, que sea un acto evolutivo que pueda llegar a dominar las acciones de la humanidad, así estoy segura el bien triunfará

Autora: Vera Patricia Bolaños


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Mis videos de Historia de la Filosofía en Youtube.

https://www.youtube.com/channel/UCie-WzUQeaFRNOPtS5gEsOQ

Enlace a mi canal de Youtube en donde se encuentran algunas de mis clases de Historia de la Filosofía de los últimos tres años


sábado, 3 de octubre de 2015

Curso UNED: La Filosofía como Terapia

En este enlace se encuentra información sobre el curso (totalmente a distancia) y también se puede realizar la matrícula on-line hasta el próximo 1 de diciembre.

http://formacionpermanente.uned.es/tp_actividad/idactividad/8149

lunes, 21 de septiembre de 2015

La clase de Individuo que querías ser


En primer lugar os doy las gracias por vuestro tiempo y por atender a este texto, más aún si me explayo.
Como ya seguro que sabéis no siempre es fácil encontrar gente que desee escuchar estas cosas y las entienda desde el  lado filosófico.  Además hay tanto que leer…

Si de algo nos ha servido el método fenomenólogico es precisamente su cualidad de ser método antes que pretender establecer las bases de una filosofía completa. Creo que desde que lo descubrí he sentido poseer una herramienta de avance que me facilita mucho la tarea de reflexionar sobre todo en circunstancias difíciles como suele ser el afrontar un problema que exterior (o socialmente en este caso) no se muestra con total claridad y además al mismo tiempo estar dentro del propio problema a abordar. Es en ese momento cuando uno decide coger distancia y plantarse como un observador externo, realizar esa especie de epokjé o suspensión sobre lo observado de manera que te permita ver no solamente lo que se te presenta como tal sino lo que se intuye desde otras perspectivas. En definitiva, es en ese instante cuando se abre el dialogo con el objeto cuyas conclusiones nos permiten efectuar una reducción de datos para dirigir ahora la mirada hacia ese mismo objeto o problema del que ahora valoramos muchas más otras cuestiones de las que en un primer momento no hubiésemos tenido en cuenta. Su resultado tampoco será una verdad definitiva aunque nos pondría en el utópico camino de serlo dado su carácter de extrañamiento, de ser siempre apertura (dasein) (lo cierto es que dudo que una verdad definitiva sea posible y de serlo entonces nuestra existencia con su dialogo definitivo y cerrado creo que sería enormemente aburrida).
Esta introducción no gratuita quiere ser también accesoria a la hora de abordar el problema sobre el hecho social y político actual. Confieso que detesto la política desde el momento que pienso que su esencia, más allá de la organización social o del Estado, trata sobre juzgar la vida del Otro, es decir, si mi propuesta de “organizar la mejor vida” es mejor que la propuesta de “organizar la mejor vida” que propone el Otro, hecho que provoca tanta discrepancia y debate. Esto por ejemplo te lleva por derroteros sobre si es mejor ceñirse a lo Justo para todos o quizás al Bien para todos, da lo mismo Rawls o Platón. Supongo que ésta, mi conclusión, se debe a mi propia vivencia y reflexionando 'desde dentro' del problema, que no es sino el día a día dentro del momento que estoy viviendo. Pero cada uno de vosotros tendréis vuestras opiniones al respecto.
Lo peor de todo es que rara vez se contempla la realidad tal cual. El hecho de salir de la caverna es una utopía dado que nuestra propia mirada ya lleva su propio lastre del que cuando consigues desembarazarte en parte, al menos del que uno es capaz de percibir, te encuentras con que sigues esclavo de una nueva imaginería de la que ni siquiera eras consciente. Esta se rellena no solamente con la carga de la tradición y del lenguaje, sino también con símbolos sutiles, de simulacro, de metáfora, de publicidad vital. Una vez más estamos siendo reorientados, reconducidos, el Sistema ante el peligro que pueda ocasionar la persona libre necesita mantener el status de poder ante los resortes críticos de las nuevas conciencias que se quedan en un primer estado inicial sin llegar a profundizar.  ¿Realmente qué somos? o mejor, ¿qué queremos ser?.  ¿Te construyes dentro de ti a favor de algún imaginario? ¿Te sientes más cercano a algunas 'maneras' que a otras? Pensando que todo en ti es ‘natural’, que todo realmente forma parte de lo que ‘eres’ ¿cuánto de ti realmente tienes y cuánto de ti es realmente producto de tus compras en el mercado de la imagen? ¿cuánto tienes de estético? ¿te conformas con tu elaboración estética de ti mismo?. Complicado.
Ser consciente de esto al menos garantiza algo de libertad y creo que nos coloca en posición más adecuada para llevar a cabo una crítica en las circunstancias que os explicaba arriba y no solamente eso sino que nos puede resultar útil en otras cuestiones de nuestro propio recorrido vital.
Bien, los movimientos de crítica actual podrían no ser lo que parecían en un primer momento, quizás nos acercaron a ciertas 'maneras' y nos sentimos muy cercanos a ellas en nuestro 'imaginario personal' y sinceramente creo que han levantado actitudes, han removido conciencias y han conseguido en parte que las personas sean más críticas y conscientes con lo que ocurre. Ese es su mérito. Sin duda puede ser un comienzo del diálogo. No es novedoso saber qué nos está pasando pero sí que se tomen medidas de reacción, hecho que sucede pocas veces en el transcurso de la historia. Pero no viene mal precaverse ante excesos y soluciones definitivas. El pensamiento libre necesita antes de nada serlo. Por eso os invito a estos textos de la Introducción de la edición de Mercedes Gómez Blesa a Claros de Bosque de María Zambrano (Cátedra 2014) texto que si bien se dirige al régimen del que Zambrano se exilió puede resultar práctico reorientándolo a otra perspectiva, la nuestra actual frente o al lado de lo que está sucediendo. En general esta introducción la encuentro recomendable al tratar de otras cuestiones muy interesantes también pero para el tema que nos ocupa recojo únicamente los textos interesantes escritos por Mercedes Gómez que siguiendo a María Zambrano, dibujan un paisaje similar al actual. El liberalismo nos conduce, dice la autora de la introducción, a dos paradojas, una moral y otra metafísica. Los mismo textos se van explicando:

"La moral humana del liberalismo -nos señala Zambrano- elude al hombre verdadero, a sus problemas efectivos de sentimiento. Elimina al hombre en su verdadera y humilde humanidad, dejando de él una pura forma esquemática". La autora califica a esta moral autónoma formulada por Kant y sustentada en el imperativo categórico, como una 'moral de élite', de la que "quedan al margen todos los conflictos del vivir de cada día, todos los anhelos que mueven en cada hora nuestro corazón y ese último anhelo del destino individual, de la salvación mortal"

...queda de manifiesto que esta doctrina política fomenta, tanto desde el plano económico como desde el plano moral, una división social entre una élite intelectual que, guiada por una ética del deber, centra sus esfuerzos en la consecución de nuevas metas y nuevos logros para la humanidad, y, frente a ella, una gran masa anónima de trabajadores, que constituye la mayoría social, sobre la que recaen las terribles consecuencias de un sistema económico injusto y a la que, además, la élite intelectual deja desamparada en su drama vital al ofrecerle como única vía de salvación una moral excesivamente fría y racionalista que no conecta en nada con sus verdaderos problemas existenciales. En resumidas cuentas, el liberalismo genera una sociedad aristocrática en la que únicamente sale beneficiada una minoría a costa de la degradación y el perjuicio de la mayoría, traicionando, de este modo, los valores democráticos. El balance que de esta frustrante situación nos hace Zambrano queda recogido en esta declaración:

"La libertad seguía siendo -no en teoría, pero sí en la auténtica realidad- don de aristocracias; y sin embargo, ya se llegaba a la disgregación. Los elegidos siguieron su olímpica carrera, abandonando a la masa, que todavía ignoraba su existencia.[...] Y esta es la situación en la que hoy nos encontramos, que es el fondo del inmenso, gravísimo problema social que tenemos planteado, y el origen también de tanto cansancio y desorientación como se observa en los individuos cultivados. En éstos, entumecimiento, cansancio, soledad estéril; en la masa, sed, violencia de palpitaciones que piden cauce".

De otro modo, la defensa exacerbada del individuo frente a la sociedad puede conducir a un anarquismo, en el que el sujeto acabe destruyendo su dimensión social. Esta relación dialéctica entre individuo y sociedad sigue, según Zambrano, el siguiente curso:

Primero, en la Edad Media, sometido a organismos supraindividuales; desde la protesta del renacimiento, reconocido independiente en sus relaciones religiosas; más tarde, con la ética kantiana, autónomo en moral; con la revolución francesa, fuente de derecho, si bien perteneciendo todavía a la colectividad, integrando una comunidad humana.
Pero después, a medida que el individuo cobraba relieve, ya no solo fue independiente, sino árbitro, y no solo árbitro, sino único.
El individuo, por conquistar denodadamente su propio espacio, termina destruyéndose a sí mismo, al no reconocer ninguna instancia supraindividual que garantice sus derechos individuales.

(Esto respecto a la paradoja sobre el liberalismo la economía y la moral. Respecto a la paradoja metafísica sigue):

...la conquista del espacio propiamente humano como fruto del ejercicio denodado de la libertad y de la voluntad humana implica la escisión del hombre del orden natural y sobrenatural, convirtiéndose en un heterodoxo cósmico acosado por su propia soledad; o dicho de otro modo, la afirmación del hombre, llevada a su extremo, conduce justamente su contrario, esto es, a la negación del individuo al destruir su arraigo ontológico.
El liberalismo es la máxima fe en el hombre y, por lo tanto, la mínima en todo lo demás. Llevó al hombre a creer en sí mismo y lo llenó de dudas acerca de todo lo que no era él.
Le inspiró la máxima confianza en sus fuerzas y lo dejó navegando solo y sin guía en su pobre cáscara de nuez. Le dio a luz, y le separó de la placenta en que se asentaba en el universo. Rompió su unidad, su solidaridad cósmica y vital, que sólo el instinto o el amor proporciona.

(Y ahora una de las definiciones de fascismo que más me han gustado y que recoge aspectos que no siempre se mencionan según yo creo):

El fascismo pretende ser un comienzo, pero en realidad no es sino la desesperación impotente de hallar salida a una situación insostenible”


Toca así situarse en el momento actual y revivir estos textos para recoger lo que de similar y de útil tienen con nosotros. Lejos de encontrar las respuestas fáciles tan de moda hoy sería interesante detenernos honestamente a reflexionar: ¿dónde identificamos actualmente lo liberal? ¿hasta qué punto defendemos al individuo y su libertad? ¿hasta dónde somos parte de ese liberalismo? ¿conocemos realmente cómo debería ser el Hombre? ¿cuál es la consecuencia de la libertad sin obstáculos? ¿cuál es la esencia de la crítica? ¿es la solución aparente la más eficaz? ¿dónde aplicar los cambios para que realmente sean eficaces?

miércoles, 9 de septiembre de 2015

La candidatura unitaria para las elecciones generales.

http://blogs.publico.es/economia-para-pobres/2015/09/08/la-candidatura-unitaria-esta-mas-cerca/

martes, 11 de agosto de 2015

Cristina Díaz Carrère: el papel de la fe.

El papel de la fe en el ser humano. 
(Reflexiones y conclusiones experienciales).
¿Sabes lo que es la noche oscura del alma?
Sí, es una crisis.
Una crisis existencial pero no una cualquiera. Es aquella en que comienzo a darme cuenta de que mi vida no es lo mismo que mi existencia plena. Y, por ello, incluso no sabiendo que me estoy dando cuenta de eso en concreto, toda mi vida parece vacía y sin sentido. Todas sus facetas se desintegran. Mi punto de vista sobre mí y sobre todo lo que configura mi vida hasta el momento, se me vuelve un simple cúmulo de sinsentido. Ocurre de un modo que no es racional, por lo que el abismo que abre puede ser inmenso para la mente.
Toma distintas formas según la persona y sus circunstancias. Por momentos puede asemejarse a locura o a depresión, y es tan inaprensible para quién la vive como incomprensible para quiénes le rodean.
Es muy grande el desajuste entre lo que había sido la realidad y lo que quiere empezar a ser. El detonante, de haber alguno, puede ser cualquier cosa que enfrentas en el camino, una coyuntura particular de varios factores o una disyuntiva. Digo de haber alguno, porque mi vivencia particular fue que me cayera un jarro de agua fría. Se derramó sobre mí.
Enfrentaba una ruptura sentimental dolorosa. Mi situación personal sumaba a esto un sentirme abrumada por la vida con sus imposiciones materiales y el tener que hacerme camino. Y era joven: era el momento de elegir profesión, emprender la marcha hacia quién iba a ser. Nada que cualquier otra persona de mi estrato social y cultural no haya vivido.
En mi entorno la interpretación general era que tenía el corazón roto y debía superarlo. No digo que mi corazón estuviera en perfectas condiciones, nada en mí lo estaba, y quizá, si sólo hubiera sido eso, la experiencia hubiera sido muy diferente. Me era imposible comunicar dónde me encontraba, no tenía ni las palabras ni la experiencia para hacerlo. Estaba sola ahí. En ninguna parte. En un territorio interior desconocido y muy intenso.
Los amigos más intrépidos me dictaban los pasos a seguir para ordenar mi vida. Yo les escuchaba y mi inteligencia sabía que ese era el camino para re-engancharme a dónde había estado o debería estar. Mi corazón, o la intensidad que sentía en algún lugar de mí, me alertaba en contra. Esta disyuntiva me imposibilitaba tomar el consejo u otra acción. No había claridad en mí y no deseaba moverme hasta que la hubiera. Me daba miedo no moverme en esa dirección usualmente correcta y también me daba miedo hacerlo. Recuerdo mucho miedo.
Los amigos menos amigos no soportaron mi dolor y se alejaron en oleadas.
Los amigos más amigos fueron testigos de algo en mí que, seguramente, les dolía y no entendían del todo. Ellos me sufrieron todo aquel tiempo. Me acompañaron porque quisieron, cada uno a su manera, por aquel largo periodo de alrededor de dos años. Recuerdo también mucho dolor, mucha tristeza.
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Cualquier cosa que no fuera estar sola o durmiendo me resultaba agotadora y tediosa. Salvo las muy puntuales ocasiones en que conseguía distraerme de mí misma, escasísimas en ese periodo… En ese estar sola, algunas veces encontraba alivio en forma de inspiración. Escribiendo algunos pensamientos que cobraban vida hasta conclusiones reveladoras o también en ensoñaciones. En la primera parte de esta larga noche, éstas dos cosas fueron las únicas que me mantenían conectada a la vida, dándole algún atisbo de algo similar a un rudimentario significado.
En el escribir, escribía sobre cosas que me pasaban por la cabeza, sin que tuvieran ninguna relación directa con mi experiencia. A veces reflexiones sobre posibles significados metafóricos de pasajes de la biblia, a veces observaciones sobre la naturaleza de las emociones a diferencia de sentimientos, a veces impresiones sobre el punto de vista de un insecto… Cogía el hilo de un pensamiento sentía ganas de escribirlo y al hacerlo me llevaba a un lugar que nunca se me había ocurrido. Me sorprendía de las conclusiones a las que llegaba. Las sentía simples, evidentes y a la vez totalmente nuevas para mí. Las leía y me hacían sentir algo, como si brillaran… Siempre me había gustado escribir, de pequeña era una de mis actividades favoritas, esconderme para imaginar y escribir a solas. Y esa sensación. Esa sensación que no había vuelto a tener en años.
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Con apenas fuerza vital me adentré en aquellas duras sesiones de adiestramiento actoral, sin ningún fin, sólo sintiendo que ir era lo único que podía hacer y me sumergía en ellas. En las horas que duraban todo se distorsionaba para mí: me aturdían, me agotaban y confundían lo que yo era –o creía ser- con lo que hacía –o pretendía hacer-. La confusión mental que ello me producía también me liberaba de algún modo de mí misma y podía sentir o atisbar algo extraño para mí y a la vez confortante: algo más allá de mí que me sostenía y movía y de lo que también yo formaba parte. Torpe y sin entender nada: aquello tenía sentido para mí. No el entrenar para, no el mejorar mis capacidades interpretativas o llegar a ningún fin con ello… si no ese sentir en particular. A veces no aparecía, y a veces era molesto, ensordecedor y algo dentro parecía no resistirlo, y a veces su influjo me acompañaba días y me sentía en ellos arrebatada, sobrevolaba escaleras en vez de caminarlas y volvía ligero mi quehacer. El misterio que en ello palpitaba, lo que fuera que había ahí para saber o descubrir, eso es lo que para mí tenía sentido del vivir; y comenzó mi investigación, una búsqueda desde la nada que acabó por conectarme con quién era antes de toda esta negrura. Esa búsqueda recuperó lo que perdí y me había dejado, (esa pérdida) sin yo saberlo, en el estado en que estaba. Esa curiosidad en lo intangible, ese nuevo interés por algo, me salvó y me cambió para siempre.
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Algunos me consta que consideran esto un llamado para algunos, un llamado a lo espiritual reservado a unos pocos. A otros, más religiosos, decir esto les sonará a osadía ignorante. Otros decidirán que es una experiencia sin la menor importancia vital, que no entra en los cánones de lo que cuenta… Yo no pienso de ninguna de estas maneras. Yo lo experimenté, y lo sigo experimentando, y, después de diez años de aquello, con mayor entendimiento: como un retorno, un descubrimiento de algo que no me es propio; desde luego no a mí y tampoco creo que a unos pocos. Si bien cambió por completo el curso de mi vida, que aún hoy es incierto, me siento afortunada de, tan pronto en la vida, haber contemplado y haber reunido el valor de volverme hacia lo que a todos nos es común.
Intento elaborar ahora algunas conclusiones en mi pensamiento, sólo las que me parecen menos discutibles y más razonadas:
Vivir, estar vivo y saberlo nos es común (me centro en el ser humano por no abordar otros debates) esto implica muchas cosas: unas comunes y otras que difieren atendiendo al lugar y condición en que toca nacer o vivir. Me atrevo a aventurar que en la búsqueda de un sentido, un por qué o para qué posibles, es lógico partir de las comunes; puesto que incluso la pregunta forma parte de dichas cosas comunes. Y si cada individuo se cuestionara esta pregunta fundamental (o pudiera hacerlo) de manera seria y sistemática, tal vez –digo tal vez- no pudiera ser formulada por ninguno su conclusión última por ininteligible o inexorable, pero fuera cual fuere dicha conclusión y llevase el nombre que le diese (Dios, Gran Misterio, Wakan Tanka, Alá, Universo, Naturaleza, Tao…) conduciría inevitablemente a un vivir similar, a una comprensión similar de sí mismo y del mundo. Uniría en vez de separar. No procede en este texto expresar cómo creo que esto se daría. Y sé que no uniría en el miedo, la esclavitud o la ignorancia, como hasta ahora han ejercido instituciones de poder o creencias tomadas de lo externo sin experiencia o cuestionamiento. Uniría seres sabios en lo profundo, seres intensamente libres y con una fortaleza y valor de los que verdaderamente cuentan.
Me baso en la certeza de que Conocer libera. Conocer engrandece. Conocer empodera. Por tanto llegar a conocer lo trascendente que hay en mí, que es ajeno a mi intelecto y lo trasciende, completa mi conocimiento. Negar que existe esta faceta en mí como humano –como experiencia íntima- es mentir o es un síntoma de cobardía extrema o, en todo caso, de ignorancia y auto-desconocimiento aberrante y enfermizo en un adulto. Una pérdida, una vida que se niega a madurar.
Añado: creer por creer, por consuelo o desorientación, sin vivenciada certeza, lo que me dicen o lo que corresponde a mi cultura, es de una ingenuidad peligrosa y genera esclavos.
Igual que históricamente ha venido ocurriendo, es un camino más accesible materialmente para pensadores, intelectuales y acomodados, que si logran vencer la cerrazón del intelecto y abrir su mente, cuentan con la comodidad necesaria para avanzar las duras pruebas a través de sí mismos con las necesidades básicas cubiertas y los recursos a su alcance. En su defecto enormes presiones o sufrimientos pueden abrir la brecha de acceso y también eventos o revelaciones… Siempre es un adentramiento solitario y para valientes. 
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Así es mi fe. Así creo que el mundo que ves puede cambiar. Así he visto que ocurre en mí y en otros. Tal vez he visto aún tan poco que sólo he hallado lo común (a pesar de haber contrastado lo que la vida me ha propuesto generosamente en culturas y condiciones…) No soy dueña de la verdad, sólo de mis conclusiones.
Simplemente creo con firmeza que la fe* es la clave de la comprensión de la felicidad y el sufrimiento, la llave que completa y conduce al ser humano al Buen Vivir, el convivir y al entendimiento de lo que ello significa… 
* (Entiendo la fe libre de nombres y preceptos. Entiendo la fe como algo a conquistar y ejercer de modo consciente y voluntario una vez hallado).
CRISTINA DÍEZ CARRÈRE (Para La Filosofía como Terapia).
(Extracto del texto original presentado por la autora para el Grupo Filosofía como Terapia en mayo pasado)


sábado, 8 de agosto de 2015

Ana Maestre: Sobre la angustia.

ATRAVESANDO LA ANGUSTIA

ANA MAESTRE

Y yo sólo tengo dentro de mí todas las preocupaciones y miedos, vivos como serpientes: yo solo miro de continuo en su interior, solo yo sé de ellos” (Kafka)

Mi ensayo trata sobre la angustia y el miedo. Lo he elegido por una necesidad interna de poderlos comprender mejor, para intentar iluminar esa parte oscura y reveladora de nuestro ser, que colonizada por el miedo y la angustia, se queda paralizada en una vivencia opresiva e irracional. Penetrar y atravesar nuestra angustia y nuestros miedos, no con la intención de librarnos de ellos, ya que, ¿cómo sería eso posible en el ser humano?, sino de aceptarlos y escucharlos, para poder vivirlos ya desde la lúcida serenidad que nos da el comprender toda la fuerza de su vivencia. Situándonos desde una perspectiva fenomenológica, solo la plena aceptación de nuestra experiencia nos permitirá comprender y consecuentemente elevarnos sobre ella, sin dejarnos invadir ni ahogar por completo nuestro ser en la angustia.
La frase de Kafka hace referencia a esa vivencia del ser humano concreto, de carne y hueso, como diría Unamuno, que se siente solo y desvalido ante la vivencia de la angustia, de esa miedo primordial que nos muestra nuestra fragilidad y finitud. En una crisis de angustia, nos sentimos partir como si perdiéramos el contacto con el mundo, una fuerza de violencia desconocida nos transporta a otra parte, el corazón nos late a una velocidad vertiginosa. Estamos solos ante un adversario poderoso y atroz, que no nos permite responder, nos invalida y nos anula.
Voy a intentar comprender el sentido de esta angustia, tanto de la angustia existencial latente en todo ser humano, como de los miedos paralizantes y excesivos que llevan al individuo a un estado continuo de inquietud y malestar, mermando su calidad de vida y su posibilidad de realizarse, ya que la angustia acaparadora no nos deja ver más allá, nos cierra el camino y nos impide proyectarnos hacia una vida plena y con sentido. Intentar comprender la emoción del miedo y el sentimiento de la angustia, y descubrir las valiosas respuestas, comprensiones e indicaciones que la Filosofía nos ha proporcionado.
Todos vivimos en la misma realidad, pero cada uno habitamos en nuestro propio mundo. Si ese mundo interior está poblado de serpientes de angustia y miedos, habrá que hacer algo. Habrá que ser valientes y luchar contra esas serpientes, adoptar una postura más activa y preguntarnos: ¿qué puedo hacer yo con mis miedos? Quizás es hora de poner el acento en la autonomía de la persona y no solo considerarla un ser pasivo, un paciente, carente de voluntad. Ya hay corrientes en la Psicología actual que prestan más atención a los recursos positivos y capacidades del ser humano, y no sólo al hecho de considerarlo como una marioneta sometida y sacudida por sus pasiones y problemas existenciales, en el que todo el mundo necesitaría una muleta para andar. Y en este punto, la filosofía tiene mucho que enseñarnos. De hecho, la psicología y la psiquiatría se han nutrido siempre de la Filosofía y se han inspirado en ella. Por ejemplo, la filosofía estoica de Epicteto y Marco Aurelio ha sido muy influyente en Albert Ellis y su terapia racional emotiva, Jung se inspiró mucho en la filosofía gnóstica y hermética, o el influjo de la filosofía oriental sobre ciertas vertientes modernas de la psicología y la psicoterapia, como la terapia Gestalt y la psicología transpersonal, así como las terapias existenciales basadas en la filosofía existencial, como la logoterapia de Viktor Frankl o la terapia del Dasein de Binswanger. Incluso cuando las psicologías parecen no remitirse a ninguna filosofía, se sustentan siempre en una filosofía latente, en una determinada concepción del hombre. Como estudiante de Filosofía, siempre he visto que el sentido profundo de la Filosofía, lo que yo buscaba, era comprender, pero no desde la abstracción y la especulación pura, sino desde la praxis, desde un saber que me ayudase a comprender el mundo en general y así poder aplicar esa comprensión a mi vida en particular.
La filosofía como un saber sapiencial y esencial, aún más fundamental que la Psicología, nos puede dar respuestas. La aplicación de la filosofía al mejoramiento individual viene de muy antiguo. Como nos dice Pierre Hadot, la intencionalidad profunda con la que la filosofía nació fue la de ser el arte por excelencia de la vida. Ya nos decía Sócrates que una vida sin examen, sin el “Conócete a tí mismo”, no merece ser vivida.
La misma reflexión filosófica va a mostrarnos que tiene un poder transformador. Pero deberemos llevar cuidado de no frivolizar la filosofía, ya que este reconocimiento de su poder transformador no implica tomar la Filosofía como mero instrumento terapéutico. Esto sería banalizarla, ya que la Filosofía solo es genuina y fuente de comprensión y transformación profundas cuando se constituye como un fin en sí misma. La finalidad no es el bienestar al precio que sea, sino la serenidad lúcida y la libertad interior que nacen como fruto de esta comprensión. Se trata de dotar de sentido la propia vida.

Para vencer los miedos, contamos con algo muy valioso dentro de nosotros: una fortaleza del carácter, una virtud, una excelencia como diría Aristóteles: el valor, el coraje, la valentía. Y aquí necesariamente nos situamos más allá de la Psicología, ya que no simples fenómenos que se agoten en mecanismos psicológicos, sino fortalezas del alma, revelando lo más noble y digno del ser humano, su capacidad de superación.
El ser humano quiere vivir por encima del miedo y la angustia. Sabe que no puede eliminarlo, sin caer en la insensiblidad, pero quiere vivir “a pesar” de ellos. No podemos vivir sin que nuestros sentimientos nos orienten, pero no queremos vivir a merced de ellos. Para resolver esta contradicción, nos podemos dejar ayudar desde la psicología, cuya única meta es la salud, o podemos orientarnos hacia algo más grande, el bien y la nobleza. Sócrates, Platón, Aristóteles, los estoicos...no retrataban al hombre como es, sino como sería bueno que fuera.
En un tiempo en que la tendencia a psicologizar todos los problemas, la filosofía puede darnos respuestas que vayan más allá de lo descriptivo y apunten hacia el ámbito de lo normativo, hacia la superación del ser humano en algo más grande, dotado de valor y dignidad. Ante el problema planteado aquí: ¿qué podemos hacer con nuestra angustia, con nuestros miedos profundos? La filosofía nos interpela en una aspiración hacia la libertad y autosuficiencia. Veremos los diferentes análisis y respuestas situados desde la poderosa ancla del pensamiento filosófico.

LA ANGUSTIA EMANCIPADORA.

El hombre conquista su propio ser en la angustia.
La angustia en Kierkegaard y en Heidegger. Salto de fe y apertura al misterio.

En el siglo de la noche cósmica, es preciso que el abismo del mundo sea explorado y arrostrado. Mas para eso es menester que haya quienes lleguen al fondo del abismo” (Heidegger).

El primer filósofo con quien me encuentro que habla de la angustia es Kierkegaard. Su dilucidación de la angustia será proseguida por Heidegger, aunque con distinto propósito.
La angustia de la que nos hablan Kierkegaard y Heidegger no es patológica, ni es considerada como una enfermedad. Para ellos, la angustia es inherente a la existencia. Se trata de una angustia primordial y reveladora.
Aunque parezca mentira, ambos nos invitan a hacer las paces con este sentimiento, pues sólo a través de la angustia el hombre conquista su propio ser. Vamos a ver por qué.
Para empezar, ambos nos aclaran que una cosa es el miedo y otra la angustia.
Angustia es un miedo sin objeto. Por eso Heidegger nos dice que la angustia nos revela la Nada. Revela nuestra vulnerabilidad y finitud, porque la angustia es una permanente ansiedad ante una amenaza imprecisa. Todo puede ser un peligro. De ahí que Kierkegaard diga que “la angustia es la conciencia de la posibilidad”. El mero hecho de que uno tenga la posibilidad y libertad de hacer algo despierta inmensos temores, y Kierkegaard llamó a esto “mareo de libertad”.
El miedo, sin embargo, se refiere a algo determinado, concreto, mientras que el objeto de la angustia es “nada”. En la angustia la persona se relaciona consigo misma, con su propia posibilidad.
Por eso no se encuentra ninguna angustia en los animales. Los animales sienten miedo, no angustia, porque el animal, en su naturalidad, no está determinado como espíritu.
Con la angustia abre Kierkegaard su antropología, pues la investigación de la angustia sale de lo psicológico para entrar en el ámbito de lo existencial. Es el hombre concreto que vivencia la angustia y es solo a través de ella que el ser humano descubre su propia libertad como posibilidad. La angustia muestra que el ser humano es un yo enfrentado con la tarea de devenir sí mismo.
Tampoco para Heidegger la angustia (Angst) es un estado psicológico ni un “angustiarse” por algo determinado, ya que esto sería miedo (Furcht). La angustia sería el hundimiento del ente. La confirmación de este carácter revelador de la angustia se demuestra por la visión de aquello ante lo cual la existencia se había angustiado una vez que la angustia ha desaparecido: el hecho de que el objeto de la angustia no había sido nada. La angustia nos deja suspensos porque hace que se nos escape el ente. Recordemos que la diferencia ontológica consistía en no confundir el ser y el ente, y el único modo que tenemos de acercarnos a la comprensión del ser es a través de uno de los entes, que es el Dasein, el ser-ahí, el ser arrojado a la existencia. El Dasein es consciente de que brota de la Nada y de que está flotando en la Nada, y esto produce angustia, ya que esa angustia nos revela nuestra propia condición, que el ser humano es un ser- para- la- muerte. Vamos avanzando hacia la muerte pero queremos mirar hacia otro lado, queremos distraernos. Por eso nos aferramos a los entes, a la rutina del día a día, y evitamos asumir lo que somos. Aclaremos también que la Nada no es para Heidegger el contra-concepto del ente (lo que ha sido para la metafísica occidental, dada su incapacidad de trascender el pensamiento objetivista y dualista), sino que pertenece a la misma esencia del Ser. Es por lo que la Nada late en el fondo de la existencia por lo que puede sobrecogernos la extrañeza del ente. En virtud de la Nada, puede maravillarnos, no el que los entes sean esto o lo otro, sino el misterio de los misterios: que sean. Asi, la Nada no sería la negación del Ser, sino del ente; más aun, es el mismo Ser, tal y como puede ser experimentado desde el ente.
Para Heidegger, la angustia es la condición misma de una existencia temporal y finita; no sólo la agudización de un estado de inquietud y zozobra, sino lo que se encuentra siempre en el fondo del hombre cuando no se halla “distraído” entre las cosas.
Pero la angustia desemboca en caminos diferentes en ambos filósofos. En Kierkegaard, la angustia es un puente hacia la fe, es una señal de la vinculación con Dios. La fe solo surge cuando alguien está desgarrado por la angustia y la desesperación. El individuo autosuficiente y fuerte, a quien las cosas le van bien, no alcanzará la fe. Y la fe se da por un salto, como el que tuvo que hacer Abraham, que puso la obediencia a Dios por delante de las obligaciones éticas. Se elevó a Dios y lo colocó en el centro de su vida. Y el papel de la angustia será servir como parte indispensable para el salto a la fe.
En Heidegger, la angustia nos pone de modo inmediato ante la Nada, y nos deja suspensos ante la imposibilidad de todo asidero. Pero vivenciada la angustia en toda su radicalidad, aceptada en modo plenamente consciente, la referencia última a la Nada puede transmutarse alquímicamente en referencia última al Ser. El contacto con la nada puede abrir paso a la experiencia con el Ser, y esto gracias al empuje de la angustia.
Ahora voy a explicar lo que es “terapéutico” para mí en ambos autores: la reconciliación con la angustia.
Ha sido descrita universalmente (en filósofos, sabios, maestros espirituales, etc.) la experiencia en virtud de la cual cuando el hombre abandona el apoyo que antes encontraba en el ente, y experimenta su radical finitud y soledad, y lejos de negar o rehuir la experiencia de la angustia, se reconcilia con ella, y esto sería el reconciliarse con el no saber y el no dominar, entonces se puede tomar contacto con un poder y una presencia que reconoce como radicalmente suyos y le abren a una nueva vida. En ella, el ente ya no es aquello a lo que el yo se aferraba buscando refugio. Lo que era oscuridad y Nada para la conciencia objetivante, llega a ser luz. Lo que era ausencia, presencia, y lo que era velo, desvelación. Nada, ausencia, velo, que ya no se vivencian desde el sinsentido, sino desde el asombro y el misterio. El ser humano deja de tener al Ente y al Ente supremo, y de tenerse a sí mismo como referencia última, y se deja el espacio necesario para que el Ser/Nada se revele más originario que toda relación establecida en términos de sujeto/objeto. La angustia, que nos revela la Nada, ,lejos de ser el contra concepto del Ser, se patentiza como lo abierto (Lichtung) del Ser.
La angustia, tanto en Heidegger como en Kierkegaard, sería como el trampolín desde el que nos lanzamos para zambullirnos en las profundidades de nuestro ser esencial, que ya no es entendido como el “animale rationale” de la metafísica occidental, sino como aquel ser capaz de lanzarse al misterio, hacia lo innominado (Heidegger) o capaz de dar un salto de fe como único camino hacia Dios (Kierkegaard)
Puede ser que nos sintamos desbordados por la angustia y que prefiramos huir. Pero hay que reconocer que ésta nos invita a hacer un salto, a cerrar los ojos y confiar, admitir que muchas grandes decisiones, creaciones, y hondas experiencias vitales han sido producto de la angustia. Tanto Heidegger como Kierkegaard nos muestran que el problema no sería la angustia, sino nuestra incapacidad de aliarnos con ella, ya que suprimir la angustia sería como silenciar el fundamento de nuestra libertad. Quizá no se trate tanto de deshacerse de la angustia como de aprender a hacerse cargo de ella, poniéndola, no contra uno, sino del lado de uno para aprovechar su energía emancipadora.

ENCONTRAR UN SENTIDO
La angustia existencial del sinsentido. El hombre en busca de sentido

Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las voluntades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino” (Viktor Frankl).

Podemos sentirnos angustiados como consecuencia de un exceso de elecciones. En una sociedad de la abundancia, se cree que todo se puede lograr. Esta angustia la vemos en los niños cuando se les da a elegir entre muchas opciones. Es lo que Kierkegaard llamó el“mareo de la libertad”. En el pasado, los hombres vivían con muchas menos cosas y aceptaban que no podían lograrlo todo, pero lo poco que lograban, lo disfrutaban. En cambio, en una sociedad de la abundancia, se pierde el sentido de las cosas, hay una baja tolerancia a las dificultades, y se llega al vacío existencial. Viktor Frankl nos dice que el vacío existencial es no saber cuál es mi tarea, mi misión en el mundo. Inmersos en un día a día frenético, en la civilización de la inmanencia, una civilización tecnificada que ha acentuado la deshumanización de nuestras relaciones y desestructurado la vida moral, olvidamos el horizonte del sentido, y esto nos sumerge en un sentimiento angustioso de no tener salida.
Viktor Frankl no está de acuerdo con Sartre de que haya que asumir y soportar el absoluto sinsentido de nuestras vidas. Sartre, también pensador de la angustia, considera que no existe nada ni nadie que pueda determinarnos completamente ni obligarnos, aunque existan algunos condicionamientos. Esta percepción de nuestra libertad y de la responsabilidad por nuestras elecciones es lo que nos empuja a la angustia, de la cual salimos transformando en intencionalidad consciente nuestras decisiones, trascendiéndonos en proyectos.
Para Sartre, el mundo sencillamente es, y las cosas sencillamente son, y ni uno ni otro tienen sentido más allá del que yo quiera darles. Lo que nos lleva a un sinsentido que hay que asumir, y nos puede provocar un sentimiento opresivo de no tener salida, ¿por qué? Porque no hay sentido, y el ser humano lo necesita para no caer en la desesperación. Las consideraciones de Sartre nos llevarían al vacío existencial, pues,
para Frankl, el hombre es dueño de una voluntad de sentido y se siente frustrado o vacío cuando deja de ejercerla.
Aunque el ser humano no esté libre de condiciones, ya sean de tipo biológico, psicológico o sociológico, siempre tendremos la libertad suprema, última, de elegir una actitud antes cualesquiera de las circunstancias que enfrentemos. Como reaccionamos ante condiciones que no pueden ser cambiadas depende de nosotros. Si no podemos cambiar la situación, siempre tendremos la libertad última de cambiar nuestra actitud ante esa situación. Y esto es esperanzador.

LA ANGUSTIA Y EL MIEDO PARALIZANTES

Somos puras máquinas, sentimientos, pasiones, gustos, talentos, maneras de pensar, de hablar o de andar, todo nos viene y yo no sé cómo” (Voltaire).

Ya nos lo han dicho Kierkegaard y Heidegger. El miedo se refiere a algo concreto y la angustia es un miedo sin objeto.
El miedo es una interrupción súbita del proceso de racionalización. Lo primero que sucede cuando tenemos miedo es que perdemos la capacidad de racionalizar. No podemos pensar con claridad, y nos sumimos en la angustia si no encontramos una salida natural a ese miedo. Es cuando el miedo nos paraliza inhibiendo nuestra respuesta. Cuando literalmente “perdemos la razón” poseídos por el miedo, generamos fantasías mentales e interpretaciones erróneas que desembocarán en el sentimiento de la angustia, o trastorno de ansiedad.
Habrá que diferenciar los miedos útiles de los inútiles, los miedos normales de los patológicos. La ansiedad y el miedo son funcionalmente útiles si son adecuados a la gravedad del estímulo y no anulan la capacidad de control y respuesta. Los miedos patológicos se corresponden con una alarma desmesurada, se disparan con demasiada frecuencia y con umbrales de peligrosidad muy bajos.
El miedo tiene un valor adaptativo como mecanismo preventivo contra los peligros que amenazan la supervivencia. Lo natural del miedo es vivenciar las sensaciones con independencia de la interpretación que le demos. Cuando esto no es así, es porque simplemente añadimos más miedo al miedo, echamos más leña al fuego. Lo que no es normal, es tener miedo del miedo. La angustia nos genera un sentimiento angosto de falta de aire, de ahogo, en sentirnos atrapados sin salida alguna. Es un miedo amplio, envolvente, sin percepción de un peligro concreto. Vivenciamos en el cuerpo toda una serie de sensaciones angostas, palpitaciones, opresión en el pecho, respiración entrecortada, sentimiento de falta de control, preocupaciones excesivas y recurrentes que no llegan a conclusión alguna.
Este miedo paralizante nos provoca un estrechamiento de la conciencia no dejándonos ver con claridad. Un estrechamiento corporal, el cuerpo como una vivencia opresiva. “Angustia” y “congoja” indican angostamiento, imposibilidad de respirar con amplitud. Un estrechamiento de la mente, ya que generamos un sistema equivocado de interpretación, que percibe estímulos neutros como peligrosos y una esclavitud de la atención, que está siempre pendiente de la amenaza. Y finalmente, un estrechamiento de nuestra conducta, al quedarnos paralizados, las energías se concentran en un solo objetivo, estar en alerta máxima, o en realizar rituales que nos liberan moméntaneamente de la angustia pero que nos siguen esclavizando.
La dificultad de controlar las preocupaciones es el primer aspecto que acerca la angustia a la patología. El organismo está preparado para actuar, pero o actúa, porque la persona se enroca en la angustia, en la inacción, en la rumia y en los planes sin conclusión. El angustioso no se ocupa, sino que se pre-ocupa.
Un primer paso para salir de esta espiral de pensamientos angustiosos será el “darse cuenta”. De manera fenomenológica, atenernos a la vivencia tal y como ella se nos presenta, sin añadir interpretaciones distorsionantes que puedan derivar en un angustiarse “sin razón”. Atenernos a lo dado a la conciencia, sin juzgar, es un primer paso terapéutico para no dejarlos sucumbir por la angustia.
Darnos cuenta del mecanismo de cómo actúan nuestros miedos. Observaremos que la ansiedad es un sentimiento a la búsqueda continua de objeto, lo que crea una espiral sin fin. Mientras que el miedo permite enfrentarse o huir, la angustia se encierra en un permanente dar vueltas. Tener claro los mecanismos de la angustia, es un primer paso para poder amortigar su fuerza y no sentirnos sobrepasados en angustias.
En este proceso del darnos cuenta, podremos desenmascarar las creencias que sostienen y alimentan este exceso de pre-ocupaciones, y poner el acento en la acción. Como dice el psicólogo americano y creador de la terapia racional emotiva Albert Ellis, “cuantas más acciones emprenda en relación con mis temores, menos tiempo y energías malgastaré obsesionándome con ellos”. Hay que sacudirse y salir de la pasividad.
¿Y cuáles son esas creencias? ¿por qué unas personas las tienen más o menos que otras? Podríamos hablar de una personalidad vulnerable a la ansiedad. Todos, al nacer, heredamos una génetica, el peculiar reparto de cartas que nos ha correspondido al comenzar el juego de la vida. Podemos tener ya, una propensión a la angustia. Pero no quiere decir que estemos determinados ni condicionados solo por esta herencia, ya que contamos con el carácter, formado por nuestros hábitos, y con la personalidad que elegimos devenir día a día, el modo cómo enfrentamos el carácter y jugamos nuestras cartas. Incluye el proyecto vital y el sistema de valores que permite enfrentarse a las dificultades.
Se puede nacer ya con una predisposición génetica, que se refuerza con los aprendizajes de nuestra niñez. A tener miedo se aprende. De niño se aprende a ver el mundo como previsible o imprevisible, como controlable o incontrolable, como seguro o inseguro, y a partir de ahí se construyen una serie de creencias que van o no a favorecer la aparición de la angustia. Incorporamos, sin un filtro selectivo las creencias que recibimos del entorno y de nuestros educadores.
Y si desenmascaramos esas creencias, tendremos más fuerza para afrontarlas y debilitarlas. La terapéutica estará en eliminar todas las malas interpretaciones que el sujeto hace de una realidad que simplemente es, y corregir su imagen distorsionada para devolverle la serenidad.
Y para ello, echemos una mirada hacia atrás. Muchos enfoques actuales de la psicología para tratar la angustia están basados en ideas filosóficas que tienen siglos. Vamos a recuperarlas para inspirarnos en ellas y apropiarnos de todo su poder liberador. Porque, recordemos, que la filosofía nació con una voluntad emancipadora, como maestra de vida, y sería una pena no valerse de ellas como clarificadoras del propio camino personal.


EL TRABAJO SOBRE UNO MISMO

Todo hombre puede encenderse a sí mismo una luz en la noche” (Héraclito)

La certeza de que dentro de nosotros, podemos hallar guía y refugio, de que todo hombre puede llegar a ser una luz para sí mismo. Para ello, podemos valernos de la filosofía sapiencial como fuente de enseñanzas e inspiración. De aquella filosofía que se ha constituido como arte de vida, como un ejercitarse en la sabiduría. Nos colocamos en el plano de la existencia y evitamos tomar la filosofía como mero ejercicio especulativo, ya que una cosa es la teoría filosófica y otra el filosofar como acto existencial. Llevar una vida filosófica corresponde a un orden de realidad absolutamente distinto al del discurso filosófico. Una vida filosófica es, por ejemplo, la vida de Sócrates, de Heráclito, o de Epicteto. ¿Qué me pueden aportar respecto a los miedos y la angustia estos sabios? ¿Qué camino pueden iluminar? Su ejemplo de vida. En la Antigüedad, la filosofía se presentaba como una terapéutica para curar la angustia. El diálogo socrático era un ejercicio que exigía al interlocutor ponerse en cuestión, atender a sí mismo y hacer así su alma más bella y sabia. Quizás si Sócrates nos interrogara sobre nuestros miedos y angustias descubriríamos la sinrazón de muchos de ellos y que detrás se esconden falsas creencias que nos hacen ver la vida desde unas lentes oscuras. La filosofía entendida como maestra de vida nos despierta a una comprensión transformadora que no se alcanza mediante la mera especulación o el auto-análisis, sino a través de estar totalmente presentes, de serena lucidez, de detectar nuestras erróneas maneras de pensar y actuar en nuestra vida, y acceder a un camino de sabiduría que nos permita llevar una vida más en conformidad con nuestra verdadera esencia.
En el caso concreto de la angustia y los miedos, un primer paso hacia la liberación es aceptar la totalidad de mi experiencia, no rechazarla, juzgarla o condenarla, ya que sólo su plena aceptación nos permite comprenderla y nos hace verlo todo “desde arriba”sin dejarnos que nos invada. Se trata de servirnos del método fenomenológico, el atenernos a lo dado, a la angustia o las crisis de angustia, los miedos paralizantes, y no rechazar su sensación desagradable, no negarla sino permancer en la vivencia aquí y ahora, y no evadirse de ellas, de los pensamientos, sentimientos y sensaciones reales, mediante la especulación inútil. Las psicoterapias de índole existencial, como la terapia del Dasein de Binswanger, que consideran los trastornos psicopatológicos como una alteración del ser-en-el-mundo, basándose en Heidegger, o la terapia Gestalt, llamado también terapia del “darse cuenta”, como un ejercicio de conciencia hacia la vivencia del aquí y ahora, la logoterapia o análisis existencial de Viktor Frankl, cuya terapéutica consiste en encontrar el sentido de la vida partiendo del yo inserto en su circunstancia particular, o la terapia racional emotiva de Albert Ellis, que inspirándose en la tradición estoica y en el existencialismo, pone el énfasis en las obligaciones de la vida real y en la toma de conciencia de las creencias latentes que predisponen a la angustia y la ansiedad. Hay que debilitar al miedo, y para ello hay que tirar a la basura las creencias erróneas de las que se alimenta, por ejemplo, el perfeccionismo o la tiranía de las exigencias, el“debo conseguir hacer bien todas las cosas” o el“debo ser querido y tener la aprobación de todo el mundo”, son creencias que condicionan que nos sintamos ansiosos y angustiados. Iluminar esta parte de nuestra consciencia y cambiar nuestras creencias, ya que pensamiento, sentimientos y acción se interrelacionan en un todo.
No nos hacen sufrir las cosas-dijo Epicteto-sino las ideas que tenemos acerca de las cosas”. Hay que fortalecerse, y la solución para luchar contra la angustia y el miedo es o bien disminuyendo el peligro, o bien aumentando los recursos personales. Todos estos enfoques colocan la responsabilidad sobre los hombros del individuo. Ayudar sobre la base de la filosofía práctica, sería considerar a la persona autónoma y responsable de sí misma.
Vamos, pues, a tomar conciencia, en nuestra particular situación vital, de los mecanismos que nos incapacitan para llevar una vida serena y realizada.
Una vez que hemos sido capaces de “ver”, como un testigo neutral, nuestra experiencia (nuestra angustia) y no negarla, hay que dar el salto. El percatarse de sí, sin la puesta en práctica del resultado que la conciencia ha comprendido, la actividad terapéutica ha de estar dirigida más a plasmar en el mundo aquello que se ha descubierto de sí. Y para eso hay que ser valiente, y para ser valiente primero hay que realizar acciones valientes. Sobreponernos, ponernos, como podamos, por encima de nosotros mismos. El filósofo estoico buscaba la independencia, la libertad, la fuerza, y para ello tiene que librarse del miedo. Y para conseguirlo no tiene que necesitar nada, salvo la virtud. Los estoicos, preocupados por la salud del alma, no aspiraban al bienestar psicológico, sino a la perfección moral. Y aquí ya nos situamos en una esfera más allá de la psicología, la esfera moral. La virtud capaz de realizar lo excelente es el punto donde psicología y ética se unen, los mecanismos mentales y los valores morales se unen en una conciencia del valor. Recordemos que ética viene de “ethos” que significa carácter. Así pues, es el cultivo del carácter que se impone en el camino de superación de la angustia. Y la virtud del carácter a desarrollar para vencer los miedos será la valentía.

LA VALENTÍA

No es valiente el que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo” (Nelson Mandela).

Una cosa es sentir miedo y otra es ser un cobarde. La emoción no la puedo controlar, me viene cuando me viene, como el dolor de estómago. Sin embargo, ser valiente es una acción, y podemos ser valiente sintiendo mucho miedo.
Valentía es la capacidad de no dejar de hacer algo valioso por el peligro o esfuerzo que necesita. Solo uno mismo puede curarse, solo uno mismo puede salir de su prisión. Y para ello hay que ejercitarse, realizar ejercicios espirituales, tomas de conciencia.
La liberación es la primera meta de la valentía, y tal como vemos en sabios, filósofos y maestros espirituales, puede conseguirse por diversos caminos: el que se enfrenta a la realidad, actuando con resolución, y el camino de la serenidad, no dejándose zarandear por los miedos. En ambos casos, se cultiva la valentía, pero cambia el proceder.
El sabio griego deseaba ponerse a salvo de la tiranía de las cosas. No quería que le perturbasen ni las posesiones, ni la carencia, ni los sentimientos extremos. Su meta era la serenidad de espíritu (ataraxia), la libertad interior (autarkeia) y la conciencia cósmica. Esta misma aspiración a la autosuficiencia y libertad se da en muchas filosofías orientales. Se trata de una conquista interior del espíritu, como hemos dicho antes, el cultivo de una conciencia testigo que, imperturbable, “ve” las cosas tal como son, vaciando el espíritu de toda la rumia incesante de su mente. En esta claridad de visión, el espíritu se libera de todo lo que le perturba porque ya no se identifica con ello, lo deja pasar sin aferrarse. Sin aferramiento, ya no hay sufrimiento, las emociones y los pensamientos fluyen como el río de Héraclito...
Para el otro camino, el de la acción, vamos a tomar a Aristóteles como modelo. Ya que se trata de elegir el proyecto de ser valiente, y por lo tanto de aplicarse a adquirir el carácter necesario para llevarlo a cabo.
Para Aristóteles, el carácter se forma mediante acciones, y nuestra acción puede cambiar nuestro carácter. El miedo y la angustia solamente se superan con la acción, pero no con una acción aislada, sino con un cúmulo de acciones a lo largo del tiempo, lo que genera el hábito de la valentía.
Aristóteles nos propone vencer nuestros miedos y angustias con el desarrollo de la excelencia de la valentía. Y para ello hay que reforzar nuestros hábitos. La valentía es salir de la comodidad y esforzarse en ver el cielo detrás de las nubes, en lugar de focalizarse cada uno en sus problemas. Recuperamos la areté griega, que es el conocimiento, la energía, la habilidad para hacer algo de manera excelente. La areté aumenta las posibilidades de la persona, su poder para actuar.
Y la excelencia del carácter que debemos cultivar contra nuestros miedos es la valentía.
Lo que nos enseña Aristóteles es que a ser valiente se aprende. Es practicando acciones valientes como nos convertimos en personas valientes. Lo esencial es actuar. La ética aristotélica es una invitación a la acción. Para Aristóteles, no es suficiente con decir “cuando tenga confianza, realizaré acciones valientes”, sino de empezar ya realizando acciones concretas.
Aristóteles abre un camino profundamente humano hacia la valentía: nos coge de la mano y nos invita a empezar allí dónde nos encontramos, con nuestros miedos, nuestras pasiones...En la moral que nos propone, la virtud (excelencia) no está desencarnada, sino enracinada siempre en una situación particular. Siempre es practicada por un individuo, una singularidad. Nuestras vidas son diferentes y diferentes nuestras fuerzas. Tenemos la vida cotidiana para ejercitarnos. El ser humano no puede ser feliz sino practica la virtud. La felicidad se concretiza por un arte de vivir, por el ejercicio concreto de las excelencias. Se trata de avanzar desde la experiencia de cada uno, de su cotidianidad, hacia un grado más de libertad, de excelencia, de justicia.
Y no olvidemos que somos seres sociales, animales políticos. Coger a Aristóteles como guía, es comprender que sólo podemos realizarnos plenamente en esta sociedad. Es tener el coraje de vivir juntos, para progresar en el cultivo de sí mismo, la amistad y la contemplación.
La vida cotidiana representa un terreno fabuloso para ejercitar las virtudes. Cada minuto de nuestra vida nos da la oportunidad de practicar la valentía. Hace falta mucho coraje para reinventarse día a día, renacer y avanzar con las fuerzas disponibles. Romper con una vida mecánica, abandonar los automatismos y los hábitos malsanos, y que el pensamiento lúcido ilumine nuestros actos y que nuestros actos refuercen nuestras convicciones: esto es ser valiente.

CONCLUSIÓN

La perseverancia trae ventura” (I Ching, Libro de las mutaciones).

Los seres humanos estamos constituyéndonos como seres nuevos, de la misma manera que la bailarina solo consigue serlo bailando. Éste es el lugar del carácter, de la virtud y en especial de la virtud que llamamos valentía.
Cuando una persona se concentra en un proyecto y en su realización, impone a su atención un giro salvífico. Lo importante finalmente está fuera, no dentro. La angustia, el miedo, son poderosos porque nos curvan hacia nosotros mismos, nos angostan, nos hacen estar pendientes sin tregua de los estremecimientos de nuestro corazón o nuestro cuerpo...en fin, hay que dejar de mirarse el ombligo y vaciar nuestra mente de pre-ocupaciones estériles y rumias incesantes, ya sea desde la vía de la serenidad del espíritu o desde la vía de ejercitar las excelencias desde el horizonte de la acción concreta. El valiente se escucha poco, evita escucharse sí mismo. Ser valiente es salir del propio ensimismamiento y comenzar a caminar con lo que se lleve puesto en ese momento, sin darle vueltas, simplemente caminando...
En nuestra sociedad se valora mucho el heroísmo a lo grande. Pero se necesita mucha valentía para enfrentarse a la propia cotidianidad, a los sentimientos angustiosos y el miedo que nos provocan ciertas situaciones, las enfermedades, el salir de una depresión o vencer los ataques de pánico, el ir al trabajo, el llevar una vida de pareja, la educación de los hijos...A lo largo del día nos vemos confrontados a situaciones enormemente ansiógenas. Se valora lo excepcional, lo extraordinario, pero lo más difícil es vivir los altos y bajos de la vida. Precisamente porque hay que ejercer la valentía en la vida cotidiana, en las situaciones banales...Trabajar su persona resistiendo la presión social, abanonar el individualismo, ser generoso y solidario. La valentía de ir contra sí mismo, de desobedecer a sus caprichos, de avanzar a pesar de las críticas, sin dejarse llevar por el qué dirán, o no dejar lo que se tenga que hacer porque se esté muerto de miedo...
La valentía es sobre todo no dejarse llevar a la angustia, la desesperación y el desánimo,
sino osar y resistir.
Perseverar...

BIBLIOGRAFÍA:
  • Cavallé Mónica, La sabiduría recobrada, ediciones mr, 2002
  • La sabiduría de la no-dualidad, Kairós, 2008
  • González Moisés, Introducción al pensamiento filosófico, tecnos, 2013
  • Hadot Pierre, Exercices spirituels et philosophie antique, Albin Michel, 2002
  • Qu'est-ce que la philosophie antique?, Folio essais, 1995
  • Le Point hors-serie, Nietzsche, Schopenhauer, Kierkegaard, número 15 septembre-octobre 2007
  • Marina Jose Antonio, Anatomía del miedo, Anagrama, 2006
  • Varios autores, Psicópolis, paradigmas actuales y alternativos en la psicología contemporánea, Kairós, 2015
  • Peñarrubia Francisco, Terapia Gestalt, Alianza editorial, 1998
  • Philosophie magazine, Aristote et le courage (artículo de Alexandre Jollien), octubre 2014